Nueva Revista 029 > Población y urbanización en la España de los 90

Población y urbanización en la España de los 90

Rafael Puyol

Un análisis de la población española, los procesos de crecimiento-decrecimiento y de concentración-despoblamiento, la caida de la fecundidad y el alargamiento de la vida.

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Referencia

Rafael Puyol, “Población y urbanización en la España de los 90,” accessed February 24, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/521.

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Title

Población y urbanización en la España de los 90

Subject

El Estado de la Nación

Description

Un análisis de la población española, los procesos de crecimiento-decrecimiento y de concentración-despoblamiento, la caida de la fecundidad y el alargamiento de la vida.

Creator

Rafael Puyol

Source

Nueva Revista 029 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

Type

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Una demografía preocupante Población y urbanización en la España de los 90 Por Rafael Puyol l análisis de la evolución reciente de la población española permite comprobar el mantenimiento de las tendencias iniciadas a mediados de los 70 que, en el caso de ciertas variaEbles significativas, han alcanzado una intensificación inusitada y preocupante. El desafortunado Censo de 1991 dio unos efectivos de 387 millones de personas. Probablemente residimos en el país algunos cientos de miles más, por diversas razones no contabilizados, pero aun no hemos alcanzado la mítica cifra de 40 millones que se aseguraba muy cercana en los trabajos de ideólogos y demógrafos oficiales de comienzos de los años 40. Crecemos todavía, pero ese crecimiento, muy modesto en el último período intercensal (030% de tasa media anual), se acerca peligrosamente al nivel cero, si es que no lo hemos alcanzado ya. No hemos sido nunca un país demasiado poblado, ni lo vamos a ser en el futuro. Además de pequeño, el incremento demográfico ha continuado siendo desigual. La oposición más significativa en el reparto actual de la población española, es la que existe entre el centro y la periferia. Las 19 provincias peninsulares con fachada marítima, más las tres insulares, reúnen más del 60% de los habitantes sobre una superficie inferior a 13 de la española. Su densidad media rebasa los 145 habitantes por kilómetro cuadrado, es decir algo más del doble que la media de España (77) y tres veces más alta que la del interior que con el 70% del territorio, solo acoge el 40% de los efectivos. A esta oposición que no ha cesado de reforzarse, se añade hoy otra más reciente que modifica las tendencias observadas durante la primera mitad del siglo (A. de Miguel). En este tiempo el área de mayor dinamismo demográfico fue el triángulo MadridBarcelonaPaís Vasco litoral. Ahora lo que crece con más intensidad es el triángulo meridional Madrid, Alicante, Málaga, más los espacios insulares. La decadencia de la economía ganadera y la crisis industrial explican el declive (económico y demográfico) del norte de la Península; por el contrario, el desarrollo de las actividades terciarias particularmente el turismo y la agricultura de regadío fundamentan la economía y sostienen la población de las provincias meridionales y mediterráneas. Los procesos de crecimientodecrecimiento y de concentracióndespoblamiento, han obedecido, demográficamente hablando, al doble juego de la movilidad natural y sobre todo espacial. El descenso de la natalidad Internamente crecemos menos que nunca. En 1975 nacieron en nuestro país unos 670.000 niños y la tasa de natalidad aún se acercaba al 19%. En 1988, los nacidos fueron solo 418.919 y la tasa fue tan solo del 10%. En total, casi un 38% menos de nacidos en tan solo 13 años, lo cual singulariza, por su vertiginosidad, nuestro retroceso. Con un número medio de hijos por mujer de 1 3 lideramos con Italia la clasificación de la desnatalidad mundial. La caída ha estado acompañada de una atenuación de las diferencias territoriales, aunque todavía se observan disparidades entre el norte y el sur peninsular. Las provincias de la mitad septentrional tienen en conjunto valores más pequeños que las provincias de la mitad meridional y los dos archipiélagos. En cuanto a la mortalidad la situación es muy simple. De una tasa cercana al 10% en el quinquenio 195155 pasamos a un valor que descendió por debajo de 8 a comienzos de los 80, para subir ligeramente en los últimos años como consecuencia del envejecimiento y situarse hoy en torno al 850% (1990). Los españoles que nacieron en 1992, pueden esperar vivir como media 73 años si son varones y 80 si se trata de mujeres, siempre mejor equipadas en la lucha contra la muerte. Y como en el caso de la natalidad, pero aún de forma más nítida, la evolución reciente se ha caracterizado por una progresiva homogeneización territorial de las tasas, pese a lo cual todavía se observan algunas desigualdades que obedecen a los contrastes en la estructura por edades, relacionados con la emigación y su influencia negativa sobre la fecundidad de las áreas de partida. Hemos evolucionado, pues, hacia una situación de crecimiento vegetativo nulo (a la que quizás ya hemos llegado) que ha estado acompañada de importantes transformaciones en la situación migratoria. Hace ya bastantes años que hemos dejado de ser un país de emigración. El éxodo exterior resulta hoy francamente modesto. En 1990 hubo 400 emigrantes asistidos a países europeos y 789 a países no europeos y tan sólo 11.000 personas que salieron para realizar trabajos cortos de temporada, sobre todo en Francia. Inmigrantes y emigrantes Somos ya un país receptor de inmigrantes, aunque en una cuantía todavía modesta. Tras el último proceso de regularización, los inmigrantes legales rebasan ligeramente el medio millón a los que hay que añadir un número de personas en situación irregular porque no pudieEn la segunda mitad de la década de los ochenta parece que ha vuelto a animarse la movilidad interna, sobre todo la movilidad interurbana ron acogerse al proceso regularizador o porque llegaron al país después de finalizado. En cualquier caso, no parece que unos y otros, regulares e irregulares, superen la cifra de 700.000 personas que sobre la población censal de 1991, suponen un modesto 18%. El cambio de signo en los saldos migratorios con el exterior ha estado acompañado por una alteración de las tendencias mantenidas hasta 1975 en la movilidad interna. Desde los años 50 a mediados de los 70, las corrientes interiores se caracterizaron por una fuerte concentración en cuanto a los destinos y una mayor diversificación en cuanto a las procedencias. Los focos fundamentales de las migraciones fueron Madrid, Barcelona y las dos provincias vascas litorales. Las áreas emigratorias más importantes correspondieron a las provincias de la mitad meridional, en especial de las regiones andaluza, extremeña y castellanomanchega. A partir de 1975 los focos inmigratorios tradicionales pierden fuerza o pasan a tener saldos negativos. Las áreas de mayor atracción pertenecen a las provincias migratorias de la segunda generación localizadas en buena parte en las zonas litorales mediterráneas. Algunas provincias de claro corte emigratorio reducen sus saldos negativos como consecuencia de los retornos de personas que se jubilan, o por la escasez de nuevos emigrantes debido a su fuerte envejecimiento demográfico. En la segunda mitad de los 80, la movilidad interna reducida numéricamente en el decenio anterior, parece que vuelve a animarse y a continuar tendencias iniciadas con anterioridad. Resulta significativa la importancia que adquieren los movimientos intraprovinciales en nuestras áreas, por ejemplo en Madrid (y otras zonas urbanas) que de tener un valor de movilidad intraprovincial del 128% sobre el volumen de entradas en 1962, pasó a un porcentaje del 56% en 1989. Resultan igualmente destacables hechos como la disminución sensible de la población migrante procedente de los municipios rurales o semirurales; la menor atracción ejercida por las grandes ciudades que de poseer saldos claramente positivos en la relación origendestino pasan a tener balances negativos, o la conversión de las corrientes interurbanas en la modalidad migratoria más importante. La caída de la fecundidad y el alargamiento de la vida nos situó desde hace años en el camino del envejecimiento por el que circulamos ahora a gran velocidad a medida que se intensifica la longevidad. Probablemente rebasamos la cifra del 13% de población de 56 años y más, lo cual reduce cada año la situación más ventajosa que el mayor crecimiento demográfico nos deparaba en relación a los países de nuestro entorno geográfico y socioeconómico. Por supuesto que el envejecimiento no debe verse solo como un problema. Es un hecho biológicamente natural y beneficioso, pero acarrea demasiadas concecuencias negativas como para no considerarlo, por lo menos, con inquietud. Una inquietud intensificada por el hecho amargo y lacerante de la nueva superación de la cifra de tres millones de parados. Cambios y situación en las áreas urbanas Al igual que en la evolución demográfica, los últimos años confirman e intensifican algunas de las tendencias iniciadas en la urbanización de la segunda mitad de los 70. La población urbana creció de forma sostenida hasta comienzos de los 80 para sufrir una notable perdida de intensidad en el último período intercensal. Las personas residentes en núcleos urbanos aumentaron en casi cinco millones en la década de los 60 y los 70 para crecer únicamente en 18 millones entre Los centros urbanos no crecen sino que se estancan y degradan, mientras que las periferias recogen el incremento urbano 198191. Pese a todo, la tasa anual de crecimiento de la población urbana (061 %), aunque en franca desaceleración, dobló a la de la población total. Hoy el país con un 75% de personas residiendo en núcleos definidos como urbanos, se puede considerar como altamente urbanizado, aunque desigualmente urbanizado. Basta comparar en 1991 la situación de Madrid (95% de población urbana) con la de ambas Castillas (CastillaMancha, 45%, Castilla León 53%) o Extremadura (42%) para medir la intensidad de los contrastes. Desde comienzos de los 80 se observa además en la población urbana española el inicio de la llamada fase de transición del modelo de la transición urbana caracterizada, además de por la reducción de la tasa de urbanización, por los siguientes hechos añadidos: una crisis de los viejos centros metropolitanos en beneficio de las ciudades regionales (en efecto, Madrid, Barcelona o Bilbao pierden habitantes entre 198191 y los ganan significativamente Zaragoza, Alicante, Murcia, Málaga, Córdoba o Sevilla); por un desarrollo de las llamadas ciudades medias; y por una modificación de los factores tradicionales del crecimiento, de tal forma que las relaciones causaefecto entre industrialización y urbanización ceden terreno ante la influencia de otros factores económicos y ambientales. Ello explica el aludido cambio de tendencia entre el dinamismo demográfico del Norte y el Sur. Además de estos hechos, se producen cambios en las relaciones entre el centro y la periferia de las áreas urbanas. Los centros apenas crecen, se estancan o decrecen. El incremento general de la población urbana se debe básicamente al de las periferias ya que en los municipios centrales se produce una desurbanización relativa, inicialmente limitada a Madrid, pero que afectó después a otros 8 municipios, entre ellos Barcelona, Valencia y Bilbao. A pesar de ello en algunos sistemas urbanos ya empieza a observarse también una disminución en el ritmo de crecimiento de las propias periferias de las que Madrid constituye nuevamente un buen ejemplo. La desaceleración de las corrientes migratorias internas se correspondió con la desaceleración del crecimiento urbano. Posteriormente la renovada intensificación de las trasvases no se tradujo en una intensificación de la urbanización, al tener los desplazamientos un carácter prioritariamente interurbano. En la actualidad, las áreas urbanas tienen situaciones más ventajosas en el balance nacimientosdefunciones que las áreas rurales. Con todo, su papel en el crecimiento de las ciudades resulta modesto debido a la fuerte caída de la fecundidad. En el mismo sentido limitador de la vitalidad urbana, actúa el envejecimiento poblacional que aunque menor que el de las áreas rurales o municipios pequeños, se convierte ya en un factor condicionante del crecimiento interno. •