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¿Fue la nueva economía un espejismo?

Ricard Ruiz de Querol

Ha pasado ya tiempo suficiente para valorar el impacto de la
sociedad de la información y los efectos económicos de las nuevas
tecnologías. Y a juzgar por los datos, el desarrollo de una
nueva economía ha tenido una repercusión desigual. En el contexto
actual, es necesario repensar el marco de la sociedad de
la información y replantear los desafíos económicos que supone
para las empresas y los países.

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Ricard Ruiz de Querol, “¿Fue la nueva economía un espejismo?,” accessed October 20, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/3611.

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¿Fue la nueva economía un espejismo?

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Ha pasado ya tiempo suficiente para valorar el impacto de la
sociedad de la información y los efectos económicos de las nuevas
tecnologías. Y a juzgar por los datos, el desarrollo de una
nueva economía ha tenido una repercusión desigual. En el contexto
actual, es necesario repensar el marco de la sociedad de
la información y replantear los desafíos económicos que supone
para las empresas y los países.

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Ricard Ruiz de Querol

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Nueva Revista 135 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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P R E Á M B U L O
Vivimos tiempos difíciles. Durante la segunda mitad del
siglo XX, las sociedades occidentales habían evolucionado
en el contexto de una sensación general de optimismo. De
que, pese a dificultades que acabarían por demostrarse
pasajeras, surfeaban sobre la cresta de una ola inequívoca
de progreso.
Esa sensación se disipó bruscamente y por sorpresa
tras el cambio de siglo. Una encuesta del Pew Institute1 a
finales del 2009 mostraba que, según la percepción de los
estadounidenses, la década que estaba a punto de finalizar
había sido la peor después de la Segunda Guerra Mundial (Fig. 1). La revista Time la calificaba en portada como
«La década del infierno» y el Spiegel como «La década
perdida». Para el Nobel de Economía Paul Krugman, fue
la década del «Gran Cero», en que «no conseguimos nada
ni aprendimos nada»2.
Sin embargo, esa fue también la década en que las TIC,
las tecnologías de la información y de la comunicación, se
difundieron más ampliamente en todo el mundo (Fig. 2).
No puede, como es obvio, concluirse que la expansión de
las tecnologías sea la responsable de los males de la década.
Pero sí es obligado señalar que el impacto del cambio tecnológico
que representan las TIC no ha sido tan abrumadoramente
extensivo como proclamaban los tecnoutópicos.
EL DESIGUAL DESARROLLO DE LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN
Cuando a principios de los noventa se empezaba a intuir
el potencial de Internet y de las que entonces se bautizaron
(erróneamente) como «autopistas de la información»,
las manifestaciones acerca del potencial de su impacto en
el desarrollo económico y social eran casi todas de un optimismo
sin límites.
A principios de 1993, pocos meses después de ser investido
como presidente de los EEUU, Bill Clinton hizo público
un manifiesto (Technology for Economic Growth) en
el que calificaba las tecnologías avanzadas, y muy especialmente
la informática y las telecomunicaciones (las TIC),
como un elemento clave para la prosperidad económica:
El acceso eficiente a la información se está convirtiendo
en un elemento crítico para todos los segmentos
de la economía de América [...] Acelerar la introducción de
un sistema de comunicación eficiente y de alta velocidad
puede tener en el desarrollo social y económico de los
EEUU el mismo efecto que tuvo la inversión pública en
los ferrocarriles en el siglo XIX. Puede ser una herramienta
clave alrededor de la cual se puedan desarrollar muchas
nuevas oportunidades de negocio3.
En la misma época en Europa, el Informe Bangemann,
elaborado a instancias de Jacques Delors, a la sazón presidente
de la Comisión Europea, se manifestaba en el mismo
sentido:
Las tecnologías de la información y las telecomunicaciones
están generando en todo el mundo una nueva
revolución industrial que ya es tan significada y de largo
alcance como las anteriores. [...] La forma en que respondamos,
en que sepamos convertir las oportunidades actuales
en beneficios reales depende de la rapidez con que
entremos en la sociedad europea de la información4.
La respuesta a la percepción de esas oportunidades fue,
sin embargo, muy diversa entre distintos países. En los
EEUU, la iniciativa combinada del impulso de los emprendedores
e inversores del Silicon Valley y de las reformas
propiciadas por la Administración Clinton resultaron en
la liberalización del acceso a Internet y de ahí en su expansión
internacional. Al rebufo de esta ola, las empresas norteamericanas asumieron el liderazgo global no solo en
el software de Internet como en el hardware y los servidores
que proporcionan el soporte físico a la red, sino también
en el desarrollo del comercio electrónico. Todo ello,
junto con el aumento de productividad en los sectores de
la economía que pronto supieron aprovechar el potencial
de las TIC para reorganizar sus negocios, resultó en una etapa
de crecimiento económico sin desempleo ni inflación
que se proclamó como el inicio de una nueva economía.
Estas dos amplias tendencias, la globalización y las
tecnologías de la información, están socavando el antiguo
orden forzando a las empresas a reestructurarse. [...] Para
los creyentes en la Nueva Economía, tenemos aquí la receta
mágica, el modo de retornar a las condiciones de
alto crecimiento y baja inflación de los años 50 y 605.
También otros países adoptaron en la misma época estrategias
de crecimiento económico basadas en las nuevas
tecnologías de la información. Finlandia, por ejemplo, pasó
a liderar el mercado mundial de equipos de telefonía móvil
apoyándose en un sistema de innovación renovado, a la vez
que aprovechaba la ocasión para iniciar la transición hacia
el Estado del e-bienestar6. Muchos otros gobiernos definieron
planes estratégicos para el desarrollo de la que se
dio en denominar como la sociedad de la información, con
el objetivo de extraer el máximo beneficio económico y social
de la aplicación de las nuevas tecnologías.
El alcance y efectividad de esos planes resultó ser desigual.
Una muestra de esa disparidad se refleja en los índices de competitividad y de intensidad de uso de las tecnologías
que compila periódicamente el World Economic
Forum7. Los datos a la izquierda de la figura 3, sobre una
muestra de más de cien países, muestran una correlación
fuerte entre intensidad tecnológica y competitividad, que
en último término redunda en la capacidad de crecimiento
económico y de generación de riqueza. El gráfico de la
derecha, en que se representan solo los países de la Unión
Europea, llevaría a agrupar los países en tres grandes categorías:
los más avanzados, los emergentes y los que en
un cierto sentido están «pillados en medio» (incluyendo
España).
Puede observarse que solo unos pocos de los países
avanzados en esta clasificación (EEUU, Japón, Corea o Finlandia)
han llegado a desarrollar una industria TIC global.
Otros, como Alemania, apalancándose en su dimensión o
su tradición industrial, han sabido incorporar provechosamente lo digital en sus economías y sistemas productivos.
Pero quizá lo más significativo es constatar que el grupo
de líderes en el uso de la tecnología para mejorar su competitividad
incluye también países de pequeña dimensión
y economías especializadas, como Dinamarca, Holanda o
Austria.
Se plantea así la cuestión de cuáles son las causas de
la posición poco favorable de España. Como se observa en
el gráfico, la intensidad digital es menor en España que
en países como Estonia o Irlanda, que han hecho por la
tecnología una apuesta mayor que la nuestra. Al mismo
tiempo, España registra una competitividad menor que la
que le correspondería tanto por su dimensión como por el
crecimiento económico experimentado durante los últimos
años. Algo ha fallado.
E L C A S O E S PA Ñ O L
Como es bien conocido, el crecimiento experimentado por
la economía española a partir de la segunda mitad de los
años noventa fue notable, pero desequilibrado. En el mismo
periodo en que algunos países centraban sus estrategias
en torno al desarrollo de la sociedad de la información
y la nueva economía, el modelo económico español,
además de desequilibrios como déficit comercial muy alto,
adoptó de forma muy marcada una orientación alejada de
la propia de una sociedad basada en la información y el
conocimiento. En particular, el gráfico de la izquierda en
la figura 4 muestra cómo durante más de una década el
peso en el PIB de la actividad industrial disminuyó de forma
constante, en tanto que sucedía lo contrario con el de la construcción. En paralelo, como se refleja en el gráfico
de la derecha, la competitividad en precios de los productos
españoles experimentó un deterioro manifiesto, en tanto
que aumentaba la de otros países, y muy en especial la
de Alemania.
De otra parte, como se desprende también de los datos
de las figuras 3 y 5, las TIC se adoptaron en nuestro país
con una intensidad menor que en las economías de nuestro
entorno. El peso de la inversión en TIC en relación al
PIB fue en España menor que en los países avanzados, y
también menor que en algunos países emergentes. Parece
además importante resaltar que, en tanto que en los países
de referencia la inversión TIC se repartía más o menos
a partes iguales entre las telecomunicaciones y las tecnologías
de la información (hardware, software y servicios),
en España la inversión ha estado claramente sesgada hacia las telecomunicaciones; lo cual, como puede observarse
en la figura 5 es en general un rasgo propio de las economías
menos sofisticadas.
No puede pues concluirse que España ha vivido por
completo de espaldas a la revolución digital. Pero sí es
cierto que todos los datos apuntan a que actividad individual
y el ocio han dominado a la actividad empresarial y
los aumentos de productividad en cuanto a la adopción
de las nuevas tecnologías.
Incluso la adopción de las TIC en las empresas presenta
peculiaridades significativas. La penetración de la banda
ancha en las empresas españolas de más de 10 empleados,
por ejemplo, está entre las más altas de Europa (Fig. 6).
Por contra, el porcentaje de esas mismas empresas que tienen
una página web está por debajo de la media europea;
lo mismo sucede en cuanto al uso de otras herramientas
avanzadas de proceso de información o al porcentaje de
compras y ventas que se lleva a cabo por medios electrónicos8.
Aun a falta de una interpretación rigurosa y concluyente
de esos datos, parece razonable ponerlos en el contexto
del déficit de productividad que achaca a la economía española
(Fig. 4). Todos los análisis muestran que el crecimiento
de la economía española a partir de mediados de
los años noventa se produjo a pesar de una disminución
de la que los economistas denominan como la productividad
total de los factores, que es la que resulta de mejoras
en intangibles como la innovación, la estrategia y la organización9.
Los datos de la figura 6 pueden interpretarse en este
contexto. Las inversiones en software y sistemas de información
son tanto más rentables en cuanto automatizan procesos,
haciéndolos más ágiles, reduciendo costes o aumentando la capacidad de que escalen eficientemente. Los
datos de la figura sugieren que las empresas españolas
contratan con facilidad líneas de banda ancha, que pueden
utilizar para aplicaciones no estructuradas como el
correo electrónico o la navegación por Internet, pero tienen
menor interés o mayores dificultades para construir aplicaciones de negocio digital, incluso algunas tan básicas
como poner en marcha y rentabilizar una página web. Esa
situación, que se reproduce en mayor medida en las pymes
y microempresas que forman una parte muy importante
del tejido productivo, sería una de las causas de que la
adopción de las tecnologías digitales no se haya traducido
en mejoras sustanciales de la productividad.
Otro factor de impacto, importante aunque difícil de
cuantificar, sería la orientación de las políticas públicas
de impulso a la sociedad de la información en España.
Ha existido en la práctica una cierta duplicidad en estas
políticas entre la Administración del Estado, responsable
de la definición y gestión del Plan Avanza10 y las comunidades
autónomas, muchas de las cuales han contado en
sus organigramas con responsables de Sociedad de la Información.
Así y todo, ha habido ciertos rasgos comunes
entre todas ellas:
• Una orientación más dirigida hacia las telecomunicaciones
que hacia la informática, quizá por ser las
primeras objeto de regulación por parte de las administraciones.
• Más énfasis hacia políticas de oferta, incluyendo la
provisión de infraestructuras y equipamientos, que
hacia políticas de fomento de una demanda orientada
hacia objetivos estratégicos.
• Coherentemente con lo anterior, una orientación en
muchas ocasiones más alineada con los objetivos de
la industria TIC que orientada a maximizar beneficios
concretos para los usuarios particulares o empresariales.
• Una sensibilidad mayor hacia los colectivos más
desfavorecidos y la reducción de la fractura digital
que hacia el fomento de actividades estratégicas o
de usuarios líderes que posteriormente pudieran ejercer
una cierta capacidad de arrastre de sectores sociales
más amplios.
Es relevante a este respecto destacar algunas de las recomendaciones
de mayor nivel derivadas del análisis de
diagnóstico estratégico que en 2010 llevó a cabo la OCDE
sobre el Plan Avanza11:
Una gran parte del progreso conseguido desde el lanzamiento
del Plan Avanza ha consistido en incrementar la
disponibilidad de infraestructuras TIC esenciales para un
desarrollo continuado [...] Sin embargo, el rendimiento
de las inversiones realizadas dependerá en conseguir un
mayor equilibrio entre las políticas de oferta y demanda a
fin de maximizar el valor de esas infraestructuras para la
economía y —lo que es muy importante— para aumentar
sus beneficios sociales [...].
Por consiguiente, el Gobierno de España debería considerar
aumentar sus esfuerzos para un mayor desarrollo
de las habilidades TIC, no solo en las básicas para la población
en general, sino también para competencias específicas
en determinados grupos [...] Además, el Plan Avanza
debería reorientar su estrategia de comunicación [...] a fin
de promover un mayor uso y dar soporte a una migración
hacia servicios públicos más orientados a la demanda.
Por último, las futuras estrategias de sociedad de la
información deberían aumentar su efectividad en relación a los costes desplazándose desde políticas orientadas a
una difusión amplia hacia inversiones más enfocadas a objetivos
precisos y bien definidos.
Con pocas variaciones, este diagnóstico sería también
aplicable a las políticas de sociedad de la información puestas
en práctica por la mayoría de gobiernos autónomos.
¿ F U E L A N U E VA E C O N O M Í A U N E S P E J I S M O ?
Las consideraciones anteriores, tanto las de orientación
global como las referidas a España, tienen una característica
en común: los beneficios y el impacto de las TIC, envueltos
en conceptos atractivos pero inespecíficos como
la «sociedad de la información» o la «nueva economía»,
se han sobrevendido en general. De una parte, por la propia
industria TIC, por su lógico interés en incrementar sus
ventas. En paralelo, por parte de determinados colectivos
que promueven el uso de las TIC como un objetivo en sí
mismo, tendiendo por contra a soslayar una consideración
reflexiva sobre cuáles podrían ser los beneficios concretos
de su aplicación en cada entorno específico y las estrategias
apropiadas para conseguirlos.
Ello no significa en absoluto que la espectacular expansión
de las TIC durante los últimos veinte años, y más
específicamente a partir de la disponibilidad general de
la telefonía móvil y del acceso a Internet, no haya tenido
impacto sobre la economía y la sociedad. Todo lo
contrario. Pero lo cierto es que los beneficios económicos
de ese impacto se han repartido de un modo en extremo
desigual:
• La proporción dedicada a telecomunicaciones en el
conjunto del gasto total de los hogares ha crecido de
forma muy notoria (Figura 7).
• Los países, como EEUU o en su momento Finlandia,
que han conseguido desarrollar una industria TIC
competitiva en los mercados globales se han beneficiado
en mucha mayor medida del aumento de peso
sectorial de las TIC en la economía.
• Las naciones, los sectores e incluso las empresas individuales
que han adoptado estrategias, modelos de
negocio y modelos de organización más adaptados a
la globalización y la liberación han podido aprovechar
mucho mejor que el resto los beneficios de la aplicación
de los nuevos desarrollos tecnológicos, aumentando
su productividad y competitividad para lanzar
nuevos negocios y acceder a mayores mercados.
Así pues, la conclusión no es tanto que haya emergido
una «nueva economía» en sentido estricto, sino que algunas
empresas, regiones y países han conseguido desarrollar e
imponer en el ámbito económico estrategias y reglas de
competencia distintas de las vigentes durante las décadas
de desarrollo de las sociedades industriales. Esas estrategias
y reglas son en parte políticas (como el impulso a la
globalización y liberación de ciertas áreas de mercado) y
en parte basadas en activos informacionales (intensivos en
información) en lugar de bienes y productos físicos, como
sucedía en la era industrial (Google es quizá el paradigma
más evidente).
Es imprescindible, en el contexto de la actual crisis
económica global, destacar como un ejemplo al respecto
la evolución reciente del sector financiero. El peso de este
sector en algunas economías, como las de EEUU o Inglaterra,
pero también Islandia, creció durante las últimas
décadas muy por encima de la media de la economía12.
Un crecimiento que, basado en una innovación financiera
y en el uso global de las TIC para generar y distribuir globalmente
productos de alta sofisticación como los derivadosy opciones, acabó generando una burbuja global sobre
cuyas consecuencias no hace falta insistir13.
Conviene también tener presente que esa economía
informacional no es solo capitalista, sino ultracapitalista
en muchos aspectos. Un ejemplo de ello es el recurso por
parte de las empresas líderes a prácticas muy agresivas de
patentes y de protección de propiedad intelectual, no solo
de tecnologías y productos sino también de modelos de negocio
(la patente de la compra con un click por parte de
Amazon o de la interfaz de su pantalla de búsqueda por
parte de Google serían solo dos entre muchos casos)14.
Otro aspecto sería la vulneración «de facto» por parte
de algunas empresas globales, para imponer sus modelos de
negocio, de legislaciones y regulaciones nacionales como
las relativas a la privacidad, la protección de datos o los
derechos de propiedad intelectual sobre contenidos, acogiéndose
a argumentos de modernidad o a una dinámica
supuestamente imparable de la «destrucción creativa» inherente
a la innovación.
Un ejemplo importante, que adquirirá una relevancia
aún mayor en el futuro, hace referencia a la denominada
«neutralidad de la red», sobre la que las empresas con modelos
de negocio centrados en contenidos o aplicaciones
sobre Internet tienden a adoptar posturas contrapuestas
con las de las operadoras de telecomunicaciones que despliegan
y gestionan las redes15. A este respecto que la teoría
económica16 muestra que las actividades con retornos crecientes,
como lo son en general las basadas en activos informacionales,
acaban generando monopolios u oligopolios
de facto. Así se puso de manifiesto en el caso de Microsoft en el pasado, de Google en el presente y tal vez de Facebook
en el futuro inmediato. Sin embargo, estas empresas
tienden a oponerse a la regulación de sus actividades,
en tanto que apoyan controles más exhaustivos en los sectores
tradicionalmente regulados, como las telecomunicaciones.
Los comentarios expresados más arriba sobre el caso
español pueden retomarse en este contexto. En líneas generales,
puede concluirse que el discurso de la nueva
economía, entendido como abanderado de un uso más intensivo
de las tecnologías en el contexto del auge de un
capitalismo liberal o ultraliberal y de una competencia
cada vez más global, no llegó a asentarse entre una gran
parte de los agentes sociales españoles con mayor influencia
o poder, tanto en el sector público como en el privado.
No lo ha hecho todavía, como demuestra la resistencia de
muchos sectores de la sociedad, incluyendo las administraciones
públicas, a acometer, en ocasiones incluso a debatir,
la necesidad de reformas estructurales impuestas
desde el exterior bajo la lógica de los esquemas de competencia
global ya mencionados.
De hecho, puede argumentarse17 que en nuestro país la
«fractura digital» más relevante ha sido una fractura estratégica
manifiesta entre los agentes socialmente más influyentes,
tanto públicos como privados, y los «ilustrados-TIC»
que han defendido, en general con argumentos superficiales
y en todo caso manifiestamente con poco éxito, la
causa de un uso más intensivo de las tecnologías. El auge
de la construcción (Fig. 4), considerado en paralelo con la
debilidad general del sector tecnológico español (con la notoria excepción de empresas como Telefónica) es un síntoma
claro de ello.
H A C I A E L F U T U R O
Las conclusiones anteriores serían posiblemente poco relevantes
si solo fueran aplicables al pasado. Pero lo son
también para el futuro inmediato, como mínimo durante
esta década. La disponibilidad creciente del acceso móvil
a Internet y de terminales como los smartphones, junto
con el auge de las redes sociales y otros contenidos generados
por los usuarios, supone en la práctica una redefinición
profunda de los usos de Internet. En paralelo, la conciencia
de las causas y los efectos de la crisis financiera
de 2008 obliga a una revisión, quizá también a una recomposición,
de algunos de los modelos conceptuales y
sistemas institucionales de referencia creados a propósito
de la economía industrial. En este contexto, sea bajo esas
denominaciones u otras, será obligado redefinir las motivaciones,
objetivos y estrategias de la sociedad de la información
y de la nueva economía que habrán de tener vigencia
durante las próximas décadas. Lo que previsiblemente
conllevará, para empresas, sectores, regiones y países,
nuevas oportunidades de éxito. También de falta de éxito.
Habrá que ver quién y cómo las aprovecha mejor. 
N O TA S
11 Pew Research, «Current Decade Rates as Worst in 50 Years», 21/12/2009,
accesible en Internet.
12 Krugman, Paul, «The Big Zero», New York Times, 8/12/2009.
13 «Technology for America’s Economic Growth: A new Direction to Build Economic
Strength», White House (1993), accesible online.
14 «Europa y la sociedad global de la información: recomendaciones al Consejo
Europeo» (Informe Bangemann) (1994), accesible online.
15 Mandel, M., «The New Economy: What It Really Means», Business Week,
17/11/1997, accesible online.
16 Castells, M., e Himanen, P., El estado del bienestar y la sociedad de la información:
El modelo finlandés, Alianza Editorial (2002).
17 Ver en particular los informes «Global Competitiveness Report» y «Global
Technology Report» que publica periódicamente el World Economic Forum
(accesibles en formato digital en su página web, www.wef.com).
18 Ver al respecto las estadísticas accesibles a través de las páginas web de
Eurostat y de la OCDE.
19 Ver, por ejemplo, «De la función de producción agregada a la frontera de posibilidades
de producción: productividad, tecnología y crecimiento económico
en la era de la información», discurso de ingreso de Manuel Castells
en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras (2006), accesible
online.
10 El «Plan Avanza» ha sido el principal programa de inversión del Estado en el
impulso de la sociedad de la información.
11 «Estudio del Plan Avanza por la OCDE», accesible a través de la web del
Plan Avanza (ww.planavanza.es).
12 Ver, por ejemplo, «A short history of modern finance», The Economist
18/10/2008.
13 Entre las muchas obras publicadas en ocasión de la crisis financiera, recomendaría
«Crisis Economics: A crash course in the future of finance»,
N. Roubini y S. Mihm, Allen Cane (2010). Una alternativa, menos rigurosa
pero muy accesible, es ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y
nadie puede pagar, J. Lanchester, Anagrama (2010).
14 Para una descripción general de esta cuestión, puede consultarse el dossier
especial de The Economist, «A market for ideas», 20 de octubre 2005.
15 Ver, por ejemplo, el «Report on the public consultation on The open internet
and net neutrality in Europe», European Commission, noviembre 2010.
16 «Increasing Returns and the New World of Business», Brian Arthur, Harvard
Business Review, julio-agosto 1996.
17 «Análisis de la formación de las políticas públicas de sociedad de la información
en Cataluña», R. Ruiz de Querol, tesis doctoral, UOC (2006), accesible online.