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Breve glosario del milagro chino

Alberto Míguez

De la dictadura de Mao en China. El éxodo poblacional que se producirá en los sucesivos años, más de 150 millones de campesinos abandonarán el campo y se instalarán en las ciudades. Represalias contra la corrupción.

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Alberto Míguez, “Breve glosario del milagro chino,” accessed July 5, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/695.

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Breve glosario del milagro chino

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De la dictadura de Mao en China. El éxodo poblacional que se producirá en los sucesivos años, más de 150 millones de campesinos abandonarán el campo y se instalarán en las ciudades. Represalias contra la corrupción.

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Alberto Míguez

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Nueva Revista 037 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Un experimento decisivo Breve glosario del milagro chino Por Alberto Míguez Enriquecerse es glorioso Deng Xiaoping ubo el milagro alemán y después, dicen, el español. A finales de este siglo parece haberle llegado el turno a China. Con la diferencia de que aquí es un cuarto de la humanidad la que está comprometida en esta inmensa mutación: Halgo parecido a que Japón, Estados Unidos, la exUnión Soviética y Europa Occidental, juntos, iniciaran un cambio cualitativo y cuantitativo, económico y social de dimensiones hasta ahora inéditas. A lo largo de un reciente viaje por China (era mi quinta visita al eximperio del Centro) garabateé estas notas que ahora ofrezco en forma de glosario. Mao. El Mausoleo donde está la momia de Mao, en la plaza de Tian Anmen de Pekín, se abre irregularmente: nadie sabe cuándo ni porqué. Apenas algunos turistas curiosos y contados chinos se acercan al espantoso pegote stalinista donde se rinde culto sin entusiasmo al Gran Timonel. A la entrada de la Ciudad Prohibida sigue colgado el gran retrato del dictador, como viene sucediendo desde 1949, cuando el Ejército Rojo entró en Pekín. El discurso oficial sobre Mao es más estadístico que político: acertó en un 70% y se equivocó en un 30%. En realidad el porcentaje de sus errores supera el 90%. Mao fue un tirano sanguinario y desde 1952 sólo cometió errores que costaron millones de víctimas. Pero en China nos gusta honrar a los antepasados, me dijo el señor Huang, un alto funcionario del partido (comunista) insólitamente locuaz y sincero tras varios muchos brindis con Maotai, el contundente licor chino, parecido al orujo gallego. El tenebroso recuerdo de Mao está desapareciendo gracias a la labor incansable y paulatina de sus sucesores ya que no herederos que lo recuerdan con auténtico horror, aunque dan a entender que lo veneran. Sucesión de Deng. Desde hace varios años la sucesión de Deng Xiaoping está abierta. El viejecito espera la muerte jugando al bridge con uno de sus confidentes y con su hija, Deng Rong, cuyo poder en China es enorme. De vez en cuando protagoniza breves salidas públicas la última fué el pasado enero o hace saber qué rectificaciones deben aplicarse al plan de reforma y modernización. Pero sigue siendo el dueño absoluto de China como lo fué Mao, aunque utilice mañas diferentes. Varios son los aspirantes a la sucesión del Pequeño Timonel para diferenciarlo del Gran Timonel que era Mao, según sus turiferarios. En primera línea de salida se encuentran Jiang Zemin (Presidente de la República, secretario general del partido, presidente de la poderosísima Comisión militar del Comité Central) y Li Peng, primer ministro, más conocido como el Carnicero de Tian Anmen por ser directamente responsable de la masacre de los estudiantes. En el segundo escalón se dibujan dos personalidades diferentes y de gran relevancia: Zhu Rongji, superministro de Economía (el López Rodó chino, según un chusco) y el misterioso Qiao Shi, presidente de la Asamblea Nacional y hasta hace poco, jefe del espionaje y de la policía. Una pléyade de aspirantes de tercera y cuarta, miembros del gobierno o del partido esperan su turno, pero tienen menguadas posibilidades. No puede excluirse que la dirección política china tras Deng sea colegiada: un pacto entre los reformadores y los ortodoxos conservadores, calificaciones que convendría matizar convenientemente, porque no significan lo que representan. Éxodo del campo a la ciudad. En los próximos años mas de 150 millones de campesinos chinos abandonarán el campo y se instalarán en las ciudades. Este inmenso éxodo ha empezado ya y es perceptible en las grandes urbes como Pekín, Shanghai o Cantón: las obras públicas, las nuevas construcciones, las actividades informales (mozos maleteros, limpiabotas, vendedores, afiladores, etc.) se nutren de esta mano de obra barata y fácil de dirigir. China aborreció durante tres décadas del imperialismo (norteamericano) y del socialimperialismo (soviético). Ahora parece haber entrado en el más salvaje capitalismo industrial. La explotación a que son sometidos estos campesinos iletrados e ignorantes recuerda la situación de la clase trabajadora de Inglaterra descrita magistralmente por el pobre Engels (¡cuántas barbaridades se han hecho en tu nombre!). Reciben sueldos miserables (unas mil pesetas por mes), duermen en inmundos barracones de las empresas que los emplean y comen un rancho común, a pie de obra. Si usted quiere conocer las dimensiones de este éxodo prodigioso, acérquese a la estación de tren de Cantón: cientos de miles de personas se han instalado en sus alrededores, a veces con sus familias. Allí viven, allí duermen, allí comen lo que caiga, si cae algo en espera de un trabajo, de un tren que los lleve a otra parte. Es un espectáculo terrible, infernal: la otra cara del milagro chino. Estos campesinos sin tierra ni instrucción casi ninguno entiende el dialecto cantonés, tan diferente del chino que se habla en el centro y en el norte prestan su fuerza de trabajo por unos céntimos o, incluso, simplemente por un cuenco de arroz. ¿Es ésta la llamada economía socialista de mercado? Disidentes. No hay acuerdo entre las organizaciones humanitarias sobre el número de presos políticos que hay en China. Las autoridades (el régimen, para entendernos) niegan la mayor: en las cárceles no hay presos de conciencia, disidentes o heterodoxos, hay simplemente condenados por delitos comunes, delincuentes que purgan su pena. Claro que en China, como en cualquier otra dictadura, las posibilidades de convertirse en delincuente, político o común, son numerosas: basta una crítica verbal o escrita al régimen, organizar un grupo de discusión, exponer un dazibao (periódico mural) o cantar algún aire humorístico sobre la virilidad de cualquier dirigente. Semejantes delitos pueden costarle a sus autores penas que oscilan entre los diez años de cárcel y la cadena perpetua. Tras los sucesos de Tian Anmen (junio 1989) algunos dirigentes de la revuelta los menos conocidos, por supuesto fueron ejecutados. Otros están todavía en la cárcel o han sido liberados muy recientemente. Por último, una minoría logró escapar al extranjero. En París, Nueva York, Londres, Roma o San Francisco han formado grupos testimoniales, pero su influencia en la China real (la del milagro económico y la opresión política) es muy limitada, por no decir nula. Las organizaciones humanitarias internacionales como Asia Watchs o Amnistía Internacional multiplican periódicamente sus mensajes para que cese la represión o se suprima la pena de muerte (en 1993 fueron ejecutadas unas 3.500 personas, algunas de ellas en público). Pero el régimen de Deng hace oídos sordos a tales lamentos, convencido de que los intereses económicos de las grandes (y pequeñas) potencias privarán sobre las buenas intenciones de los defensores de los derechos humanos, como así sucedió tras la represión de 1989. Y no hay razón alguna para que sea de otra manera en el futuro. Una parte de la disidencia china en el exterior cree que el gran cambio se producirá tras la muerte de Deng y la lucha por el poder entre sus herederos. Pero existe un consenso férreo en las instancias del poder para no tolerar espacio alguno de libertad política. El esquema democrático occidental advierten al visitante los altos funcionarios chinos conduciría rapidamente al caos y a la guerra civil, cuando no a la dominación imperialista como en el pasado. Corrupción. Entre los efectos no deseados de la reforma económica china están las desigualdades crecientes y la corrupción galopante, visible sobre todo entre los pequeños y altos funcionarios, los nuevos empresarios, militares, aduaneros, políticos y burócratas del partido. El gobierno quiere luchar contra esta lacra, dicen sus portavoces, pero no parece fácil porque la epidemia es contagiosa y el número de afectados, enorme. En lo que va de año (enerooctubre 1994) más de dos mil personas han sido condenadas a muerte (y ejecutadas) o a cadena perpetua, por actividades corruptas, tráfico de influencias, desfalcos, cobro ilegal de comisiones, etc. Los tribunales chinos no se andan con bromas y el gobierno aprobó recientemente varias leyes para sancionar a los corruptos, a los corruptores y a los que toleran tal estado de cosas. Es moneda común, sin embargo, que en China todo y todos tienen un precio. Los empresarios extranjeros (incluidos, por supuesto, los españoles) lo saben y actúan en consecuencia. Hasta el nada sospechoso profesor Enrique Fanjul, presidente del Comité hispanochino de hombres de negocios y autor de un libro reciente sobre la reforma china Revolución en la revolución. China, del maoismo a la era de la reforma, Alianza Editorial (Madrid 1994) aconseja a los futuros inversionistas o empresarios que escojan como partenaires chinos a quienes tienen influencia política y buenos contactos en la cúpula del poder central o provincial para que engrasen los mecanismos burocráticos para conseguir ciertas ventajas en la obtención de permisos, documentación reservada y facilidades para constituir empresas mixtas, etc. Quien no entra por el aro de estas prácticas suele irse de China algo desanimado y convencido de que perdió el tiempo. Hasta el hijo inválido de Deng Xiaoping estuvo involucrado en una historia de tráfico de influencias, de modo que... Xenofobia. Miles de empresas extranjeras, miles de residentes extranjeros en las principales ciudades, millones de turistas todos los años... Y, sin embargo, la desconfianza hacia el extranjero se mantiene e incluso aumenta en China. Ser extranjero en China no es una bicoca: los billetes de tren son para los visitantes y residentes un 75% más caros, los taxis, los alquileres de viviendas e incluso los productos de consumo diario, también. ¡Hasta las tasas de aeropuerto se doblan o triplican! Las explicaciones ofrecidas por las autoridades chinas, inquietas porque estas diferencias deben desaparecer si desean que su país se integre en la Organización Internacional de Comercio, sucesora del GATT, son tan confusas como surrealistas. El proceso de modernización no pudo cambiar hasta ahora las raíces profundas de la xenofobia china, explicable desde el punto de vista histórico a partir del siglo XIX y hasta 1949. Los residentes extranjeros en Pekín y Shanghai se quejan por los reiterados incidentes xenófobos que sufren directa o indirectamente en las calles. Hay razones para la inquietud y el temor. Apenas un sector muy reducido de la población se está beneficiando directamente del maná modernizador: entre 50 y 70 millones de los 1.200 del total. Las expectativas creadas por el milagro llegan a pocos y no siempre a los más trabajadores, sacrificados y competentes. La inmensa mayoría del país sigue alimentándose con las migajas, aunque el pastel haya crecido mucho. Y los extranjeros corren el riesgo de convertirse en el chivo expiatorio de esta frustración, como ocurrió en el pasado aunque por razones muy distintas. Recalentamiento de la economía. La economía China está recalentada y eso lo repiten todos, chinos y extranjeros. En algunas zonas costeras (por ejemplo, Cantón o las zonas económicas especiales) el crecimiento superó el año pasado el 20%, un auténtico récord mundial. Las autoridades económicas temen con razón que estos índices de crecimiento lleven al estallido si no se controla la inflación y no se digiere el cambio socialmente. Por eso han decidido enfriar la economía con medidas restrictivas. No lo consiguieron completamente. Por decreto se decidió que el crecimiento para 1994 no tendría que superar a nivel global el 10% pero nadie cree ya que esta cifra sea viable y se habla de un 13 o 15% de crecimiento controlado. El problema estriba en que este tipo de ordenanzas ya no pueden imponerse por decreto. La reforma económica ha creado un sector privado importantísimo que es, naturalmente el más dinámico que se mueve por sus propias leyes, y sobre el que el gobierno o el partido tienen una influencia muy limitada. Aunque, no hay que engañarse, las empresas de propiedad estatal siguen siendo mayoritarias y deficitarias de modo que el sector público es determinante ahora y lo seguirá siendo mientras no desaparezca completamente, lo que está muy lejos de suceder. Pero el movimiento hacia la privatización de la economía parece imparable, como lo es el proceso de apertura política y de cambio social. La filfa de que es posible una reforma económica sin democracia política y mejor distribución social resulta, a largo plazo, inviable. Cuando China despierte... advertía hace bastantes años el exministro y académico francés Alain Peyrefitte. Este despertar es ya un hecho imparable, aunque las consecuencias que para la vida del enorme país y de toda la humanidad siguen siendo imprevisibles. Si alguien me preguntase donde se está produciendo a nivel planetario la experiencia mas interesante y decisiva hoy en día, le respondería sin dudarlo un instante que en China porque en un mismo espacio temporal y geográfico se codean el pasado y el futuro (ambos, lógicamente, imperfectos) sin que se sepa muy bien qué va a salir de este gigantesco laboratorio. Qué duda cabe que China se perfila como la gran potencia del siglo XXI como repiten a diario profesores, periodistas y políticos. Pero conviene tener sumo cuidado con estas profecías. Brasil, por ejemplo, fue también la potencia del próximo siglo hasta que los profetas se cayeron del caballo. El proceso chino es incierto: hay demasiadas variantes, tentaciones y dificultades como para aventurarse en prospectivas vanas. El poder político es fuerte y aparentemente estable, pero ¿podrá controlar las fuerzas sociales que la reforma está liberando? He aquí una pregunta interesante. Y otra, que no lo es menos: ¿el crecimiento desigual geográfica y socialmente podrá paliarse algo con una voluntad distributiva que tiene sobre todo un carácter testimonial? El inmenso imperio del medio o del centro, ¿deberá renunciar a una dirección centralizada para descentralizarse en aras del progreso económico? Ninguna de estas preguntas tiene, ahora, respuesta. Y es probable que no la tengan tampoco en los próximos años. China despierta, sí, pero a veces los despertares son mas amargos que los sueños. • PekínCantónShanghai. Septiembre 1994.