Nueva Revista 135 > La economía española ante el reto de la competitividad

La economía española ante el reto de la competitividad

José María O’Kean

Un análisis riguroso de la situación económica española exige
identificar las causas específicas de la crisis en nuestro país y
proponer mejoras realistas y concretas. La causa final de la crisis
es la falta de competitividad y, a juicio de José María O’Kean,
la mejor manera de reparar esta deficiencia es incidiendo sobre
la productividad, la variable clave y con mayores posibilidades
de transformar el alcance competitivo del país.

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José María O’Kean, “La economía española ante el reto de la competitividad,” accessed August 22, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/3607.

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La economía española ante el reto de la competitividad

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Un análisis riguroso de la situación económica española exige
identificar las causas específicas de la crisis en nuestro país y
proponer mejoras realistas y concretas. La causa final de la crisis
es la falta de competitividad y, a juicio de José María O’Kean,
la mejor manera de reparar esta deficiencia es incidiendo sobre
la productividad, la variable clave y con mayores posibilidades
de transformar el alcance competitivo del país.

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José María O’Kean

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Nueva Revista 094 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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La crisis económica, cuya sombra aún nos envuelve, ha
tenido unos efectos devastadores en la economía española.
Ha hecho desaparecer al 11% de los empresarios españoles.
El 18% de las empresas entre 10 y 99 trabajadores
y el 12% de las que contrataban entre 100 y 499 trabajadores
han cerrado. Nuestra tasa de desempleo ha pasado
de un 8% de la población activa al 21% en algo más de dos años, después de siete trimestres de crecimiento económico
negativo. Hoy, miramos al futuro con desconfianza,
sabiendo que hay deudas contraídas que tenemos que
pagar, advirtiendo que la salida de la crisis va a ser larga,
tomando medidas que no sirven para atajar los problemas
estructurales que tenemos y, en el fondo, confundiendo la
causa real de esta situación con sus efectos.
Un breve vistazo a los dos últimos ciclos de crecimiento
resulta revelador de las deficiencias de nuestro modelo
de crecimiento. El primer ciclo comenzó en 1982 con un
completo plan de estabilización, que se inició con dos devaluaciones
de la peseta por un total aproximado del 15%
respecto a las principales monedas. Hasta la crisis de 1993,
la economía española creció de forma permanente, impulsada
por la construcción de infraestructura pública y
dejó al Estado altamente endeudado. Entre 1992 y 1995
se sucedieron cuatro devaluaciones de la moneda por un 35% de su valor y la economía española inició nuevamente
un ciclo expansivo hasta 2008. Este segundo ciclo estuvo
impulsado por la construcción de la vivienda y ha
dejado a las familias y las empresas con un fuerte endeudamiento.
Como puede apreciarse, siempre tira de la economía
española el mismo sector, siempre crecemos gracias
al endeudamiento y siempre salíamos de las situaciones
complicadas devaluando la moneda. Ahora, cuando toca
pagar las deudas, nos enfrentamos con una crisis financiera
global y además no podemos devaluar.
Además, en ambos ciclos, costó muchos años crear empleo
y, en ambas ocasiones, se destruyó el empleo creado en muy poco tiempo. Entre 1992 y 1995 se pasó de una tasa de paro del 16% al 24% y en este ciclo hemos pasado
del 8% de paro en 2007, al 21% actual muy rápidamente.
La conclusión es que nuestras empresas atesoran
trabajo en la fase expansiva del ciclo sin hacer los ajustes
necesarios y en los tiempos de crisis hacen ajustes duros
y masivos.
Y aún existe otra característica relevante de nuestro modelo
de crecimiento y es el déficit exterior que genera, en
cuanto empezamos a crecer, y la necesidad de financiación
que la cuenta corriente deficitaria implica. En 2007 llegamos
al punto de que el superávit de la cuenta de servicios
originado por el turismo no es que no fuera suficiente
para poder compensar el altísimo déficit de la balanza comercial,
sino que ni siquiera podía saldar el déficit de la
balanza de rentas originado por los intereses de nuestro
endeudamiento. En 2007 nuestro déficit en la cuenta corriente
llegó casi al 10% del PIB, solo superado por Grecia
y seguido de cerca por Portugal entre los países de la Unión
Monetaria; reflejando que España es un país que vive por encima de sus posibilidades y necesita que alguien le financie
su crecimiento.
Así pues, crecemos con un sector motor, como es el
de la construcción, que requiere una elevada financiación
en la promoción y en la venta, y en cuanto crecemos empezamos
a importar y a generar déficit exterior que también
tenemos que financiar. Y cuando hemos entrado en
recesión, el Estado, que mantenía una saneada situación
de las cuentas públicas, ha iniciado una política fiscal expansiva
que ha agravado nuestra situación y sin acometer
con estos recursos medida alguna eficaz que corrija nuestro modelo de crecimiento. Y todo esto perteneciendo a la
UM, es decir sin poder devaluar la moneda y con un horizonte
de estabilidad económica que obliga a corregir el
déficit público en el medio plazo.
Si queremos analizar con rigor la situación actual de la
economía española tenemos que diferenciar las causas de
los efectos. Y la causa final de la situación que padecemos
y que debemos acometer es que la economía española, en
su conjunto y con notables excepciones, no es competitiva.
Las devaluaciones de la moneda y el haber tenido como
motor un sector como la construcción o las rentas del turismo,
que son bienes no comercializables, le ha permitido
mantener durante treinta años crecimientos aceptables
de PIB por habitante, cotas de bienestar crecientes y
conseguir una convergencia relativa con los países europeos.
La integración, primero en la CEE y después en la
UM, le ha permitido también financiar este crecimiento.
Pero hoy las devaluaciones ya no son posibles y su solvencia
se ha puesto en duda.
Las ideas sobre la competitividad son diversas. Lo primero
que hay que advertir es que competitividad no es
competencia. Cuando nos referimos a la competencia queremos
indicar que en un mercado existen numerosos oferentes
y demandantes y ninguno de estos agentes tiene
poder de mercado, que los bienes no están diferenciados,
que el Estado regula lo imprescindible el marco económico
y que la información está disponible para todos, es decir
que el mercado es transparente.
La competitividad es un concepto diferente. Tiene en
principio tres acepciones. La primera de ella entiende que un país es competitivo cuando es un país excelente para
vivir y para hacer negocios, con un elevado PIB por habitante
y una economía dinámica y próspera. Esta idea es la
que desarrolla el Global Competitiveness Report, elaborado
por el Word Economic Forum, que sitúa a España en
el puesto 42 entre los países más competitivos.
La segunda idea viene a indicar que una economía
competitiva es aquella que genera valor y esto se refleja
en el saldo superavitario de su cuenta corriente. Crear valor
significa producir bienes que los consumidores del
propio país y los consumidores de los países con los que
se comercia prefieren a los producidos por otros países.
En la economía global, en la que el comercio internacional
se ha desarrollado intensamente, la especialización en
determinados bienes en los que los países tienen ventajas
comparativas y en la dotación de factores, se combina con
el intracomercio, en el que todos los países producen más
o menos los mismos bienes pero diferenciados. La economía
española, tenía su área comercial, antes de la crisis,
bien definida en el entorno de la UE y principalmente, tantanto
sus exportaciones como sus importaciones, se realizan
con Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y Portugal. Hoy,
afortunadamente, se están buscando nuevos mercados y
esta dinámica muestra que una parte importante pero minoritaria
de la economía española sí es competitiva.
La tercera percepción sobre la competitividad, hace
referencia a que un país es competitivo si sus empresas
ganan cuota de mercado en el ámbito nacional e internacional.
Según este enfoque, que puede estar representado
por el informe McKinsey, los países más competitivos son aquellos con fuertes sectores caracterizados por la diferenciación
de los bienes y que sean altamente comercializables,
es decir exportables. A este respecto hay que decir
que el sector de la construcción, hoteles y restaurante, el
transporte terrestre o la energía, que acaparan buena parte
del PIB español, están en el grupo de los bienes menos
diferenciados y menos comercializables y definen los sectores
menos competitivos.
Indudablemente, las tres ideas están muy relacionadas
y en todas ellas son los mismos factores los que inciden
en la competitividad de un país. Agrupar y ordenar estos
factores, nos puede ayudar a entender el camino que debe
recorrer la economía española para afrontar el reto de la
competitividad.
• La primera manera de ganar competitividad es devaluar
la moneda. España, como se ha indicado, ha recurrido
a este factor de competitividad de forma permanente.
Devaluar la moneda no soluciona las deficiencias de una
economía no competitiva. Simplemente aplaza el problema
y evita ajustes y sacrificios. Puesto que pertenecemos
a la UM y pensamos seguir haciéndolo, esta opción ya no
es posible.
• La segunda variable que incide en la competitividad
es la inflación. Si los precios de los bienes de un país suben
más que los precios de los bienes de los países con los
que compite, pierde competitividad. Este diferencial de
inflación, en relación a sus socios comerciales, ha sido
una característica constante de la economía española. ¿Por
qué suben más nuestros precios? Parece que hay tres razones
predominantes.
— Los mercados españoles necesitan tener un mayor
grado de competencia. Las empresas productoras y los
canales de distribución, por lo general, tienen algún tipo
de poder de mercado y transmiten con facilidad a los precios
cualquier subida de costes o aumentan sus márgenes
ante cualquier presión de la demanda.
— El modelo de negociación colectiva basado en el
IPC, alimenta la espiral inflacionista. Los salarios suben
según la inflación y, a su vez, hacen subir los precios originando
una inflación que vuelve a hacer subir los salarios.
Este es un modelo que está siendo cuestionado en la
actualidad.
— Las empresas españolas, ante una mayor demanda
de sus productos, prefieren aumentar las horas extraordinarias
de sus trabajadores contratados, que son más caras,
antes que contratar nuevos trabajadores. En parte porque
no hay desempleados muy cualificados y en parte porque
contratar a la persona adecuada y, en su caso, despedirla
si posteriormente fuera necesario, es un proceso largo,
complejo y costoso.
• En tercer lugar, los costes de producción elevados hacen
perder competitividad. Es conocido que los costes laborales
han subido en el último ciclo por encima de la media
de la UE y lo siguen haciendo en la actualidad en plena crisis.
Pero además de los costes laborales y las cargas sociales,
hay que considerar los costes energéticos, de las materias
primas, suministros y telecomunicaciones, transportes, financieros,
cargas fiscales a las empresas y los denominados
costes de transacción. Estos últimos están relacionados con
las molestias y barreras existentes para el desarrollo económico. Por lo general, están originados por la rigidez del marco
regulatorio, la burocracia administrativa, la búsqueda de rentas
y la corrupción. Así pues, son estas un conjunto de variables
en las que debemos esforzarnos en corregir para mejorar
la competitividad de la economía española.
Finalmente, el factor más importante que incide en la
competitividad es la productividad. La productividad es el
valor creado por hora de trabajo. Por tanto no tiene nada
que ver con los salarios ni con los costes laborales. Tiene
que ver con el valor de los bienes que los consumidores
perciben y estén dispuestos a pagar y con la eficiencia a
la hora de producir estos bienes. Hay que decir que entre
1995 y 2006, la economía española, en plena revolución
tecnológica, fue la única de la UM que tuvo una tasa media
anual de crecimiento de la productividad negativa. Y
este dato es el que explica todo lo que nos ha pasado y nos
apunta a la causa real de todos nuestros males.
Por tanto, la economía española pierde competitividad
sistemáticamente por su elevada inflación, la mayor subida
de sus costes, principalmente laborales, y la pérdida de
productividad. Y la única manera de mejorar la competitividad
de que disponía, que eran las devaluaciones, ya no
son posibles. ¿Qué podemos hacer?
La solución natural de la economía española ha sido
siempre defensiva, especializándose en sectores de bienes
no comercializables o en los que la dotación de factores
es favorable como el turismo o la agricultura. De tomar ahora
esta salida, se produciría la deslocalización masiva de
buena parte del tejido productivo actual, algo que en cierta
medida ya ha ocurrido.
Otra opción puede ser el cambio de su área comercial,
algo que está pasando en la medida que las empresas más
capaces están buscando nuevos mercados y lo están consiguiendo.
Países de la Europa del Este y emergentes latinoamericanos
se han convertido en el objetivo para muchas
empresas, así como el norte de África, ahora muy
convulso, y algunos países centroafricanos.
En ocasiones se hace alusión a la necesidad de bajar
los salarios españoles. Sin duda es una solución, que en
cierta medida se llevó a cabo en el pasado ciclo económico,
con salarios mileuristas y jornadas laborales muy elevadas,
que hacen descender el salario por hora. Esta medida
no es aconsejable, además de reducir el PIB por habitante,
es una salida imposible, puesto que en la economía global
son muchos los países que compiten con salarios muy bajos
imposibles de alcanzar para la economía española.
Así pues, al margen de los esfuerzos necesarios para
moderar las subidas de nuestros costes y de los precios, la
mejora de la productividad es la variable clave para la mejora
de la competitividad y es donde tenemos más capacidad
de avance.
¿ C Ó M O M E J O R A R L A P R O D U C T I V I D A D ?
Hemos dicho que la productividad es el valor creado por
hora de trabajo. Así pues, la mejora de la productividad se
consigue produciendo bienes con más valor y haciéndolo
de forma más eficiente.
La eficiencia productiva tiene que ver con la tecnología
de las empresas y con el capital humano de sus trabajadores.
Consiste en producir bienes con, cada vez, menos recursos. En los últimos años, las denominadas TIC han
permitido mejorar la eficiencia de muchas empresas y al
hacerlo ha mejorado la productividad de muchos países.
Los sistemas de información se han convertido en un factor
productivo más, capaz de mejorar la eficiencia empresarial,
pero, si se usan adecuadamente, son capaces también
de crear valor en los bienes y servicios producidos.
Es conocida la cierta resistencia de las empresas españolas
al uso de las tecnologías de la información. La formación
de los líderes y directivos, la organización tradicional
de las empresas, las barreras reales o psicológicas
al uso de las tecnologías de la información son algunas de
las razones que se esgrimen para explicar el gap tecnológico
del tejido productivo español. Además, junto a estas
causas, hay que señalar que el marco laboral actual incentiva
el uso desproporcionado de la contratación temporal
de los trabajadores. De hecho, casi el 30% de los contratos
laborales existentes en 2007 eran temporales.
Con un 30% de la fuerza de trabajo con contratos que
vencen en pocos meses, no existe ninguna razón, por parte
de las empresas, para formar a estos trabajadores que,
alternando meses de trabajo con meses de paro, nunca alcanzan
cualificación alguna y no acumulan capital humano.
Pero las consecuencias de este exceso de contratos laborales
son aún más perniciosas si comprendemos que,
en estas circunstancias, la tecnología utilizada por las empresas
ha de ser muy básica y de ahí la baja productividad
de nuestra economía. Urge corregir esta anomalía y esta
es la razón de la propuesta de un único contrato laboral
de carácter fijo, con una indemnización por despido progresiva que incentive a las empresas a mantener a los trabajadores
más valiosos y, a su vez, les anime a invertir en
formación y en la adquisición de una tecnología productiva
más avanzada, eficiente y competitiva. Esta medida,
sencilla y que puede modularse si es aconsejable para que
afecte solo a los nuevos contratos, conseguiría, junto a desgravaciones
fiscales y otros incentivos, generar una fuerza
laboral con más experiencia y más formación y unas empresas
que redujeran el gap tecnológico productivo actual.
La creación de valor, es sin duda la variable clave para
la mejora de la productividad y de la competitividad de
una economía y de un país. Las medidas tradicionales
apuntan al diseño, la calidad, la atención y los servicios al
cliente, la diferenciación de productos y la innovación como
aspectos a mejorar. Los sistemas de información permiten
además diferenciar no solo productos, sino también clientes,
generando un valor para el consumidor derivado del
trato personalizado y exclusivo. También están originando
que determinados servicios, que antes se prestaban de
manera muy personal y por tanto eran bienes no comercializables,
ahora se hayan convertido en servicios absolutamente
exportables en la medida que se prestan por
medios tecnológicos que no requieren ya un trato personal
directo. Pensemos en la reserva de vuelos, hoteles,
restaurantes, consultas y operaciones bancarias, etc.
Pero aún debemos de llegar más allá si queremos comprender
en qué consiste la creación de valor en los tiempos
actuales, en los que el consumidor, que es el que paga
por los bienes y les da con ello valor, se ha convertido en
un agente muy sofisticado.
Para intentar aproximarnos a esta idea de la creación
de valor, quizás pueda ser eficaz dividir el valor percibido
por el consumidor en dos partes: una parte hard y otra
parte soft. La parte hard tiene que ver con las necesidades
que satisface un bien y la relación calidad-precio. El valor
que generan muchos bienes y servicios tiene que ver
mayoritariamente con este componente hard del valor. Y
en cierta medida buena parte de las empresas españolas
tienen esta concepción del valor y configuran, con este
objetivo, su modelo de negocio: producir bienes con demanda,
de calidad y a buen precio.
Sin embargo, cada vez los consumidores son más sofisticados
y demandan un componente soft en los bienes,
basado en sensaciones de consumo. Sensaciones como
sentirse joven, tener salud, ser exclusivo y diferente, parecerse
a las personas o iconos que se admiran, tener experiencias
vitales intensas, formar parte de la modernidad y
estar a la moda, son componentes del valor cada vez más
deseados por los consumidores. Los bienes, en general,
no son hard o soft , sino que constituyen un mix de ambos
y la mezcla de ambos componentes es la que genera más
valor. Como puede adivinarse, buena parte de este componente
soft se puede crear en el nuevo espacio económico
de juego creado por Internet y nuevamente los sistesistemas
de información y la reestructuración de la cadena de
valor son los elementos claves para conseguirlo.
El tejido productivo español no parece que esté asumiendo
este segundo componente del valor de manera intensa.
Se ha especializado mucho en la creación hard del
valor y esto tiene sus riesgos en una economía global de fuerte competencia y con agentes económicos más baratos.
Manteniendo la calidad, la batalla en los costes es lo
que marca el éxito o fracaso y hemos visto que los costes
de la economía española suben más que los costes de los
países con los que competimos y no podemos pretender
tener salarios equivalentes a los de los trabajadores emergentes.
Indudablemente, este cambio estratégico es difícil de
ver y de implementar. Requiere una nueva visión de las
empresas y una política empresarial que se diseñe en dos
líneas: fomentando el uso de las tecnologías de la información
en el sistema productivo y la formación de los trabajadores;
y modificando el terreno de juego para que las
empresas puedan avanzar en esta dirección.
Nos estamos planteando con insistencia qué sector tomará
el relevo de la construcción como nuevo motor de la
economía española. Se apunta al turismo, a la agricultura,
las energías renovables... En la economía global cualquier
empresa de cualquier sector puede llegar a ser competitiva
porque las tecnologías actuales permiten nuevas visiones
que crean valor. El uso de las tecnologías de la información
y la formación interna, deben ser estimuladas en
las empresas de cualquier sector. Este impulso generará
un efecto multiplicador en el sector TIC y en el sector de
empresas e instituciones de información. Hemos invertido
demasiado en infraestructura física y muy poco en capital
humano, pero la inversión en información debe hahacerse
en el ámbito empresarial para acumular este capital
humano, que junto al software, son las dos principales
fuentes de la creación de valor: el talento y el software.
Junto a esta acción hay que modificar al menos tres
aspectos del escenario de juego. La primera cuestión sería
modificar el marco laboral con un contrato único y fijo
que permitiera establecer una relación estable de largo
plazo entre las empresas y los trabajadores. Para que sea
posible, se debería plantear para las nuevas contrataciones
o establecer una transitoria amplia para los contratos
fijos actuales. La indemnización por despido sería progresiva,
por ejemplo 12 días de salario por el primer año, 14
por el segundo, 16 por el tercero y así sucesivamente hasta
el límite que se quiera, 35 días, 40 o 45. Esta medida
despejaría la incertidumbre actual sobre la reforma laboral,
simplificaría el marco jurídico laboral y animaría a
muchas empresas a crear empleo rápidamente.
La segunda medida debería ser establecer una negociación
colectiva de salarios que no sea tan inflacionista
como lo es la actual y que permita la mejora de la competitividad.
De nada sirve subir los salarios nominales si suben
también los precios de los bienes de consumo, así no
se mejora la capacidad adquisitiva de los salarios. Puesto
que la economía necesita siempre una cierta tasa de inflación,
deberían negociarse la subida de salarios fijándonos
en dos componentes. El primero debería fijarse a nivel nacional,
con sindicatos, patronal y Gobierno, y oscilar entre
una subida del 0,5 al 1,5%, dependiendo de las expectativas
del IPC. De esta forma se establecería un intervalo de
inflación objetivo reducido. El segundo componente debería
negociarse en cada empresa según la subida de la
productividad, de manera que si la productividad sube los
salarios también lo hagan. ¿Cómo medir la subida de la productividad? Aunque se puede ligar la productividad a
objetivos físicos de producción, lo más útil es hacerlo a un
volumen monetario representativo del valor creado por
hora de trabajo. Puede ser la cifra de ventas de la empresa
o sus beneficios, pero lo más acertado sería hacerlo
considerando el incremento del valor añadido del año en
curso y dividido por hora de trabajo. De esta forma el incremento
de las ventas por las operaciones ordinarias de
la empresa menos los suministros necesarios constituirían
el valor añadido creado, y una vez deflactado para corregir
la creación nominal de valor puramente debida a los precios,
se dividiría por las horas de trabajo empleadas y se
tendría así el incremento de productividad que se aplicaría
a los salarios.
Este mecanismo incentiva aunar objetivos entre empresarios
y trabajadores en busca de la eficiencia, la inversión
tecnológica y de la creación de valor, buscando reducir
costes de producción innecesarios, reduciría la inflación y
con todo ello mejoraría la competitividad.
Estas dos acciones deberían complementarse con un
programa para «Simplificar España», centrado inicialmente
en aquellos aspectos más relacionados con el tejido productivo
y que representa unos elevados costes de transacción
para nuestras empresas. En concreto nos referimos a
los trámites necesarios para crear empresas, nuevas instalaciones
empresariales, trámites administrativos con las
diferentes administraciones, etc. Nuevamente los sistemas
de información permiten diseñar plataformas comunes
que reúnan diferentes competencias administrativas
en la tan anunciada «ventanilla única» que nunca se abre.
La economía española puede tener un rendimiento más
notable. La nueva visión de la creación de valor debe ir
filtrándose poco a poco con acciones de política económica
dirigidas con ese objetivo y, junto a esta línea estratégica,
es necesario eliminar la cantidad de obstáculos en el escenario
de juego que impiden que mejoremos la competitividad
y tengamos un tejido productivo que genere el
empleo y la renta por habitante que todos deseamos.