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Juaristi, en medio del siglo

Germán Yanke

Nos hace referencia a la vida y obras de Jon Juaristi, una de las voces más importantes e interesantes de la poesía española contemporánea.

File: Pliego literario.pdf

Referencia

Germán Yanke, “Juaristi, en medio del siglo,” accessed May 29, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/679.

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Title

Juaristi, en medio del siglo

Subject

Pliego Literario

Description

Nos hace referencia a la vida y obras de Jon Juaristi, una de las voces más importantes e interesantes de la poesía española contemporánea.

Creator

Germán Yanke

Source

Nueva Revista 036 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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JUARISTI, EN MEDIO DEL SIGLO Por Germán Yanke o sabía desde pequeño que me iba a ocurrir esto. Lo sabía desde los trece años, cuando conocí a Jon Juaristi, se dieron esas raras Ycondiciones que sustentan las amistades imperecederas y me di cuenta de que tenía junto a mí un tipo de excepcionales cualidades intelectuales y de una rara sensibilidad que destacaba entre los vanos afanes adolescentes y la menos vana aunque desconcertada marabunta política del momento. Sabía ya entonces que si, pasado el tiempo, fuese alguna vez requerido para adentrarme en el mundo de la cultura (como el de estas páginas) tendría que ser para escribir sobre Jon Juaristi. Lo que no sospechaba, sin embargo, era que Juaristi se iba a convertir en una de las voces más importantes e interesantes de la poesía española contemporánea. Creo que él tampoco. Al fin y al cabo, en un país en el que cualquier universitario tiene bajo el brazo un libro de poemitas para pasearlo por los infinitos concursos autonómicos, él dio a la imprenta el primero de los suyos en 1985, cuando tenía 34 años, mucha vida recorrida incluso alguna atragantada e incontables lecturas, éstas sí, perfectamente digeridas. Fue una sorpresa. No sólo para mi; también para la sociedad literaria española que balbucía por entonces tratando de encontrar una salida a la poesía hueca e ininteligible de los 70 los años de la revolución simbólica y añoraba las reediciones o buscaba la renovación de lo que hicieron los mejores poetas de la llamada generación del medio siglo. Juaristi si que estaba desde el principio en medio del siglo. Si rebuscamos las líneas maestras de la tradición poética en la que se encuadra encontraremos, sin duda, a don Miguel de Unamuno, una cierta parte de la poesía de Blas de Otero, el modernismo refinado español y la obra de Gil de Biedma y Cernuda. Pero también, y sin la mediación de estos dos últimos, la influencia de la más interesante poesía angloameriana (porque decir anglosajona sería añadir un componente étnico del que, como fiel discípulo de Juaristi, huyo como de la peste): desde los poetas de Oxford y Auden a Larkin y Kingsley Amis. Es decir, ha sido él el que ha elegido una tradición a menudo fuera de su feudo lingüístico. A esto une un extraño porque, de verdad, es extraño virtuosismo en el manejo de la técnica estilística y el dominio de la métrica, un oído poético memorable y un envidiable sentido del ritmo. La poesía, no conviene olvidarlo en medio de las bienintencionadas pretensiones de tanto aficionado, es un artefacto de precisión. Se ha insistido repetidamente en que la obra de Juaristi recogida hace poco de manera provisionalmente completa bajo el título Mediodía supone una vuelta a la poesía civil. No está mal porque es cierto que hay una poesía militar (la que quiere decir más de lo que dice) y otra incivil (la que quiere decir más de lo que siente) pero el adjetivo me parece incompleto si no se explica que la reflexión sobre su entorno, y sobre su posición en el entorno, adquiere siempre la distancia precisa para que el lector se reconozca en lo que se le dice; si no se añade que las notas satíricas de algunos de sus versos obedecen, como ha apuntado Andrés Trapiello, a la cortesía fruto del respeto al prójimo, del que se quiere arrancar una sonrisa en medio de la desesperación o, precisamente, por el ejercicio de explayar la desesperación propia; si no se dice que su tono elegiaco es inseparable de la reflexión constante acerca de la tristeza como parte del acervo común de los mortales. Les dejo con algunos de los más hermosos poemas escritos en español en los últimos años. No son solamente hermosos o, mejor, son hermosos porque la voz original de Juaristi aúna la mejor de las técnicas con la irrenunciable conexión con la vida. Los lectores, ante sus poemas, no podemos sino repetir la frase de Eliot: Así escribiría yo si supiese escribir poesía. Yo, parafraseando a otro poeta urbano y desencantado, me retiro a un lado: si no puedo ser su semejante seguiré siendo su hermano. • JON JUARISTI: UNA ANTOLOGÍA AYER A Juan Aranzadi Odio estos burgos fríos del norte en que demora su partida el invierno: plazas enjalbegadas por la nieve y un letargo levítico bajo el sol macilento. Viento estepario sopla en sus cantones. Desde torres tristísimas ruedan las horas, pero un solo instante llena la clepsidra y es vano el vano resbalar del tiempo. Sus bibliotecas públicas conservan primeras ediciones de El Criterio. Retratos de Aparisi, Nocedal, Manterola, cuelgan en las paredes de sus ayuntamientos. Tiendas agazapadas en sobrios soportales venden devocionarios, añalejos, cordones de San Blas, escapularios, rosarios aromados al humo del sahumerio. Y cuando cae la tarde, rebaños de canónigos dejan las catedrales, y en un hosco silencio se dispersan por calles angostas. Sacristanes de caderas nefandas cierran los presbiterios. No digáis que fue ayer. ¿Quién cantará victoria? Mirad bajo la piel de nuestros pueblos, allí donde el pasado se hace carne y es la sustancia del vivir el tedio. Mirad más dentro aún: la fibra en que dormitan alcanforadas almas de curas y barberos soñando un horizonte de boinas escarlata. Rumor de fronda llega del fondo de su sueño EN TORNO AL CASTICISMO A Fanny Rubio, que me desaconsejó escribir en la lengua del Imperio. Uno quiere a su lengua porque es materia y útil del oficio escogido, pero no, quede claro, por su más que dudosa belleza. Nunca he sido amigo de postrarme ante los diccionarios. Cabreros y ladrones, no monjes cluniacenses, forjaron sus palabras sin brillo ni eufonía. ¿Qué cabía esperar de un hato miserable, quemado por los soles, comido por la tiña? Jamás tuve por cierto aquello del Espíritu, del Genio de los Pueblos. Si escribo en español, no es por Volkgeist alguno que en el albor de España fluyera entre las barbas del Cid Campeador. Aunque Rodrigo Díaz el de Vivar debía fablar un castellano más recio que una aldaba. Oíanlo los moros al pie de la alcazaba, y no les alcanzaba al cuerpo la chilaba. Con todo, no era el pobre un pozo de elocuencia. Al paso de los siglos, afortunadamente, nos fuimos refinando, pero la poesía, de sobra está decirlo, no ha sido nuestro fuerte. No obstante, hay excepciones. Catad: el Arcipreste. Manrique. Garcilaso. Quevedo no era manco. Incluso entre los vascos tuvimos una de ellas, pero eso antes de Franco. Detesto sobre todo a la canalla rancia que hace de esta cuestión cuestión de patriotismo. Nuestro maestro en estro, Jaume el Conqueridor, es catalán, inglés y un poco filipino. En cuanto a mí, la tribu de que procedo, dicen, moraba ya en los flancos del alto Pirineo allá cuando Caín sembraba cañamones, y yo, que me lo creo, no voy a mendigaros un plato de lentejas ni un sitio junto al fuego. A ver quién se aventura, hermanos amadísimos, a negarme el derecho de primogenitura. Y si de vez en cuando perpetro un vizcainismo, que a nadie se le ocurra venir a darme vaya, y menos a vosotros, pecheros del idioma, que soy hidalgo viejo del Fuero de Vizcaya. DEL EPÍTETO HOMÉRICO A Francisco Castaño Los feroces hexámetros en que juegan los héroes con la muerte. Las naves cóncavas. El azaroso ponto con reflejos de vino. Diosas de ojos de vaca. El oro presentido de la piel de Criseida. Pero las horas grávidas de tedio en las aulas plagiadas malamente al Instituto Escuela. El dómine insufrible. El lomo gris del diccionario griego de Sopeña. Repaso detenido de los primeros cantos ante el cercano junio cebado de amenazas. Segados por las flechas del hijo de Latona, caían los argivos en los surcos de dáctilos sangrientos. La cosecha del Orco sólo se interrumpía para el rezo del Angelus (¿o del Regina Caeli?) El verano venía, y, con él, la nostalgia de tu piel en la arena, de tu piel siempre esquiva. Encadenado a ringleros de aoristos y duales e inextricables desinencias jónicas, como te odiaba, Elena, la de ligeros cascos. SÁTIRA PRIMERA (A RUFO) Te has decidido, Rufo, a probar suerte en un certamen de provincias donde ejerzo casualmente de jurado, y encuentro razonable que me llames, al cabo de diez años de silencio, preguntando qué pasa con mi cátedra, qué fue de aquella chica pelirroja con quien ligué el ochenta en Jarandilla, cómo siguen mis viejos, si padezco todavía del hígado y si he visto a la alegre cuadrilla del Pecé. Pues bien, ya que deseas que te cuente de mí y mi circunstancia, has de saber que un punto de Alcalá me la birló, en Jodellanos gran especialista, a quien pago el café cada mañana y sustituyo volontiers los días en que marcha a simposios en San Diego, en Atlanta, Florencia o Zaragoza. Se casó con Gonzalo. El hijo de ambos va al colegio del mío, pero en vano acudo a todas las convocatorias, reuniones, funciones navideñas. La picara me elude, y yo departo interminablemente sobre fútbol con el cretino del marido, mientras asesinan los crios una sórdida versión del Cascanueces. Bien conoces al pelma de Gonzalo. Creo, incluso, que fuiste tú quien se lo presentó. No pruebo ni una gota últimamente, después de la biopsia. Te confieso que añoro aquellos mares de vermú, aunque el agua es sanísima. Vicente, antiguo responsable de mi célula, es viceconsejero de Comercio por el Partido Popular, y, claro, se mueve en otros medios. Otra gente parece preferir ahora Vicente. Mis padres van tirando. Cree, Rufo, que nada tengo contra ti. Al contrario, te recuerdo con franca simpatía. Sobradas pruebas de amistad me diste en el tiempo feliz de nuestra infancia. Es cierto que arruinaste mi mecano, que me rompiste el cambio de la bici, que le contaste a mi primera novia lo mío con tu prima, la Piesplanos. Eras algo indiscreto, pero todos tenemos unos cuantos defectillos. Veré qué puedo hacer. No te prometo nada: somos catorce y, para colmo, corre el rumor de que Juan Luis Panero. LAS VIEJAS AMISTADES Has subido al desván de ropa de entretiempo y presagias jornadas de fastidiosa corrección de exámenes y eventuales disturbios neurasténicos cuando te quedes solo en este quinto piso de una calle con nombre liberal. Mirando al sesgo los escaparates compruebas que regresa el rancio estilo de los años cincuenta (en bañadores) y alguien te dice que se marcha al Turco o al balneario castrista. Entonces te preguntas cómo será el verano de Rafael Ubierna en su risueño cementerio cántabro, sobre el mar que lo arrulla con dolientes peanes; cómo, el verano de Perico Urquiza, capitán de mercantes por heladas derrotas; cómo, el de Antón Eguía, monje en Silos, que fuera diestro cazador de chochas, o el de Pepe Lecanda, asidua carne de hospital psiquiátrico, de cuyos diez intentos de suicidio fue cada cual peor que el anterior. Sin transición pasasteis, hace un cuarto de siglo de Karl May a Karl Marx. De marzo a mayo, vuestras primeras novias buscaron el arrimo de discretos garzones unidimensionales. Y acertaron, sin duda, pues vosotros, ajenos a los usos de la vida, confundíais aquello que aliviaros podía del tiempo y sus estragos (es decir, esa suerte de rutina apacible, muro de hábitos nimios que los sabios erigen frente a las embestidas del impulso tanático) con cierto desarreglo vagamente romántico. A quién pedirás cuenta de tus años inútiles, parte maldita que cediste al viento, hoy, que empieza el verano y te faltan las viejas amistades. ELEGÍAS A CIEGAS A Javier Egea, que me regaló una rima. Las dos hermanas ciegas de tu abuelo, Pepita juntamente y Víctoriana, a contraluz las ves: sombras chinescas entre el biombo de seda y la ventana. Huye el año sesenta. Del parque llega un frío alborotar de pájaros. Envueltas en sus chales oscuros, estas damas nonagenarias rezan el último rosario. No saben que la noche venidera les depara una suave, dulcísima agonía: Caerán como dos rosas tronchadas, desde el sueño hasta el delantal Cándido de la Virgen María. La tía Victoriana, afligido galápago que se arrastraba apenas por los hondos pasillos de la casa de Aguirre, será un serafín de alas veloces por las sendas de luz del Paraíso. Y la tía Pepita, que daba besos húmedos y te contaba historias del asedio carlista, sentirá una caricia de Jesús en los párpados y, al entreabrirlos luego, lo tendrá ante la vista. Pero aún sólo atardece. Reclinada en la mano infantil la cabeza, persigues soñoliento el paso de las horas en el reloj de cuco, molino de tristeza. Imaginas acaso un Bilbao fin de siglo, y en el balcón las pobres señoritas Juaristi esparciendo puñados de pétalos a tientas sobre la procesión del Corpus Christi. No las turba la pompa de las capas pluviales ni la custodia de oro donde tiembla el viril, ni el palio recamado, ni la guardia de gala de don Antón Pirala, gobernador civil. Nadie repara en ellas. En su vasta tiniebla no oirán requiebro alguno. Tal vez, enternecido, un beso les envíe su amigo de la infancia, don Miguel de Unamuno. Su memoria volátil habría dado en nada, si tú, al poner tus parcos recuerdos en abismo, no hubieses decidido guardarlas para siempre en un poema hinchado de falso modernismo: Sólo un pretexto impuro para un tosco retruécano en el verso final, pues, aunque tú lo niegas, como las infelices hermanas de tu abuelo, entonces y ahora y siempre elegías a ciegas. CAMPOS DEL ROMANCERO A Diego Catalán Para mí, por lo menos, fue un tiempo borrascoso del alcohol, separaciones e indecibles cabronadas políticas: a los años ochenta me refiero. Cómo anhelaba entonces la llegada de junio: los cursos de Segovia y después las encuestas por trochas y por tierras de Portugal y España, recónditas aldeas donde aún aleteaba el siglo diecinueve, estratos abisales de cebolla intrahistórica con mucho aroma de leyenda y poca flor de Sanidad. Guímara, tú me diste mi primer Gerineldo. Un raro Conde Alarcos te robé, Peranzanes. Por un río de leche descendía la luna cuando oí el Valdovinos en Palacios del Sil. Sin embargo, era tarde también para nosotros: como la ola que rompe con un estertor tenue frente al viento terrero, se quebraba la voz en las gargantas de los viejos cantores y aun bosque calcinado huía su memoria. Desde la azul tristeza del verano asistíamos a una agonía postuma. Tras corrales de adobe o en oscuras pallozas se extinguían perláticos los últimos guardianes del sueño carolingio. Pero qué sino aquello me devolvió a la vida y al amor de la lengua: moribunda fogata de frontera, Romancero, terminal poesía de un pueblo terminal. DOS CIUDADES La ciudad donde vivo, como España, limita al norte con el mar Cantábrico. La tuya está enclavada en un terrón brumoso. Pone el frío a sus puertas un lobo estremecido. La despueblan los grises cristales del invierno. Mi ciudad ya no es mía. Cortaron mis raíces, si alguna vez las tuve. No sabría decirte por qué no la abandono, por qué regreso al cabo de errancias sin sosiego, sabiendo, como sé, que nadie aquí me espera. Yo viajo a tu ciudad dos veces por semana. Al trasponer el puerto, cuando a mi espalda quedan los ríos moribundos, las parroquias que albergan carnadas de asesinos, una canción estalla entre mis dientes. Tu ciudad ya es mi hábito. La ciudad que yo habito me será siempre ajena como un amor anónimo de noche enloquecida. Suena a bolero amargo la calle en que nací. Cada esquina acuchilla mi memoria. En tu ciudad hasta la nieve abriga. Paseo por sus plazas contigo de la mano. Sin prudencia te beso frente a su catedral. Mi ciudad me lacera infatigable. No sé por qué regreso dos veces por semana.