Nueva Revista 037 > Del medievo a la biblioteca moderna. La gran conversación.

Del medievo a la biblioteca moderna. La gran conversación.

Pedro García Barreno

El progreso en la educación depende de la incorporación de ideas y de las imágenes elaboradas a lo largo de la historia. Sobre el deterioro de esta interrelación que tiene como resultado el empobrecimiento del tono ético, intelectual y cultural de nuestros días.

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Pedro García Barreno, “Del medievo a la biblioteca moderna. La gran conversación.,” accessed September 26, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/709.

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Del medievo a la biblioteca moderna. La gran conversación.

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Libros y lectores

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El progreso en la educación depende de la incorporación de ideas y de las imágenes elaboradas a lo largo de la historia. Sobre el deterioro de esta interrelación que tiene como resultado el empobrecimiento del tono ético, intelectual y cultural de nuestros días.

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Pedro García Barreno

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Nueva Revista 037 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Libros y Lectores El ideal occidental no es uno u otro ingrediente del diálogo, sino la conversación en sí misma. DEL MEDIEVO A LA BIBLIOTECA MODERNA. LA GRAN CONVERSACIÓN Por Pedro García Barreno De la Real Academia de Ciencias n la biblioteca de la Real Academia de la Historia se conserva manuscrito un Regimiento de Príncipes, anónimo, compuesto por un sacerdote de poca estima, dedicado a un muy Eesclarecido príncipe, y cuyo propósito es reformar, regir, y gobernar, el reino de la Verdad, allá por 1560. Dos viajeros llegan a la capital del reino, la ciudad de Oníbona; el rey Prudencio les describe el Estado, y les lleva, directamente, a la biblioteca; allí se guardan 12 libros. Diez recogen el saber; los otros dos, que se ocupan de los problemas de la educación, forman un sistema completo y racional. Occidente estableció, de manera incuestionable, que el camino hacia la educación transcurre a través de los grandes libros. Ningún ciudadano está correctamente educado, si no ha intimado con las obras maestras de su tradición. Nunca hubo dudas sobre cuales eran esas piezas maestras; son los libros que han permanecido incuestionados, y que la voz ilustrada de la civilización etiqueta como los productos escritos más exquisitos de la mentalidad occidental. En el curso de la historia, época tras época, nuevos libros se ganan un lugar en el catálogo; cada generación consolida algunos, y rechaza otros tantos. Establece un contexto literario en el que conviven obras distantes y otras contemporáneas. Tal es la gran conversación. Un conjunto de obras, que representan el cuerpo de doctrina de la tradición Occidental para nuestra generación. Son nuestra memoria; el catálogo de nuestra civilización. El progreso, y el progreso en la educación en particular, depende de la incorporación de las ideas y de las imágenes elaboradas a lo largo de la historia; en la vida diaria de todos nosotros, desde la niñez hasta la ancianidad. Esta interrelación se ha deteriorado; el resultado es el empobrecimiento calamitoso del tono ético, intelectual, cultural, de nuestros dias. Una circular de Fomento de 31 de octubre de 1868 decía ... La libertad de enseñanza produzca el resultado apetecido, robusteciendo la inteligencia del pueblo... Un interesante antecedente se recoge en La Crónica de los Hospitales Periódico Oficial de la Facultad de Medicina, Cirugía y Farmacia del General de Madrid que, en su Tomo II (Año Segundo, 1854), recoge un escrito de D. Pascual T. Hontañon, que con el título, Consideraciones sobre el actual plan de estudios, y principales modificaciones que deben hacerse en lo relativo a la medicina, concluye ... Como cuestión de derecho, el triunfo de la libertad de enseñanza es indudable; porque ni las ideas se imponen, ni las sofoca la metralla; ni las estinguen las medidas coercitivas mas tiránicas y opresoras. Las ideas solo se combaten con ideas, y esto es lo que hace la libertad de enseñanza; pretender acallarlas de otro modo es un horrible atentado contra la libertad moral del hombre, y equivale a desconocer la naturaleza de su elevada alma. ... Por supuesto que tales libros no suponen la solución de nuestros problemas; ni son las únicas obras que merece la pena leer. Pero lo que si representan es un espíritu de enriquecimiento y autosuficiencia intelectual, e independencia de juicio; un espíritu de progreso. En un momento en el que Occidente representa, tanto la oferta tecnológica anhelada, como el grado más elevado de egoísmo y codicia, merece la pena resaltar que, aunque tales perversiones son ingrediente importante de nuestra cultura, el ideal Occidental no es uno u otro ingrediente del diálogo, sino la Conversación en sí misma. No es exagerado manifestar que nuestra cultura no es sino el material impreso; en general, los libros; ya sean de papiro o en soporte óptico. La cultura de la información veraz, la educación y la formación, son las apuestas de progreso, de futuro. La educación liberal, planteada en los términos de un diálogo cultural global, en el que letras, artes plásticas y ciencia, también la ciencia, sean partícipes de pleno derecho. ¿Cuando emerge la ciencia moderna? Algunos contestarían que sus balbuceos comienzan allá por la Alta Edad Media; más o menos, mitad del siglo XIII. Algún otro, más rezagado, preferiría lo que se considera el punto de arranque de la llamada vía hacia la modernidad del siglo XIV. Más difundida está la idea de que el Renacimiento italiano significó, también, el renacer de las ciencias. En general, Copérnico aparece como el gran revolucionario, y la revolución científica, según Kuhn, se consolidó en el periodo entre la publicación del primer libro de De Revolutionibus, en 1514, y de la obra de Newton. ¿Y por qué no negociar las fronteras entre Galileo, ya en el XVII, y Newton? Independientemente de nuestras preferencias, el primer cuarto del siglo veinte se vió sorprendido por una segunda revolución; Planck, Einstein, Bohr, Heisenberg, y muchos otros, fueron sus más distinguidos instigadores. El alboroto fue, al menos, tan sonado como el primero. En cualquier caso, la distancia entre el Timeo y Los Principios Matemáticos de Filosofía natural es infinitamente mayor que la que separa al Newton clásico de la física de Bohr. La nueva física no invalida la clásica; Newton y los escolásticos son, por el contrario, incompatibles. ¿Cuando y por qué tuvo lugar el gran cambio científico? ¿Cual es su relación con la gran conversación? Debemos darnos cuenta que la contestación depende de los principios metodológicos que aplique el historiador de la ciencia. El más atractivo para los científicos modernos es el conocido como evolucionista, teleológico o genealógico. No cabe duda de que la ciencia tiene un carácter acumulativo y de progreso; características que enfrentan al historiador de la ciencia con problemas que resultan ajenos, prácticamente, a quienes estudian el arte o la teología. Como consecuencia, el historiador de la ciencia tiende a aplicar al pasado los estándares de su tiempo; a partir del estado avanzado de la ciencia de nuestros días, el historiador evolucionista se imbuye en el pasado hasta llegar a los orígenes. Entonces comienza a escribir la historia, un sendero hacia el progreso; descarta todo lo que no está directamente relacionado con el éxito, como aberraciones y errores. Por fin, retorna a la situación actual. Se ha concentrado en los héroes de la ciencia y ha pasado por alto a los precursores, aquellos que iniciaron los senderos. El pasado sirve para preparar y anunciar el presente; casi de manera inconsciente, una concepción teleológica dicta el formato de su historiografía. En evidente contraste con el enfoque genealógico existe otro más fenomenológico e imaginativo. Considera que la tarea del historiador es revivir el pasado, entrar en las mentalidades de nuestros predecesores, imaginar los aspectos políticos, sociales y culturales de su ambiente; reactualizar su metafísica, sus concepciones éticas y científicas, e identificarse lo máximo posible con sus personalidades. El método de los pioneros fue, a menudo, científico, aunque los resultados no fuesen verdaderos. Los dos enfoques, teleológico y fenomenológico, no son exclusivos. El carácter acumulativo de la ciencia exige indagar en la genealogía de los conceptos y teorías actuales; pero sería erróneo pensar que nuestros predecesores eran más primitivos o menos perspicaces que nosotros. La gran conversación y la ciencia emergen de la mano. Los más precoces de los presocráticos observaron y meditaron sobre los fenómenos naturales; entre ellos hubo quienes utilizaron nociones matemáticas con tal propósito. Incluso la experimentación no es nueva; ya cumplió el bilenio. Lo que es nuevo es la fe en el método experimental; tal es el distintivo de la modernidad. La meta hacia la que se mueve la civilización occidental es la cultura de la comunicación, la civilización del diálogo, la gran conversación. Los libros, ya sean el Quijote o El ABC de la Relatividad, o se trate de revistas como Litoral o Science, son el medio de comprender nuestra sociedad. No hay depositario similar de nuestra tradición y conocimiento. Para poner fin al espíritu de libertad intelectual que viene caracterizando al Occidente, no es necesario quemar libros, basta con dejar de leer. Al contrario, la lectura, la consulta de los originales, proporciona el basamento de la creatividad. Los libros contienen no solo la tradición, sino que son su gran exponente; muchos son, en sí mismos, modelos de las artes liberales, son lo que Whitehead llamó la visión habitual de la grandeza. Los libros son esenciales en la educación y formación. Educación que el hombre adquiere como fin en sí mismo. Educación que busca la excelencia humana, privada y pública, como hombre y como ciudadano. La educación del hombre libre; la capacidad de reconocer problemas básicos, la comprensión de las ideas. Es avanzar mediante nuevas preguntas. Es la preocupación constante por el futuro. El viajero que visita en León la iglesia del convento de San Marcos se admira al descubrir, en el coro alto de la iglesia, una inscripción en la que se lee: Omnia nova placet. Inmediatamente recuerda, que en otro lugar del mismo coro, se perpetúa la noticia de que la obra fue terminada por Guillermo Donzel en 1542. Al poner en relación ambos datos, se siente llevado, fácilmente, a interpretar aquella leyenda como clara divisa de un personaje renacentista; esto es, como manifestación del espíritu innovador, libre e insaciable, del renacimiento. Para poner fin al espíritu de libertad intelectual que viene caracterizando al Occidente, no es necesario quemar libros, basta con dejar de leer Años antes, en la primera Partida, Alfonso X afirma que los ornes naturalmente codician oir e saber e ver cosas nuevas, porque las costumbres viciadas hanlas usado los ornes tan luengo tiempo que son como envejecidas, e por el uso de cada dia reciben enojo dellas. Hay curiosas anticipaciones del mundo moderno en la obra de Alfonso X, representante al mismo tiempo de la plenitud del Medievo en la Summa jurídica de las Partidas y en la Summa historiográfica o catálogo de sus Crónicas. Por su parte, Prudencio añade que la novedad no va a ser sólo objeto de un gusto erudito, sino que, al enseñar cosas diferentes, enriquece el caudal humano, y va instruyendo y puliendo a los hombres. La reacción contra el cansancio impulsa también la tendencia social a la novedad, a lo diferente, a lo desconocido. Aferrarse a la novedad y gozar de la variedad: un nuevo afán despierta que traerá consigo todo el desarrollo de la cultura occidental, diría Guillermo de Tilbury a comienzos del XIII. Ya al alcance de nuestra mano, Martin Luther King repetiría: aférrate, aférrate a tus sueños. Incipit vita nova, frente a la concepción estática del saber en la Edad Media, de dentro de ella misma nace una tendencia a incorporar al conocimiento zonas hasta entonces no cultivadas; a ensanchar su ámbito, buscando en aquellos medios que, hasta entonces, no se consideraban más que como productos de un saber permanente e inalterable; precisamente, las novedades a descubrir. Tal es lo que empieza a pedirse a los libros; lo que recomienda Sem Tob buscar en ellos: Aprende nueva cosa De muy buen saber, saber cierto. Se establece una radicalidad en cuanto la apetencia por el conocimiento; cómo cambiar los datos de la realidad de que se parte, en la que estamos inmersos, que nos inmoviliza. Max Scheler ha dicho que el hombre es un asceta de la realidad, porque es un ser capaz de decir no a la realidad, pretendiendo montar otra en su lugar. Un cantar nuevo, siempre nuevo, brota en San Juan de la Cruz. Por los mismos tiempos, el secretario del Emperador, Alonso de Valdés, llamará a esa pretensión reformadora, que se mueve a contrapelo de como las cosas van, hacer un mundo nuevo. En palabras de fray Dionisio Vázquez, predicador de Carlos V, a pospelo del mundo, para hacer otro mundo a voluntad. Tres aspectos principales se dan en el gusto por la novedad: la pretensión de originalidad; el interés por el invento, y la curiosidad por lo extraño, que busca lo nuevo en lo exótico y admira la audacia de quién lo descubre. Inventar y descubrir aparecen ante el hombre del Renacimiento como una misma o equivalente operación. Todo ello suscita un fenómeno social interesante, que tan sólo se observa de una manera muy incipiente: el despertar de la juventud. Sin duda, la obra nueva reclama alguna relación con aquel que la presenta; en las trovas o hallazgos se advierte el orgullo del autor por lo que ha alcanzado con esfuerzo propio; se afirma que la novedad se ha conseguido por uno mismo. Eso es lo que nos dice el autor de un Ars predicandi, Luis de Rocha, probablemente un catalán que escribe en tiempos del gran cisma, entre 1378 y 1417. En sus páginas nos advierte que muchas cosas las ha tomado ab antiquis sermocinatoribus, pero aliquas autem a meipso inveni. De algo parecido se precia el gran Ausias March, y de igual originalidad presume Maquiavelo, en el prólogo de sus Discorsi. Esta actitud define, históricamente define, a los hombres del Renacimiento. En la obra sobre óptica de Daza de Valdés, nos tropezamos con algo en particular interesante. Daza se precia de cuan raros autores é tenido a quien seguir en esta facultad. Revela, ante todo, un curioso afán de estar al día en la biliografía; y ya incluye, entre sus referencias, una obra en prensa, el Segundo libro de perspectiva, de Antonio Moreno, cosmógrafo y catedrático de la Casa de Contratación de Sevilla. Escritores que figuran en las más nuevas corrientes del pensamiento de la época, como Miguel Sabuco, Gómez Pereira, Huarte de San Juan, no dejan de apelar a ese carácter de novedad personal en su obra, a fin de acreditarla. Entre los escritores del barroco, la cosecha de testimonios sería inabarcable. Entre los más representativos, Gracián, quien a pesar de sus contradicciones, escribe en uno de los aforismos comentados en el Oráculo Manual esta recomendación: Válgase de su novedad, que mientras fuere nuevo será estimado. Con todo, Gracián no deja de señalar los triviales resultados que el afán de publicar está produciendo en su época: y assi andamos, mendigando niñerías en la novedad, para acallar nuestra curiosa solicitud con la extravagancia. No podemos dejar aparte el bellísimo testimonio del Libro de Alexandre, que contiene todo un estupendo programa para captar lo desconocido, bajo el impulso de la admiración y del afán de dominio: Asmava el bon omne la mar atravesar, A lo que nunca pudo omne cabo fallar, Et buscar otras yentes de otro semeiar, Por sosacar manera nueva para guerrear. Por eso, apenas se inicia la crisis histórica del humanismo, que abrirá las puertas a la modernidad, se repiten los testimonios de exaltación del hombre inventor. La época a través de la cual viven Raimundo Lulio, Rogelio Bacon, Juan Buridan y tantos otros, cuya obra prepara el nivel en que podrán darse un Leonardo o un Copérnico, es, sin duda alguna, una época inspirada por un espíritu de reforma que mueve a la conquista de lo nuevo. La rareza de las cosas se dice en La Celestina es madre de la admiración; la admiración concebida en los ojos desciende al ánimo por ellos. La curiosidad es el sobreprecio de cosas extrañas. El Padre Acosta la definiría como un deseo de saber cosas nuevas, que propiamente llamamos curiosidad. En España, esa curiosidad de la segunda mitad del siglo XVI debió ser extraordinaria, a juzgar por la inagotable bibliografía y catalogación que en esas décadas se produce sobre temas maravillosos. No es extraño, como comenta José Antonio Maravall que faltos de una técnica precisa para el dominio del mundo empírico lo maravilloso se confundiera para ellos con lo fabuloso. Es entonces cuando un nuevo sentido de la naturaleza y, a su servicio, una nueva ciencia de las cosas naturales, permiten dar realidad concreta a lo maravilloso y transformarlo en la extrañeza de nuevas cosas que a diario se descubren. Por eso, cuando Páez de Castro traza para Felipe II el plan para una Biblioteca y Museo Real, quiere que en sus salas se guarden cosas de sorprendente rareza. Orientación similar perdura en el siglo XVIII; en el prólogo de Clavijo a la primera traducción castellana de la Historia natural de Buffon leemos: Ténga a bien nuestro Señor de emplearme en su Real Gabinete de Historia Natural, para formar Indices de las producciones y curiosidades que á la sazón existían en él, y que sucesivamente le fuesen enriqueciendo: trabajar, á su tiempo, en el Catálogo científico de las mismas producciones. ... Es probable que hasta la época del Renacimiento no se hubiese dado una situación histórica en la que el hombre se viera como heredero de un tiempo anterior, de una cultura precedente; colocado, en consecuencia, en la doble posición que un vínculo de herencia lleva consigo. Esa doble posición en quien se estima heredero entraña, de una parte, considerarse como distinto de aquel a quién se hereda, pero, a la vez, implica reconocerse ligado al mismo, con una cierta común naturaleza, por lo menos en aquellos aspectos a Los que la herencia se extiende. La Edad Media, muy en especial en sus primeros siglos, vive una especie de contemporaneidad de todo cuanto ha sido y todo cuanto es. La conciencia histórica madura lentamente en los siglos medievaEl descubrimiento de tierras al sur del Ecuador, y el surgimiento del continente americano, constituyen la circunstancia incomparable para que se alcanzara el nuevo nivel histórico les y es, naturalmente, incapaz de vencer en los primeros tiempos esa intemporal conciencia de contemporaneidad. Por ello, en la Edad Media se equiparan los términos antiguo y anciano. Los ancianos que son muy antiguos, se dice en la Primera Crónica General, y en el Setenario se nos habla con magno elogio de un omne vieio antigo. El mismo fenómeno se da en la Crónica de Jaume I y en la Crónica de Muntaner. Está en los antiguos el seso e la sabyengia Es en el mucho tiempo el saber e la Qiengia, escribía el Arcipreste de Hita. El descubrimiento de tierras habitadas y habitables al sur del ecuador, y el surgimiento del continente americano, constituyen la circunstancia incomparable para que se alcanzara el nuevo nivel histórico. Junto a ello, la conciencia de autonomía del individuo. El individuo se levanta como única instancia de legitimación de un orden; es el nuevo protagonista de la época. La misma forma política de nación responde al nuevo tipo de vinculación, basada en la conciencia de libertad propia del hombre moderno. Esa misma libertad es la base del nuevo punto de vista de la relación con el mundo, sobre el que opera y trabaja. La práctica es lo que importa, y de su aplicación se ha de sacar la teoría. La experiencia es, eminentemente, la de cada uno: la experiencia personal. Yo hablo por lo que he visto por estos ojos y palpado con estas manos, con fundamentos de filosofía moral y natural, dice el médico López de Villalobos. Ojos y manos son los instrumentos de que se vale el hombre de la modernidad para conquistar el saber de las cosas, cuyo acceso, en cambio, el hombre medieval reservaba a los oídos. Usando de la industria de las manos en las cosas de naturaleza, habernos venido a fabricar otra nueva naturaleza, exalta Fray Luis de Granada. En el primer libro geográfico que recoge la novedad americana, Fernández de Enciso repite una y otra vez, para librarnos de posibles dudas acerca de lo que nos cuenta, que todo esto he visto yo por experiencia. La experiencia no sólo certifica, sino que nos descubre la verdad de las cosas. Un testimonio de especial valor es el del médico y naturalista Andrés Laguna, que tradujo y revisó, con ayuda de Juan Páez de Castro, el texto griego del famoso Dioscórides. ¿Por qué tengo yo de creer cosa que primero no examine en mi entendimiento? ¿Qué se me da a mí que los otros lo digan si no lleva camino? tal es la tesis de Laguna. Lo propio del verdadero humanista no será según Vives seguir a los antiguos, sino atenerse a la razón. Ya en el barroco, el inquieto y siempre sugestivo Antonio López de Vega exclama en uno de sus diálogos: a mí no me hicieron racional para sentir y caminar como bruto, siguiendo los pasos de los que van delante y tratando de ir por donde se va que a donde se ha de ir. Perdonen o no perdonen los Césares y Pompeyos, que al entendimiento libre ni las opiniones comunes ni la autoridad ajena le hacen fuerza. ¿Por ventura se pregunta Suárez de Figueroa son ellos los legisladores del entendimiento? La razón y la verdad son patrimonio común de los hombres y no pueden ser enajenadas ni por la autoridad docente ni por la autoridad política. Páez de Castro, cronista del emperador Carlos V, sintetizó y expresó el deseo general de los hombres del XVI de reunir en España una gran Biblioteca a imitación de las que se habían fundado ya en otras naciones. Expuso por vez primera este deseo al emperador, aunque no con toda claridad, en La forma en que el doctor Juan Páez trataba de escribir la historia. Carlos V no llegó a fundar biblioteca alguna, aunque debió intentarlo, pues se cree que mandó traer del Duomo de Siena muchos manuscritos y que comisionó a Manuel Glinzón para reunir códices griegos. Apenas Felipe II tomó posesión de los reinos de España, volvió Páez de Castro a exponer aquel deseo general, aunque ya directamente, en el Memorial del Dr. Juan Páez de Castro ...al rey Phelipe II sobre la utilidad de juntar una buena bibloteca. En fin, la confianza en la experiencia personal y en la autonomía de la razón, con su abierta y amplia crítica del principio de autoridad, son los factores que, en la crisis del siglo XVI, y sobre la base de las nuevas condiciones socioeconómicas que trae consigo el crecimiento de la burguesía, se articulan y desarrollan para dar origen a la teoría del progreso como visión general del curso de la historia. En palabras de Martín Cortés: el ser humano es un compendio del mundo. En nuestros días, Borges ve al hombre como un catálogo de la biología. En la situación histórica y cultural del XVI el doctor López de Villalobos podía decir de la voluntad humana que continuamente está suspensa de lo que ha de venir. Alonso de Herrera tiene, a no dudarlo, un franco entusiasmo por las invenciones de su tiempo. A ello se debe que sea él tal vez el primero en escribir en lengua española un elogio de esas novedades, la invención de la imprenta: Por llegarme más a nuestros tiempos, en el arte de Imprimir muchas sotilezas y primores tienen oy los impresores que no supo el que halló esta arte. También de mediados de siglo es el testimonio que Lázaro de Velasco nos dejó sobre el desarrollo bibliográfico de su tiempo: producido por la ingeniosa arte del imprimir y curiosidad de las gentes de hoy dia que quasi ningún libro de los que nos quedaron de los antiguos a dexado de salir a la luz. Los primeros impresores alemanes que arribaron a las costas de Levante de España, en 1474, presentaron pruebas de su admirable arte en Valencia y Barcelona. El 25 de diciembre de 1477 la Reina Católica dicta una cartaorden a la Ciudad de Murcia, mandando que Teodorico, alemán, impresor de libros de molde en estos reinos, sea franco de pagar alcabalas. En Toledo, en 1480, dictan los Reyes la primera Ley de imprenta. La Ley 97 de las Cortes de Toledo, en beneficio del comercio franco de libros, manda que no se paguen derechos algunos por la introducción de libros extranjeros en estos Reinos, considerando cuanto era provechoso y honroso que á estos reinos se trageran libros de otras partes, para que con ellos se hiciesen los hombres letrados. El 8 de julio de 1502, los reyes Católicos dieron en Toledo su célebre Pragmática acerca de los libros de molde; en resumen, la disposición es simple: los libros deberán estar bien hechos. Tal preocupación por la educación, por la ilustración, no se volvería a ver en nuestro suelo hasta las disposiciones de fomento del sexenio democrático, cuatrocientos años después. El 7 de setiembre de 1558, Felipe II y, en su nombre, la princesa doña Juana, promulga la Nueva Orden que ha de observarse en la impresión de libros y las diligencias que deben practicar los libreros y las Justicias, para evitar que las falsas opiniones se derramen en el corazón de los subditos. Algunos años después, du Bellay se refiere a la imprenta como la décima de las musas. También Rabelais, al echar cuenta de los méritos de su tiempo anota la imprenta; pero más perspicaz que sus coetáneos, la empareja con la artillería. Por aquello que refiere Gracián en El Héroe: ¿Qué príncipes ocupan los catálogos de la fama, sino los guerreros? El médico Monardes añade a la relación la aguja de marear, y no le faltó razón. Así, Martín Cortés empieza por comparar las dimensiones del mundo moderno en relación al antiguo, lo que le permite comprobar el incomparable ensanchamiento del mundo conseguido en su presente. El avance técnico se une, o arrastra, al de las matemáticas. El cuadro Los tres filósofos, de Giorgione, en el Museo de Viena, representa el comienzo de la edad de los matemáticos ingenieros y termina la pseudomatemática de los dialécticos y los astrólogos. Lo mismo puede decirse de la agricultura con el trabajo de Gabriel Alonso de Herrera o en el de la contabilidad, con la que Solórzano ordena la administración de la hacienda y hace posible el gran comercio internacional. Pocos documentos más elocuentes que la carta de Francisco Sánchez, el Brócense, publicada como introducción a una de las partes de la Aritmética práctica y especulativa, de Pérez de Moya. En sus palabras encuentra expresión la fe en el adelanto de la obra humana; adelanto en el sentido en que tanto la utilizaría el progresista del siglo XIX. Adelanto que también prospera en la medicina, terreno en el que Lobera de Avila, en varias de sus obras en el Libro de experiencias de Medicina o en el Vergel de Sanidad se inclina por lo nuevo. Ya Monardes, mucho antes de que lo hiciera Cabriada, había apostado por el desarrollo de la química y el de la farmacopea. El más interesante pudiera ser Valverde de Hamusco, que critica a Vesalio por no haber querido apartarse suficientemente de Galeno. Con reiteración hemos venido sirviéndonos de la voz progreso. Es posible que el primer caso de empleo de esta voz en lengua española sea el de una carta del Abad de Nájera al Emperador, el 7 de noviembre de 1523: la rebelión del Duque de Borbón contra el rey de Francia hazía gran progreso. Ese progreso, junto al de cultura, que Enrique de Villena utiliza por vez primera en castellano a principios de XV cultura o labranza, escribe, desembocarán en el XVIII en el galicismo civilización, al que Voltaire llenará de una significación precisa: la marcha del acontecer humano hacia una mayor perfección de la cultura. Todavía en el XVI, dos personajes definen el futuro. Luis Zapata, que pasó sus últimos veinte años en la cárcel, donde, en 1592, publicó su Miscelánea, en ella reconoce el papel de las comunicaciones en el empequeñecimiento del mundo. Por su parte, Cristóbal de Villalón acomete la tarea de catalogar el conocimiento existente como base histórica hacia el porvenir; su catálogo lleva por título Ingeniosa comparación de lo antiguo con lo presente. Lo publicó en 1539. Porque es así de sencillo: del mismo modo que en una biblioteca no importa los libros que hay, sino los que se leen y la capacidad de encontrar aquello que se busca, así un nuevo conocimiento solo es relevante si es susceptible de ser utilizado; de ser en el preciso momento en que alguien intenta saber sí existe. Esta posesión global, precisa e instantánea del conocimiento disponible es, hoy, premisa de todo desarrollo. Información para conocer, para investigar, para instruir, para aprender. La libertad, en su más amplia acepción, depende hoy, en gran medida, del acceso sin condiciones ni obstáculos a las fuentes de información. Sólo así puede ejercerse este fundamental derecho humano. El derecho, entre otros, de informarse, de leer, que reclamara Miguel Hernández: Un ciprés: a él junto, leo. Me acuesto en la hierba. Leo. Echo el ojo al hato. Leo. Me pongo sentado. Leo. Por el oriente descuella la noche. No quedan luces. No leo.