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Filosofía y notoriedad, la filosofía periódica

José Luis González Quirós

Sobre la situación de la Filosofía en el mundo de hoy.

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José Luis González Quirós, “Filosofía y notoriedad, la filosofía periódica,” accessed May 24, 2024, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/546.

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Filosofía y notoriedad, la filosofía periódica

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Ensayos

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Sobre la situación de la Filosofía en el mundo de hoy.

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José Luis González Quirós

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Nueva Revista 030 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Entre las brumas de la sociedad posmoderna corremos el riesgo de perder de vista que la conversión de la Filosofía en noticia de sí misma es una mala noticia. FILOSOFIA Y NOTORIEDAD: LA FILOSOFIA PERIODICA Por José Luis González Quirós La palabra que está de moda por el momento es posmodernidad; designa una situación que existe desde siempre. Se llega ya a ella cuando una mujer se coloca en la cabeza un sombrero nuevo. E. Jünger esde hace más de medio siglo son numerosos los pensadores que nos han advertido sobre el papel cultural que, de modo espurio, están desempeñando algunos medios de comunicación en la sociedad contemporánea. Genéri0camente, la actitud de los intelectuales había venido sien^mmmmmmm do de condescendiente desdén frente a la trivialidad, la confusión y el desparpajo de los periodistas. Pero en los últimos años hemos asistido a un fenómeno sobremanera notable, que bien pudiera haberse inspirado en consideraciones tácticas (Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él) pero que también se enraiza en estratos más profundos de la vida y la historia de la inteligencia. Me refiero a este fenómeno con el nombre de Filosofía periódica y como tal habría que entender aquel pensar que asume como una conquista relevante lo que tradicionalmente se han considerado desafueros de la razón periódica, es decir, de los modos de interpretar la realidad que aparecen como subproducto de las prácticas profesionales y de las mentalidades y hábitos intelectuales (e incluso morales) relacionados con ese universo informativo Uno de los rasgos más prominentes de la nueva filosofía periódica reside en su tratamiento de las distinciones entre géneros del discurso: antes que de objetar la delimitación clásica de los respectivos paradigmas (por ejemplo, ciencia frente a opinión, rigor frente a ensayo etc.) se trata del abandono de dichas distinciones. En efecto, así cabe entender las afirmaciones de Rorty quien ha escrito que el propósito filosófico de distinguir entre explicaciones científicas y nocientíficas es innecesario 2, o el comentario de Habermas según el cual hoy se es más tolerante en lo concerniente a la cuestión de qué ha de contar como ciencia3, por citar sólo un par de ejemplos. Esta permisividad en los géneros, trasunto de la confusión reinante sobre la naturaleza de los objetos, viene a formularse, casualmente, en un tiempo en que el poder y el brillo de lo periódico son incomparablemente mayores que en cualquier otra época. Cuando escuchamos a Vattimo afirmar que precisamente en este caos relativo residen nuestras esperanzas de emancipación 4, podemos sospechar, por tanto, la posibilidad de que estemos frente a una afirmación que se sitúa deliberadamente en el plano de lo que se entiende como novedadnoticia más que en un ámbito puramente argumentai, es decir frente a un acto de habla que no solo no precisa ser verdadero sino que prescinde decididamente de esa dimensión: su importancia no reside (a modo de lo que sería un acto de habla performativo) en aquello que dice sino en el hecho de que sea dicho. Tal vez esta prescindencia no sea plenamente consciente y resulte ser una especie de homenaje a categorías periódicas, pues la propia crítica de los medios ha escogido desde hace tiempo el lugar de la narración como el más apropiado para dar cuenta de las novedades de la Filosofía 5, congruentemente con la presentación de los filósofos como escritores. 1 Me he ocupado de este tema en Para una crítica de la razón periódica, en A. Alvarez de Morales y C. García, Eds., La botica de los clérigos, Editorial Complutense, Madrid 1992. 2 Richard Rorty, Philosophy and the Mirror of the Nature, Princeton U. Press, 1980; II, IV, 4, p. 209. 3 Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, Taurus, 1990; I, 1, p. 17. 4 Gianni Vattimo, La sociedad transparente, Paidós, Barcelona 1990, p. 78. 5 Se puede ver, al respecto, el capítulo 9 del citado libro de Habermas (¿Filosofía y ciencia como literatura?) que el filósofo alemán concluye con una distinción clásica; A diferencia de textos literarios (...] un texto filosófico puede criticar a otro. Op. cit. p. 260. No es casual que las caricaturas de la razón florezcan en un terreno tan bien abonado I • La Filosofía en el mundo de hoy La situación de la Filosofía en el mundo de hoy es, en efecto, paradójica y de esa paradoja derivan no pocos quebraderos de cabeza para sus cultivadores, cuyo grado de frustración personal dependerá de la lucidez con que sean capaces de asumir una vivísima contradicción: la que surge al relacionar su capacidad con su insignificancia. Si en algo valoran la notoriedad, se hallarán perdidos en la selva de lo mediático, (salvo que traten de salir de su insignificancia sociológica merced a una activísima persecución de los mediadores que le puedan asomar al mundo de la fama), y habrán de decidirse entre apartarse de ese mundo lo que para muchos será tanto como renunciar a su razón de ser o rendir vasallaje. Si su decisión no es firme, su tormento cotidiano consistirá, en que, sabiendo qué decir frente a numerosas situaciones, habrán de comprobar como a nadie le interesa, porque sus discursos se estimarán largos y aburridos; no les quedará otro remedio que resignarse a que poco hay que hacer, pues, salvo que se conviertan en noticia, la situación continuará celebrando imperturbablemente y, por supuesto, sin contar con ellos las salvíficas ceremonias de confusión de que habla Vattimo. No puede ser casual que sean caricaturas de la razón las que abundan en un terreno tan bien abonado. Bastará una brevísima enumeración de los antecedentes históricos de nuestra situación para hacernos cuenta de que las causas vienen de lejos: primero asistimos a una superación de la Metafísica (fue la tarea del neopositivismo), que hasta los alemanes dan por buena; luego se nos dio una filosofía aforística y enredada en aquellas disquisiciones que sacaban de quicio a Marcuse; vino más tarde la hecatombe de la siempre abstracta izquierda filosófica, y ahora se nos invita a poner en cuarentena a la misma ciencia. Jean François Revel ha dado una interpretación, seguramente excesiva, de este fenómeno al escribir: La historia de la F¡losofía se divide en dos partes. En el curso de la primera se buscó la verdad; en el curso de la segunda se ha luchado contra ella. Este segundo período, del que Descartes es el genial precursor y Heidegger la manifestación más averiada, penetra en su fase de plena actividad con Hegel. Entre Descartes y Hegel, algunos últimos herederos de la época veraz, de los que el más patéticamente sincero fue Kant, y el más sutil Hume, se esforzaron vanamente por encontrar un camino medio que impidiera la inevitable llegada de la impostura6. En cualquier caso, todo este panorama de abandonos promueve de modo casi inevitable filosofías del tipo de las que podría hacer la cigarra (siempre más noticiable que la oscura hormiga), sobre todo si no se cae en la cuenta de que desestimar las soluciones no suele hacer desaparecer los problemas y, aún menos, los misterios. La desgracia de una época malamente educada en la ciencia, esto es, en una ciencia mal aprendida y asimilada, que responde por más de lo que sabe evitando que se pregunte por lo que no se sabe, y que profesa como nuevo dogma el Everything is surface: the world has no depth 7, es que se ha perdido de vista el horizonte de lo que es la teoría. Al hacerlo así, nuestra cultura se ha condenado a sí misma a una horrísona vulgaridad, a sufrir las bobadas de supuestos sabios que, sin tener nada que decir, no cesan de hablar. En nuestro tiempo no está de moda reconocer que el respeto a la verdad pueda aconsejarnos, e incluso imponernos, el silencio, como hace Juan Miguel Palacios a propósito de una cuestión ética 8. Admitir que algo no se sabe es exponerse a la cadena perpetua en el anonimato y, desde luego, de este modo no hay manera de vender libros (que, por otra parte, tampoco se venden y menos se leen). La así llamada política cultural y los intereses de una industria editorial en franca crisis han permitido la circulación de cierta clase de nuevas mercancías, que difícilmente se hubieran producido en momentos de un mínimo vigor intelectual, y han legitimado la entronización de filosofemas más o menos 6 Jean François Revel, El conocimiento inútil, 3.s ed. Planeta, Barcelona 1989, p. 326. 7 La frase es de Otto Neurath. Popper la pone en relación con Das Rätsel gibt es nicht de Wittgenstein (Tractatus 6.5.). Vid Karl Popper, The Seif and its Brain, Springer, New York, 1977, P5, 47, p. 181. 8 Como dice J. M. Palacios, No es nada infrecuente que el interés por la verdad nos reduzca al silencio; Vida moral y saber moral. Torre de los Lujanes, 18, p. 47. La permisividad en la confusión de los géneros traduce la confusión reinante acerca de la naturaleza de los objetos brillantes, la gran algarabía de los autores de moda al menos uno por Autonomía , y la ultradifusión de las supuestas novedades del momento. De este modo, sin apenas debate, la conversación filosófica tiende a perder cualquier otra referencia que no sea la penúltima novedad (la última se está escribiendo) y se parece a aquellos juegos infantiles que enriestraban palabras por el procedimiento de tomarlas no por su significado en la frase, sino por cualquier otro con alguna semejanza fonética o asociativa. Las categorías de la discusión racional pueden llegar a verse sustituidas por otras puramente coyunturales impuestas por la moda del momento. Es evidente que en este ambiente intelectual han de encontrar benéfica acogida una montonera de banalidades listas para circular bajo cualquier disfraz que goce de buena prensa. I • Sobre el carácter de la Filosofía Muchas veces se ha observado que la filosofía profesional no ha tenido nunca tantos cultivadores ni medios como ahora: sin embargo los frutos distan de ser apoteósicos. Una especie de impreciso destino ha empujado a la mayoría de los filósofos a la sombra de la ética la estética y el análisis del lenguaje, tal vez por ser estos los únicos paraderos en que no se vislumbra autoridad mayor que la de ellos mismos. Una observación marginal sobre el lenguaje ilustrará la diferencia entre la filosofía en sentido clásico y la posmoderna filosofía periódica. Hace notar maliciosamente Roger Penrose que los filósofos tienden a considerar que el lenguaje es esencial para el pensamiento olvidándose por ejemplo del pensamiento matemático porque en su oficio el lenguaje es imprescindible 9. He aquí un problema de verdad, nada posmoderno. En el libro de Penrose se pueden encontrar un par de 9 The Emperors new Mind, Oxford University Press, New York 1989, c. 10, p. 424. docenas de problemas filosóficos, incluso en el sentido de Russell: aquellos en que la ciencia no tiene aún nada que decir pero que no por ello pueden olvidarse, ya que sólo pensándolos llegarán alguna vez si es que es posible a ser objeto de ciencia. Sin embargo, en muchas de las hazañas de los filósofos de hogaño acerca del lenguaje es palpable la creencia (falsa) de que en verdad saben de que hablan: cabría comentarlo parafraseando otra observación, también maliciosa, de Jacques Monod que refiere Richard Dawkins: Otro aspecto curioso de la teoría de la evolución es que todo el mundo piensa que la comprende 10. Pues tal con el lenguaje en manos de los posmodernos. En la división de los problemas que Kant estableció con sus Críticas, es realmente llamativo el olvido de la temática de que se ocupó en la primera de ellas. Cabe, incluso, que sea menester hacer lo que dice Rorty y no tomarse a Kant demasiado en serio 11, pero, pese a lo peligroso e innecesario que resulta dicho consejo, habrá que recordar que en Kant hay planteadas algunas cuestiones que no pueden olvidarse, por molesta y teutónica que resulte la superestructura de las dos primeras críticas. Ello puede deberse a que en efecto sea cierto lo que decía Dewey: No solucionamos los problemas: los superamos. Las viejas cuestiones se resuelven porque desaparecen, se evaporan, al tiempo que toman su lugar los problemas que corresponden a las nuevas aspiraciones y preferencias 12. En un mundo escandalosamente pragmático, la filosofía periódica se siente legitimada con tales planteamientos, hereda todas las renuncias de una determinada tradición menos la que se refiere a la relevancia pública y abandona también el empeño en luchar contra los límites de nuestro mechinal. La renuncia a sustantivar cualifica al filósofo posmoderno con lo que Baudrillard considera propio de los media, que hacen desaparecer el evento, el objeto, lo referencial 13. El filósofo ya no habla de nada sino de sí mismo, de un yo cuyo interés reside en sus apari10 R. Dawkins, El gran egoísta, II. Richard Rorty, Habermas y Lyotard sobre la posmodernidad, Revista de Occidente, 85 (1988), p. 80. 12 John Dewey, Influencia del darwinismo en la Filosofía, IV. 13 Jean Baudrillard, Las estrategias fatales, Anagrama, Barcelona 2. ed. 1985, p. 91. Poco cabe esperar de una vanidad que somete al intelecto ciones, en lo que ahora pueda decir sin importar lo que ayer hubiera dicho; de un yo sin naturaleza, espesor ni historia. A esta actitud le cuadra muy bien una obsolescencia planificada de los productos de la vida intelectual, que, en muy pocos casos, pueden resistir la dura prueba de la relectura con el paso del tiempo; y ello no tanto porque sean de hecho sustituidos por nuevos productos sino por estar pensados precisamente para ser inmolados en esa ceremonia de la desaparición; las huellas del ayer se borran o reescriben a placer, el pasado se vuelve cautivo de la actualidad de un presente que se va estrechando. Con el señuelo de la última novedad, algunos pensadores han perdido los papeles y quieren apresurarse a editar otros con inusitada rapidez. Esta actitud supone el desconocimiento de algunas reglas del oficio, además de no tener en cuenta que la filosofía ha sido siempre trabajo denodado con algunos problemas que no hay que abandonar sólo porque la mayoría no entienda en que consisten. Se olvida muy habitualmente la dimensión ética del pensar, porque, como escribiera Gilson, los hombres somos muy aficionados a buscar la verdad, pero muy reacios a aceptarla u. Es la noticia como modelo del saber quien empuja a muchos a recorrer el mundo promocionando sus discursos. Es verdad que la soledad resulta a veces insoportable y es humano ceder a la tentación de la sociedad del espectáculo. Pero debería ser evidente que poco cabe esperar de esas andanzas que dependen de la vanidad sin tener nada que ver con el intelecto. En uno de los libretos de The Cocktail party escribió T. S. Eliot, Most of the trouble in the world is caused by people wanting to be important 15. Por otra parte, no es necesario ser especialmente modesto para comprender que los descubrimientos auténticos hace mucho tiempo que están caros, pues como dice W.O. Quine, La literatura científica y filosófica es abundante. Las 14 Etienne Gilson, La unidad de la experiencia filosófica, Rialp, Madrid 1960, p. 83. 15 El productor Henry Sherek afirma que tral frase estaba escrita en la primera copia del guión de la obra. contribuciones teóricas sustanciales, no. Cada contribución teórica sustancial es casi un milagro 16. No solo como reflexión crítica sobre el presente, sino en todo lo que va desde la política a la física, el pensamiento tiene una gran labor que hacer: ciertamente no será hecho si se entronizan como propias del pensar las categorías del universo de la noticia. I • La Filosofía de la edad del automóvil En cierta ocasión Lord Russell pretendió motejar la obra de Bergson como filosofía de la edad del automóvil, cuando, a no dudarlo, su propio pensamiento quedaba mejor caracterizado con esa pincelada. Sírvanos el caso para reparar como la más teórica de las actividades ha sido influenciada por uno de los más prácticos inventos (al menos a la altura en que hablaba el filósofo inglés). En efecto, la Filosofía contemporánea ha recibido la influencia de dos factores de origen bien diverso, al menos en principio. 1. En primer lugar, la repercusión de las tecnologías en la imagen del mundo. Recientemente Gadamer ha vuelto a llamar la atención sobre este aspecto al subrayar que El sueño tecnológico nos ofusca, en la medida en que el ideal del poderhacer se convierte en el imperativo del deberhacer 17. El pensamiento se resiste con dificultad a la atracción e imitación de las novedades que ven la luz como consecuencia de técnicas poderosas. Nada parece defendible en ningún terreno como no sea la novedad y el lenguaje se muestra suficientemente flexible para soportarla: todo puede ser pensado. El filósofo posmoderno teme quedar rezagado respecto de su propio tiempo, renuncia a toda tarea constructiva (carece de antecedentes que ignora o elimina) y se olvida de lo que no sea a la vez trivial y sorprendente. 16 W. van O. Quine, Una carta al señor Osterman en Bontempo y Odell, La lechuza de Minerva, Cátedra, Madrid 1979, p. 234. 17 H. G. Gadamer, Elogio dé la teoría. Península, p. 86. 2. En segundo lugar, ha habido una crisis de la conciencia histórica que se apoya en factores muy diversos: desde la llamada aceleración de los tiempos, hasta la juvenilización de la población tras la segunda guerra mundial. Esta crisis tiene, además, unas raíces intelectuales bien precisas: el descrédito de las dramáticas ficciones del hegelianismo y la ruina de la idea de que lo histórico es la progresiva desvelación e implantación de algo que es de suyo necesario. Aunque resulte curioso, la bancarrota de este historicismo (en el sentido de Popper) ha sido catalizada por la propia revolución (en el sentido de Kuhn), acaecida en la ciencia, por el despido del genio laplaceano y la afirmación del indeterminismo en microfísica. Ambos factores han favorecido el adanismo de nuestra cultura, la necesidad de reinventar el mundo, la sensación de que puesto que nada está escrito, cualquier cosa se podría decir y, por tanto, todo debería ser dicho. Es precisamente en tanto los filósofos asumen los procedimientos de los artistas o de los periodistas cuando se consuma la canonización de lo irracional y lo arbitrario. Se ha producido una identificación del pensar con el hacer, en cuya virtud, lo que se piensa, es y debe ser tan libre como lo que se haga, sin que para nada importe lo que sea o lo que haya, porque eso es justamente lo que nosotros establecemos con nuestra conversación. Esta especie de anarquismo de la teoría ha querido penetrar incluso en la ciencia, sin gran éxito de momento: ha sido de mucha utilidad, sin embargo, para la rápida circulación de toda laya de paraciencias y de teorías famosas. Es evidente la confusión entre lo reciente y lo original, entre lo original y lo verdadero, entre lo verdadero y lo usual; todo ello nace de un postulado del idealismo barato que identifica lo que hay con lo que se dice, lo que se sabe con lo que se puede manejar y repetir, con lo que se cree entender. Solo de una manera muy superficial y retorcida se puede poner esta actitud en conexión con el ethos de la ciencia que pide audacia, ideas nuevas y discrepancia, aunque, como dijo, Feynman, el problema de crear algo que sea nuevo, pero compatible con todas las cosas que se han visto antes, es de una dificultad extrema 18. 18 Física, II, 20. El pensamiento brillante tiende a ocultarnos las hondas carencias que nuestra conciencia del progreso también quiere olvidar Según Habermas son cuatro los motivos que caracterizan la ruptura con la tradición: lo que el llama pensamiento postmetafísico (ya es curioso que se caracterice al pensamiento como tal por una circunstancia cronológica), el giro lingüístico, y la superación del logocentrismo que implica la inversión del primado de la teoría frente a la praxis y el carácter situado de la razón 19. Aparte de que tales cuatro motivos no son sino aspectos de un mismo panorama por lo demás, ya bastante antiguo el error de muchos doctores consiste en confundir la enfermedad con la terapia, en transformar las limitaciones en timbres de gloria. La eficacia de la técnica en cambiar el mundo no puede ser discutida; entre los escasos frenos que podrían detener o aminorar sus devastadores efectos (aunque no todos, sí lo son muchos), habría que considerar al pensamiento riguroso y responsable. El primer paso para garantizar su supervivencia es una correcta formulación de nuestros problemas, y el segundo no dejarnos engañar, confundiendo el incremento en la velocidad de rotación de las informaciones (que, como dice Baudrillard, aumenta el peso de las masas, y no su toma de conciencia 20) con una sociedad más sabia y liberada. El pensamiento brillante y arbitrario que se enseñorea de los discursos típicos de la filosofía periódica, tiende a ocultarnos las hondas carencias que nuestra conciencia del progreso también quiere olvidar. I • Hablar de lo que no se sabe Hablar de lo que no se sabe, creer que se entiende de todo, es la raíz común de todos estos males: es notable la seguridad con que se 19 Cfr. Op. cit. p. 16. 20 deán Baudrillard, op. cit. p. 96. Las categorías de la discusión racional pueden llegar a verse sustituidas por otras puramente coyunturales, impuestas por la moda del momento despachan en cuatro páginas mal arracimadas asuntos que han llevado la vida de gentes muy sabias; emitir juicios sin fundamento se ha hecho desde que existen hombres, y mujeres, sobre la Tierra: lo que es rigurosamente nuevo es que tengamos todo un sistema capaz de revestirlos de la legitimidad que solo debería concederse al pensamiento responsable, y que, poseídos de la convicción de que, como modernos, somos críticos, estemos dando vida a una de las sociedades más crédulas de todos los tiempos. Nada sería más inapropiado y absurdo que proponer nuevas formas de censura o limitaciones a los grandes medios de comunicación; pero sería igualmente irresponsable no llamar la atención sobre el tipo de suplantaciones que se nos propone. ¿Qué hacer? Es imprescindible fortalecer los sistemas que permitan el debate crítico y preserven la buena de la mala teoría. Se requiere un sostenido esfuerzo intelectual, tratando de evitar que instituciones tradicionales del pensamiento caigan en aquello que deberían combatir. Forma parte de una ética de la inteligencia la determinación de no abandonar el terreno en que el pensamiento pueda ser responsable, admitiendo las instancias de verificación, por difíciles que estas sean, que legitimen sus pretensiones 21. Una cosa es el saludable antidogmatismo y otra consentir la confusión de la noche en que todos los gatos son pardos. Necesitamos prestigiar de nuevo los trabajos de la razón amenazados por la ola de una opinión más fuerte y extendida que nunca: ello es algo más que preservar categorías del pasado, pero lo supone. Y a quienes confundan esta precaución con el puro conservadurismo, bastaría recordarles que aunque su conquista supuso unos cuantos miles de años, 21 Como bien dice Ramón Rodríguez, este terreno de! lenguaje veritativo y del poder dar razón no puede ser abandonado, porque ha sido y es el único suelo firme en el que germina el árbol del pensamiento. Ramón Rodríguez García, Nihilismo y filosofía de la subjetividad, en R. Alvíra, Ed., Razón y libertad. Homenaje a Antonio MiHán Puelles, Rialp, Madrid, 1990, p. 227. su abandono está al alcance de todas las fortunas, porque, como dijo Jiménez Lozano, siempre es una delgada película la que nos separa del regreso a la barbarie 22. Hace unos años un teólogo recomendó a los de su oficio, que no leyeran únicamente la Biblia sino también el periódico. Hoy se hace preciso invertir el consejo: no basta leer periódicos, cada cual debería, además, repasar su Biblia cada mañana. • 22 José Jiménez Lozano, Los tres cuadernos rojos, Destino, Barcelona, 1985, I Otoño, 1973.