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En torno a la transición energética

Joaquín Abril Martorell

Hay dos aspectos relevantes que determinan y permiten valorar
la competitividad de una nación: el sistema energético y las infraestructuras.
En el primer caso, España, que dispone de un
sistema energético competitivo, tiene que enfrentarse al desafío
de buscar alternativas a las fuentes energéticas existentes. En el
segundo aspecto, España se encuentra en una fase de consolidación
de las infraestructuras. Joaquín Abril reflexiona en este
artículo sobre el futuro de nuestro país en estos dos ámbitos.

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Joaquín Abril Martorell, “En torno a la transición energética,” accessed December 13, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/3631.

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Title

En torno a la transición energética

Subject

Sectores estratégicos

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Hay dos aspectos relevantes que determinan y permiten valorar
la competitividad de una nación: el sistema energético y las infraestructuras.
En el primer caso, España, que dispone de un
sistema energético competitivo, tiene que enfrentarse al desafío
de buscar alternativas a las fuentes energéticas existentes. En el
segundo aspecto, España se encuentra en una fase de consolidación
de las infraestructuras. Joaquín Abril reflexiona en este
artículo sobre el futuro de nuestro país en estos dos ámbitos.

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Joaquín Abril Martorell

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Nueva Revista 135 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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España dispone de un sistema energético cuyo conjunto
de componentes le hace perfectamente competitivo en la
escena internacional. Nos referimos a las distintas fases de
abastecimiento, transformación, transporte y distribución
de los dos sistemas de aportación energética en que podemos
distinguir este mundo tan complejo de la energía.
Así, por una parte a la aportación de combustible para
transporte (automoción y aviación), de gases licuados del
petróleo (uso doméstico) y carbón siderúrgico como principales,
y de otra parte al sistema eléctrico con una diversidad de aportaciones para su generación: derivados del
petróleo, gas natural, carbón, combustible nuclear, eólica,
solar, biomasa.
De todos estos abastecimientos cuando proceden del
exterior, como es el caso general, España se halla en las
rutas marítimas principales, disponiendo de un sistema de
puertos, oleoductos y puertos metaneros de primer orden.
Y adicionalmente de gasoductos directos desde los países
productores sin intermediarios. Sobra decir que eólica, solar
y biomasa se generan sobre nuestro propio territorio.
Tan es así, que no hará falta nueva aportación de generación
en el curso de unos pocos años, cuyo plazo dependerá
de la duración de la crisis global presente. Y solo puntualmente
de elementos de transporte o distribución.
La edad de las instalaciones y la densidad de los sistemas,
aunados a las facilidades de abastecimiento, dan lugar
a un suministro de energía final cuyo coste sostiene la
comparación internacional. Otra cuestión es su traslado a
precios, que está mistificada por una serie de consideraciones
de orden político y presupuestario.
Dicho esto, es preciso señalar que nos hallamos frente a
un horizonte de mutación en los sistemas energéticos, debido
fundamentalmente al agotamiento de los hidrocarburos,
que obliga a reconsiderar y reelaborar las soluciones presentes.
Y sobre esto sí que conviene extenderse un poco más.
Efectivamente, la industrialización se ha basado fundamentalmente
sobre la energía procedente del petróleo: de
coste de extracción barato y de transporte cómodo. Pues
bien, nos hallamos en transición hacia el suministro de
otro tipo o tipos de energía.
El petróleo ha sido la energía mayoritaria, si bien ya ha
pasado (o está pasando) por su clímax, por su máximo de
extracción. Pero ha dejado dos herencias: el hábito del
consumo energético sin restricciones y un precio económico.
Esto ha conducido a un consumo multiplicado respecto
de la era preindustrial. Lo que ha hecho posible la
transformación de nuestra era industrial.
El problema de la energía consiste en buscar un sustituto
con las mismas propiedades que el petróleo, esto es
abundante y económico. Puesto que de no hacerlo se
trastocaría fuertemente el modo de vida de nuestra civilización
industrial. Este es el reto. Y en esto se ha avanzado
en varios modos decisivos.
En cuanto al coste, porque el precio del petróleo ha
constituido un horizonte de referencia para los desarrollos
tecnológicos de los costes de toda energía complementaria
o sustitutiva. Así, por ejemplo, carbón, gas, nuclear, eólica,
biomasa, termosolar han visto gobernado su precio de
venta por el del petróleo. Cuyos diversos costes consecuentemente
ha resultado imprescindible acomodarlos
(carbón y gas) o resolverlos técnicamente (los restantes) a
nivel de las procedentes del petróleo, antes de una verdadera
difusión de sus aplicaciones.
El problema estará en todo caso en la otra propiedad
primordial del petróleo, la de la abundancia. Bien a un coste
semejante al de los productos derivados del petróleo.
Además, en la comparación de las otras energías con el
petróleo se presenta un problema técnico en cuanto a la
facilidad de transporte y uso, pues no se da del mismo
modo en las restantes energías.
Ahora bien, con motivo de todos estos desarrollos de
energías alternativas al petróleo, han surgido además problemas
nuevos y difíciles de resolver. Nos referimos a la
contaminación/cambio climático y a la seguridad. Así pues,
los factores a considerar son: precio, cantidad, facilidad
de manejo, pero ante todo los de contaminación/cambio
climático y los de seguridad.
Por ejemplo, siempre que exista otra solución aceptable
para el mix de los suministros de energía, los problemas
de seguridad desaconsejan fuertemente la energía
nuclear. Aunque, además, adicionalmente la disponibilidad
de recursos minerales limita la energía nuclear.
Efectivamente, porque los seguros de riesgos civiles
son inasumibles y en la práctica los soporta el Estado.
Porque no se halla ninguna solución definitivamente segura
para los residuos nucleares. Y por último, pero determinante,
por el peligro de proliferación de armamento
nuclear.
Sin mencionar que las crecientes exigencias de seguridad
encarecen las instalaciones y el coste de operación. Y
que en el caso de una contribución energética no marginal,
habría que considerarlo conjuntamente con los costos
de su energía de regulación.
Finalmente, si se adoptase la energía nuclear como
base del abastecimiento energético, hay que decir que se
multiplicaría por varias veces su número de instalaciones
lo que agravaría inmensamente el problema.
En suma, esta es una energía de último recurso, caso
de no haber otras fuentes alternativas de abastecimiento.
Lo que creemos no será el caso.
Por razones muy distintas sucedería algo análogo con
el carbón en el caso de pasar a ser la energía sustitutiva
del petróleo. Solo que ahora por causa de la contaminación
y de los gases invernadero en el proceso de extracción y en
la combustión. Que intensificaría suicidamente el cambio
climático. La solución se encontraría en un voluminoso y
dificultoso secuestro, en todo caso parcial, de gases. Porque
se producen otros muchos contaminantes aparte del CO².
Así pues, el carbón resolvería las cuestiones de precio
y facilidad (relativamente), pero en cuanto a la de cantidad
desde luego con gran dificultad y solamente por un
tiempo, si bien superior al procurado por el petróleo. Esto
no excluiría el tener que disponer de una solución definitiva
a largo plazo debido a su agotamiento.
Lo mismo cabría decir en lo relativo a capacidad contaminante
sobre los hidrocarburos (petróleo y gas), con la
diferencia de que no cabe contar con ellos a largo plazo
por su agotamiento próximo.
Desapareciendo en un plazo no muy largo petróleo y
gas, evidentemente el aprovisionamiento de energía forzosamente
se hallará en transición hacia otras soluciones
distintas del petróleo. Y distintas de las descartables nuclear
y carbón.
Porque lo que no cabe esperar es una disminución de
la demanda del consumo de energía a nivel global, ni siquiera
contando con las mejoras de rendimiento energético.
Porque están en proceso de incorporación ya acelerada a
la economía desarrollada las tres cuartas partes de la humanidad.
La explosión demográfica avala estas afirmaciones
puesto que se está dando en las partes económicamente menos avanzadas y por lo tanto de más rápido incremento
de consumo. Y por otra parte en todo caso según estudios
va camino de una cifra asintótica del orden de los 9.000/
10.000 millones de personas, es decir alrededor de un 50%
superior a la presente. Esto, hasta mediados del siglo.
Esa conjunción de incremento de la demanda de consumo
mundial y disminución de los hidrocarburos (a partir
de su máximo) es la que fuerza la transición hacia otro tipo
de suministros. Inexcusable en los momentos presentes.
Ahora bien, el tiempo disponible para esta transición
goza de una cierta elasticidad, por la sencilla razón de lo
flexible del volumen extraíble de petróleo y de gas, y asimismo
de carbón. Salvando las tensiones políticas y económicas,
que naturalmente son de otra naturaleza que las
cuestiones técnicas a las que nos venimos refiriendo.
Y así, sin entrar en detalles, podemos afirmar que disponemos
probablemente de un par de décadas antes de necesitar
comprometernos con una solución estable de futuro
para el suministro energético. Si es que esto es hacedero.
Solución estable cuya determinación, de ser posible,
sería sumamente conveniente. Hay un enorme trabajo de
alcance planetario en la recomposición de suministros
energéticos, y también de su transporte y de sus aplicaciones.
Y el tiempo disponible empezaría a estar limitado.
Solución sobre la cual vamos a decir algo, aunque descartaremos,
salvo aplicación transitoria, nuclear y carbón, por
las razones que acabamos de señalar.
Toda energía es convertible y por consiguiente, a priori,
se deben explorar las distintas posibilidades. Y por otra parte
son ya conocidos todos los campos de la física y los procesos de la naturaleza que pudieran conducir a utilizar
energía disponible. Por tanto de lo que se trata es de analizar
las diversas posibilidades, su idoneidad, su aptitud, sus
propiedades como tal fuente de energía para el hombre.
Pues bien, se han examinado todas las fuentes en un
grado u otro. Y este sería un resumen elemental de la situación
presente.
Ante todo señalaremos que en el curso de bastantes
décadas de experimentación por confinamiento magnético
con la energía de fusión, también nuclear, no ha sido
posible obtener más energía de la suministrada. Hasta
ahora no se ve su solución efectiva. No cabe contar con
ella en esas circunstancias, en este plazo, para esta transición.
Aun suponiéndola aceptable.
Mencionaremos ahora brevemente las perspectivas
que puedan representar tres fuentes antes mencionadas:
biomasa, eólica, termosolar. Todas ellas originan, después
del esfuerzo invertido, energías de coste razonablemente
próximo a la producida por el petróleo.
Dejando aparte la incidencia, más o menos limitada
pero importante, que tendría el CO² de la biomasa sobre
el clima, esta aplicación deberá disputar con la agricultura
un terreno cuya aplicación y rendimiento actuales no
podrían alimentar aquella masa acrecida de personas que
el (supuesto) final de la explosión demográfica significará
respecto de los niveles presentes de población. Aproximadamente
un 50% como dijimos, en menos de medio siglo
según reiteradas estimaciones.
La energía eólica ha alcanzado unos costes de operación
no muy distintos de la fuente petróleo. De hecho, porque sus tecnologías necesarias eran básicamente conocidas.
Y por esto mismo su rendimiento no está lejos
de su límite. Como dificultad, esta energía eólica tiene un
fuerte problema de regulación debido a la irregularidad de
su fuente y a su preferente nocturnidad. Estando por concretar
qué volumen de demanda global podría atender y
naturalmente la solución a su irregularidad.
Y en cuanto a la termosolar, tiene igualmente unos
costos de operación próximos a los de la fuente petróleo.
Realmente por la misma razón de disponer previamente
de las tecnologías básicas requeridas para esta aplicación.
Al igual que la anterior, es una fuente también irregular
por razones obvias. Aunque menos evidentemente por obedecer
a un ciclo noche/día bastante estable. Y podría satisfacer
una demanda importante, igualmente por concretar.
Es de recordar que están en desarrollo procedimientos
de regulación mediante almacenamiento de energía tales
como por medio de aire o gas comprimido o las mismas
baterías.
De la energía hidráulica no hemos hablado hasta ahora,
por ser tan conocida. Como es conocido que sirve de
reguladora por excelencia, presentando el problema de su
notable insuficiencia frente a la demanda.
Energías como la mareomotriz y la geotérmica requieren
instalaciones grandes y en principio excesivamente
costosas, salvo ubicaciones muy específicas. Lo que limitaría
su capacidad de atender la demanda.
Este rápido recorrido nos deja por explorar una gran
fuente energética: la fotovoltaica. Energía eléctrica generada
por incidencia de fotones solares sobre circuitos semiconductores. Tecnología en este caso novedosa, a diferencia
de lo señalado anteriormente para otras energías,
que han partido de un acervo de tecnologías experimentadas.
Sin embargo, esta es la energía más abundante con
gran diferencia, puesto que recibimos diariamente sobre
la superficie de la Tierra entre 2.000 y 3.000 veces la energía
que consumimos.
Con un rendimiento de conversión en energía eléctrica
de, por ejemplo, 10% (más que conseguido), es claro
que bastaría con menos de un 2% de la superficie terrestre
para obtener la energía necesaria. Con todos los factores
de reducción que se necesite aplicar.
Su problema hoy en día no es de principio técnico, sino
todavía el costo. Porque todavía es preciso desarrollarla
con materiales más económicos (y abundantes) hasta alcanzar
un coste suficientemente próximo al de la energía
procedente del petróleo, pues solamente así esta solución
sería aceptada sin problemas. Y esto es lo que se espera
conseguir en un plazo quizás de una década. Inferior al
hipotético plazo disponible para la transición. Caso de
conseguirse esto, esta energía solar podría ser la nueva
energía de referencia, reemplazando al petróleo. Porque
llenaría las condiciones suficientes para ello y por tener
mejores propiedades que sus alternativas: atender la demanda
como ninguna otra, mejor regulación que la eólica,
no requerir terrenos agrícolas como la biomasa, no presentar
problemas de contaminación como el carbón, ni los
prácticamente insolubles problemas de la energía nuclear.
Complementariamente es una energía que encuentra
una especie de regulación «natural» en la energía eólica, por no hablar de la hidráulica. Y es muy de destacar su
superioridad sobre el petróleo en el orden geopolítico,
pues en estos términos resulta inofensiva, no peligrosa
por estar distribuida universalmente, con mayor o menor
intensidad, según paralelo. En una palabra, esta energía
solar por todo lo conocido es una clara «mejor» candidata
a reemplazar al petróleo.
Cosa esta del reemplazo, que hasta ahora verdaderamente
no se ha pretendido, pues lo que se ha hecho es
adecuar otras energías a la situación de pérdida de peso
del petróleo como energía de referencia, complementándolo,
como sucede con el gas, la eólica o la biomasa.
Al adoptar esta nueva energía solar como referencia,
pasaría a ser la eléctrica la energía base. Y este cambio de
energía base significaría estos indispensables cambios
estructurales: en regulación, sobre energía primaria, y evidentemente
en cuanto al sistema de transmisión y transporte.
Esto último por partir de una generación distribuida.
Por lo que, de entrada, resultaría necesario proveerle
a esta nueva energía de referencia de la flexibilidad
de uso del petróleo mediante energías de regulación. Como
sería el caso de la eólica, y por supuesto de la hidráulica.
Por otra parte, a tal efecto se está experimentando con el
aire y/o hidrógeno comprimido y con baterías para distintas
aplicaciones. Lo cual claramente estará a su vez relacionado
con los cambios del sistema de transmisión de
energía.
Pero las respuestas (de almacenamiento) a la regulación,
a la par, podrían resolver las actuales aplicaciones de energía
primaria en transporte. Que sería probablemente la penúltima aplicación del petróleo. Siendo posiblemente
el último cambio estructural el relativo a la petroquímica,
insoluble también como materia prima. Finalmente reemplazada
por la carboquímica.
Cuestiones todas estas solucionables durante este
tiempo de transición sin grandes dudas. Porque, de hecho,
todos estos desarrollos se hallan en marcha, además de
algunos otros. Aunque obviamente no existe ningún responsable
del conjunto de todos ellos por proceder sus iniciativas
de distintas empresas. La cuestión es que como
todas las energías pueden aducir, aunque ahora mismo
sea difícil de comprobar, que sostienen costos aceptables,
o alternativamente que tienen alguna ventaja, resulta inevitable
un cierto desorden visto desde la respuesta final.
Si alguna vez disponemos de ella.
En todo caso, lo que sí pensamos ser cierto es que aquí
se han enunciado los factores principales que intervienen
en la decisión sobre la transición energética, y la elección
de una o varias energías como referentes en el reemplazo
del petróleo. Que estos factores son ya bastante conocidos
y experimentados en lo que hace falta. Y que el tiempo
se acaba.
No nos encontramos propiamente frente a una crisis
energética en el sentido de una crisis por falta de energía.
Sino frente a una transición con la premura de seleccionar
el mix de las energías sucesoras, y sobre todo concretar
el sistema que las integre. Transición donde tiene lugar
el encuentro de incontables intereses con diversidad de
estrategias. Y esto es lo que al propio tiempo posibilita y
oscurece las soluciones.
A este propósito nos queda por decir que hubiera sido
interesante profundizar en la comparación de nuestra
candidata con la otra energía solar, la térmica.
Y algo muy importante. España por sus desarrollos en
energía eólica y en ambas energías solares (unido a su nivel
de insolación), así como por su insistencia en el coche
eléctrico, es un país de acuerdo con lo aquí expuesto, seguramente
acertado en la orientación de sus iniciativas en
relación con la ya próxima transición energética.
Sobra decir que con la solución aquí bosquejada, se
modificaría tanto la generación principal como los sistemas
de transporte y las aplicaciones (motor eléctrico) y
distribución del sistema eléctrico. Que constituiría la aportación
energética por excelencia.
Quedando excepcionales —y también residuales— el
conjunto o sistema de las aportaciones energéticas no reconducibles
a una solución eléctrica. Que seguramente
perdurarán un cierto tiempo: combustible de aviación que
también acabará finalmente sustituido por otro tipo de
propulsión, o los productos para la petroquímica que acabarán
sustituidos por la carboquímica, por no hablar del
carbón siderúrgico. Esta sería la forma de suministro energético
en que desembocaría esta próxima transición energética
en el ejemplo aquí examinado. En el que puede verse
que se mantendría la competitividad de nuestro país en
este aspecto.