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Las tertulias de las vanidades

Luis Núñez Ladevéze

Sobre las tertulias de sociedad y política. En una sociedad donde la ignorancia es un valor generalizado y el conocimiento un valor especializado, la tarea de persuadir estará en manos de quien sintonice con el fervor general.

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Luis Núñez Ladevéze, “Las tertulias de las vanidades,” accessed May 23, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/583.

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Las tertulias de las vanidades

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Panorama

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Sobre las tertulias de sociedad y política. En una sociedad donde la ignorancia es un valor generalizado y el conocimiento un valor especializado, la tarea de persuadir estará en manos de quien sintonice con el fervor general.

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Luis Núñez Ladevéze

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Nueva Revista 032 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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El vértigo de las ondas Las tertulias de las vanidades Por Luis Núñez Ladevéze ierto día las veleidades cortesanas del conde Lecquio se pusieron de moda en la tertulia madrileña. El nombre de Antonia DellAtte pasó de la condición gramatical de nomCbre propio a la de común de la noche a la mañana. El comentario de este tratamiento informativo quiere pasar de puntillas sobre la anécdota noticiosa para fijarse en la categoría subyacente. No se trata de una noticia ocasional, que se esconda en las secciones más amarillentas de los periódicos ni en las más sonrosadas de los noticiarios. Forma parte de un estilo informativo generalizado que consigue destacar en las portadas de los llamados periódicos de calidad y que es objeto de comentario de los más prestigiosos comentaristas de la actualidad política. No era la primera vez que ocurría algo parecido. Noticia de primera plana fue también la peripecia matrimonial de Chábeli Iglesias. Siempre que se produce una noticia de este estilo se esconde algún resabio de aderezo político. Y si no lo tiene, la prensa soidisant cualitativa consigue sazonarla con este condimento que permite amparar en sus páginas una valoración proporcionada a la curiosidad que suscitan. El caso es que hace tiempo que Madrid se ha convertido en una gran tertulia deletérea a través de las antenas de la radio, la pantalla de la televisión y de la letra impresa de los rotativos. Se puede asegurar que la tertulia es un invento español de cierta tradición. De las tertulias de Pombo a las del café Gijón, pasando por las charlas de café de don Santiago Ramón y Cajal, se desprenden alicientes que podrían sugerir que se considerase la conversación como un peculiar género literario. Pero hemos pasado de la tertulia de salón y de café a la del medio de comunicación. Y ahí los valores tradicionales languidecen y se metamorfosean en otros insólitos. La moda por la moda En el caso más elemental y exigente, tres o cuatro periodistas se reúnen para comentar la actualidad. Generalmente se habla de política y se dice cualquier cosa, con tal de que tenga interés para una audiencia que carece de tiempo para leer el periódico, pero le sobra para atender lo que pudo leer en menos tiempo que el que dedica a escuchar. En los demás casos, las cosas se complican. El tertuliano o contertulio comparte el micrófono con la vedette del día o de la noche. Cuentan con sillón y micrófonos fijos para emitir un amasijo de juicios sobre los asuntos más variados de la agenda setting elaborada sobre la información de actualidad. Lo que interesa es que alguien de moda hable de algún asunto de moda. La política nacional se confunde con el comentario deportivo, el comentario con la crítica de sociedad, la crítica con el chismorreo, el chismorreo bordea con facilidad el umbral de la injuria y la injuria muy fácilmente se convierte en contumelia. En ese revoltijo se hace cierto el escolio de que nada es verdad ni mentira porque, independientemente de cual sea el cristal con que se mira, no hay mirada que sea tan poderosa como para distinguir entre lo que es cierto y lo que sólo parece verosímil, entre lo razonable y lo conjetural, entre lo hipotético y lo insinuado, entre lo metafórico y lo imaginario o entre lo insidioso y lo erróneo. Tampoco es preciso hacer inventario de asuntos privados que repentinamente pasan a serlo de dominio público, para comprender hasta qué punto de popularidad, convertida en simple pasatiempo de los comentaristas, es una especie de pasión inútil que entretiene al personal en esta sociedad en la que los medios de comunicación tanto contribuyen a exaltar como a adormecer, a prestigiar como a denigrar, y con el mismo ardor informan de la guerra de Bosnia que de los amoríos de Ana García Obregón. Con decir que uno de los más afamados comentaristas de la actualidad política nacional ganó su barbado prestigio disfrazándose con el atuendo, deliberadamente impudoroso, de Aurora Pavón, ya está todo dicho. O casi todo. Falta añadir que los ministros del Interior pueden citarse a duelo en una tertulia radiofónica con un director de periódico o que los rectores de Universidad no rehuyen entrar al trapo de la simuladamente descocada señorita Pavón. Si tales son los guantes que ofenden cuando se arrojan a la cara, no es de asombrarse que el chismorrero de tertulia se haya convertido, no en un género periodístico, sino en el género informativo por antonomasia. Quien no está al cabo de lo que se dice en la tertulia es que no sabe lo que pasa en la calle ni cómo la calle se las trae. Quien no se haya servido de un micrófono para hablar desde una butaca es que su opinión no merece consideración social. Ayer estuve en la tertulia de menganito, equivale a una condecoración de prestigio y de autenticidad. Cada tertulia tiene además de su nombre el de su inventor, o su director, o su diseñador. Y quien no tenga un puesto en alguna de ellas es que no ha pasado todavía de la condición de meritorio en la jerarquía de su profesión. Pero tampoco hay que escandalizarse. Ni siquiera pensar que estas cosas ocurren porque habitamos de Pirineos para abajo. Es un fenómeno generalizado que en nuestro país tiene aspectos propios, acaso más pintorescos y peculiares. Para sociologizar el comentario basta con reflexionar sobre cómo la enorme capacidad de suscitar estímulos a causa de la concentración de funciones que se asignan a la tarea de informar libremente, dificulta distinguir hoy día qué significa realmente y qué está efectivamente en juego cuando se habla o se discute sobre libertad de información. Y no digamos si de lo que se trata es de la libertad de opinión. ¿Quién predica y por qué en la radio, quién pregunta y quién responde en la televisión? ¿De qué se habla en la calle cuando se comenta la información del día? Son cuestiones todavía más interesantes que la que podríamos formular sobre quién escribe y opina en los periódicos. Parece que esta especie de disgregación del juicio en la que decir que tanto vale el de un especialista como el del primer advenedizo aficionado, expresaría una afirmación optimista por su ingenuidad, no es una enfermedad nueva ni tampoco peculiar. Comte se preocupó por esta indisciplina de los juicios del valor cuando criticó la modernidad incluso antes de que Tocqueville escribiera su Democracia en América y con mucha anticipación a que Ortega profetizara La rebelión de las masas. Para Comte resultaba problemático cómo podría orientarse el ciudadano moderno en el laberinto en el que todo juicio tiene el mismo valor y las libres opiniones se aceptan también libremente, por eso le preocupaba situar guías o señales que indicasen o permitieran seleccionar de acuerdo con algún criterio doctrinal la opinión solvente de la estólida, el conocimiento genuino del enmascarador. Pero no encontró la fórmula, pues perdidos los vínculos institucionales en que se basaban las fuentes de la autoridad doctrinal, el padre del actual positivismo comprendió que no había manera de sustituirlos. Por lo demás, enmascarar la ignorancia y aparentar que se sabe de lo que no se sabe, es asunto relativamente fácil y ni siquiera, a pesar de las apariencias, novedoso. Platón anticipó el diagnóstico al delatar la causa. En su diálogo Gorgias, dice el padre de la filosofía que el ignorante resultará, ante los ignorantes, más convincente que el conocedor... no hace ninguna falta que la retórica conozca cómo son las cosas mismas, sino haber encontrado una artimaña para persuadir de tal manera que el orador parezca a los no conocedores saber más y mejor que los conocedores (459 b). En una sociedad donde la ignorancia es un valor generalizado y el conocimiento un valor especializado, la tarea de persuadir estará siempre en manos de quien sintonice con el fervor general. Siglos después de Platón, Lope de Vega asumió el mismo punto de vista transformando el alegato moral en preceptiva estética: pues si lo paga el vulgo es justo hablarle en necio para darle gusto. Pensar que en el juego de las libres opiniones las más dignas y relevantes prevalecerán sobre las más triviales y anecdóticas es una ingenuidad. El lingüista Bloomfield se refirió a ello cuando escribió que en la pseudociencia se mimetizan los aspectos perjudiciales del lenguaje científico pero no los ventajosos. Por aspecto perjudicial puede entenderse el uso esotérico de la terminología para aparentar que se dice algo profundo cuando se usa una palabra específica y extraña. Al alcance está de cualquier guionista publicitario el uso de una palabrería pretenciosamente científica, encaminada a persuadir al ama de casa de que el jabón o la lejía X tiene tal eficacia que permite prescindir de ingredientes alternativos, cualquiera sea la cosa que se entienda por ingredientes alternativos, en el supuesto, realmente optimista, de que esa expresión pueda significar cosa alguna. Pero también esta forma de publicidad contribuye a ornar el escenario de las tertulias. Mientras se expone el anuncio, los contertulios dinamitan con sus comentarios sobre la rapiña capitalista los estímulos que alientan los intereses de los publicitarios del capital. Audiencias y programas Justamente porque la opinión es libre, las recomendaciones y propuestas que Augusto Comte, y luego otras muchas advertencias de inteligencias no menores que la suya, no sirvieron para nada. Ni tan siquiera el aumento de la escolarización y la generalización de la alfabetización. Las cosas son como son. Con la masificación de la enseñanza superior, un título de licenciado de la Complutense lo mismo sirve de pasaporte para una embajada que de recomendación para la cárcel de Carabanchel. En alguna medida, en eso ha quedado la ensoñación utopista de la enseñanza universitaria general y gratuita. Algunos piensan que las cosas son de tal suerte y rro de tal otra a causa de la televisión. Sin duda, la televisión con mucha más eficacia de la que tuvo la radio, ha contribuido a convertir el liderazgo del conocimiento y de la opinión autorizada en una función de escaparate. Pero los condicionamientos son recíprocos. Si el público no fuera como es, la televisión no sería como el público desea. Y los más listos de los programadores, como Valerio Lazarov, harían perfectamente las cosas que hacen de un modo distinto de como las hacen si pensaran que el público que las atiende respondiera con más fervor a otros estímulos. Si presentan taparrabos es porque presumen que el taparrabos gusta más que la bufanda, de otro modo las presentarían en bufandas. Si prefieren el comentario de la actriz de moda es porque estiman que resulta más sugerente que el de un investigador del CSIC. Una popularidad recursiva Además, no es tan difícil conjeturar los criterios de que se valen los que tienen la capacidad de selección. Por lo común, no se trata de recoger el comentario más solvente sino de exhibir el juicio del más llamativo. También influye la relación personal y la evitación del esfuerzo. Si un periodista sabe de alguien que conoce un tema o cree que lo conoce ese presunto especialista ya es convidado, y no de piedra, a ocupar una plaza fija de contertulio selecto. Lo que resalta es que sea selecto sin que se sepa cuál es la causa de su selección. Se comenta al público respetable un escuálido curriculum vitae enfatizado para que pueda impresionar en Orcasitas, en Ortigosa o en Almuñécar. Eso no es difícil. No hay quien no tenga algo de que presumir, incluso en cuestión de letras o de especialidades y, sobre todo, si se trata de hacer valer un juicio político. La opinión de Concha Velasco es mejor atendida que la de Laín Entralgo. Entre otras razones, porque los académicos cuando no alcanzan el rango de premio Nobel, que les permite estar por encima del bien y del mal, entrando y saliendo indemnes del abrazo moral de las tertulias, también tratan de distinguirse rehuyendo este tipo de distinción. Hay que salvar el prestigio hurtándose a las candilejas cuando estas enfocan en cualquier dirección, pero, sobre todo, cuando no hay manera de conseguir que enfoquen hacia la nuestra. Este procedimiento de selección contribuye a popularizar al seleccionado. Así la pescadilla se muerde la cola en la tertulia, de manera que si hay algún desvío o error de selección no habrá modo de rectificarlo. La libertad de opinión administrada en los consejos ocultos de los tertulianos, se convierte en una especie de algarabía cuyo sentido, si es que lo tiene, resulta imposible de captar. Esto no es ni bueno ni malo, pues aunque haya muchos motivos para lamentarlo hay otros tantos para celebrarlo. No suele hablar el que más sabe justamente porque el que más sabe no suele necesitar hablar para demostrarlo. Como la ignorancia es el estado más difundido socialmente, pero menos reconocido entre quienes lo padecemos, los efectos pueden ser inesperados. A cualquiera le puede engañar un taumaturgo o un matasanos pero él sufre las consecuencias. Con todo, la ignorancia está tan difundida que los taumaturgos y los brujos siguen conservando, transformados en portavoz de una tertulia, su viejo poder. Las cosas no son mejores porque haya tertulianos, pero tampoco son peores que si no los hubiera. Al menos, queda claro que si hay algún derecho a la ignorancia estamos bien nutridos de jueces para preservarlo. •