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Aroma de nuevos tiempos

Luis Miguel Enciso Recio

De cómo los historiadores tienden a comparar los acontecimientos revolucionarios de los franceses de 1789, con lo acaecido en Europa del Este y en Moscú doscientos años después. En la nueva Rusia, los comunistas son ahora los conservadores. Y los progresistas son los que han apuntado al futuro, los demócratas.

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Luis Miguel Enciso Recio, “Aroma de nuevos tiempos,” accessed July 5, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/636.

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Aroma de nuevos tiempos

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Ensayos

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De cómo los historiadores tienden a comparar los acontecimientos revolucionarios de los franceses de 1789, con lo acaecido en Europa del Este y en Moscú doscientos años después. En la nueva Rusia, los comunistas son ahora los conservadores. Y los progresistas son los que han apuntado al futuro, los demócratas.

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Luis Miguel Enciso Recio

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Nueva Revista 034 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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La sociedad sólo puede ser justa si previamente es libre, y la libertad no es sólo la de cientos, miles o millones, sino la de todos. AROMA DE NUEVOS TIEMPOS v «1H< .1 »V Ur . —»• lili Por Luis Miguel Enciso Recio istoriadores, politólogos, periodistas e intelectuales de varia ^B condición tienden a comparar los acontecimientos revolucionarios franceses de 1789 y años siguientes con lo acaecido m en la Europa del Este y en Moscú doscientos años después. Así como la toma de la Bastilla, el 14 de ¡ulio de 1789, se consideró un símbolo de la Revolución Francesa, el principio del fin del Estado comunista suele identificarse con la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. La aceleración de la caída del comunismo, según Revel, es consecuencia de tres series causales: el síncope del sistema central, la intransigencia de los países democráticos entre 1980 y 1985 y su reEl diseñador de la perestroika se vio traicionado por sus propias carencias, las complicidades con el pasado y la escasa capacidad de reacción chazo a hacer concesiones para ayudar a los países comunistas a remontar provisionalmente los efectos de este síncope; y, por fin, el deseo de ciertos jefes comunistas de reformar el sistema en su país, con la doble ilusión de que podría ser renovado sin ser abolido(l). Pero, en el fondo, el drama que sobrenadaba era la pérdida de la fe en sí mismos de los regímenes del Este. La primera de las series enunciadas por Revel no se hubiera producido, probablemente, sin el concurso de las otras dos. Hasta Gorbachov, y este mérito es tal vez el de mayor calado del último Secretario General del PCUS, los jefes comunistas habían interrumpido la reestructuración del sistema en el momento en que iba a franquear el umbral más allá del cual (se) pondría en peligro el monopolio del Estadopartido improductivo, sin el cual el comunismo pierde su identidad y no puede mantenerse(2). Se ha dicho, con fundamento, que Gorbachov no había programado su propio fracaso ni presentido que este fracaso traería el éxito de la democracia. Pero, preocupado por hacer a los ciudadanos soviéticos responsables del bien común y de revelarles después todos los defectos del sistema confiándoles la tarea de enmendarlos y devolviéndoles el derecho a criticarlo, les incitaba, lo quisiera o no, a destruirlo^). Lo cierto es que el diseñador de la perestroika se vio traicionado por sus propias carencias, las complicidades con el pasado y la escasa capacidad de reacción. Su diseño de programa, presentado al Comité Central del PCUS en julio de 1991, resultó ser un instrumento envejecido y no apropiado para abrir cauce a una nueva situación. Y la misma naturaleza y etiología tienen los reproches dirigidos a Boris Yeltsin por haber prohibido en la República de Rusia la actividad política del PCUS dentro de las empresas y de las administraciones. El golpe de Estado fallido del 19 de agosto de 1991 marcó la hora final del proyecto gorbachoviano. En su libro El Putsch, publicado en el otoño de 1991 y donde el líder sigue abogando por una repristinización del marxismoleninismo, Gorbachov no era ya el Napoleón vencedor de Wagram, sino el vencido de Waterloo. • • Signos de nuevos tiempos El ocaso del marxismo en Europa se ha visto acompañado por un aroma de tiempo nuevo. ¿Estamos, como provocadoramente preguntaba Francis Fukuyama, en el fin de la Historia? Las tesis del norteamericano, duramente replicadas por autores marxistas y criticadas por intelectuales de diversa condición (4), tuvieron su origen, como es sabido, en un artículo escrito en 1989 para la revista The National Interest[5) y en el libro El fin de la historia y el último hombre (6). No es del caso hacer la exégesis del libro. Procede, más bien, referirse a su tesis central: a saber, si al final del siglo XX tiene sentido que hablemos de una historia direccional, orientada y coherente, que, posiblemente, conducirá a la mayor parte de la humanidad hacia la democracia liberal, forma final de gobierno que marcaría el fin de la historia. La respuesta a la que llega Fukuyama es afirmativa, y ello por dos razones: una, relacionada con la economía, y otra, con la lucha por el reconocimiento. En efecto, los principios liberales en economía se han extendido y han conseguido producir niveles sin precedentes de prosperidad en todas partes. Una revolución liberal se ha visto precedida a veces, y a veces ha seguido la marcha hacia la libertad política en todo el mundo(7). Por otra parte, la lógica de la ciencia natural moderna parece dictar una evolución universal en dirección al capitalismo(8). Pero la ciencia natural no basta para explicar el fenómeno de la democracia. Ha de recobrarse al hombre entero, y no sólo su capacidad para el triunfo económico. Y aquí entra en acción la segunda razón de Fukuyama: la lucha por el reconocimiento. El hombre quiere que se le reconozca como ser humano, en su valor y dignidad. Según Hegel, este reconocimiento universal y recíproco se logró con las revoluciones francesa y americana. Y ese reconocimiento condiciona la cultura, la religión, el nacionalismo, y hasta las facetas irracionales, como el orgullo por las propias instituciones, el arte de asociarse o, en ciertos países como Japón, la ética del trabajo. En la política, la lucha por el reconocimiento lleva al imperialismo o al nacionalismo. Pero la democracia liberal sustituye al deseo irracional de ser reconocido como más que otro por el deseo racional de ser reconocido como igual. Un mundo compuesto de democracias liberales, pues, debería ofrecer muchos menos incentivos para la guerra, puesto que todas las naciones reconocerían su legitimidad.(9) ¿Es definitivamente satisfactoria la democracia liberal? Aunque plantee graves dificultades, afirma Fukuyama, lo es. Gracias a ella, se evitan la tiranía y otros condicionantes negativos de la lucha por el reconocimiento. Es el fin de la historia. La victoria de la democracia le parece a Sartori, in primis, la victoria de un principio de legitimidad, y hoy se entiende que un sistema político no puede durar sin una efectiva legitimación popular.(10) Otros inevitables puntos de referencia sobre los nuevos tiempos son el nacionalismo y las entidades supranacionales. Los profesores Almuiña(ll) y Palacio Atard(12), con maestría singular, han trazado recientemente perfiles que corresponden a ambos en esta hora de una Europa que va transformándose, lenta, paulatinamente, de sueño en realidad. Y los nacionalismos divergen en dos contrapuestas direcciones: la tendencia localista y fragmentadora de algunas viejas patrias o de patrias inventadas y la integradora, basada en la legitimidad democrática. Se ha observado con agudeza que, en la Europa del Este, quien perdió su puesto como comunista lo ha salvado disfrazándose de nacionalista e irredentista. ¿No estaremos de nuevo, como sugiere Almuiña, en un inquietante vaivén romántico? Por todas partes cobra vida la sombra de Adam Smith. Digámoslo claramente: la victoria del mercado sobre la planificación es abrumadora y sin retorno.(13) Con razón estima Salvatore Veca que no se plantean dudas sobre la validez del mercado, sino sobre el problema de cuánto, con qué vínculos, con qué ¡ntegraáones(14). ¿No cabe esperar en el futuro que el mercado lleve a la democracia y viceversa? Daniel Bell planteó, hace años, con argumentos sociológicos más que históricos y no convincentes, la hipótesis del fin de las ideologías(15). En España, G. Fernández de la Mora, cuya probada calidad intelectual no se corresponde con la validez de sus tesis, anunciaba por la misma fecha la sustitución de la ideología por el Estado de obras. 1 Violencia y revolución Hoy, al hablar del fin de las ideologías, se habla del fin de la ideología marxista. Dos posiciones se abren camino: la de quienes predicen la definitiva decadencia de las ¡deas de Marx y la de aquellos que por convicción, por interés o por nostalgia proclaman que el fin del marxismo como ideología no es el fin del marxismo como filosofía(16). En todo caso, el proceso de envejecimiento del marxismo es aparentemente rápido en los países comunistas europeos, pero más lento en los países donde la implantación del marxismo ha sido incompleta y tardía. Y quedan todavía dos residuos de futuro difícil de prever: son, respectivamente, el marxismo como forma mentís y la terminología marxista. Invoquemos la historia para recordar que la escolástica no murió un buen día y de repente. Otro factor a analizar es el de la violencia, asociado con frecuencia a la revolución. No me referiré al debate sobre la naturaleza de la violencia, a la distinción entre violencia y fuerza(17), o a la inaceptable postura marxista de redimir la violencia propia y denunciar (...) la de los demás(18). La violencia revolucionaria, se pregunta Sartori, ¿es en sí misma creatividad? A su juicio, para que la revolución sea creativa debe producir un desbloqueo y ha de conseguir que el Estado que de ella nazca no vuelva a bloquear una situación. La revolución liberadora y creativa no es la que produce mucha sangre, sino buenos resultados Las condiciones se cumplen en la Revolución Francesa antes de 1793, en las que estallaron en Francia en 1830 y 1848 o en la de febrero en Rusia. No es el caso de la soviética, que acabó desembocando, bajo Lenin, en la fuerza de las cosas, produjo un Estado tiránico, regido por una oligarquía de nuevo cuño, líderes sobre todo, Stalin dictatoriales y un equivocado sistema económico. La revolución liberadora y creativa no es la que produce mucha sangre, sino buenos resultados. Y éstos se manifiestan en las revoluciones desde abajo que tanto prestigio alcanzaron entre los revolucionarios en los siglos XIX y XX, o, desde arriba, como pudo suceder con la revolución japonesa de 1867. Se está abriendo camino, cada vez más, una sociedad pluralista y libre. Quedan atrás el fardo, siempre pesado, de las dictaduras de derecha o de izquierda, la tiranía de la mayoría de la que hablara Tocqueville, el conformismo de masas sin criterios definidos ni capacidad de reacción y la falsa certeza del ideologismo a ultranza. Pese a todo, voces críticas siguen preguntándose: ¿Somos verdaderamente libres de pensar libremente? La respuesta es: no, todavía no(19). La verdad de derechas y la verdad de izquierdas sigue acompañándonos (...) Quien no se deja intimidar se queda con las manos libres, pero [para muchas o demasiadas personas] es un don nadie castigado con el silencio, con el ostracismo y con la marginación(20). Pese a todos los avances, hay no pocas amenazas en el horizonte. El respeto a la naturaleza y al hombre se transgreden con excesiva frecuencia y, para conjurar ese peligro, no basta con ecologías de ocasión. Se requieren programas ecológicos que sean la consecuencia de la armonía entre el criterio técnico y la voluntad social y política de preservar el medio. Y un ecosistema verdaderamente humano necesita la cálida proximidad a los animales, las rocas, las aguas o las plantas, pero también al hombre en plenitud, con cuerpo y espíritu, con capacidad para dominar la materia y dar cauce a la voz del alma. La sociedad sólo puede ser justa si previamente es libre, y la libertad no es sólo la de cientos, miles o millones, sino la de todos. En la nueva Rusia y en el Este en general, los comunistas son ahora lo que de verdad fueron siempre: los conservadores. Y los progresistas son los que, desde siempre, han apuntado al futuro: los demócratas, los amantes de la libertad. La izquierda y la derecha han girado persistentemente, se han aproximado, pero subsisten, y es conveniente que subsistan. La derecha debe responder a una crítica esencial que se le hace: no se interesa por la virtud y sí únicamente por sus propios actos. Para la izquierda de nuestro tiempo, liberada del enjaulamiento marxista y, por lo tanto más inteligente y sensata, resulta inevitable superar una antinomia: es moralmente genuino entre sus creyentes y activistas de base, pero, por lo general, es moralmente hipócrita en su vértice. Si el poder corrompe un poco a todos, corrompe más (...) a la izquierda en el poder(21). Una y otra tienen que superar el cesarismo, el populismo, el pragmatismo a ultranza, la crítica por la crítica, la agitación activista, el desánimo. Conviene señalar dos peligros más: que los radicales, al no marcarse nuevas utopías, radicalicen su intolerancia, y que la derecha tenga miedo a los desafíos de la libertad, a definir mejor su propia identidad. Y aún cabe prevenir contra los excesos de la cultura de la imagen, propicia, a veces, a promover la democracia de la protesta o los carismas irracionales, y no la democracia de la razón. Un último mensaje de futuro es que la sociedad que emerge logre armonizar los derechos y los deberes y un nuevo equilibrio de unos y otros en todos los sectores sociales, de modo que no existan monopolios de derechos o de deberes. No bastan las declaraciones de derechos: son necesarias también prestaciones que afecten a zonas esenciales de servicios o vida colectiva y a las franjas oprimidas de la población, pero no cabe atribuir al Estado lo que pueden hacer los ciudadanos, ni exigirle responsabilidades económicas que inducen al déficit permanentemente o a la quiebra, y, sobre todo, no se debe convertir una sociedad justa en una sociedad subsidiada. Ni el marxismo ni nada terminan por completo y en un momento. Y buena prueba de ello son la evolución rusa, la cruel guerra en la antigua Yugoslavia o los compulsivos vaivenes del Oriente Medio. Pero en estos tiempos de transición hacia mayor libertad y libertad para todos es bueno recordar el lema de Madame Curie: Hay que procurar no equivocarse y el secreto está en no ir demasiado de prisa. • (1)J. F. Revel, El renacimiento democrático, Barcelona, 1992, p.144. (2) J. F. Revel, ibidem. (3) J. F. Revel, El renacimiento democrático, pág. 138. (4) F. Fukuyama, Respuesta a mis críticos, en The National Interest, 18 (invierno de 19891990), págs. 2128. (5) F. Fukuyama, The end of History, en The National Interest, 1 ó (verano de 1989), págs. 318. (6) F. Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre,Barcelona, Planeta, 1992, pág. 6. (7)F. Fukuyama, El fin de la historia..., ob. cit., pág. 14. (8) F. Fukuyama, ob. cit., pág. 15 (9) F. Fukuyama, El fin de la historia..., ob. cit., págs. 21 22. (10) G. Sartori, La democracia después del comunismo, Madrid, Alianza Editorial, 1993. (11) C. Almuiña, Nacionalismo e identidad europea, en V.Palacio Atard (coord.) Europa, Hoy, Buenos Aires, 1993, págs. 77145. (12) V. Palacio Atard, El marco político de la nueva Europa y Proyecto de Constitución europea, en V. Palacio (coord.) Europa, hoy, Buenos Aires, 1993, pp. 2375. (13) G. Sartori, La democracia después del comunismo, pág. 24. (14) S. Veca, Citadanza: Riflessioni Filosofiche Sullidea di Emancipazione, Milán, 1990, pág, 126. (15) Daniel Bell, The end of Ideology, Nueva York, 1962. Existe una edición castellana, publicada por el Ministerio de Trabajo en 1992. (16) G. Sartori, ob. cit., pág. 29. (17) G. Sartori, La democracia después del comunismo, ob. cit., págs. 4044. (18) G. Sartori, ob. cit., pág. 44. (19) G. Sartori, La democracia después del comunismo, ob. cit., pág. 63. (20) Ya no sirve la caracterización de Bobbio: Respecto a los valores, la izquierda se ha caracterizado siempre por su preferencia por la igualdad, más por la igualdad que por la libertad (...) Respecto a la visión general de la historia, es favorable a la innovación (...) Respecto a la acción política, es intervencionista, es decir, se inclina a servirse de los poderes públicos. En G. Bossetti, II Legno Storto, Venecia, 1991, pág. 133. Una más amplia visión sobre izquierda y derecha en G. Sartori, Partidos y sistemas políticos, Madrid, Alianza Editorial, 1987. (21) G. Sartori, La democracia después del comunismo, ob. cit., pág. 115.