Nueva Revista 119 > Una visita a Rodin. El alma en la piedra

Una visita a Rodin. El alma en la piedra

Pablo de Santiago

Sobre las esculturas de Rodin, poesía en piedra.

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Pablo de Santiago, “Una visita a Rodin. El alma en la piedra,” accessed August 19, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1795.

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Una visita a Rodin. El alma en la piedra

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Una visita a Rodin

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Sobre las esculturas de Rodin, poesía en piedra.

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Pablo de Santiago

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Nueva Revista 119 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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UNA VISITA A RODINEl alma en la piedraPABLODESANTIAGOPERIODISTAveces, cuando nuestros intereses se dirigen decididamente haciaun objetivo, no es raro que en nuestro camino se cruce una buenaArazón para detenernos. Qui zá nuestra mente está ocupada con el pensamiento de aquello que anhelamos y... ¡ah!, algo distinto nos saca delensimismamiento y nos perturba con su pre sencia. La belleza se esconde en todos los lugares si se sabe mirar. Es precisa mente cuan do estamoscon una disposición de búsqueda que la vida ilumina me jor nuestros pa sos. Ese algo al que nos dirigíamos en un primer momento ali menta de talfor ma nuestros deseos y sentidos que los hace capaces de admirar de unmodo nuevo aquello en que se posan. ¿Acaso nunca has «descubierto»un cua dro mientras ca mi nabas hacia otro?, ¿o tus ojos no han tropezado jamás con una «nueva» poesía? El descubrimiento entonces no oscurece lo demás, pero ese grito mudo de admi ra ción, ese segundo en quenuestro entendimiento choca contra la nueva imagen, el sagrado estupor que sentimos al encontrarnos con un regalo no esperado, esa ad miración momentánea, digo, que produce un calambre en nues tros receptores de belleza, no la olvidarás nunca mientras vivas. Esedescubri miento será tuyo pa ra siempre. Y tú serás suyo. Nunca más podrás dejar de mi rarlo, de admirarte. Siem pre serás consciente de aquelmomento íntimo en que os encontrasteis por pri mera vez. Será un secreto que, por mucho que cuentes, nadie podrá entenderlo, porque sólotú participaste de aquel maravilloso encantamiento.París. La grandeza de la ciudad sobrecoge. La inmensidad de sus formas te ha ce pequeño. Su belleza se revela en sus grandiosos espacios, ensus monumentos, en sus bulevares. Pero la magia de París se escondeNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 130]también en sus rincones. Son ellos precisamente los que regalan el misterio a tu alma. La belleza se esconde tras el quiebro de una esquina,quizá en un callejón solitario, o en la luz. Enton ces, inesperadamente,temblamos ante ella, y la grandeza y la perfección dejan de ser cuestiónde dimensiones. Una pequeña plaza hace grande una ciudad. Sólo hayque saber mirar, y admirar. Magia.Rue de Varenne, ése era mi destino cuando desperté aquel día deagosto cerca del Louvre. Durante cuatro años, el número 77 de esa callealbergó a uno de los poetas más misteriosos y fascinantes de todos lostiempos. ¿Mi destino? Estar allí, tocar aquellas piedras, vivir allí unosinstantes y respirar el aire creado por sus ár boles. Según mi mapa aquella casa se había convertido en un museo; el mu seo de otro gran artista,Auguste Rodin, propietario de la mansión y huésped del au tor de Laselegías. Así pues, Rilke estaba escondido tras las esculturas del es cul torparisino. Contemplaría entonces aquellas obras.De Rodin nunca me sentí deudor. Conocía algunas de sus escul turasmás céle bres sólo como simples ejemplos modélicos de un tipo de escultura. Le penseur, Le baiser... eran obras ar chi fa mo sas y habían sido reproducidas una y otra vez en mul titud de lá minas. Y ahora me dabacuenta de que las vería realmente y ca si po dría tocarlas, pero tambiénsabía que eso no sería suficiente para con mo ver me. De bía haber un descubrimiento.El sol caía a plomo sobre el jardín de Los Inválidos. Mi inquietud alcaminar por el bulevar era creciente. A media altura de la ancha callese emplaza el Café du Musée y junto a él se abre la Rue de Varenne.Hace esquina el número 79. Po cos metros más allá, en un ensanche dela acera, está el gran portalón de la man siónmuseo del escultor. El número 77 colocado en los muros de entrada todavía está clavado en micarne. Era verdad. Existía. Rue de Varenne 77. Rilke. Toqué las piedras.Lo que vino después fue lo que el poeta y su ciudad me habían pre parado para cuando fuera a visitarles.Desde fuera se puede ver ya la gran fachada del museo, una verdadera man sión. No muy gran de, pero de un gusto extraordinario, con elto que parisino propio de los jardines. Belleza. Es taba, pues, junto a lasNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 131]Pablo de Santiagoobras de un gran es cul tor, pero me resultaba extraño y te rri ble men temolesto que nada me hablara del poeta. Mi resignación duró poco tiempo. Mi severo juicio se desvaneció al atravesar la ver ja y abrirse antemí el jardín delantero, entonces, al darme la vuelta, apareció aque llaplaca colocada en el muro de la entrada, invisible desde fuera:DANSCETHOTELOUILFITDECOUVRIRAAUGUSTERODINRAINERMARIARILKE1908 A1911VECUTDEUna reliquia. Mi ánimo creció desmesuradamente. Después quedó colgado en el espejo de la gloria.Después conocí a Rodin.Cuando leí la Divina Comediala historia de Paolo y Francesca mefascinó y lo hizo precisamente por ser una escena natural, nada complicada, incluso pueril. Que un libro sea el nexo que une a los dos amantes resulta simplemente encan tador. Pero lo que en una amistad podríamantenerse indefinidamente, aquí no es posible, aquí el libro se convierte en un cómo, en el camino por el que finalmente ascienden losbesos. Siempre me he preguntado ¿no es el infierno demasiado cas tigo?El arte ha expresado de mil formas a los dos amantes. También Rodincuen ta con varias esculturas que presentan la escena recogida por elpoeta florentino. Pero hay una que hace temblar el suelo. ¿Qué tiene lamirada de Paolo? ¿Por qué esa mirada de arcilla reconcentra todo elamor del alma? Paolo mira hacia sí mis mo en aquella mirada, como sifuera ciego, y el amor el deseo que se hace criatura junto a él. Hay, además, en aquella mirada una nota inmensa de tristeza que ro dea a la escena entera. ¿Es posible el amor?, ¿el amor infinito que yo siento por ellaes posible que exista? No te vayas, Francesca, no te vayas, permanececon migo, así, como ahora, para siempre. La mirada de Paolo se convierte en quejido. La mi rada de Paolo está viva, sí, como tú y yo. ¿Quiénno es capaz de verse re flejado en aquella mirada?NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 132]El alma en la piedraMuseo Rodín, Rue de Varenne, 77. ParísLa fuerza de Rodin radica en la vida de sus obras. Cada una es única,ella, personal. Sus rostros nunca se pierden entre la multitud, son personas, historia, relato. Lo excepcional es que esa individualidad no se limita a los rostros, también sus manos contienen esa poderosa fuerza.También en ellas la unicidad de la per sona grita y afirma «yo soy yo».Sus obras misteriosamente remiten al presente. Toda la riqueza del escultor se vacía en cada creación, sus obras poseen esa enigmática fuerza y a la vez son animadas por ella. Vida.Ahora quiero mostrarte la tierna hermosura de Diane. Un prodigio. Unmila gro. La blancura del mármol ya es capaz de oscurecer todo alrededor.Llama a lo sobrenatural, al mundo de los dioses. Ese «atributo coronadorde lo terrible» de Melville alcanza en Dianeuna fuerza asombrosa, ciertamente no fantasmal ni capaz de infundir pánico en el alma. Lo terrible enDianees el mundo de la perfec ción, indecible, que sobrepasa la apreciaciónhumana. Ese busto blanco, esa mujer, parece venir realmente de unNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 133]Pablo de SantiagoOlimpo lejano, muy lejano, precisamente por la blancura que irradia.Rodin no modeló a la Diana portadora del carcaj. No, no es el rostro enojado por Acteón, ni la Diana presa de laira y la vergüenza por ser descubierta ensu gruta secreta. La Diana de Rodin es laDiana salida del baño tras un día de caza,es la hermana de Apolo, casi niña, en sualegría inmaculada, rebosante de fres cura en el valle de Gargafie, muchos,muchos días antes del encuentro con elnie to de Cadmo. Aquí la poesía se enLa Diana de Rodin, detallecuentra con Rodin, aquí Rodin esculpióversos blancos. Todo es alma. La frente,los ojos, la nariz, la boca... ¡La boca! «Miale gría muerde tu boca de ciruela».Te das cuenta de que ya no eres el mismo, ya no podrás olvidar lavisita.El origen del hombre Rodin lo hace piedra, roca. La naturaleza sealía para formar de sus entrañas la criatura humana. Así es Terra, el nacimiento de la hu manidad. La tierra negra, bronce, se organiza para formar el cuerpo. La natura leza erupciona en esa masa informe, todavíabrutal, postrada. Terraes genuina mente lo corpóreo, porque lo queemerge bestialmente de la tierra negra, es un hombre sin rostro, sinnombre. ¿Un hombre? Ni siquiera. Está boca abajo. No es sino mediacriatura. Negra. Carne de alquitrán. Triste carne de alquitrán sin alma.Pero, si continúas, si atraviesas todavía al gu na es tan cia, entonces...¡ah!, verás que a esa cria tu ra, a esa in cipiente bestia de la tierra, a esa ro cade carne, La main de Dieula ha se ña la do. La ha sacado del fango y convertido en úni ca. La oscu ridad se esconde detrás de la per sona, y la blancura del creador refulge en ella, irre co no cible. Mármol blanco. La cla ri dadde Dios. El hombre es engendrado de la ne gra tierra con la luz blanca dela mano de Dios. El escorzo del hom bre re cuerda la posición del fe to en elNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 134]El alma en la piedraseno materno. Na ce la persona. Hombre y mujer. Ambos amol dados en lapalma creadora, mi rán dose. ¿Y la mano?... ¿Qué pen saba Rodin al esculpirla? Tan cercana, ¡tan hu ma na! Una mano de di men sio nes ex traordinarias, poderosa, te rrible, de ve nas pal pitantes, que recorre los cuer pos de sus cria tu ras en un recio y tierno abrazo de pa dre y madre. Dios.Ignoro si el escultor había leído las Historias del buen Diosde suamigo Rai ner. Esa pequeña obra, es crita en 1904, in cluye un cuento titulado Historia de las ma nos de Dios. Un cuen to para niños y para aquellos mayores que una vez fue ron niños y aún desearían serlo. Dios, mientras mode laba al ser humano allá en el cielo, es avi sado por un ángel delas calamidades que ocu rren en la Tie rra con los demás animales. Diosentonces se pone fu rio so y de ci de velar el mundo. Pe ro con el fin de daraca ba mien to a su gran obra, su sa bi du ría toma la de ter mi na ción de quesean sólo sus ma nos las que modelen al hombre, al tiempo que sus ojosmantienen la armonía crea da. Y así, mientras Dios está dis traído con susde más criaturas, el hombre, una vez terminado por las manos de Diospero sin que la mirada de Éste se haya po sado sobre él, se escapa haciala Tie rra presa de sus an sias por vivir...Bien pudo Rodin esculpir esas manos de las que habla el poeta o,quizá, tomar pres tada esa imagen para concebir su obra. Lo que no cabeduda es que las manos de Rodin son manos singulares, únicas. Tienen«Terraesgenuinamente lo corpóreo»NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 135]Pablo de Santiagovida propia, crean. La divinidad es tá en ellas no como parte de un todo,sino como algo propio, esencial. De un mo do extraño, al ver esas manosvemos al creador sin intuir —y aún menos sin buscar— figura alguna conque relacionarlas. No. Las manos lo son todo. Dios es sus manos. En Lamain de Dieula admiración es casi adoración. Fíjate. Estás mi rando a Dios.Más adelante ves otra mano, y un beso es el re cla mo.En el muro de entrada, junto a la verja ne gra, una fo tografía de Elbeso te adentra ya en el mundo de Ro din. Es como un «ade lan te» sinvergüenza, en res pues ta qui zá al pre tendido escándalo que ese beso demár mol ha causado durante tantos años. Una vez que has entrado yestás delante de la pie dra blanca, te asom bran las extraor di na rias dimensiones. Al primer vis tazo, la escultura es un juego de contrastes. Laes bel tez del hombre es como el contrapunto de la mór bi da fi gura femenina. La mu jer cae inerte, y su espalda combada ejerce la atrac ción gra cias a que su brazo atra pa el cuello del amante. El hombre asom bro sa men te er guido gira el torso en pos tura imposible. Fuerza y ternura.Luego ves el secreto. Toda la sensualidad del grupo se pierde precisamente en el reclamo, el beso, un beso ciego, escondido, imposible a lavista. Es entonces cuan do el genio de Rodin vuelve de nuevo a golpeartus sentidos. Y es otra vez cuan do ves la mano masculina, tan inmensaque bien po dría pertenecer a un Hér cu les, posando suavemente supalma sobre el mus lo de la mujer. El beso. Impo si ble plasmar tal de li ca deza. Toda la fuerza de los mús cu los se diluye en una ca ricia extrema, unroce apenas in coado. En esa delicadeza está el poder de El be so. Ahí es tá Rodin. Algunos piensan que los enamorados son de nuevo los aman tes del segundo círculo, Fran ces ca de Rimini y Paolo Malatesta. Yo no.Aunque el escorzo de los enamorados de piedra pudiera sugerir el eterno torbellino gira torio de Dante, yo sé que no es así. Los italianos deDante son de arcilla y besan con la mirada.Sí. Rodin es un cazador de instantes. Lo fugaz de la vida, el momento, él quie re hacerlo eterno. Sus obras son gestos y miradas eternas queduran un instante. El acto se convierte en historia, el gesto en biografía.El ademán efímero de esas dos manos albas de piedra que se acercan furtivas, recelosas, puede ser heca tombe, tormenta de sentido y existencia.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 136]El alma en la piedraLa fragilidad se torna perdurable, sólida, serena, comouna Catedral.Sientes tu respiración.Tuahogo mo men táneo buscaen el aire viciado un nar cótico ante tanta pureza,ante tanta pre sencia. Sientes latidos de un mundo in sos pechado, escondido, latente. La vi da se dilata encada talla y se con vier te enotra de repente, más real,más ver dadera. Pero aún tequeda ver el llanto de estemun do de tierra en aquelbronce os curo, tirano e implacable para el hombre.«Toda la fuerza de los músculos se diluye en unaEl mundo desdoblado, sincaricia extrema, un roce apenas incoado».sentido, lo ha la bra do Rodineterna y fu gaz mente. Aquísiempre se escapa, siem prevuela el descanso perpetuo. El tra sie go incan sable del alma encarceladaha que dado esculpido en Fugit Amor. Hay un ena mo rado que desea y queen cuentra, y que pierde y desea, siem pre, siempre. Veloz mente se esca pala mujer, la be lleza, el anhelo. Pero el ena mo rado no la pierde de vista,va jun to a ella siempre en la mirada. Ahí está, a unos pasos. A una pequeña distancia de es pacios infinitos. Es una huida eterna, la voz desenfrenada de un adiós que ta la dra los huesos. Y es que grita tan cerca quela puede tocar, sí, ¡ya te tengo!, ¡es pe ra, no te vayas! ¡No!, ¿acaso no mequieres? No hay derrota, ni victo ria tampoco. La escena parece haber salido de aquella otra piedra de los griegos, aquella mis ma piedra de doncellas esquivas y éxtasis sal vaje que ya cantó el poe ta. So la men te el poetasoporta así la vida. Y las piedras son versos.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRENOVIEMBRE 2008[ 137]«El trasiego incansabledelalma encarceladahaquedado esculpidoenFugit amor».Cabizbajo, doblado ante el júbilo inmenso del ser y la existencia medespedí de allí. Dejaba mi sorpresa colgada en las cornisas de aquellagran mansión nú mero 77 de la Rue de Varenne. Y aún siento a milesde kilómetros mi jadeo emo cionado en aquellos rincones misteriosos.Lo llevo aquí, conmigo, en el centro del cuerpo, como una gran condena. Ya no puedo vivir de otra manera. La otra vida, la que vivo entrerisas, es una gran mentira, quizá un sueño del que sólo despierto cuando abro bien los ojos y me miro por dentro. La belleza es un peso en elalma que me hace estar cansado y más sediento.Al terminar mi visita volví a buscar a Rilke entre las piedras. Él erael hechi cero. Le miré entre los árboles y en el cielo y en la tierra que sostenía mi cuerpo, y le dije: Rilke, mi buen Rainer, ¿por qué me has hechoesto? Y entonces com pren dí que esas vidas de piedra eran los fieles altavoces de aquellos otros versos, los pri meros de Duino:«Pues lo bello no es nadamás que el comienzo de lo terrible, que todavía apenas soportamos,y si lo admiramos tanto, es porque, sereno, desdeñadestrozarnos. Todo ángel es terrible».PABLODESANTIAGONUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 138]