Nueva Revista 038 > Los libros de los politicos

Los libros de los politicos

José Manuel Cuenca Toribio

El libro de José María Aznar hace un especial hincapié en la moderación. Pretende establecer un foro para la reflexión sobre los problemas e interrogantes que tiene planteados nuestra sociedad en este fin de siglo.

File: Los libros de los politicos.pdf

Referencia

José Manuel Cuenca Toribio, “Los libros de los politicos,” accessed December 4, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/730.

Dublin Core

Title

Los libros de los politicos

Subject

Literatura

Description

El libro de José María Aznar hace un especial hincapié en la moderación. Pretende establecer un foro para la reflexión sobre los problemas e interrogantes que tiene planteados nuestra sociedad en este fin de siglo.

Creator

José Manuel Cuenca Toribio

Source

Nueva Revista 038 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

Document Item Type Metadata

Text

LOS LIBROS DE LOS POLÍTICOS José Manuel Cuenca Toribio La moderación, cualidad fundamental del libro de José María Aznar, hace que éste pueda ser no sólo un lugar de encuentro para las legítimas aspiraciones de gobierno y de acción política, sino también un foro para la reflexión sobre los problemas e interrogantes que tiene planteados nuestra sociedad en este fin de siglo. En general, los políticos españoles realizan aquella definición del hombre que una leyenda bufonesca atribuye a Platón: son bípedos implumes, ciudadanos que no escriben. No se creen nunca obligados a exponer formalmente el organismo de sus pensamientos, los principios, que de sus acciones públicas emanan. Les aterra parecer ideólogos. Palabras éstas de Ortega un tanto inmatizadas, pero que, como siempre ocurre en la caracterización de algunos fenómenos claves de nuestra historia debida a la pluma del autor de La rebelión de las masas, dan en la diana. Comparada con la clase política británica, francesa o lusitana, la española no ha encontrado casi nunca en su amor por la cultura y, sobre todo, en su afición por el dulce tormento de la escritura una señal distintiva. Hubo, sí, una línea de conducta aflorada en los altos medios políticos de mediados del siglo XIX que, con discontinuidad e intermitencia, se ha mantenido, con desigual fortuna, repetiremos, hasta la actualidad. Tal costumbre radicó en que en los inicios de carreras públicas que se adivinaban fulgurantes y llamadas a un gran destino, el joven político o algún redactor a sueldo... daba a la luz un libro en el que se abordaban los problemas más candentes de la actualidad nacional e, incluso, a las veces, se diseñaba en sus páginas todo un programa de actuación futura. En la etapa finisecular, esta corriente creció anchamente, registrando tal literatura su época quizás de mayor esplendor. Doctorado muy notablemente en Bolonia y con ambiciones inembridables acerca de una desbordada vocación política, Alvaro de Figueroa, futuro conde de Romanones, publicó en el intervalo de un lustro dos obras de indudable relevancia El régimen parlamentario y Biología de los partidos políticos, en las que se demostraba un acabado conocimiento de las cuestiones más candentes del panorama político europeo; centradas, esencialmente, en la pasajera crisis del sistema representativo de corte liberal ante el embate de una democracia imparable. Un correligionario del conde, dotado de prendas y talento igualmente descollantes para la acción pública, su coetáneo José Canalejas y Méndez, se serviría primordialmente de las columnas de la prensa para reflexionar, coram populo, sobre la inflexión del canovismo en la crisis finisecular, y para lanzar a los cuatro vientos un mensaje más inconformista y radical que el de Romanones. Programa que veía como punto final de la acción del partido liberal el nacionalizar la monarquía alfonsina, esto es, ensanchar su base social, desprendiéndola del dogal oligárquico. Tiempo adelante, Manuel Azaña se valió, en la dirección de la célebre revista España, del predicamento del que ésta gozaba aún en su fase terminal en los círculos universitarios e intelectuales para, burla burlando, con la glosa de la política del día al día en la España inconsciente de Primo de Rivera, abocetar el cuadro de su España ideal. Por su parte, los políticos catalanes han destacado en el cultivo de esta tradición, como lo demuestran, entre otros muchos ejemplos, uno mayor y otro mayor, los de Cambó y Eduardo Aunós, alineándose en el mismo surco figuras de otros cuadrantes ideológicos, a la manera, v. gr., de Pi i Margall o Tarradellas. El libro de Aznar: la moderación En tal trayectoria que bien pudiera denominarse clásica, se inserta, pues, con plenitud de títulos, la obra del joven líder del partido que en nuestros días constituye la oposición del PSOE, del que, en cualquier momento, puede convertirse en sustituto, conforme generalizada opinión. Este comentarista ocasional quisiera subrayar ante todo en ella la cualidad de la moderación, nota fundamental en cualquier tiempo, y aún más en el presente, en el que del mundo occidental ha desaparecido o va camino de desaparecer la polarización social, hasta ha poco factor decisivo de la dialéctica política. Esta moderación hace que su libro, teórico y práctico al mismo tiempo, pueda ser lugar de encuentro no sólo para las legítimas aspiraciones de gobierno y de acción política de una gran cantidad de ciudadanos españoles, sino también foro y palestra para la reflexión acerca de los problemas que atraviesa nuestra sociedad y de algunos de los interrogantes que, como los de todos los países de su entorno histórico y cultural, tiene planteados en este fin de siglo y de milenio. El máximo contemporaneísta español del novecientos, el sevillano Jesús Pabón, gustaba de hablar y de escribir sobre el poder creador de la política y los políticos moderados. Estudioso de períodos de cambio y transición, la apología del moderantismo realizada por el autor de Cambó no sólo rendía justicia a muchas figuras y etapas del mundo contemporáneo occidental, sino que también intuía el futuro de su país. Para que éste se constituyese en paz y libertad era necesario que las opiniones remplazasen a los dogmas y el centro a los extremos. En la dialéctica del proceso histórico de los dos últimos siglos las síntesis más fecundas se han llevado siempre a cabo por las posiciones moderadas. Más allá de una simple adjetivación cronológica en la política del ochocientos hispano la década larga que va de 1843 a 1854, el moderantismo en el poder se identifica en ancha medida con las fases de mayor prosperidad material y mayor equipamiento social de los pueblos de Occidente en las dos últimas centurias. Las colectividades adultas se reconocen en el espejo de las políticas de centro, abstracción hecha de su mayor tendencia o capacidad asimiladora hacia la izquierda o a la derecha. Mucho ha costado evidentemente llegar a tal estadio en un país como el nuestro, con incoercible proclividad en tiempos no muy lejanos por los maximalismos. Hoy es una realidad venturosa, desde la que se puede y se debe atalayar el porvenir con gravedad al par que con optimismo. Este es el mensaje tal vez capital que se desprende de la lectura de una obra que, como decíamos más arriba, no se limita a recorrer las vertientes conceptuales o teóricas de la política, sino que, muy por el contrario, no esquiva el recorrido, a las veces detenido, por los asuntos con mayor incidencia y preocupación para el hombre y la mujer de la calle, que son, en definitiva, el sujeto de toda acción política democrática. Justamente el título España. La segunda transición alude de manera clara a ello. Constitucionalizado el país y penetrado en sus hábitos de convivencia por una cultura política moderna y con todas las señas de identidad de las naciones avanzadas, la nuestra puede lanzarse a la excitante aventura de lo que el autor denomina una segunda transición. Las metas de este ambicioso empeño redundarán, una vez alcanzadas, en el logro de un equilibrio entre el Estado y la sociedad, entre grupos e instituciones, entre individuo y colectividad, un equilibrio, en fin, de las lógicas tensiones que el nacimiento y consolidación de la monarquía democrática han provocado en nuestra comunidad, necesitada de nuevos objetivos ilusionantes. Uno a uno, los temas que constituyen el torso de la política española son convocados a revista por José María Aznar. Con sobria y directa escritura, el autor analiza sus principales vertientes, aportando en todos los casos soluciones bien definidas a los interrogantes o disfunciones que, a sus ojos, su dinámica plantea. España: nación plural La síntesis fecunda entre las legítimas aspiraciones autonómicas y la realidad vigorosa del primer Estado verdaderamente nacional registrado por los anales de la historia europea, suscita la atención del dirigente de un gran partido con vocación de gobernar a un país al que ya los antiguos conocían como la tierra de las mil ciudades... Cara a la construcción europea y al formidable desafío que el remate de ésta implicará para colectividades como la española, la británica o la francesa, edificadas sobre los cimientos del EstadoNación, todo el esfuerzo que al tema se dedique será siempre escaso. El lúcido interés consagrado por José María Aznar a esta magna quaestio de la política del próximo quindecenio es, sin duda, uno de los grandes aciertos de su libro. De la definición del ser histórico español, de la noción que de nuestra patria tengamos, dependerá, en verdad, el edificio que se construya para albergar la convivencia y proyectar la acción de España en el mundo durante los próximos años. Buen conocedor de la temática por su feliz experiencia al frente de una de las Comunidades más entrañables de este viejo país, las propuestas e iniciativas del autor son muy pertinentes en orden a un mayor desarrollo del Estado de las Autonomías y a una más engrasada integración de sus piezas. La colectividad que protagonice la inmediata andadura de una de las cuatro o cinco naciones que han creado la cultura contemporánea, tendrá que basarse en la vigencia de unos valores cívicos con capacidad movilizadora y alentadores de la lucha por las mejores causas en que se encuentran empeñados nuestros contemporáneos. Canales y vehículos de estas aspiraciones habrán de ser un sistema parlamentario verdaderamente representativo y unos partidos políticos fuertes y audaces, que den como resultado el tonificar y potenciar la acción surgida de la entraña misma del cuerpo social. Modernizar la economía También en primera persona habla el joven líder de la oposición de la problemática concerniente al ámbito de la economía. Tanto por edad como por profesión y entrega, el autor conoce bien los efectos estragadores del paro y de la economía sumergida, así como los peligros de una sociedad subsidiada y, por ende, carente de mentalidad e impulso para reformas profundas. Muchas serán las medidas que en este orden de cosas habrán de adoptarse, dentro, por supuesto, de una ortodoxia económica que hoy prácticamente se extiende por todo el mundo. Todas las fórmulas expuestas y las argumentaciones aducidas para introducir correctivos o savia nueva en muchos planos del equipamiento económico y social de la España de fines de los años noventa son dignas, desde luego, de reflexión y es asaz probable que, una vez pasadas por la piedra de toque de los hechos y las realidades cotidianas, se revelen en gran medida eficaces y oportunas. Tanto, por ejemplo, en la vertiente sanitaria como en la educativa no es lábil el compromiso adquirido por el autor frente a una eventual acción de gobierno. Cabe, obviamente, albergar alguna duda acerca de la viabilidad de tal o cual proyecto, ya que toda iniciativa, y más aún en las materias aludidas, tiene una traducción presupuestaria que no es siempre fácil de conseguir. Pero, en conjunto, el marco reformador dibujado en las páginas de la obra respecto a las citadas facetas y a otras muchas de igual o semejante entidad, es firme y, en buena proporción, convincente. En particular, por el plausible ardor de Aznar en ponderar la limitación de las riquezas y recursos y en exaltar el esfuerzo individual y colectivo que ha de realizarse para alcanzar, en las sociedades postindustriales, un bienestar digno y estable. Esta moral del trabajo y la austeridad, à rébours del discurso dominante en las comunidades hedonistas del mundo, ofrece incuestionablemente, uno de los aspectos más sugerentes y positivos de una obra de la que el utopismo o la demagogia están ausentes. Al enfrentarnos a la tarea de la modernización de nuestra economía es necesario tener muy claros cuáles deben ser los objetivos primordiales: necesitamos, por un lado, crear empleo, necesitamos más y mejores empleos; hay que asegurar un crecimiento estable a largo plazo, y, finalmente, es imprescindible garantizar, y mejorar, los servicios públicos, especialmente los sociales, que disfrutan los españoles. Estos tres objetivos están estrechamente relacionados. Ninguno de ellos es independiente de los otros. Si no conseguimos un crecimiento que permita la creación de empleos, las prestaciones sociales se podrán ver amenazadas en el futuro [...] Las carencias presupuestarias han abierto el debate en torno a la crisis del Estado del bienestar. Esta crisis no es, en mi opinión, sino el reflejo de la que se deriva de una economía incapaz de generar empleo para todos y del crecimiento desmesurado del gasto público [...] Hablar de economía no es otra cosa que hablar del bienestar de los españoles. Por eso, cuando oigo hablar del Estado del bienestar, me importa muy poco que éste sea Estado, y mucho que sea del bienestar. Creo que es urgente un debate en profundidad sobre el modo de prestar, de una manera más eficiente, los servicios sociales. No se trata de contraponer doctrinalmente lo público y lo privado sino de encontrar el modo mejor y más barato de asegurar las prestaciones. Los costes crecientes y sin control están impidiendo la mejora de los servicios y comprometiendo su futuro. La introducción de competencia en la prestación de los servicios públicos puede ser un factor decisivo tanto para la mejora de la calidad como para el control de los costes. En cualquier caso, creo que el que exista mayor libertad para elegir es siempre un factor decisivo de bienestar [...] Una idea elemental, que muchas veces he repetido, es que en economía no existe la gratuidad. Cualquier nueva inversión, cualquier nuevo servicio, cada nuevo funcionario o edificio público, son pagados por los contribuyentes, que se ven obligados a renunciar a una parte de sus ingresos para financiarlos. [...] Siempre he tenido claro que un gobernante responsable es el que tiene en todo momento presente que está administrando recursos ajenos, de cuyo uso tiene que dar cuenta. Los recursos provienen de los contribuyentes y, al ser necesariamente escasos, un destino concreto de los mismos excluye todos los demás usos alternativos posibles, tanto públicos como privados. A veces parece que algunos ciudadanos, cuando piden a los poderes públicos más y más servicios, no tienen presente esta realidad. Demandan un beneficio propio con la esperanza de que sean otros los que soporten su coste. Es verdad que el Presupuesto ha de ser un instrumento de la solidaridad social con aquellos que en un determinado momento se ven en dificultades y en situaciones de necesidad por contingencias de la vida. Salvadas esas situaciones de necesidad, como todos los que con nuestros impuestos financiamos el gasto público del que todos, en principio, nos deberíamos beneficiar. [...] Una economía sin ahorro disponible en cantidad y precio adecuados termina finalmente estancada. Es algo así como la situación de un conductor al que se va racionando la gasolina y, a la vez, subiéndole su precio; tarde o temprano tendrá que detenerse para seguir a pie... Larga es la cita; pero responde al interés despertado en toda sociedad moderna y, muy especialmente, en las presididas por el dios del consumismo, por las cuestiones atañentes al desarrollo de los pueblos y a la necesidad creciente de satisfacer sus demandas materiales. España en el mundo Afortunadamente, esta lógica y natural atención por los asuntos concernientes a la economía no hace olvidar al autor, según lo hemos visto, otras materias. Era un dogma en la antigua estasiología el que la política interna de una nación imponía las premisas de la internacional. Todavía sigue conservando parte de su vigencia el viejo axioma; aunque en un mundo de absorbente interdependencia, las fronteras entre una y otra se presentan muy difuminadas. Aznar le dedica la quinta y última parte de su libro, con atención condigna a su trascendencia. Europa, en primer lugar; luego, Iberoamérica; después, el Mediterráneo; y, en fin, las relaciones de España con todo el ancho mundo, merecerán parágrafos muy enjundiosos en los que se perfilan los grandes rasgos que la opción política por él representada daría a la acción internacional de una potencia media como España, pero grande universal, diríamos por su historia y cultura. El equilibrio y la moderación vuelven a ser aquí los quicios en que se articula la meditación de Aznar. Apertura, paz, solidaridad, atención permanente por las naciones que un día pertenecieron al añoso tronco de España; atención también y solicitud por todo lo que afecta al Mare Nostrum; y, finalmente, disponibilidad absoluta en la cooperación con los organismos tutelares de la concordia que, en tratados y deseos más que en hechos y realidades, guía los anhelos de los líderes de la comunidad internacional. Una política cultural para España Concluida en este importante puerto la navegación por el presente y el futuro inmediato de España acometida por Aznar en las densas páginas de su libro, su terminación apendicular no suscita menos interés. Entre las tres piezas que integran este retablo postrero no dudaríamos en destacar la segunda: Una política cultural para España. Con perspicacia y alteza de miras, Aznar se plantea nada menos que una rendición de cuentas de nuestro inmenso acervo cultural al servicio de la reconciliación definitiva con nuestra historia. Pocos, pero firmes puntales le prestarán su concurso para la tarea: Menéndez Pelayo, Ortega y Gasset, Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal, Américo Castro, Laín Entralgo, Julián Marías... Entrar en el tercer milenio con una visión distorsionada de la historia y la cultura española a causa de las malformaciones introducidas en su fisonomía por sectarismos y descalificaciones partidistas, equivaldría a un acto de inadmisible insolidaridad con las próximas generaciones. Cualquier descripción maniquea del pasado nacional debe ser desterrada antes de llegar a esa fecha palintocrática del año 2000, mirada por tantos contemporáneos como efemérides catárstica y lustral a un tiempo. Por instinto de supervivencia y de una elemental justicia, el sentido integrador tiene que imponerse en el balance de la actividad de nuestros antepasados y el signo + debe ser el más utilizado. Han sido ya muchos años, siglos casi, en los que los españoles apenas si han desplegado otro afán que el de la limpieza étnica del pensamiento y el sentir de los compatriotas en coordenadas distintas a las suyas. Ruptura y anatemas se desbordan por cualquier capítulo de ese ayer sin excepción de paisaje y de época. La tolerancia es también una gran virtud política. Los gobernantes de raza siempre lo han sabido... y practicado. Historia y cultura, ecos y mensajes del pasado que, fielmente interpretados y seguidos, impulsan a nuevas andaduras. Independientemente de los avatares electorales, todo el programa expuesto en la obra que acabamos de glosar tiene un escenario natural: el siglo XXI, un tiempo que llama ya a las puertas del presente. A construir ese futuro convoca el autor del libro y joven líder de un partido que agrupa a muchos millones de españoles. Gran empresa, si las hay, a la que deseamos feliz travesía. •