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La maldición de los malditos:entre el volcán y el humo

Ángel Peña

Biografía de Malcom Lowry, una reseña de su obra literaria.

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Ángel Peña, “La maldición de los malditos:entre el volcán y el humo,” accessed April 6, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1911.

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La maldición de los malditos:entre el volcán y el humo

Subject

Literatura

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Biografía de Malcom Lowry, una reseña de su obra literaria.

Creator

Ángel Peña

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Nueva Revista 124 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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La maldición de los malditos:entreel volcán y el humoÁNGELPEÑACRÍTICOLITERARIO«Cavila sobre la agonía de las rosas. Mira en el césped los granos de caféde Concepta [...] Estas cosas ya no te apasionan. Ahora tu única pasión sonlas “cantinas”: la débil reliquia de una pasión por la vida vuelta veneno,que no es sólo veneno enteramente, y que se ha convertido en tu alimento diario, cuando en la taberna...». El delirio de un borracho gira en unaespiral de cuatrocientas páginas vertiginosas de dolor, podredumbre ydescubrimiento, el motor poético desbordado de perdición. Bajo el volcán(Tusquets) es, para muchos amantes de la literatura, una de las mejoresnovelas del siglo XX. Bajo el volcánes, para todos los amante del morbometaliterario, una de las biblias del malditismo.Su autor, Malcom Lowry (19091957), se entregó desde la infancia a lacausa de la autodestrucción... que finalmente alcanzó con una turbiamuerte de alcohol y barbitúricos. Todo un logro. La ruina de un ser humano. El 28 de julio se cumplen los cien años de su nacimiento en Chesire(Gran Bretaña). Los devotos del malditismo se aprestan a refocilarse conel recuerdo de sus proezas con el tequila y el mezcal; los expertos en literatura preparan nuevos textos que aclaren el misterio de una obra raquítica de la que surge como una exhalación Bajo el volcán, la prodigiosa peripecia del cónsul inglés Geoffrey Firmin en un México que el alcoholconvierte en escenario dantesco.Para los primeros, el centenario quizá pase más desapercibido. La actualidad manda, y la nómina de malditos devorados por su leyenda nuncadeja de crecer. En España aún están calientes las brasas en las que se consumió Antonio Vega, uno de los músicos más valiosos que ha dado nuestropaís en los últimos años... y mito de la toxicomanía. Fuera hipocresía: reconozcamos que entre los admiradores de su enorme talento siempre aparecía el tipo que no disimulaba su emoción por haberlo visto «realmente mal»117JULIOSEPTIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑAen un concierto que, con «suerte», sería el último y adquiriría un valor incalculable en el mercado fetichista. Ni hablar del «fenómeno Michael Jackson»,con una oscura autopsia —el misterio es un ingrediente extra fundamental:los detalles de la muerte de Lowry, por ejemplo, tampoco están aún claros—que promete muchos millones de dólares. A estos espectadores del malditismo se les podría englobar, como poco, en el viejo proverbio oriental:«Cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo».Entre los segundos, los que prefieren mirar más allá, aparece la monumental biografía Perseguido por los demonios. Vida de Malcom Lowry, deGordon Bowker, editado por el Fondo de Cultura Económica. Quizá paradesmarcarse de aquella legión de devoradores del morbo, su autor explica en la introducción las razones de su minuciosa labor investigadora:«Lowry es el inventor de la ficción más compleja y terminante de la épocamoderna, y su vida, en ocasiones, parece el invento ficticio más complejo y terminante de todos».Lowry cuenta en uno de sus primeros relatos, de claro carácter autobiográfico, cómo su padre, estricto metodista, mostró en público el desprecio que sentía por un abogado que «carecía de autodisciplina». El pequeño Malcolm, disimulando su propio desprecio, se dice: «No sabía que,en secreto, había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor».Y, pese a —o quizás debido a— su convencional educación británica,paso por Cambridge incluido, Malcolm cumplió sobradamente su vocación. Toda su vida, desde los viajes iniciáticos por Oriente hasta los dosdesastrosos matrimonios, fueron un mero telón de fondo para sus borracheras. Incluso su raquítica carrera literaria: sólo terminó dos novelas, Ultramarinay la obra maestra Bajo el volcán, y esta última, como él mismoreconoce en el prólogo a la edición francesa, es la consecuencia naturalde su gran afición: «Quizá lo honesto sería confesarte que la idea cara a micorazón fue la de hacer, en su género, una especie de obra de pionero, yescribir al fin la auténtica historia de un borracho».Con la perfecta fusión de vida y obra en el yunque de la disipación,Lowry quiere encarnar el modelo de una raza, el malditismo, en cuya tradición se enmarca explícitamente. Otro de sus biógrafos, Ronald Binns, recuerda un relato de Lowry en el que su alter ego Sigbjorn Wilderness aparece como un escritor americano que deambula por los apartamentos en118NUEVA REVISTA 124LA MALDICIÓN DE LOS MALDITOS: ENTREEL VOLCÁN Y EL HUMOlos que Keats murió de tuberculosis yrecuerda un similar peregrinaje por laLa actitud de Lowry entronca con elcasa de Poe. Ambos poetas, diceromanticismo, del que el malditismoBinns, «interpretan en la mente desurge como un rebrote que ha hechoWilderness el papel de escritores quefortuna gracias a su espectacularihabían tenido la buena fortuna de sudad, factor que lo hace ideal para elpropia desgracia y el privilegio demercantilismo de la era industrial.experimentar su propio sufrimientoingenuamente».En realidad, la actitud de Lowry entronca con el romanticismo, del queel malditismo surge como un rebrote que ha hecho fortuna gracias a su espectacularidad, factor que lo hace ideal para el mercantilismo de la eraindustrial. Surgido a finales del siglo XVIIIcomo una exaltación del individuo y de las fuerzas de la imaginación y el genio, el romanticismo llega asu esplendor con Napoleón y, en consecuencia, sufre su primer ocaso conel Congreso de Viena y el posterior advenimiento del realismo y la industrialización. Pero su semilla permanece enterrada, presta a romper el suelodel convencionalismo y el predomino de la razón.Aún en pleno siglo XIXvuelve a surgir bajo la forma del malditismo,que se centra en uno de los postulados de su matriz: el conflicto entre lasociedad y el artista. Además, adquiere el ropaje formal de la bohemia, elestilo de vida cuidadosamente desordenado y medidamente inconformista de los artistas del París de mitad del XIXque Henri Murger retrató en lanovela Escenas de la vida bohemia.Lo que empezó como una moda de unos cuantos individuos, «los malditos», derivó pronto en la abstracción, hasta generar un movimiento, elmalditismo, con todo un programa de vida. En definitiva un «ismo» másde los surgidos del vacío de valores que provocó lo que el historiadorGonzalo Redondo denomina la «crisis de la cultura de la modernidad». Unacompleja evolución social que Chesterton, con su peculiar tino para lassentencias, resumió en una frase: «Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa».Más prolijo, George Steiner propone en Nostalgia del absolutouna especie de juego para revelar la paradoja de que todos estos «ismos» intentaran sustituir las religiones tradicionales con esquemas en realidad idénti119JULIOSEPTIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑAcos al de éstas, incluidos profetas, libros sagrados, herejías, utopías, dogmas de fe, mártires... Una aguda observación de las entrañas de la filosofíapolítica de Marx, el psicoanálisis de Freud, la antropología de LéviStrausso incluso la astrología y el ocultismo, revelan una patética imagen, similara la del crío que sale a la calle con los zapatos de su padre. Evidentemente, demasiado grandes. Enternecedor, si no se intuyera tanta angustia y unsentimiento general de prueba fallida, de que el hombre, o bien no puededesembarazarse de la religión, o bien aún no está preparado para ello.Steiner no incluyó en su nómina de «nostálgicos» a los malditos. Perono por falta de material: un rápido vistazo nos descubre todos los elementos de una mitología sustitutiva al uso en la crisis de la modernidad. Si elya mencionado libro Escenas de la vida bohemiaes toda una profecía,algo así como un Antiguo Testamento, los Evangelios ven la luz en 1888con la publicación de Los poetas malditos, de Paul Verlaine, que enumeraa los apóstoles de la nueva religión, esto es, sus amigos Tristan Corbière,Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline DesbordesValmore, Auguste Villiers de L’IsleAdam, además de él mismo con el sobrenombre dePauvre Lelian.Todos tienen en común una noción libérrima y esteticista de la existencia, antisocial y provocadora, sólo sensible a los dictados de su propiogenio y con una marcada tendencia al martirio: la vida como obra de arte,primer mandamiento, exige un final no menos dramático que la autodestrucción. La utopía, la Tierra Prometida, el Absoluto, es un fulgor desmesurado, abrasador e instantánea, una luz como la que describe Joseph vonEichendorff en sus versos proféticos. Precisamente nuestro Malcolm Lowryapunta en esa dirección cuando en su Correspondencia, publicada porTusquets, comenta que «el tiempo es una inhibición para impedir que todosuceda a la vez, como en el sueño». Con su arte y su vida, los malditos lograrán superar esa barrera para vivir la eternidad en la Tierra. La intensidad será su salvación ante la mediocre oscuridad de los tiempos.Por cierto, que Lowry difunde semejantes iluminaciones desde sugrado de místico, adquirido gracias a su dominio de la gran herramientalitúrgica de los malditos: las sustancias alteradoras de la conciencia. En elprólogo de Bajo el volcán, dice: «Williams James, si no Freud, podría estarde acuerdo conmigo cuando afirmo que las agonías del borracho encuentra120NUEVA REVISTA 124LA MALDICIÓN DE LOS MALDITOS: ENTREEL VOLCÁN Y EL HUMOsu más exacto paralelo en las agoníasdel místico que ha abusado de sus poLa potencia expansiva de la literatuderes». En realidad, no hace sino sera es hoy mucho menor. Pero preciguir la propuesta de Los paraísos artisamente ese detalle hace más significiales, obra clave del que podríaficativo que a largo del siglo XXlasconsiderarse auténtico mesías: Charleshuestes del malditismo empezaran aBaudelaire.emigrar a las más fértiles tierras delComo apunta el poeta Roger Wolfecine y la música. en su irreverente ensayo Malditismo ylentejas sin chorizo, es Baudelaire elque define con su vida y su actitud ante el arte los fundamentos básicosdel malditismo: «Vivir al margen de la sociedad, recrearse ante una decadencia estética perfectamente estudiada, cultivar asuntos literarios exquisitamente putrefactos y morirse de asco con un cierto estilo premeditado». En definitiva, la encarnación del poeta maldito.Tras él, otros malditos con pedigrí, más o menos heréticos en su originalidad, fueron actualizando el modelo. En EE.UU., Edgar Allan Poe lo dominó los primeros tiempos, Scott Fitzgerald le puso música de jazz, la generación beat lo llevó on the road... Pero también abundaron los epígonosen lugares supuestamente más vitalistas, como la Italia del movimientoScapigliatura o la España que parte del tremendo ValleInclán y llega al inefable Leopoldo María Panero.La nómina de fieles es, pues, amplia y continúa. Aunque limitada, esosí. Estamos ante un credo exigente. Para acceder a sus arcanos hay que seguir las iluminaciones de los maestros y poseer unas condiciones estéticasmínimas. ¿O no? Desde luego, la práctica canónica exige la condición deartista o, al menos, una mínima pose. Pero ya la cadena de suicidios de adolescentes por la lectura del Wertherde Goethe demostró la capacidad de penetración en la sociedad del primer romanticismo.Cierto que la potencia expansiva de la literatura es hoy mucho menor.Pero precisamente ese detalle hace más significativo que a largo del sigloXXlas huestes del malditismo empezaran a emigrar a las más fértiles tierras del cine y la música. ¿Podrían interpretarse el «Vive rápido, muerejoven y deja un bonito cadáver» de James Dean y la inmolación de JimmyHendrix como símbolos de una mutación con ánimos proselitistas?121JULIOSEPTIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑAQuizá sea una conclusión excesiva, fruto de la sugerencia envolventedel juego de George Steiner. Más sencillo: cambiemos proselitismo por lamezcla de narcisismo exhibicionista (evidente en todo maldito) y la demanda masiva de un producto con las características, remozadas (¿tuneadas?) del viejo Baudelaire. ¿Tenemos a los punkies, tenemos a los raperos? ¿Tenemos el aumento del consumo «recreativo» de drogas, tenemos losasesinatos en serie en los institutos?En su descripción del fenómeno del malditismo, Roger Wolfe aseguraque «si hay algo que vende es ese concepto de la vida bohemia, ese disfrute de la decadencia, la perversión y el morbo “por persona interpuesta”, que tan bien se ajusta al voyeurismo moral de nuestra época». Deacuerdo que la visión mercantilista es ineludible: sólo hay que prestaratención a titulares periodísticos del tipo «El malditismo de Antonio Vegalo acompaña hasta el velatorio». Pero ciertas actitudes muestran que la burguesa sociedad actual no se limita a mirar.En la novela de Martin Amis La casa de los encuentros(Anagrama), Lev,un ruso que ha pasado por la traumática experiencia del gulag soviético,le escribe a su hijastra Venus, que vive en los EE.UU.de hoy, sobre por lacostumbre, extendida entre los adolescentes norteamericanos, de autoinfligirse cortes en los brazos: «Si lo hacéis para combatir la insensibilizaciónde la democracia avanzada... no puedo solidarizarme con vosotros. Otrossistemas, ¿sabes?, te anegan las glándulas de líquidos y juegan con las puntas de tus nervios».¿Por qué esa terrible necesidad de autodestruirse? ¿La fascinación por lacaída de la que hablan los que padecen vértigo? Para el escritor mexicano Gabriel Ríos, Bajo el volcánes una metáfora de la venganza de la sociedad hacia el hipersensible. ¿Habría que entender esa hipersensibildadcomo una patología y el arte maldito como su síntoma? ¿O es sólo frutodel aburrimiento de una burguesía demasiado satisfecha y, por tanto, sinhorizontes? Quizá cuando hablamos de malditos nos referimos a dos cosasdistintas.En su libro Conversaciones con Enrique PichonRivière sobre el arte yla locura(Ediciones Cinco), Vicente Zito le pregunta al eminente psiquiatra argentino si artistas como los malditos y los románticos no manejanlas mismas pautas y procesos que los enfermos mentales. PichonRivière122NUEVA REVISTA 124LA MALDICIÓN DE LOS MALDITOS: ENTREEL VOLCÁN Y EL HUMOseñala una gran diferencia: «El artistanormal logra la (verdadera) unidad,El verdadero maldito, como explicaarmar lo que previamente desinteRoger Wolfe, siempre lo es a sugró, despedazó, cosa que no logra elpesar. Su dolor es individual; comoartista alienado», cuya obra carece detodo sufrimiento auténtico, brota del«valor plástico», no supone «una procorazón y es único e irrepetible, nopuesta de dinámica de cambio, sinolo fabrica en serie un «ismo» ni loun estereotipo» y, sobre todo, enmoldea una tendencia.lugar de unidad sólo puede ofrecercaos.Para hacerlo más gráfico, el doctor pone como ejemplo el trabajo dePicasso con el inconsciente: «Picasso ha elaborado lo maravilloso a partirde una ruptura caótica, pero que ha sabido y podido recomponer, reintegrar. La muerte le ha servido para recrear vida [...] Es un artista que hatomado su obra como camino de investigación y ha descendido a las etapas más regresivas de su propio inconsciente. Pero no se ha perdido, noha muerto, no ha enloquecido en su viaje».En cambio, el maldito traspasa todos los umbrales en su viaje... Hastacontemplar, horrorizado, que no puede regresar. «A veces me tengo por unexplorador que ha descubierto tierras extraordinarias de las que jamáspodrá regresar para darlas a conocer al mundo: pues el nombre de esastierras es infierno. Claro que no están en México, sino en el corazón», diceel protagonista de Bajo el volcán.Sin embargo, Lowry sí logra darnos a conocer un breve retazo de su infierno, como el náufrago que lanza al océano un mensaje en una botella...Y la mecánica de ese lanzamiento fascina al psiquiatra PichonRivière:«Muchas veces me he preguntado qué es lo que mueve a Lautréamont aescribir ese libro infernal que son sus Cantos de Maldoror. Y podemosdecir: una situación caótica interna, un profundo dolor, una necesidad desacarlo a flote, poder verlo, hacer que los demás lo ayuden a soportar eseinfierno [...] Había descendido hasta la muerte, ¡la había tocado! Ya nopodía estar a solas ante semejante carga, necesitaba compartirla. Pero ir sacando afuera todo eso, objetivarlo, se convertía en una tarea pavorosamente difícil». La misma tortura que, según Gordon Bowker, sufría Lowry:«Para él, escribir era un impulso incoercible, pero también muy penoso».123JULIOSEPTIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑAPorque el verdadero maldito, como explica Roger Wolfe, siempre lo esa su pesar. Su dolor es individual; como todo sufrimiento auténtico, brotadel corazón y es único e irrepetible, no lo fabrica en serie un «ismo» ni lomoldea una tendencia. Aunque el maldito busque a veces el refugio desus camaradas y caiga en la tentación del estereotipo, ese dolor lo separadel patético impostor que intenta forzar con poses, sustancias o lemas supuestamente profundos —«Mañana podemos estar muertos», «No future»—una situación dramática que encubra lo que el Lev de Martin Amis desvelaba con descarnada lucidez: «Si lo hacéis para combatir la insensibilización de la democracia avanzada...».El burgués aburrido y convencional empeñado en comprar la genialidad y el adolescente que se corta para «sentirse vivo» no son artistas, noson auténticos creadores: sus sensibilidades enfermizas, alienadas, se expresan con actos fragmentados y prescindibles, que se pierden en el vacío.Creen aquella promesa de eternidad en un vaso de cristal, pero la genialidad no es un sacramento que se pueda administrar. Compran un pocode fe mutilándose, pero la prosa de Lowry no se vende en las cantinas.Son lucrativos consumidores de humo. Se llenan de nada.En cambio, el deseo revela al verdadero maldito. «Me parece ver ahora,entre los mezcales, ese sendero, y más allá, extraños parajes, como visiones de una nueva vida que pudimos haber vivido. Me parece que nos veoviviendo en algún país del norte con montañas y colinas y aguas azules»,balbucea el cónsul en su borrachera. En la biografía de Lowry aparece unlugar muy parecido: una cabaña junto al agua en Vancouver. Sólo allí, apunta Gordon Bowker, en medio de una existencia sencilla y sobria, pudo «recrear el sudor y la corrupción del sur». Apenas un respiro para encontrar«ese lugar secreto preservado para la poesía, un lugar no contaminado» quePichonRivière intuye en Lautremont, «El sitio de mi recreo» que cantabaAntonio Vega. Después volvieron los demonios. Pero puede que ya hubiera encontrado el norte de su autenticidad. Justo antes del comienzo de Bajoel volcánbrilla como una estrella la cita de Goethe: «Al que sin cesar se esfuerza por ascender... a ese podemos salvarlo».124NUEVA REVISTA 124