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Argentina: globalización de barco, globalización de ADSL

Ángel Peña

Artículo sobre algunos escritores importantes de Argentina y su visión del mundo. La influencia de la globalización en su pensamiento.

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Ángel Peña, “Argentina: globalización de barco, globalización de ADSL,” accessed January 22, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1844.

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Argentina: globalización de barco, globalización de ADSL

Subject

Cultura y globalización

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Artículo sobre algunos escritores importantes de Argentina y su visión del mundo. La influencia de la globalización en su pensamiento.

Creator

Ángel Peña

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Nueva Revista 122 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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Argentina: globalizacióndebarco, globalización de ADSLÁNGELPEÑAPERIODISTA«Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primeraimpresión fue de extravagante felicidad». En 1941, Jorge Luis Borges firmaba en la localidad argentina de Mar del Plata uno de sus extraños sueños literarios. Relatos geniales para algunos, estériles fantasías de erudito paraotros. Hoy, historias como La biblioteca de Babeladquieren un nuevo significado. No es difícil ver en su narrador a un internauta (palabra que hubiera sido grata a Borges, tan dado a la mitología) avant la lettre: «Como todoslos hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado enbusca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casino pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir».Probablemente las visiones proféticas de Borges compartan con las decamaradas como Julio Verne o Isaac Asimov, por ejemplo, el origen en uncarácter especial, una sensibilidad y una imaginación únicas. Pero, en sucaso, la anticipación de un mundo sin bordes ni banderas, con la única limitación de la propia experiencia, tiene un fuerte componente paradójicamente nacional.161ABRIL 2009En una frase que el uso ha convertido en tópico, el propio Borges definió al argentino como «un español que habla italiano, piensa en francés yquerría ser inglés». La mezcolanza de inmigraciones europeas, unida a laXIXpor lospráctica ausencia de una base indígena (expurgada en el siglo criollos a través de la Conquista del Desierto), creó una nación desconcertada desde el origen. Argentina como una isla europea en medio del continente americano.Esta sensación se traduce en la literatura como la disputa entre dos grandes corrientes fundacionales en el siglo XIX. Una imita y absorbe indiscriminadamente cualquier gesto europeo, con una erudición a veces forzada, enbusca de cierta legitimación que vendría de los orígenes en ultramar; la otrapropugna un criollismo diferente y genuino, con identidad propia, forjada enla amplitud de las nuevas tierras por conquistar, con el rudo gaucho (unasuerte de cowboya la argentina) como caudillo ideológico y el Martín Fierrocomo texto constitucional.En su novela Respiración artificial, Ricardo Piglia adjudica a Borges unpapel de justiciero frente a los primeros: sus relatos hipercultos serían, fundamentalmente, una parodia de aquellos «textos que son cadenas de citasfraguadas, apócrifas, falsas, desviadas; exhibición exasperada y paródica deuna cultura de segunda mano, invadida toda ella por una pedantería patética». En efecto, algo de esto puede haber en la lectura de La biblioteca deBabel. Aunque la intención paródica queda más patente en otros relatos,como Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en la que varias generaciones de esforzados hombres de letras pretenden dar carta de realidad, a través de una versión apócrifa de la Enciclopedia Británica, a todo un universo de ficción.Algo así, podría decirse, como el patético intento de crear una República Europea de la Argentina.Sin embargo, el supuesto campeón irónico de la verdadera argentinidadtampoco parece muy cómodo en el otro bando. El Sur, uno de sus cuentosmás célebres, narra la peripecia de Juan Dahlmann en 1939. Nieto de un pastor evangélico que desembarcó en Buenos Aires en 1871, Juan «se siente162NUEVA REVISTA 122ÁNGEL PEÑAhondamente argentino» y milita en unTrasladada la encrucijada a la vidacriollismo «algo voluntario pero nuncareal del viejo Borges se puede enostentoso», fomentado por las estrofastrever una elección: entre la Repúde Martín Fierroy el eco de la muerblica Europea de la Argentina y late heroica de un lejano familiar. CierMonarquía Gauchesca de la Plata,to día, Dahlmann, secretario de unaBorges elige... Suiza.biblioteca municipal, siente un roceen la frente cuando, distraído por lalectura de un ejemplar de las Mil yuna noches, sube la escalera de su casa. El simple corte accidental degenera en una septicemia que lo deja postrado en una cama de hospital. En esosdías, «minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara». Finalmente, la enfermedad cede y Dahlmann decide pasar los últimos días de su convalecencia enuna estancia familiar en el campo, al sur de la ciudad. Acompañado por lalectura de las Mil y una noches, que lleva como voluntario exorcismo, el trenlo transporta lentamente a través de un campo donde «la soledad era perfecta y tal vez hostil», lo que le induce a sospechar que «viajaba al pasado yno sólo al Sur».Una vez llegado a su destino, Dahlmann camina un buen trecho y paraa comer en un rústico almacén. Extasiado ante la autenticidad de la experiencia, siente, de pronto, «un leve roce en la cara». Uno de los parroquianos,«de rasgos achinados y torpes», le ha tirado una bolita de miga. Dahlmanndecide que nada ha ocurrido y abre el volumen de las Mily una noches«como para tapar la realidad». Pero el compadrito insiste, saca al aire un largocuchillo y lo invita a pelear. El patrón del almacén objeta que el forasteroestá desarmado, pero entonces un viejo gaucho, en el que antes Dahlmannhabía visto «una cifra del Sur (del Sur que era suyo)», le alcanza una dagadesnuda. «Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara elduelo». Éste recoge el arma, aunque sabe que «en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran».163ABRIL 2009ARGENTINA: GLOBALIZACIÓN DEBARCO, GLOBALIZACIÓN DE ADSLCuando Dahlmann sale a la llanura, su suerte está echada. La violenciade la septicemia tiene su prolongación en la del cuchillo desnudo que brillaen el almacén. Antes, el narrador ha mencionado el parecido del patrón delalmacén con uno de los empleados del hospital, y es evidente el paralelismo entre el roce mortal de la miga de pan arrojada por el parroquiano y elde la escalera propiciado por la lectura del muy extranjero libro de las Mil yuna noches. ¿Una de las dos Argentinas ha de helarle el corazón?Trasladada la encrucijada a la vida real del viejo Borges, ya tan ciegocomo icónico, se puede entrever una elección: entre la República Europeade la Argentina y la Monarquía Gauchesca de la Plata, Borges elige... Suiza.Recientemente, una diputada del partido que gobierna Argentina sondeó ante la opinión la elaboración de un proyecto de ley para repatriar losrestos de Borges, que descansan en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra. De momento, la correspondiente polémica se ha saldado con la rotunda negativa de María Kodama, la viuda y heredera universal del escritor, consus propios intereses en el asunto.Pero antes que cualquier disquisición política o económica, merece la penaconstatar el intento fallido de «nacionalizar» los restos (en todos los sentidos)de Borges, frente a la actitud en vida de éste. O, incluso, su actitud en unafrontera aún más significativa, de la que su íntimo amigo Adolfo Bioy Casaresdejó constancia de una conversación reveladora: «Cuando se fue a Europa,Borges me dijo que los médicos lo habían desahuciado y yo le dije: “Decime,¿no es una imprudencia ir a Europa ahora?”, y me contestó: “Para morir, es lomismo estar en cualquier parte”». Y quizá Suiza fuera lo más próximo a esa«cualquier parte»: la nación neutral por excelencia, con cuatro idiomas oficiales, sede de la mayoría de las grandes organizaciones internacionales.A la luz de esta patética declaración, la interpretación de relatos comoLa biblioteca de Babelquizá se decante más hacia el deseo de encontrar unrefugio en la globalización perfecta de los libros. Una búsqueda que revelaun reverso oscuro. La frase final del cuento, tras describir la posibilidad deuna pirueta erudita, es demoledora: «Mi soledad se alegra con esa elegante164NUEVA REVISTA 122ÁNGEL PEÑAesperanza». El individuo solo. El exisTerrible infantilismo sin inocencia,tencialismo. Una vuelta de tuerca a Elel nacionalismo, como decía Unaextranjerode Camus: el extranjero enmuno, se cura viajando y leyendo. Ysu propio país.el argentino ha sido y es globalCierta crítica más ideologizada poantes de la globalización.dría achacar esta actitud a un egoísmofruto de la tendencia reaccionaria quesuele adjudicarse a Borges. Sin embargo, la actualidad ha traído al primer plano una sensación parecida enquien para esta misma crítica más o menos dialéctica representa su contrario: Julio Cortázar.En febrero se cumplieron veinticinco años de la muerte de este paladín delas causas progresistas, de la literatura comprometida. Buenos Aires celebróla efeméride con multitud de actos, seminarios, homenajes, lecturas y demásparafernalia, pero el centro neurálgico de la devoción por Cortázar quedabay queda a miles de kilómetros: en el cementerio de Montparnasse, en París.Aunque es cierto que durante parte de su vida tuvo vedado el regresopor cuestiones políticas, el exilio de Cortázar es sobre todo voluntario y existencial. Desde joven concentró sus fuerzas en la huida, primero a través dela literatura —sumergido en las legendarias librerías bonaerenses que leacercaba las palabras del Gran Mundo— y luego en el barco que le llevó aaquel París que transformó en literatura.«No te preocupes más por mí. Voy a marcharme a mi ciudad», le dijo a suesposa Aurora Bernárdez antes de internarse en el hospital parisino en el quemoriría. En un artículo en Ñ, Vicente Muleiro explica que Cortázar ya habíahablado antes de esa ciudad, en la que jamás «había estado en esta vida despierto». Ciudad onírica, según Muleiro, «con calles trazadas por el escritor enalgunos de esos privilegiados momentos en los que la vigilia se retira disuelta por el sueño o por una levitación imaginativa en plena luz del día».Una forma poética de referirse a un no lugar, a una realidad virtual, artificialmente creada para ser habitada por ciudadanos de la literatura. 165ABRIL 2009ARGENTINA: GLOBALIZACIÓN DEBARCO, GLOBALIZACIÓN DE ADSLLa ciudadnación queda desdibujada en los márgenes imprecisos de la infancia, única poseedora (y paradójicamente, de forma inconsciente) de unapatria. Tomás Eloy Martínez recordaba recientemente la elegía de Cortázara los paisajes de una Buenos Aires perdida para siempre: «Las lecheríasabiertas en la madrugada», «el superpullman del Luna Park», «los olores dela platea del Colón».Después, la lucidez que hurta el paraíso primigenio trae la visión delGran Mundo, cuya fuerza de succión puede llevar al desarraigo. Nadie dudade dos características fundamentales del argentino: su gran creatividad y suno menor individualismo. Lo primero da lugar a notables logros; lo segundo, alimentado por los problemas identitarios y los sucesivos desencantospolíticos, a una crisis permanente de la cosa pública.Algunos, enmarañados en una especie de adolescencia incurable, intentaron darle a ese Gran Mundo la forma imposible de aquella patria perdida.Los lamentables intentos manu militaride crear un nacionalismo argentinoquedaron en nada, y parecido destino le espera a los nuevos brotes exhumadores de próceres. Terrible infantilismo sin inocencia, el nacionalismo,como decía Unamuno, se cura viajando y leyendo. Y el argentino ha sido yes global antes de la globalización.Pero ¿qué sucedería si, como en una de las fantásticas visiones de Borges, la tecnología avanzara hasta el punto de propiciar una cifra infinita deviajes y lecturas? Oliverio Coelho es uno de los representantes argentinosde la antología El futuro no es nuestro(Editorial Eterna Cadencia) de nuevos escritores latinoamericanos. Nacido en 1977, acepta el juego de una globalización preconfigurada por sus mayores, pero matiza: «Lo que se globalizaba en una cultura periférica era una cultura central, como la francesa o lainglesa, por ejemplo. Y en esa globalización había una apropiación y unadeformación, muy característica de la Argentina». De una forma aún más gráfica, y muy porteña, señala que aquellos barcos míticos que salían de Retirotraían de vuelta los libros de Proust o Joyce, mientras que Internet trae uncaudal desbordado por la falta de criterio. «A esa zona desterritorializada,166NUEVA REVISTA 122ÁNGEL PEÑApertenece la nueva generación de escritores», dice. La elegante desubicación que sentían sus mayores, lejos de sedimentarse poco a poco en unaconciencia nacional, ha terminado de fragmentarse en un millón de pedazos,hasta dar en lo que Coelho define como una sensación «de desarraigo, encualquier lugar en el que uno esté». Las eternas crisis económicas y su consecuente cinismo parecen alejar del horizonte los conceptos de catarsis ycivismo.En estos días —parece que propicios para la mirada atrás— se ha cumplido también el décimo aniversario de la muerte de Adolfo Bioy Casares.Aristocrático dandi, políglota desde la infancia, tan británico, tan afrancesado, las viejas primeras espadas de los suplementos culturales de BuenosAires recuerdan con nostalgia sus últimos paseos por la ciudad, todo un magisterio del antiguo mundo. Un poco más adelante en el diario, bajo el epígrafe de «Nuevos tiempos: el trabajo remoto», un titular habla de «Los quecambiaron Ezeiza [el aeropuerto internacional bonaerense] por Internet», Elreportaje comienza: «Si la crisis de 2001 fue para muchos un pasaporte paraemigrar, para otros abrió una posibilidad intermedia. Cada vez más los argentinos trabajan en el exterior sin necesidad de tomarse un avión. Secretarias virtuales, analistas en comunicaciones y telemarketers...».ADSLy su caudal casi ilimitado frente a la lentitud delLa velocidad del barco que atraviesa el océano con el sucinto estómago de su bodega. Elritmo pausado de los paseos de Bioy, de sus conversaciones fuera del tiempo con Borges, frente a la fugacidad de los blogs. Quizá sólo se trate delmismo desconcierto, pero acelerado.Y una sensación de vértigo irreparable. «El Globo de Funes», uno de losblogs que recorren la vida cultural porteña, muestra la viñeta de un tal Tchó,desdibujado héroe de cómic uniformado de perilla y coleta underground,que declara: «Tchó cree que pasarse el día mirando blogs es de una estupidez trepidante y sin parangones en la Historia misma del ocio en la HumaSOS? nidad». ¿Ironía o 167ABRIL 2009ARGENTINA: GLOBALIZACIÓN DEBARCO, GLOBALIZACIÓN DE ADSL