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El anillo de Polícrates

Emilio Fernández Galiano

Nos habla de las universidades, a lo largo de este medio siglo, con los años en los que el mundo ha pasado de la "revolución industrial" a la llamada "revolución informática".

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Emilio Fernández Galiano, “El anillo de Polícrates,” accessed May 29, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/674.

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Title

El anillo de Polícrates

Subject

Panorama

Description

Nos habla de las universidades, a lo largo de este medio siglo, con los años en los que el mundo ha pasado de la "revolución industrial" a la llamada "revolución informática".

Creator

Emilio Fernández Galiano

Source

Nueva Revista 036 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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La visión de una generación El anillo de Polícrates Por Emilio Fernández Galiano incuenta años de servicio ininterrumpido a la Universidad española, dedicados a la docencia en casi todos los escalones administrativos, proporcionan suficiente experiencia y Cconocimientos para enjuiciar desde diferentes puntos de vista (y, por supuesto, desde el personal), esa institución que hoy ha alcanzado tan excepcional crecimiento. Medio siglo transcurrido en dos Universidades distintas y en dos diferentes Facultades, dan lugar a un enorme acopio de vivencias, especialmente si en ese medio siglo el país ha vivido tan traumáticas transformaciones, contemporáneas con los años en los que el mundo ha pasado de la revolución industrial a la llamada revolución informática. Pero mi caso no es único, desde luego, ya que comparto mis experiencias con todos mis coetáneos de la generación que vino al mundo con la dictadura de Primo de Rivera, generación que, además de los cambios sociales a nivel mundial, ha sufrido (y empleo el término en sus dos principales acepciones, especialmente en la segunda: sentir un daño moral) las turbulencias políticas por las que ha pasado España durante todo ese tiempo. Mi generación, que nació con el maleficio de un trastorno en el ámbito político que iba más tarde a acarrear tan nefastas consecuencias, siguió soportándolo en el ámbito universitario con las secuelas de la guerra civil (en la que no tuvo, por cierto, ninguna responsabilidad), entrando a estudiar en una Universidad desmantelada, empobrecida material y culturalmente, malquista por no pocos gobernantes de entonces y carente de todo lo imprescindible (y, no digamos, de lo prescindible). Por no tener, no teníamos ni perspectivas, pues al término de la contienda durante la cual todas las Universidades del país estuvieron paralizadas durante tres años, los entonces jóvenes en edad de merecer, muchos de los cuales disponían de merecimientos acreditados por su actuación bélica, se lanzaron a la conquista de cátedras vacantes; unas, porque en esta situación administrativa se encontraban antes de la guerra, y otras, porque sus titulares se habían exiliado o habían sido sancionados. Así, aunque parezca mentira, después de tres años de completa paralización universitaria y, se supone, de toda clase de actividad docente o investigadora, en 1940 se cubrieron por oposición unas dos docenas de cátedras, y entre 1941 y 1942, unas cuarenta más. Una universidad sin atractivos No es fácil comprender cómo los jóvenes de las generaciones del 22 al 24 nos atrevimos a entrar de aspirantes a enseñantes en la poco atractiva Universidad de entonces. No había medios ni dinero. Todos los puestos estaban ocupados, y el primer puesto que se nos ofrecía, después de una temporada de meritorio, era el de ayudante gratuito de clases prácticas donde se hacía de todo: impartir clases prácticas con un material anticuado, obsoleto, llevar a los alumnos de excursión (incluso los domingos, o mejor dicho, sobre todo los domingos), preparar una tesis doctoral, estudiar, estudiar mucho y, a veces, con emoción, sustituir al catedrático en su clase. Todo ello, por casi nada: por la oportunidad de acceder a los incómodos laboratorios, consultar los viejos libros y trabajar junto a nuestros maestros en busca de un porvenir en un país que por aquellos años curaba las heridas de una terrible guerra civil mientras se desarrollaba, además, una guerra mundial. Sin embargo, y quizá debido a la enorme inercia del planeta universitario, conseguimos salir adelante a trancas y barrancas, con la eficiente ayuda del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (así hay que reconocerlo), que disfrutaba dentro de la penuria reinante de un trato de favor que se escatimaba a las Universidades. Durante muchos años, la Universidad permaneció estática, en especial en lo referente a la creación de nuevas Facultades con sus correspondientes cátedras, lo que se hacía con cuentagotas y con no pocos recelos, siempre dentro de la tónica restrictiva gubernamental que mantenía una actitud expectante (más bien, vigilante) bastante injustificada, pues era entonces una institución acomodaticia, obediente y sumisa, como correspondía a las circunstancias del momento. En toda mi vida universitaria activa conocí más de una veintena de ministros de Educación que se caracterizaron, con algunas excepciones, por ser cada uno peor que su antecesor en el cargo y mejor que su sucesor, en una especie de escala de valores descendente en la que la poltrona ministerial se iba enriqueciendo en ineptitud. Hasta que llegó a un límite, durante mis últimos años de docencia, en el que ya no era posible mayor inepcia y, probablemente, la escala se interrumpió o incluso cambió de sentido. Los alumnos de bachillerato, con su patente descontento, salvaron a la Universidad (quizá para sí mismos) de una segura destrucción a la que se estaba dedicando con paciencia de entomólogo nuestro iluminado preboste (espacio falta en mi canto, para pronunciar su nombre, parodiando al poeta), que abandonó su cargo, no sin antes consensuar la jubilación anticipada de gran número de catedráticos, con el consiguiente empobrecimiento intelectual del estrato docente. Estos ministros, algunos inteligentes, trabajadores y entusiastas, accedían al puesto, no en virtud de una experiencia política en programas de gobierno dispuestos para su puesta en práctica, sino elegidos, en primer lugar, por su fidelidad sine dubitatione; después, por su posible inclinación hacia alguna tendencia política, por supuesto, ortodoxa; y en tercer lugar, por su pertenencia a algún cuerpo docente. El caso es que hacia 1964 dió la casualidad de que un ministro amplió masivamente el número de Facultades universitarias, posiblemente, por decisión del gobierno, abrumado por desórdenes universitarios que encontraban apropiado caldo de cultivo en la masificación de los centros, terminando con la actitud de temor a la hipertelia, fenómeno biológico por el que un órgano se desarrolla en exceso.resultando perjudicial para el organismo entero. Como consecuencia de ello, se crearon nuevas Facultades en las más importantes Universidades, lo que condujo a una expansión que permitió, por fin, que en 1965 accedieran a cátedras bastantes doctores de las generaciones del 2224, a los 4243 años de edad, más o menos, es decir, bastante tarde. Esperando la llegada de tan venturoso acontecimiento habíamos trabajado denodadamente en nuestros puestos de profesorado subalterno, contribuyendo así al desarrollo de las enseñanzas en colaboración con un exiguo número de catedráticos. Esta expansión constituyó el punto de partida de las actuales Universidades, algunas de las cuales pueden obedecer la ley de Cope, por la que algunas líneas evolutivas conducen al gigantismo de las especies, lo que desemboca en su extinción. Erraría el lector si creyese que opino que cualquiera tiempo pasado fue mejor. No es así. Evolucionan las sociedades, las costumbres y las mentalidades, y cualquier trasposición de hechos pasados a los actuales sería incomprendida. El sabio don Simón de Rojas Clemente, director del Jardín Botánico de Madrid, agradecía en 1807 al Príncipe de la Paz haberle apartado de las tareas estériles y misantrópicas de Colegios y Universidades, lo que en pluma del botánico de talento excepcional, nos da cierta idea de cómo andaba entonces el cotarro. Oí a mi padre que en sus tiempos de estudiante, cuando un alumno acudía sin chaleco a la clase de don Eduardo Reyes Prósper (que también fue director del Jardín Botánico), le recomendaba que volviese a su casa a vestirse. Cuando yo era encargado de cátedra en Madrid, en los años 1960, todavía los alumnos de Ciencias Biológicas recibían las enseñanzas de un mismo curso repartidas entre el Museo de Ciencias Naturales, la Universidad de San Bernardo y el Jardín Botánico, tres lugares muy distantes entre sí, lo que les obligaba a diarias trashumancias en los tranvías de entonces. Cualquier nostalgia de los tiempos pasados resultaría chistosa. De aquellos difíciles años de la postguerra española, han florecido literatos ilustres, filólogos insignes, competentes científicos, juristas prestigiosos o médicos famosos. Gran parte de ellos deben parte de su gloria a las dolidas y dolientes generaciones de 2224 que pudieron superar a fuerza de trabajo y sacrificios las deficiencias de la Universidad de entonces, donde todo era dificultoso e inducente al abandono, contribuyendo a salvarla del naufragio. Progresos y puntos débiles La Universidad ha progresado, sobre todo en muchos aspectos materiales (edificios, instrumental, sueldos, etc.), pero presenta defectos que no sería oportuno tratar de ocultar o disimular. En mi calidad de jubilado (y, por tanto, invulnerable), con mi experiencia adquirida en largos años de docencia en contacto con miles de alumnos, trataré de señalar ahora algunos de sus puntos débiles. Uno de los aspectos positivos del oficio de enseñante es el continuo contacto con los jóvenes. A lo largo de la vida, parientes, amigos, clientes o vecinos, van envejeciendo al mismo tiempo que nosotros. Pero la clientela del docente, los estudiantes, disfrutan de eterna juventud, sucediéndose unas generaciones tras otras. Ahí reside una de las grandezas de nuestro trabajo, el trato permanente con los jóvenes que pueden transmitirnos sus frescas ideas, sus esperanzas y sus ilusiones. Vienen a la Universidad con el deseo de elegir la carrera que ha de señalar la trayectoria de toda su vida. Y la Universidad, muchas veces, les obliga a unos estudios que ni por asomo habían pensado en seguir, basándose en unas notas obtenidas en unos exámenes cuya aleatoriedad conocemos bien los que hemos participado en ellos. ¿Cómo se priva a una persona del inalienable derecho a elegir su propio destino? Los que tienen la desgracia (pues desgracia es) de tener que intervenir en el destino de sus semejantes, justificarán la adopción de estas medidas por los muchos problemas y dificultades que presenta la masificación, y la necesidad de repartir justicia gratificando a los mejores estudiantes y castigando a los malos a la ineptitud, al desánimo y al aburrimiento. Hay obligación de dar fin a una situación injusta que, sin duda, a la larga deteriorará el tejido social e intelectual de España, y deben buscarse soluciones imaginativas para remediarla. La enseñanza que hoy se imparte, generalmente, no es buena, por muchos motivos que están en el ánimo de todos. Los alumnos, por excesivas vacaciones o por otras causas, disponen de demasiadas horas dedicadas al ocio. Las bibliotecas son escasas y poco acogedoras, salvo excepciones. No hay profesorado suficiente para mantener entretenidos a tantos estudiantes. Haría falta descongestionar las carreras de tanta materia actualmente inservible o anacrónica y tratar de reducirlas a cuatro años intensos, eficaces, prácticos. Buena parte del profesorado se opone a esta medida. Me pregunto por qué. Los planes de estudio que se han puesto en marcha, o se van a poner, han sido elaborados por comisiones elegidas democráticamente, lo que no asegura que sus miembros hayan sido los más competentes y experimentados, sino en mayor medida los que de más amistades o popularidad disfrutaban. El medio universitario e investigador es sumamente elitista y es difícil que pueda regirse acertadamente por procesos puramente democráticos, sobre todo en asuntos que requieren gran preparación científica, acompañada de suficiente experiencia docente. Así, han resultado planes de estudios a cuya superficie aflora toda una gama de intereses personales. Hay que tener la sinceridad de reconocerlo. La multiplicación de Universidades ha establecido una especie de competición regional en la que todas aspiran a ser completas, es decir, con el mayor número posible de Facultades, concuerden o no con la historia, la tradición, el medio ambiente o la peculiaridad del lugar, lo que está relacionado con la falta de una planificación universitaria a nivel regional, manifestándose cada vez de forma más aguda a medida que las competencias en educación son transferidas a todas las Comunidades Autónomas. Por otra parte, la actual forma de acceso al profesorado ha eliminado casi totalmente la posibilidad del traslado de un profesor de una Universidad a otra, en una especie de entrada de aire fresco. Es evidente la endogamia, proceso biológico que conduce a la degeneración de las especies. Pese a todo, creo en la Universidad y en su propia capacidad de autocrítica. Y creo que, a pesar de sus muchos defectos, para mí ha sido una suerte poder servirla. A Polícrates, cuenta Heródoto, todo le salía bien, pues era un hombre de suerte. Fue afortunado guerrero, amasó una gran fortuna y llegó a ocupar brillantemente la más alta magistratura de la isla de Samos, entre otras cosas. Siguiendo el consejo de su amigo Amasis, rey de Egipto, para compensar en algo su excesiva suerte, tiró al mar un valioso anillo que, asombrosamente, le fue devuelto al poco tiempo por unos pescadores que lo hallaron en el estómago de un pez. Tanta suerte era imposible, y tenía que ocurrirle una desgracia que la compensase. Al fin, perdió una gran batalla y sus enemigos le despellejaron vivo. He tenido mucha suerte al pasar mi vida en la Universidad, desempeñando una tarea que yo mismo elegí. Y he tenido la suerte de llegar a la jubilación, desde la que puedo contemplar las cosas con mayor objetividad y sosiego. La Universidad tiene defectos, es muy trabajosa y plantea problemas, además de la continua insatisfacción por ser un medio muy competitivo donde hay que estar siempre alerta; pero todo eso forma parte del sacrificio a cambio de la suerte que se disfruta. En caso contrario, como Polícrates, podríamos hacernos acreedores de un despellejamiento o algo peor, si es que existe. •