Nueva Revista 037 > Camilo José Cela, una conversación

Camilo José Cela, una conversación

Miguel Ángel Gozalo

De la literatura de Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura 1989, Premio Planeta de 1994. Una breve entrevista con el autor.

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Referencia

Miguel Ángel Gozalo, “Camilo José Cela, una conversación,” accessed February 24, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/706.

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Title

Camilo José Cela, una conversación

Subject

Pliego literario

Description

De la literatura de Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura 1989, Premio Planeta de 1994. Una breve entrevista con el autor.

Creator

Miguel Ángel Gozalo

Source

Nueva Revista 037 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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CAMILO JOSE CELA, UNA CONVERSACIÓN rniTiiiii i iiiiii iiiiii i» II ni lili iiim ijgttiñTiit^ i nui il i mil iiii irr por Miguel Ángel Gozalo ¿Puede un Premio Nobel de Literatura de 1989 presentarse al Premio Planeta de 1994 y, además, ganarlo? Sí, si uno se llama Camilo José Cela, es mitad gallego y mitad inglés, tiene un contencioso con los jurados del Premio Cervantes, esa especie de Nobel español que se le resiste (y al que ha vuelto a ser presentado este año), y lleva escribiendo sin parar desde que, en 1942, publicó La familia de Pascual Duarte, uno de los libros españoles más traducidos, del cual se han hecho ya 203 ediciones y que sigue siendo una de las cumbres de la novela contemporánea española. Pero no todo el mundo lo ha entendido igual. El hecho de que, además, como suele ocurrir con el célebre galardón que patrocina José Manuel Lara, el nombre del famoso autor de La colmena figurase en todas las quinielas literarias como más que probable ganador, desde bastante antes del fallo, complicó aún más lo que Cela ha definido como tremenda galerna en un vaso de agua. Otros autores, como Delibes, aseguraron que también ellos habían sido invitados en su momento a participar en el Planeta, con la garantía de ganarlo. Como los hombres de letras son a veces hombres de armas, se organizó el consiguiente revuelo. Pero, al final, la indiscutible calidad de La cruz de San Andrés, que, según el profesor Francisco Rico, es una de las mejores novelas de Camilo José Cela, lo que no es decir poco, ha acallado la polémica y ha confirmado lo que, en la presentación de la obra, afirmó este prestigioso catedrático: que, en el mundo de la literatura, Camilo José Cela puede permitírselo todo. Los escritores no están obligados a ser simpáticos. Camilo José Cela, cuando quiere, saca a relucir su poderoso humor, mitad inglés, mitad gallego que, como él dice, son muy parecidos, habría que hablar de humor atlántico, pero no baja la guardia ni se ahorra pelea: Este es un oficio dijo en el acto de presentación de su obra en el que no caben ni la abdicación ni el pacto. Hay que luchar como gato panza arriba contra la propia literatura. Para acabarlo de arreglar, C.J.C. está viviendo una madurez bulliciosa y hace una activa vida social: asiste a almuerzos, presenta obras de los demás, da conferencias, aparece en anuncios, participa en programas de radio y televisión, y firma, como si fuera un recién llegado, libros en los grandes almacenes. Y, además, cuando uno se lo pide con humildad, atiende, con cordialidad extrema, a los periodistas. Es mi caso, desde hace ya mucho tiempo. La primera vez que le entrevisté, hace más de 30 años, era un acádemico de barba que vivía en Madrid, en la calle de Ríos Rosas, en un piso que estaba frente por frente del de otro ilustre hombre de letras, César GonzálezRuano. Después le he visto muchas veces y he conversado con él en diversas ocasiones. Cela ha sido noticia todos estos años. Se fue a vivir a Palma de Mallorca e hizo de la isla, y de la revista Papeles de Son Armadans, un foco de interés literario ligado a su persona. Después volvió a instalarse cerca de Madrid, con Marina Castaño, su segunda esposa, en su finca El Espinar, a siete kilómetros de Guadalajara, al borde de La Alcarria. Allí, desde que en 1989 ganó el Nobel, es ya don Camilo el del premio. Cela ha pasado el día trabajando, desde que, a primera hora, como hace nada más levantarse, ha pedaleado un rato en la bicicleta estática. Tras el desayuno, la lectura de los periódicos y el correo, ha seguido una mañana atado a su mesa, un paseo, el almuerzo ligero, a base de vegetales, una siesta de hora y media (el yoga ibérico, que para él es sagrado, y que, como dice, se compone de pijama, padrenuestro y orinal) para meterse después en una tarde más de escritor pulcro, que sigue escribiendo a mano y que, durante este año, además de un artículo diario en ABC, ha publicado dos novelas El asesinato del perdedor y La cruz de San Andrés, una selección de cuentos La dama pájara, y está preparando una selección de artículos y de poesías. Reconozca que lo de presentarse al Planeta ha tenido algo de provocación. Yo pensaba haberme retirado cuando lo del Nobel, porque había llegado a lo más a que uno puede aspirar en este oficio, pero, claro, me dijeron tales cosas, que decidí seguir en la brecha y, además, probarme a mí mismo. Pero, ¿le parece a usted que fue tan grave lo que le dijeron? Hombre, llegaron a decir que la peor noticia que había podido recibir la literatura española fue que me dieran a mí el Premio Nobel. ¿Quién lo dijo? Ah, no lo sé. Sí lo sé, pero no lo voy a decir. En todo caso, nombres propios, no. ¿Estaría dispuesto a hacer las paces? No hay guerra. La guerra la declararon ellos, pero yo no la acepté. Yo sigo en lo mío, y en paz. No entro en esas polémicas jamás. Lo suyo: escribir tenaz, cuidada, ordenadamente todos los días. Y seguir siendo candidato al premio Cervantes, este año otra vez, hasta que se lo den, cosa que, asegura, le tiene sin cuidado. Cela confiesa que hacer todo lo que hace es sencillo, y que resulta más fácil aún viviendo en el campo, estando un poquito al margen de algunas cosas. Hablamos de la censura, algo con lo que los escritores se encuentran inevitablemetne alguna vez en la vida. Cela vio cómo le tachaban íntegramente La colmena: La tuve que publicar en Argentina, en la editorial Emecé y aquí, por haberla sacado en el extranjero, prohibieron mi nombre en la prensa, y yo era una persona que vivía de las colaboraciones. Me cuenta que el Pascual Duarte tuvo un pronóstico siniestro por parte del primer editor al que acudió, que le dijo que, como mucho, lo leerían diez o doce personas. Se tiraron mil quinientos ejemplares en la primera edición, y eso que era una novela de éxito. Quisieron secuestrar la segunda edición, pero no llegaron a retirarla porque yo me ocupé de que no encontraran ejemplares. Cela me dice que hay algo peor que la censura, que es la autocensura: Cuando una persona dice que no escribe algo porque, a lo mejor no se lo van a dejar pasar, al final acaba esterilizándose. El Pascual Duarte estuvo varios años prohibido, pero al final lo autorizó Fraga, y lo digo en su honor, sin que yo se lo pidiera. En los demás libros yo discutía con el censor, párrafo a párrafo. A veces metía más cosas de las que pensaba inicialmente, para poder ceder algo después. Hubo algunas veces en que gané la batalla tan de calle que no me tacharon cosas que yo había puesto para que me las quitaran y, al dejarlas, las tuve que eliminar yo después. Le cuento al escritor cómo le recuerdo de la primera vez en que hablé con él, en su casa madrileña de Rios Rosas. Fui con un compañero de la Escuela de Periodismo, como el recluta que va a hacer prácticas militares a la Casa de Campo. Nos recibió en calzoncillos, mientras se ponía unos pantalones de franela, y estuvo con nosotros relajado y cordial. ¿Saben lo que le pregunté, en mi condición de joven aprendiz de reportero? ¡Que si se sabía El Quijote de memoria! El académico, que entonces llevaba barba, me lanzó una mirada y me dijo que qué cosas preguntaba. Pero usted se sabía El Quijote bastante bien. No sé si completo y de memoria... Hay un hermano marista, que se llama Martín Panero, de Valladolid, y que vive en Santiago de Chile, donde es profesor en la Universidad Católica, que sí que se sabe El Quijote de memoria. Da conferencias en las universidades americanas sobre El Quijote y cuando lo cita, cita grandes pasajes de memoria, dejando deslumhrados a los oyentes, claro. Además de Cervantes, ¿qué clásicos le siguen produciendo enorme placer? Hay que empezar por los orígenes. El anónimo autor del Mió Cid me parece extraordinario. El Arcipreste, no digamos. En los siglos XVI y XVII había plumas de primerísimo orden. Después baja un poco, pero en el XIX se vuelve a remontar: la generación del 98, la del 27, con unos poetas importantísimos... Usted también escribió poesía. Yo encontré en una librería de viejo un ejemplar primoroso de la primera edición de Pisando la dudosa luz del día . Pues es un volumen muy valioso. Era un libro muy bonito, muy bien editado. Pisando la dudosa luz del día es un verso de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, que Arrabal ahora ha utilizado también como título de un libro. He escrito más poesía. Tengo ya recopilado, a punto de ordenar, todo lo que he escrito de poesía a lo largo de mi vida, para hacer una especie de edición completa. Ahí hay poemas muy dramáticos y romances de ciego, cosas más divertidas. A un escritor, el agobio de la vida diaria empezando por sobrevivir, ¿no le quita mucho tiempo para la creación? Hay que tener el valor de decidirse a escribir sólo literatura. Cuando publiqué el Pascual Duarte yo era escribiente en el Sindicato Nacional Textil, el segundo empezando por abajo, después del conserje. Lo que pasaba en aquella oficina me tenía sin cuidado. Mi despacho era la cocina del piso en que estaba instalada la oficina y tenía una secretaria, a la que yo le decía que se fuera de paseo con su novio, para yo poder escribir mi novela, poco a poco. Ya mano, naturalmente... Sí, siempre he escrito a mano. El que se escriba con ordenador, como hace García Márquez, me parece muy bien, pero yo no sé escribir ni a máquina. Probé en su momento, pero no me salió, fue un fracaso total. Lo que importa es el resultado. Sí, eso eso parece. Sus manuscritos lucen las tachaduras que, normalmente, disimula el ordenador. Mis originales, que están todos en la Fundación mía menos Pabellón de reposo, que se perdió cuando hicieron la testamentaría de don Gregorio Marañón, que era su propietario, van a ser los últimos originales escritos a mano. Cada vez se escribe menos a mano. Y, ¿no le dio miedo tomar la decisión de ser escritor? No, no me dio miedo, y estaba sin una perra. Morirse de hambre es muy difícil. Yo estaba muy delicado de salud, hacía el vago mucho, estaba muchas horas en el café, hasta que me di cuenta de que ese no era el camino y de que lo que hay que hacer es encerrarse en casa ante una mesa de escribir, y escribir... Me ha citado usted los clásicos. ¿Qué lee ahora? Al propio Camilo José Cela, ¿lo relee? No, a mí no me releo. Por ejemplo, esta novela, La cruz de San Andrés, sí que la he leído, para ver si hay erratas en el texto. Encontré una mínima falta, en una pregunta falta el signo de interrogación. ¿Qué leo? Los escritores, a medida que vamos cumpliendo años, leemos menos y escribimos más. Porque las lecturas que creemos que necesitamos, ya las tenemos hechas. Antes tenía verdadera voracidad. Leía todo lo que caía en mis manos. Ahora, para que lea un libro, tiene que venir avalado por alguien que me merezca crédito, un crítico, que los hay muy solventes, o un amigo... El escritor reconoce que no es un académico ejemplar, en lo que a asistencia se refiere. Va sólo de vez en cuando. Pero dice que no ha sido de los que menos ha ido en la historia de la Academia: Tengo más de doscientas asistencias. ¿ Qué está pasando con el idioma, que la gente, en cuanto alguien inventa una palabra por televisión, la repite y la hace popular? A mí me parece que lo que hace la televisión es fomentar la necedad. Se dice que la televisión es mala porque es lo que pide la gente, pero es que a la gente no habría que consultarla tampoco tanto. La televisión debería ser una vía de penetración culta, pero, si se dedican a dar nada más que necedades, no hay nada que hacer. Esto me parece muy preocupador, y debería remorder la conciencia a algunos. La televisión pública no tiene por qué ganar dinero. Bastaría con que no perdiese demasiado. Repito que la televisión es una vía de penetración culta y una manera de educar poco a poco a la gente. ¿Que la gente cambiaría de canal? Pues a lo mejor no. Porque para acostumbrar a la gente a la música no hay que empezar con dos horas de Si la monarquía hubiese llegado antes, las cicatrices de la guerra hubiesen desaparecido antes también Bach, sino con música más fácil y con una explicación didáctica no pedante, subiendo poco a poco el listón. Con Camilo José Cela se puede hablar, por supuesto, de todo. Su hobby es la vida, en todos sus aspectos, y su curiosidad no decae. De mi primera entrevista con él, además de la anécdota de El Quijote, guardo una frase: El día en que me deje de interesar algo me tiro por la ventana. Aquel caminante que un día echó a andar para recorrer la Alcarria con un morral al hombro, anotando en un cuadernito todo lo que veía, sigue siendo un hombre vivaz y en plena circulación, que está presente en infinidad de sitios, y que lo mismo viaja a China que se lanza en parapente. Lo que más me gusta es lo que hago, y eso es una bendición de Dios. Y cuando termino de trabajar, estoy tan cansado, que me tomo un whisky, me voy a dar un paseo o me meto en la cama. Hablamos de su familia de clase media, de su padre, al que al principio le hacía gracia ver que Camilo pretendía ser escritor, pero que un día le confesó que temía verle pedir prestado por los cafés, porque los escritores eran muchas veces sablistas, de sus hermanos, entre los que es inevitablemente el patriarca, y que le han arropado cordialmente en la multitudinaria presentación de su último libro. Entre ellos eran siete, y uno, Rafael, murió hay otro escritor, Jorge, que hasta ahora publicaba sus libro con una C y el segundo apellido, Trulock, pero que ahora se ha decidido a firmar Cela, también, y acaba de publicar una novela, Todas las ventanas. Camilo, que ya le llamó extraordinario escritor en la dedicatoria de su novela Balbina, 37, gas en cada piso, está encantado de que lo sea. ¿Otros colegas de los que hablar? El Nobel me dice que este año le hubiera gustado que el gran premio escandinavo hubiese ido a parar a algún escritor portugués, una literatura que admiro mucho históricamente y una lengua que para mí es entrañable, pero no da nombres, porque dice que no es crítico literario. Confiesa que al japonés que lo ha ganado esta vez no lo conocía, aunque, naturalmente va a leerlo con interés. Me dice que Vargas Llosa es un gran escritor, sin duda ninguna, y lo fue Ignacio Aldecoa, que era muy amigo mío. Y Camilo se pone a contarme, con la misma brillantez con la que ha juntado las palabras en La cruz de San Andrés, esa crónica de la ciudad de La Coruña en la que pasan cosas muy extrañas, una bronca que tuvo en una taberna en la calle de San Marcos, en la que a Ignacio Aldecoa le dieron una puñalada con el mango de una cuchara. Y es que la España de Pascual Duarte nos sigue siendo, gracias a escritores como él, familiar. La familia de Pascual Duarte somos todos. •