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Ciudadanos católicos: mujeres y hombres cultos, pacíficos, benévolos. O si no, malos católicos

Rafael Llano

Reproducción de la ponencia presentada por Rafael Llano en el Congreso de Católicos y Vida Pública.

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Rafael Llano, “Ciudadanos católicos: mujeres y hombres cultos, pacíficos, benévolos. O si no, malos católicos,” accessed February 24, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1931.

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Ciudadanos católicos: mujeres y hombres cultos, pacíficos, benévolos. O si no, malos católicos

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Reproducción de la ponencia presentada por Rafael Llano en el Congreso de Católicos y Vida Pública.

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Rafael Llano

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Nueva Revista 126 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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CON LUPACiudadanos católicos: mujeres yhombres cultos,pacíficos, benévolos. O si no, malos católicosExtracto de la ponencia presentada por Rafael Llanoen el Congreso «Católicosy Vida Pública», celebrado en la Universidad San Pablo CEU de Madrid el 20, 21 y 22 de noviembre pasado.La primera línea de la Constitución de 1978 se refiere a tres valores, quela Nación española afirma como garantía de la convivencia democráticaa la que aspira: la justicia, la libertad y la seguridad. Junto a ellos, se refieretambién al «bien de cuantos integran» esa Nación, es decir, aquel o aquellosen los que comunican todos los ciudadanos. Se propugna, así, una justicia,una libertad y una seguridad tan comunes a los españoles, que pasando porencima de las diferencias que puedan registrarse entre ellos, se constituyanen medio y en fin —en valores últimos— de la convivencia social.Ahora bien, cuál es el contenido de esos conceptos y, sobre todo, cuáles el fundamento del valor y legitimidad de esa justicia, de esa libertad yde esa seguridad sobre la que se quiere construir legalmente la convivencia de los españoles, es algo que no se define en ese prólogo ni en toda laConstitución. Se trata de unos axiomas que se dan por supuestos en la LeyFundamental y que se confían al sensus communisde los ciudadanos.Y éstos parece que entendieron esos valores y los aceptaron, en grado suficiente al menos, cuando aprobaron la Constitución al ser consultados en110NUEVA REVISTA 126referéndum. Ellos y el Parlamento Constituyente aceptaron que la injusticia,la falta de libertad y la inseguridad serían los enemigos absolutos de cualquierciudadano español y, por tanto, del conjunto de ellos. A la erradicación de lainjusticia, la falta de libertad o la inseguridad quedarían orientados los artículos desarrollados por la Constitución, tras el Preámbulo. La garantía estatalde los derechos fundamentales individuales, tal y como se desglosan en el Titulo I; más la división de los poderes supremos y su peculiar territorialización en autonomías, tal y como se desarrollaba en los siguientes, eran herramientas para evitar algunas injusticias, inseguridades o faltas de libertadparticularmente graves e incompatibles con la convivencia democrática de losespañoles. Pero en qué consistían positivamente aquellos bienes, de cuyocrecimiento compartido dependería la existencia y mejora de la convivenciasocial, seguía sin definirse en el texto de la Constitución.Lo mismo ocurre con los valores de referencia expresados en el artículo 1.1, ya dentro del Título Preliminar. De nuevo aparecen allí la libertad yla justicia como los axiomas superiores de la Ley Fundamental; aunque adiferencia del Preámbulo, no se cita ahora la seguridad, y sí en cambio laigualdad y el pluralismo político.Éste es sin duda una parte de la libertad, referente a las propias opiniones sobre la forma de organización del Estado, o sobre quiénes debenacceder a los puestos de poder, de acuerdo con las leyes. Por su parte, laigualdad es otra forma de comprender la justicia, pues supone la aceptación de que todos los ciudadanos son iguales por naturaleza y por tantotambién en sus derechos y deberes fundamentales.Así, pues, existe una comprensión social de sentido, aún vigente, acerca de la justicia y la libertad como los valores últimos del ordenamientolegal vigente en nuestro país, a pesar de que ambos permanecen indefinidos en él. Y ello no ocurre así solamente en el caso español. Como yahabía apuntado ErnstWolfgang Böckenförde a mediados de los años setenta, todo Estado liberal no confesional se sustenta sobre unas premisas normativas que él mismo no puede garantizar (tomo la referencia a este autorde Habermas, quien por su parte se refirió a él en las primeras líneas desu debate en 2004 con el entonces cardenal Ratzinger).Es claro que el día que se acabe el publicussensus de los ciudadanosacerca de qué es iusy qué injuria; cuando el deseo de seguridad propia111DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOsea indiscernible del miedo a la libertad ajena; cuando no sepamos distinguir qué es solidaridad o generosidad libre y qué doblegamiento anteel poder coercitivo de un gobierno empeñado en estatalizar el bien —incluso con la mejor de las intenciones, la de erradicar rápidamente, a golpede decreto ley, la injusticia—: ese día ni la Constitución española de 1978,en nuestro caso, ni los ordenamientos constitucionales en el de los otrosEstados liberales podrán solucionar las desavenencias sociales que surjanentre sus ciudadanos.La Constitución será papel mojado el día que los ciudadanos no conozcan habitualmente los referentes de esas palabras: seguridad, libertad,justicia. Y habrá que reformar entonces la Ley Fundamental desde el principio, para que gobernantes y gobernados nos pongamos de acuerdosobre cuánto pueden y deben mandar unos, y cuánto pueden y debenobedecer los otros. Y si ello no fuera posible, los conflictos sociales dejarán de resolverse de la manera sublimada por el derecho a la que estamos acostumbrados, y quedaremos abocados a nuevas y viejas formas deviolencia.El problema que quiero plantear aquí es si las convicciones esenciales de un católico, vividas en la práctica y en su integridad, refuerzan odebilitan esos valores últimos del ordenamiento jurídico de los que, apesar de su indefinición, depende la existencia y calidad de la vida democrática. Porque si los debilitan, tendrán razón los defensores de unordenamiento legal no confesional, como el nuestro, en declarar la práctica integral del catolicismo como enemigo mortal de los fundamentosde un Estado de derecho laico. Y sustentar tal vez la opinión de que,en vez de una versión íntegra —a la que acaso llamarán «integrista»—del catolicismo, los ciudadanos habrían de practicar una versión rebajada, acomodada a los valores democráticos, o simplemente dejar de practicarla.Pero si los valores de la religión católica, practicados en su genuinidade integridad, fortalecen aquellos valores sobre los que descansa la vida democrática, los defensores de un ordenamiento constitucional no confesional tendrán por el contrario que elogiarla. Y habida cuenta de que elfuturo de esos valores sobre los que descansa la convivencia democrática no están garantizados, no bastaría con respetarla: si la práctica de la112NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOSreligión católica contribuye a reforzarlos, la opinión más razonable decualquier ciudadano, gobernante o gobernado, creyente o no, sería encomiarla y favorecerla. No hasta el punto, sin embargo, de asumir los contenidos propios de la religión católica (no me refiero a los derechos naturales asumidos por ésta, sino a los propiamente religiosos) en elordenamiento constitucional ni en su desarrollo legal, pues en ese casodejaría de ser un ordenamiento no confesional.Puesto que el problema que me planteo es actual, buscaré en los documentos recientes del magisterio de la Iglesia la respuesta a esta cuestión.Hacia atrás, no iré más allá del Concilio Vaticano II, pues en los documentos salidos de esa convención universal de los católicos se expresan los fundamentos de todas las respuestas posteriores de la Iglesia (magisterio No es descabellado pensar que los Estados modernos, constitucionales y laicos, deben saludar con agrado el ejercicio libre de la fe religiosa —de cualquier fe religiosa— entre sus ciudadanos (siempre que se atengan, claro está,a esos mínimos de orden y justicia obligatorios que el derecho penal señala).Pues ese ejercicio es una fuente de valores que fortalecen más que debilitan losaxiomas fundamentales de la convivencia democrática.de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI). De los publicados en nuestros días, utilizaré los pronunciamientos solemnes u ordinarios del actualSumo Pontífice. Las cuestiones históricas quedan para los historiadoresde la Iglesia o los del Estado y para aquellos a los que interesa investigarlas relaciones entre la Iglesia católica y unas constituciones estatales, distintas de los actuales.LA IGLESIA CATÓLICA NO HACE LA COMPETENCIA A NINGÚNESTADONi por razón de su misión ni por la de su competencia, la Iglesia católicase confunde con comunidad política alguna, ni está ligada a ningún sistema político, actuales ni pasados. Así lo declaran en múltiples lugares los1documentos del Concilio. Y ello, aplicado al tema que nos ocupa, significa que no es misión ni competencia de la Iglesia católica legitimar ni 113DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOreforzar los regímenes políticos constitucionales, aunque tampoco debilitarlos. «La comunidad política y la Iglesia son independientes y autóno2mas, cada una en su propio terreno», se ha declarado. Cada una de ellaspodría vivir de espaldas a la otra y existir no obstante como institucionesigualmente perfectas. O si no perfectas, al menos autárquicas. Los regímenes constitucionales existirían para fundamentar y desarrollar sistemaslegales garantes de los deberes y derechos de los ciudadanos y de unamejor convivencia democrática, y la Iglesia seguiría anunciando las condiciones para lucrar la salvación eterna, según el mensaje iniciado haceveinte siglos en Palestina por Jesús de Nazaret.SIRVE AL DESARROLLO DE LA VOCACIÓN PERSONAL Y SOCIALDECADA PERSONA, COMO LOS ESTADOSAhora bien, la Iglesia católica sabe también que, aunque por títulos diversos, ambas instituciones trabajan en el desarrollo de la vocación personaly social de los hombres. De modo que sus respectivas funciones y misiones «las realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto3más sana y mejor sea la cooperación» entre la Iglesia y los Estados.La Iglesia busca y defiende esa cooperación con el orden político reconociendo, en primer lugar, la legitimidad de ese «arte tan difícil y tannoble» que es el gobierno de las naciones, así como su importancia y su4autonomía. La Iglesia declara fuera de sus competencias la evaluaciónde las modalidades concretas de acuerdo con las cuales cada comunidadorganiza su estructura jurídica fundamental y el equilibrio de los poderessupremos. Reconoce que los ordenamientos constitucionales pueden ydeben ser diferentes, según «el genio de cada pueblo y la marcha de suhistoria».Sí defiende, en cambio, un ideal de ciudadano y ciudadana universalizable en nuestros días, es decir, apto para ser considerado el mejor de losposibles en cualesquiera regímenes constitucionales. Ese ideal de ciudadanía suscrito por la Iglesia católica comprende a hombres y mujeres «cultos,pacíficos y benévolos respecto de los demás, que trabajan en provecho de5toda la familia humana».Lo que nos corresponde analizar aquí es, por un lado, qué relacióntiene el fomento de una ciudadanía culta, pacífica y benévola, que trabaje114NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOSen servicio de toda la familia humana, con la consistencia de la vida democrática regida de acuerdo con ordenamiento constitucional cuyos valores supremos sean la igualdad, el pluralismo, la seguridad y la justicia. E investigar, por otro, qué hace la Iglesia católica para fomentar entre sus fielesesas virtudes de cultura, mansedumbre y benevolencia, sabiendo que deello se derivan importantes beneficios para los Estados no confesionales.UNA LIBERTAD REFORZADA: LA FEEn su reciente discurso de recepción del nuevo jefe de la Delegación Europea ante la Santa Sede (19 de octubre de 2009), el papa Benedicto XVIpronunció unas palabras que tienen que ver directamente con este tema.Se expresaba así: «Usted, señor embajador, ha definido a la Unión Europeacomo “un área de paz y de estabilidad” que reúne a veintisiete EstadosLa declaración sobre la Libertad de las concienciases una garantía contra todaforma de absolutismo, tanto de la Iglesia como del Estado, del que salen ganando todas las personas. Lo único que sigue siendo absoluto, para la Iglesia, son Dios, cada ser humano y el lugar donde ambos pueden reunirse, que es laconciencia. Y ni la Iglesia ni ningún Estado son señores de ellas, sino sólo susservidores.con los mismos valores fundamentales». Es una definición feliz. Y sin embargo, es justo observar que la Unión Europea no se ha dotado de esosvalores, sino que más bien han sido esos valores compartidos los que lahan hecho nacer, y ser la fuerza de gravedad que ha atraído hacia el núcleo de los países fundadores a las diversas naciones que sucesivamente sehan adherido a ella, en el transcurso del tiempo. Esos valores son el frutode una larga y tortuosa historia en la cual, nadie puede negarlo, el cristianismo ha tenido un papel de primer plano. La igual dignidad de todos losseres humanos, la libertad del acto de fe como raíz de las demás liber tades civiles, la paz como elemento decisivo del bien común, el desarrollo humano intelectual, social y económico, en cuanto vocación divina, yelsentido de la historia de que él se deriva, son otros tantos elementos115DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOcentrales de la Revelación cristiana que siguen modelando la civilizacióneuropea».Volveremos a referirnos a algunas de las expresiones empleadas porel papa Benedicto en los próximos epígrafes; aquí empezaremos por fijarnos en su aseveración de la fe como modelo y fuente de otras libertades civiles.El asunto ya había sido tratado con cierto detalle en el decreto sobrela Libertad religiosadel Vaticano II. Allí se establecía que el acto de fe esvoluntario por su propia naturaleza: supone una llamada de Dios que,ofreciendo a los seres humanos la revelación de su naturaleza y accionesdivinas, espera de ellos una respuesta que «rinda el obsequio racional y6libre de la fe».Sobre esta naturaleza racional, gratuita y libre de la respuesta de fe alDios que se revela, se han explayado el Concilio y los últimos pontífices.La fe, en efecto, participa de la facultad racional, para empezar, porqueviene precedida, acompañada y seguida por la intelección. La fe «es una7gran amiga de la inteligencia», resumieron los Padres conciliares.Pero la fe es también gratuita, porque esa intelección precedente, concomitante y consiguiente al acto de fe no es suficiente para clausurar con «conclusividad científica» el mensaje revelado. Éste, en efecto, ni por su forma nipor su contenido, ni por la finalidad de la comunicación por medio de lacual se revela, se propone como un mensaje científico. Es un comunicadode persona (divina) a persona (humana). Los criterios de falsabilidad y aceptabilidad del mismo, por tanto, son propios de un orden completamente distinto a los que sirven para legitimar los discursos científicos.Además, la intelección racional múltiple que acompaña a la fe tampoco es suficientemente conclusiva sobre la existencia de la fuente de revelación y sobre la «honestidad» de las intenciones de esa fuente emisora,que se presenta como divina. A la vista del «silencio» de Dios o del «alboroto» de algunos hombres que dicen hablar en su nombre, puede ser razonable que algunos otros alberguen sospechas sobre los verdaderos intereses de esos emisores. Hay experiencias humanas acerca delcomportamiento de los que se presentan como «hombres de Dios» quepuedan desenraizar para siempre la capacidad de dar crédito a ningúnorden que se presente como religioso ni divino.116NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOSNo obstante, la materia de la que están hechas las sospechas, en estecaso religiosas, es muy similar a la de los celos: dependen muchas deellas más de la mirada enfermiza de los hombres y mujeres desconfiadoso celosos, que de los actos u omisiones de las víctimas de sus dolorosassospechas.En conclusión, nadie creerá, desde luego, con sólo quererlo, si Dios nole ayuda; pero nadie creerá tampoco, por mucho que Dios pueda ayudarle, si él o ella no quiere.La fe, así, procede de un acto de aceptación libre, que implica una confianza en Dios no distinta de la confianza que hombres y mujeres se prestan unos a otros en sus relaciones personales, incluidas las más íntimas.Ningún ser humano tiene motivos «científicos» para fiarse de ningún otro:la decepción, la infidelidad, la indiferencia constituyen experiencias constantes de nuestras vidas.Si es bueno que los valores sobre los que se fundamenta la convivencia democrática se vean realizados como garantía de la misma, el ciudadano y la ciudadana católicos tienen la responsabilidad personal de promoverlos no sólo en virtud de la justicia, sino también en virtud de la caridad a la que dicen aspirar.Por tanto si llegamos a fiarnos de otras personas es porque nos bastan algunas conjeturas más o menos razonables acerca de la personalidad«fiable» de esa persona, por un lado; y también por nuestra voluntad dedarle crédito en una relación que proyectamos hacia el futuro. Ambascosas implican ya una cierta aceptación amistosa de esa persona, no muydistinta de la que experimenta el creyente que da crédito al Diospersona que se revela culturalmente —a través de las religiones históricas—,institucionalmente —a través de las iglesias o congregaciones nacidas enellas— y también personalmente —a través de la invitación, entreveradade enamoramiento y misterio, para construir con Él una relación abiertaal futuro—.No es extraño, sin embargo, que ante un mecanismo humano tan delicado como el que supone un acto de fe en las personas, humanas o divinas,117DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOno todos los hombres puedan, sepan o quieren responder a la revelaciónque los creyentes atribuyen a Dios. Pues la Iglesia sostiene que ese Diosllama personalmente a todos, pidiendo a los hombres y mujeres sin distinción de raza ni nación que le den crédito. Pero la sociología constata queen absoluto todos se sienten atraídos o llamados por Dios a realizar elobsequio libre de ese crédito. Más aún, ni siquiera aquellos que sí responden lo hacen con una fe como la que supone la doctrina de la Iglesiacatólica.«Muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de lareligión —ha reconocido la Iglesia católica desde el Concilio—. La negación de Dios o de la religión no constituyen, como en épocas pasadas,un hecho insólito e individual; hoy en día se presentan no rara vez comoexigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y la misma legislación civil.8Es lo que explica la perturbación de muchos».Por más que la Iglesia sienta «perturbación» y «desconcierto» ante eseateísmo galopante de nuestros días, no llama sin embargo a los gobernantes católicos (donde los haya) a la represión del ateísmo o del indiferentismo por medios coactivos; ni incita a sus ministros sagrados a tratarde ejercer una coacción psicológica eficaz sobre fieles y infieles: invitasimplemente a sus propios seguidores, los católicos, a que respondan conla fuerza persuasiva de la verdad, a través de sus vidas.Con independencia, pues, de que sean muchos o sean pocos los hombres y las mujeres que respondan, con una fe como la que comprende laIglesia católica, al Dios que dice haberse revelado, lo definitivo para nuestro propósito es que el Papa haya sugerido que este comportamiento racional, libre y gratuito del que procede la vida de fe de los católicos puedaser considerado modelo para otros comportamientos en diferentes ámbitos sociales. Incluidos, por supuesto, los comportamientos ciudadanos opolíticos. Como si la voluntad de los hombres y las mujeres que se hanejercitado en la racionalidad y en la libertad de la fe, pudiera manifestarse también como voluntad de ciudadanos y ciudadanas capaces de actuartrascendiendo esa violencia física que los Estados nacionales amenazan118NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOScon usar, en monopolio de legitimidad, frente a quienes eludan el cumplimiento de las leyes.Para que este argumento de Benedicto XVI sea conclusivo, nos tendránque parecer valiosos los comportamientos ciudadanos independientes dela coacción legal. Nos ha de parecer bueno que existan, por ejemplo, relaciones de juego o de solidaridad entre ciudadanos que nunca pasaronpor la mente de la mayoría de diputados parlamentarios; o que se originen iniciativas deportivas o culturales entre ellos, al margen por completo de la esfera estatal; y que los ciudadanos se presten ayuda en caso denecesidad o que se respeten mutuamente en sus relaciones cotidianas nosólo a consecuencia de la coacción jurídica, sino sobre todo como resultado de otras motivaciones que trascienden esa amenaza de coacción quees la ultima ratiodel Estado.Y puesto que reconocemos, sin duda, como valiosos esos comportamientos, volvemos a nuestras reflexiones del comienzo. Sí, son completamente deseables la solidaridad y la eutrapelia, el respeto y la ayuda mutua, la educación y la cultura, como valores aceptados y puestos en práctica por losciudadanos. De ello depende que la polisa la que pertenecen sea una comunidad atractiva, un régimen democrático de calidad. Pero ningún régimenconstitucional ni ninguno de sus desarrollos legales podrán jamás garantizarla legitimidad de esos valores y su efectividad social. Podrá, en todo caso, garantizar por vía de amenaza y ejercicio de la coacción los mínimos indispensables de ayuda, solidaridad o respeto mutuos en casos extremos (por ejemplo, en accidentes de carretera). O intentar volver a Estados «democráticos»como el soviético, donde las virtudes democráticas se exigían por la fuerza delas armas, produciendo con ellas cuando fuera necesario hasta el terror.Ni en uno ni en otro caso podrán generarse esas iniciativas generosas,libres y racionales entre los ciudadanos, de las que depende una convivencia ciudadana de calidad y por la que se encarnan en la vida los formalismos abstractos de las constituciones escritas. Entre el mal menorpenal y el bien ciudadano superior hay un abismo que ningún sistemalegal puede salvar. La coacción penal no educa hombres libres y socialmente activos, sino en todo caso ciudadanos enfrentados al sistema legal,astutos calculadores de las ventajas (personales) y desventajas (penales)que puede acarrear la transgresión de las normas legales.119DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOAsí, pues, no es descabellado pensar que los Estados modernos,constitucionales y laicos, deben saludar con agrado el ejercicio libre dela fe religiosa —de cualquier fe religiosa— entre sus ciudadanos (siempre que se atengan, claro está, a esos mínimos de orden y justicia obligatorios que el derecho penal señala). Pues ese ejercicio es una fuente devalores que fortalecen más que debilitan los axiomas fundamentales de laconvivencia democrática. Y que, ejercidos en las condiciones ausencia decoacción física o psicológica y de máximo respeto a las creencias contrarias, aumentarán notablemente el «capital social», es decir, «el conjuntode relaciones de confianza, fiabilidad y respeto de las normas» (Benedic9to XVI)del que viven esos Estados, y en particular el del valor supremo, que es la libertad.UNA IGUALDAD REFORZADA: LA FRATERNIDADJunto a la libertad, la Iglesia considera la unión fraterna como uno de «losbienes de la dignidad humana, frutos excelentes de la naturaleza y de10nuestro esfuerzo». Ahora bien, la defensa que, desde un punto de vistareligioso, hace la Iglesia de la igualdad de todas las personas trasciende,sin anularla, la igualdad que procede de la mera comunidad biológica(unidad del género animal) o la comunidad de origen (unidad de procedencia histórica).La idea de la fraternidad universal, que la Iglesia católica preconiza,está fundada en una unidad de origen trascendental, que es el designiocreador de Dios. Todos los seres humanos están llamados a vivir conforme a la dignidad de «hijos» o «familiares» del Dios que predica la Iglesia. Yha sido Cristo, «el Hijo eterno» de ese Dios, y fundador de la Iglesia católica, «quien ha venido a decírnoslo y a enseñarnos que todos somos her11manos».Ciertamente, esa igualdad esencial de los hombres como criaturas deDios no tiene un fundamento empírico. No se pueden presentar pruebascientíficas ni de la existencia de ese Dios creador de todos los hombres,ni de aquellos designios de su voluntad, por medio de los cuales quiereatraer a todos a «su casa». Existen más bien tradiciones religiosas, sostenidas durante cientos o miles de siglos por diversos pueblos, acerca deesa voluntad paternal de Dios y de la fraternidad universal que de ella120NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOSse deriva. Y la experiencia de millones de hombres y mujeres, ni más listos ni más tontos que nosotros, que en los diversos siglos de historia denuestra civilización han logrado enriquecer sus vidas gracias a esa convicción.En todo caso, esas tradiciones y las creencias a ellas asociadas son suficientes para crear una base estable de legitimidad para el valor constitucional de la igualdad. Si la idea cristiana de fraternidad tiene dos mil añosde antigüedad, es razonable pensar que podrá aguantar al menos otroscientos de años como una convicción viva, creadora de fuertes lazos decomunidad en sociedades constitucionalmente ordenadas.Además, y tratándose de la Iglesia católica, esos lazos comunitarios inducidos y vigorizados por la creencia en la fraternidad universal no secircunscriben sólo al territorio nacional, sino que tienen una fuerte proyección internacional, «católica» (que etimológicamente quiere decir universal). Lo cual vuelve a prestar un apoyo apreciable a otro de esos valoresrectores del ordenamientos constitucionales como el nuestro, más invocados en ellos que estrictamente fundamentados.En el Preámbulo de la Constitución de 1978 se hacía constar, en efecto, la voluntad de la Nación española «de colaborar en el fortalecimientode unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra». Un propósito laudable y suscrito por la mayoría de losespañoles —aquellos que entonces votaron la Constitución, más los quehoy la aceptamos—, y que luego ha sido desarrollado por diversas leyesde variado rango (la reguladora de las Fuerzas Armadas, de CooperaciónInternacional, etc.). Pero, ¿cómo no ver en la fraternidad universal a la quese comprometen por su fe los ciudadanos católicos, una fuente de legitimidad, reforzada y práctica, de esa cooperación internacional, a la que elEstado y sus ciudadanos están comprometidos?Es, pues, difícil pensar que la fraternidad que preconiza la Iglesia deRoma es enemiga de la igualdad que preconiza el Estado nacional constitucional. Máxime cuando la Iglesia católica repite lo que aprendió desu fundador: que el hermano al que hay que respetar y amar como a unomismo no es sólo el distante y alejado ciudadano de otras latitudes, sinosobre todo el prójimo —el territorialmente más próximoa cada uno ycada una—.121DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOUN PLURALISMO REFORZADO: LIBERTAD RELIGIOSA Y DE LAS CONCIENCIASEl Concilio defendió la pluralidad política de los ciudadanos, católicos ono, al reconocer que «son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad política, y pueden con todo derecho incli12narse hacia soluciones diferentes». Por ello defendió también que, en lascuestiones temporales sometidas al parecer de los ciudadanos, ni siquieralos que son católicos han de defender una solución única: su discrepancia como ciudadanos es lógica y legítima, y por tanto ninguno de ellos,aisladamente o en grupo, puede abrogarse el derecho a hablar oficialmente en nombre de los católicos o en nombre de la Iglesia acerca de esosproblemas.Pero la defensa que el Concilio hizo del pluralismo no se limitó al terreno político y social, sino que se amplió incluso a su terreno propio, quees el religioso, con la Declaración sobre la Libertad Religiosa.Para una mirada superficial, la Iglesia católica se podría estar haciendo el harakirial aprobar esa declaración —«uno de los textos de mayorimportancia» del Concilio, al decir de sus redactores al término del13mismo—. Como si, en efecto, al reconocer que hay un lugar sagradoentre Dios y cada ser humano, que ni la Iglesia ni el Estado ningún otropoder pueden intentar modificar por medio de la violencia física o psico14lógica, estuviera la jerarquía católica perdiendo las antiguas ayudas o privilegios que le prestaran los Estados confesionales, o cuando menos, elapoyo que en otras épocas habría recibido de los «príncipes cristianos».Desde un punto de vista racional, sin embargo, la admisión de la libertadreligiosa es, antes que una pérdida, una ganancia de la Iglesia católica, conla que sale reforzada la idea de «pluralismo» confesional (y, en consecuencia, también el ciudadano).La idea del pluralismo de las religiones y de las conciencias, que laIglesia preconiza, no contradice para empezar, la doctrina tradicionalcatólica de acuerdo con la cual «la única religión verdadera subsiste en15la Iglesia católica y apostólica». Pues incluso cuando la Iglesia reconoce nada menos que «la verdad» y «la santidad» de otras religionescomo el hinduismo, el budismo, el islamismo o el judaísmo, expresa almismo tiempo su convicción de que sólo en la doctrina de Jesucristo,122NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOStal y como se ha conservado en la Iglesia católica, «los hombres encuen16tran la plenitud de la vida religiosa». En la revelación de Dios a los hombres, que todas las religiones invocan para sí, hay un todo y unas partes:la Iglesia católica defiende que el todo cae de su lado y que las partes pertenecen también al resto (las otras confesiones dicen lo mismo de símismas).En todo caso, la posición de la Iglesia, solemnemente profesada por elVaticano II, es que el lugar del reconocimiento de esa invocada plenitudde verdad de la religión católica había de ser la conciencia de cada persona, y que ninguna fuerza humana distinta de la patencia de la verdadpodría actuar allí como clave para la realización de esa pretensión. La Iglesia católica admitía, así, una suerte de «libre competencia» de las religiones acerca de la verdadera relación de los hombres y mujeres con Dios,para que esa relación pudiera verificarse primero en sus conciencias yluego en las esferas privada y pública, individual y social en las que esosmensajes llegan a trascender.«Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas, esdecir, dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos conuna responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza abuscar la verdad, y además tienen la obligación moral de buscarla, sobretodo la que se refiere a la religión —ha dicho el Concilio Vaticano II—.Pero los hombres no pueden satisfacer esa obligación de forma adecuadaa su propia naturaleza si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derechoa la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual el derecho a esta inmunidadpermanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscarla verdad y adherirse a ella, y no puede impedirse su ejercicio con tal de17que respete el justo orden público».Aunque fundamentado en la doctrina de Jesucristo y de los apóstoles,no menos que en la misma naturaleza de las cosas, este posicionamientode la Iglesia respecto a la libertad religiosa era tan novedoso, que los Padres conciliares se refirieron al«largo y tortuoso» camino recorrido por laIglesia en su devenir histórico (la expresión es de Benedicto XVI, en el ci18tado discurso ante el delegado de la UE), antes de llegar a esa conclusión.123DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOAhora bien, habiendo renunciado a toda forma de coacción externa opsicológica para atraer a ninguna conciencia a la verdad del cristianismo,la Iglesia católica quedaba inevitablemente comprometida a jugar en elcampo y según las reglas de las atracciones y rechazos intelectuales, estéticos y morales, que es la cultura. Para cumplir su designio apostólico, laIglesia se comprometía a contar fundamentalmente con medios persuasivos. «No vencer, sino convencer», era una fórmula acuñada por san Jose19maría Escriváa propósito de la acción apostólica del Opus Dei, y quepuede servir como lema de la invitación que hace la Iglesia a aceptar laverdad que profesa. Ante todo, está la iniciativa de Dios, que es quienllama y quien da la fe a quien quiere, y a quien quiere hace que persevere en ella; por su parte, la Iglesia se compromete a promover «sólo» la voluntaria aceptación de los argumentos y de los ejemplos más persuasivos,que los cristianos puedan ofrecer a los no creyentes, más las súplicas dirigidas al Ser Supremo.Este compromiso de la Iglesia eleva notablemente el grado de exigencia intelectual y cultural de los católicos. Por una parte, deben ellosponer un gran empeño en la formación intelectual y religiosa de sus conciencias, prestando «diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de20la Iglesia». Pues la simple «fe del carbonero» no puede subsistir en un entorno cultural tan intelectualizado como el nuestro. Y, sobre todo, la incuria intelectual de los católicos sería incompatible con el compromiso depersuasión intelectual y moral al que han sido llamados ahora. «Las nuevas condiciones —se leía en la exposición preliminar de la Gaudium etSpes— [...] exigen cada vez más una adhesión verdaderamente personaly operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo21de lo divino».Por otra parte, la Iglesia señalaba a todos los responsables de la educación —y por tanto, también a ella misma— la necesidad de reforzar lasociabilidad de los jóvenes para que, «acatando el orden moral, obedezcana la autoridad legítima y sean amantes de la genuina libertad; hombresque juzguen con criterio propio a la luz de la verdad, que ordenen susactividades con sentido de responsabilidad y que se esfuercen por secundar todo lo verdadero y lo justo, asociando de buena gana su acción a la22de los demás».124NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOSPor lo que se refiere a la educación estrictamente política, el Concilio observaba: «Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política,que hoy día es particularmente necesaria para el pueblo, y sobre todo parala juventud, a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión23en la vida de la comunidad política». Los contenidos de esa «educaciónpara la ciudadanía» habrían de fomentar «el sentido interior de la justicia, dela benevolencia y del servicio al bien común; y robustecer las conviccionesfundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad24política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes públicos».En relación a su propia acción misionera, la Iglesia se comprometía aprestar especial atención a aquellos actos que pudieran «tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata depersonas rudas o necesitadas», para evitarlos. Pues tal modo de obrar «debe25considerarse como abuso del derecho propio y lesión del derecho ajeno».Y recordaba a cuantos se consagran al ministerio de la palabra de Dios quehan de utilizar los caminos y medios propios del Evangelio, tan diferentes26en muchas cosas a los medios utilizados por el Estado.Finalmente, respecto a los que no participan de la fe de la Iglesia, elConcilio reconocía la necesidad de una suerte de «sabiduría» de parte delos fieles católicos, que les habilitara para difundir entre los no creyentes,«en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad (2 Cor276, 67), la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica».Reconocido, pues, el derecho universal de todos los hombres a la libertad religiosa, la Iglesia pedía para sí a los Estados el reconocimiento desu propia libertad de acción. Con ello se refería a su independencia paraejercer la autoridad religiosa y espiritual a la que se siente llamada pormandato de Jesucristo. Así como también la libertad de todos los católicos para vivir de acuerdo con su propia conciencia y para reivindicar una28sociedad en la que puedan vivir según las normas de la fe cristiana. Y29hacerlo de manera no sólo privada, sino también pública.En definitiva, si la Iglesia, aun presentándose como portadora de la integridad de la doctrina de salvación de Jesucristo, reconocía no ser unpoder espiritual absoluto —por encima de las conciencias—, exigía por suparte a los Estados que no se erigiesen tampoco ellos en poderes absolutos. La Iglesia católica no puede mandar sobre las conciencias individuales,125DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOobligándoles a hacer o no hacer en contra de su inteligencia y su voluntad; pero tampoco el Estado pueda mandar sobre la Iglesia católica ni sobresus fieles, obligándoles a hacer o a dejar de hacer, en público o en privado, individual o colectivamente lo que les manda su inteligencia, su voluntad y sus conciencias.La declaración sobre la Libertad de las concienciases una garantía contra toda forma de absolutismo, tanto de la Iglesia como del Estado, del quesalen ganando todas las personas. Lo único que sigue siendo absoluto,para la Iglesia, son Dios, cada ser humano y el lugar donde ambos pueden reunirse, que es la conciencia. Y ni la Iglesia ni ningún Estado sonseñores de ellas, sino sólo sus servidores.UNA SEGURIDAD REFORZADA: LA PAZ MORAL Y POLÍTICAEn el pensamiento de la Iglesia católica, la paz no es un «estado de cosas»que se consiga con sólo desearlo «para otros», ni resultado de un equilibriode fuerzas políticas parlamentarias o internacionales, sino consecuencia enprimer lugar de la propia perfección moral. Las deficiencias morales de loshombres —y en primer lugar, las de cada uno— producen injusticias, y esasinjusticias despiertan la violencia en quienes las padecen u observan. Portanto, si un individuo, un grupo de ellos, una nación o la comunidad de lasnaciones desean que en el mundo haya cada vez más paz, ha de promoverque haya menos injusticias en el mundo, y ha de lograr para ello que cadahombre y cada mujer luchen por mejorar moralmente, ellos primero.Los Padres conciliares lo explicaban en los siguientes términos. Losactos injustos proceden del deseo de dominio y el desprecio por las personas, de parte de quien los comete. Las excesivas desigualdades económicas y la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias, a que aquéllas dan lugar, se cuentan entre las primeras manifestaciones de la injusticia.También son causas de injusticias la envidia, la desconfianza, la soberbia ylas otras pasiones egoístas de hombres y mujeres concretos, que añadennuevas injusticias a las primeras. Como los ciudadanos no pueden soportar tantas deficiencias, las injusticias hacen que, aun sin haber guerras, elmundo esté viciado por luchas incesantes, saturado de una violencia unasveces soterrada y otras veces manifiesta. Y esos mismos males se reprodu30cen también a nivel internacional.126NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOSPor tanto, la Iglesia, al procurar que el Evangelio de la paz se encarneen la vida moral, personal y relacional de los cristianos, está al mismotiempo creando defensores de la paz social y del progreso, ciudadanosleales a aquellos Estados y gobiernos comprometidos, ellos también, con31la paz en su propio territorio y en el mundo.COMO RATÓN EN EL QUESOAsí, pues, un ciudadano que practique, por ejemplo, la fraternidad estápracticando, a fortiori,la igualdad. Que el catolicismo sea al fundamentode su actuar de esa manera poco ha de importar al no católico o al ciudadano de convicciones laicas; lo decisivo es que la vida de ese hombre, deesa mujer está contribuyendo de manera efectiva no sólo al sostenimiento de los fundamentos del Estado laico, sino inclusive al mejoramiento realde la vida democrática.Lo mismo ocurre con la fe, con el pluralismo, con la paz que practiquen los ciudadanos católicos. Para un Estado aconfesional como el español, poco ha de importar de dónde proceden las motivaciones de aquellos ciudadanos que ponen en práctica los valores sobre los que el Estadoaconfesional mismo se apoya; lo decisivo es que, con sus acciones, esosciudadanos están reforzando los fundamentos del Estado laico. Más aún,esos ciudadanos están dando encarnadura civil a aquellos valores que lospadres constitucionales no han podido definir ni legitimar, sino que simplemente han dado por supuesto en la sociedad. Y al actuar de acuerdocon sus convicciones, los católicos están consolidando esos mismos valores que, si desaparecieran, arrastrarían consigo a Estados tan livianamente fundados.Así, pues, los modernos Estados aconfesionales tienen motivos no sólopara tolerar, sino para elogiar y apoyar a instituciones que, como la Iglesia católica, lo mismo que otras iglesias y asociaciones civiles, contribuyena que la sustancia valorativa de la que ellos mismos viven no se agote.Estúpido sería quien, sin saber cómo fundamentar sólidamente la justicia,la igualdad, la benevolencia universal y la cultura de la paz entre los ciudadanos, se empeñara en entorpecer o anular aquellas instituciones quecontribuyen a crear esos valores que ellos, hasta ahora, sólo han sabido«manejar».127DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANOLos Estados laicos que viven «en» y, sobre todo, «de» sociedades culturalmente cristianas están como ratón en el queso. Su vitalidad medra acosta de lo que otros han creado para ellos. Pero como insistan en que«el queso» se acabe, sabrán, como brutos irracionales que depredan elmedio que les da de comer, hasta agotarlo, lo que es pasar hambre de verdad.Los Estados laicos tienen, pues, motivos para estimular la igualdad, lapaz, la justicia, la seguridad que ciudadanos cultos, pacíficos y benevolentes, como aspiran a ser los católicos, puedan aportar al capital socialdel que viven. Pero ¿qué hace la Iglesia católica para estimular la puestaen práctica de esos mismos ideales? ¿Cómo incentiva a los creyentes paraque sus convicciones sean algo más que declaraciones, tal vez solemnescomo las del Vaticano II, pero alejadas del tráfago, precariedad y fugacidad de la vida cotidiana de los ciudadanos?FALTA A LA CARIDAD EL CIUDADANO CATÓLICO QUE NO PROMUEVEACTIVAMENTE LA IGUALDAD, LA LIBERTAD, LA PAZ,EL PLURALISMO POLÍTICOLas evidencias logradas en los epígrafes precedentes apuntan hacia unaconclusión general que fue una de las fuerzas motoras del Concilio Vaticano II: el sentido de responsabilidad personal de cada cristiano.He ahí un tema en el que confluyen las motivaciones de Juan XXIII32para convocar el Concilio; y la Constitución dogmática sobre el Pueblode Dios y la llamada a la santidad universal, proclamada en Lumen Gentium; más las observaciones reiteradas en Gaudium et Spessobre la actuación de los cristianos en el mundo; y la citada declaración DignititatisHumanae, sobre la libertad religiosa, entre otros muchos documentos.Una responsabilidad personal que afecta, en primer lugar, a la propiavida religiosa. El primer interesado, la primera interesada en la fe católicaque profesa, debe ser cada uno, cada una. Cada cristiano, cada cristiana nohabría de pedir a la Iglesia ni pedir al Estado nada que, en materia de convicción religiosa y moral, no se haya pedido primero a sí mismo, a sí misma.No obstante, el Concilio recordaba que «la propia salvación» no la alcanzará cada cristiano, cada cristiana sin promover de manera efectiva, almismo tiempo, el bien de los otros, aquello que le corresponde de acuerdo128NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOScon el valor de la justicia. «El deber de justicia y caridad se cumple cadavez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, asípúblicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vidadel hombre. Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero enrealidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las ne33cesidades sociales».Ahora bien, los deberes de justicia de los ciudadanos católicos son ya,al mismo tiempo, sus primeras obligaciones de caridad. Lo ha recordadoen su última Carta encíclicael papa Benedicto en estos términos: «Nobasta con decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una víaalternativa o paralela a la caridad: la justicia es “inseparable de la caridad”, intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como34dijo Pablo VI, su “medida mínima”».Por tanto, si es bueno que los valores sobre los que se fundamenta laconvivencia democrática se vean realizados como garantía de la misma,el ciudadano y la ciudadana católicos tienen la responsabilidad personalde promoverlos no sólo en virtud de la justicia, sino también en virtud dela caridad a la que dicen aspirar. Si los menospreciaran, o si simplementese inhibieran y no hicieran el esfuerzo personal que se les exige para promover esos bienes por medio de la cultura, el ejercicio individual de la pazy la benevolencia, practicadas libremente, sin coacción alguna, estaríanfaltando a la caridad, tal y como la entiende la Iglesia católica desde elConcilio:«Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivoque les obliga al más perfecto complimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno. No se creen, por consiguiente, oposicionesartificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, yla vida religiosa, por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación».129DICIEMBRE 2009RAFAEL LLANONOTAS1Cfr. C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 76 (BAC, p. 384). También Padres Conciliares, Mensajes del Concilio a la Humanidad: A los gobernantes(BAC, p. 839).2C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 76 (BAC, p. 384).3C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 76 (BAC, p. 384).4C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 74 (BAC, p. 378. También Padres Conciliares, Mensajes delConcilio a la Humanidad: A los gobernantes(BAC, p. 838).5C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 74 (BAC, p. 321322).6Declaración Nostra Aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas,10 (BAC, 795).7Padres Conciliares, Mensajes del Concilio a la Humanidad: A los hombres del pensamiento yde la ciencia(BAC, p. 840).8C.D. Gaudium et Spes, Exposición preliminar, 7 (BAC, p. 269).9Cart. Enc. Caritatis in Veritaten. 32.10C.D. Gaudium et Spes, P. I, c. 3, 39 (BAC, p. 314).11Padres Conciliares, Mensajes del Concilio a la Humanidad: A los gobernantes(BAC, p. 838).12C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 74 (BAC, p. 378).13Cfr. Padres Conciliares, Mensajes del Concilio a la Humanidad: A los gobernantes(BAC, p. 838).14Cfr. Declaración sobre la Libertad Religiosa, c. 3 (BAC, p. 785). También Declaración NostraAetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 5 (BAC, 835).15Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 1 (BAC, pág. 783).16Declaración Nostra Aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2(BAC, 831).17Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 1 (BAC, pág. 785).18«Aunque en la vida del Pueblo de Dios, peregrino a través de los avatares de la historiahumana, se ha dado a veces un comportamiento menos conforme con el espíritu evangélico, e incluso contrario a él, no obstante siempre se mantuvo la doctrina de la Iglesia de quenadie debe ser forzado a abrazar la fe». Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 12 (BAC, pág. 799).19«He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia deDios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad». Recogido en la entrevista: «El apostolado del Opus Dei en los cinco continentes» (Le Figaro, 16.05.1966), en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, núm. 44.20Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 14 (BAC, pág. 801).21C.D. Gaudium et Spes, Exposición preliminar, 7 (BAC, p. 269).22Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 8 (BAC, pág. 793).23C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 75 (BAC, p. 382).24C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 74 (BAC, p. 377).130NUEVA REVISTA 126CIUDADANOS CATÓLICOS25Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 4 (BAC, pág. 789).26C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 4, 76 (BAC, p. 384).27Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 14 (BAC, pág. 801).28Cfr. Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 13 (BAC, pág. 800). TambiénPadres Conciliares, Mensajes del Concilio a la Humanidad: A los gobernantes(BAC, p. 838).29Cfr. Dec. Dignitatis Humanae, sobre la Libertad Religiosa; n. 2 (BAC, pág. 784).30C.D. Gaudium et Spes, P. II, c. 5, 83 (BAC, p. 397).31Cfr. Padres Conciliares, Mensajes del Concilio a la Humanidad: A los gobernantes(BAC, p.839).32Juan XXIII, C.A. Humanae salutis(1961), 3 (BAC, p. 10).33C.D. Gaudium et Spes, P. I, c. 2, 30 (BAC, p. 300).34Benedicto XVII, Car. Enc.Caritas in Veritate, 6.35C.D. Gaudium et Spes.131DICIEMBRE 2009