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El oficio de editor

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El oficio de editor

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Nueva Revista 132 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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EL OFICIO*DE EDITORRafael Borràs BetriuEl oficio de editor es un oficio raro. La gente suele creer que uneditor es un escritor frustrado, que publica los libros de otros porque no es capaz de escribir los suyos. No es cierto, o no lo essiempre. Lo contrario está más cerca de la verdad: un buen escritor es casi siempre un editor frustrado, porque sólo puede publicar los libros que su limitado talento le permite escribir, y no losque le gustaría publicar. Claro que un editor no siempre publicalos libros que le gustaría publicar, pero el hecho probado de quealguna vez lo consigue basta para justificar su oficio.JAVIERCERCASHace mucho, mucho, mucho tiempo, a finales de 1960—yo tenía entonces 24 años, acababa de casarme conIsabel Blancafort París y, profesionalmente, estaba, ay, enexpectativa de destino—, cenando en Madrid con DionisioRidruejo en el restaurante Baviera le expuse la idea de un*Nueva Revistaagradece a Rafael Borràs su autorización para publicareste extracto del capítulo segundo de su libro La razón frente al azar. Memoriasde un editor, editado por Ediciones Flor de Viento, 2010.nueva revista· 13286el oficio de editorlibro que creía que alguien, no sabía todavía quién —perono él, por razones obvias—, debería escribir; ignoraba, asímismo, quién podría ser su editor, pero en cambio teníamuy claro su posible título, Por qué perdimos la guerra.Se trataba de explicar, a través de una selección de textos de los vencidos en la contienda civil de 19361939,las causas de la derrota de la Segunda República española,de la que me consideraba heredero, como tantas gentesde mi generación, a título de inventario, gracias, aunquesólo en parte —mis amigos y yo nos reclamábamos republicanos de razón, no de placenta previa—, a que el general Franco, en 1947, había tenido la humorada de haceraprobar por sus Cortes orgánicas una Ley de Sucesión enla que se proclamaba: España, como unidad política, es unEstado católico, social y representativo que, de acuerdo consu tradición, se declara constituido en Reino. Y que, por supuesto, garantizaba el carácter vitalicio de su magistraturaal frente de la Jefatura del Estado—de la mano de Franco, dicho sea en passant, los Borbones conseguirían así,en 1975, una vez más, el regreso de su dinastía al tronode España, aunque fuese por la puerta de servicio de lavotación espuria de unas Cortes que no pasaban de seruna mera creación gubernativa, según manifestación solemne de don Juan de Borbón, hijo y heredero de don Alfonso XIII y titular de los derechos sucesorios que le fueron arrebatados por su hijo—.Mi ignorancia, por aquellas fechas, 1960, era un pocomenos enciclopédica de lo que es hoy, casi medio siglodespués, pero no mucho menos; yo desconocía, por ejemplo, como la mayoría de mis compatriotas, supongo, la exisnueva revista· 13287rafael borràs betriutencia de Diego Abad de Santillán y su verdadero nombre—Sinesio García Delgado—;su militancia ácrata y su actuación al frente de la Consejería de Economía de la Generalitat catalana en guerra, y también, sobre todo, queen los primeros días de la revolución desencadenada porlos militares golpistas que se habían alzado en armas apretexto de evitarla, Abad había pronunciado, nada menosCNTFAI, las palabras más insólitasporque en la sede de la ejemplares, posiblemente, de todo el conflicto incivil yfratricida: No quería la prisión para míy no la quiero paramis enemigos.Ignoraba, en fin, que con aquel título —Por qué perdimos la guerra. Una contribución a la historia de la tragediaespañola, para ser exactos—Abad había publicado en 1940,en su exilio de Buenos Aires, un libro que la censura sehabía cuidado muy mucho de que en España no estuvieseal abasto de ninguno de nosotros —para más inri, en camNODO(Noticiarios y Documentabio, a partir de 1943, el les) alardearía de poner el mundo entero al alcance de todos los españoles—.Dionisio, que también debía desconocer la existenciade Abad de Santillán y de su obra, me dijo de inmediatoque el libro debía escribirlo yo, que había reparado ensu necesidad, y que parecía tenerlo tan claro que sólo mefaltaba redactarlo —y encontrar un editor con el corajesuficiente para embarcarse en la aventura, me permitíapostillar—; se ofreció, incluso, con la generosidad que lecaracterizaba, para escribir un prólogo siyo lo consideraba conveniente. Le agradecí muy de veras la confianzaque· me otorgaba, y su ofrecimiento, y en aquel momennueva revista· 13288el oficio de editorto, al razonar mi negativa, resolví de una vez por todasciertas dudas hasta entonces no resueltas.ESCRIBIR O EDITARUn servidor se había iniciado en la escritura a través delas publicaciones universitarias de la época con artículosde todo tipo, y hasta algún poemilla vergonzante del quepor fortuna nadie tiene hoy conocimiento; había publicado algún relato en semanarios como Lecturas, entoncesno especializado en los asuntos del corazón; había empezado la inevitable novela con que todo joven inexpertoaspira a conquistar lagloria y a cambiar el mundo; y a partir de 1955 había sido uno de los críticos literarios dela revista Índiceque en Madrid pilotaba Juan FernándezFigueroa.En 1956 había fundado en Barcelona, con un voluntarismo que excedía mis más que escasos medios económicos, la revista La Jirafa, un intento de apertura intelectualen circunstancias poco propicias, de vida más que accidentada y un lema que en su momento hizo fortuna: Vistodesde arriba con los pies abajo. La Jirafa, sin otros recursosque los ingresos, insuficientes, que proporcionaban sussubscriptores, la venta en algunas librerías especializadasy la publicidad mezquina de unas pocas editoriales, feneció de muerte natural en 1959, cuando yo daba mis primeros pasos, equivocados, como editor por cuenta propia.Pero por los días de aquella cena con Dionisio Ridruejo yo tenía claro que debía concentrarme en editar, aunque fuese por cuenta ajena a falta de recursos para seguirhaciéndolo por mí mismo; era la salida profesional que senueva revista· 13289rafael borràs betriuimponía tras haberme casado y dejado atrás los días devino y rosas de una bohemia, todo hay que decirlo, másque moderada. Pero me quedaba dentro el sentimiento, queno quería cristalizase en resentimiento, por tener que renunciar a escribir en serio, que yo pensaba era el ejercicioque me ayudaría a comprender algunas cosas —muchasde las cuales, las que importan de verdad, al día de hoy,para qué engañarse, con una docena de obras de las quesoy autor, sigo sin entender—. Le argumenté a Dionisio que yo emplearía en escribirel libro —así fuese como antólogo—no menos de año oaño y medio; en cambio, si encontraba el correspondienteempresario que entendiese mi proyecto, en idéntico plazopodría publicar no sólo aquella obra sino media docenamás, de las que le adelanté algunos títulos cuya necesidadyo venía rumiando desde hacía tiempo; muchos de aquellosproyectos, como un posible Diccionario de la guerra civilespañola, y cito uno sólo, tuvieron que aguardar a que secumpliesen las previsiones sucesorias—como púdicamente se aludía al hecho de que, contra todas las previsioneshumanas y divinas, el general Franco no era inmortal—,para poder convertirse en realidad.UNA EMPRESA ARQUITECTÓNICAAquella noche, por tanto, decidí que renunciaba a escribir para dedicarme a hacer posible que otros lo hicieran;la conversación con un interlocutor tan estimulante comoRidruejo, que actuó como catalizador eficaz, me había permitido ponerme de acuerdo conmigo mismo sobre lo que,de allí en adelante, quería hacer de mi vida profesional:nueva revista· 13290el oficio de editorser un intermediario que acertase al discernir qué libroseran necesariospara entender el mundo en que vivíamos,que no era sino la consecuencia del mundo que habíamosheredado; qué libros podían ser útiles, sobre todo, paraentender la historia más reciente de nuestro país —incluidos libros de ficción, pues tenía muy presente lo delespejo paseado a lolargo del camino—, y qué autoreseran los idóneos para llevarlos a cabo; un buen editor, uneditor activo—el término lo acuñaría luego José ManuelLara Bosch—, me parecía que no podía resignarse a crearun catálogo según las ofertas que recibiese. Años despuésPedro Laín Entralgo lo explicaría de manera convincenteen un texto que he citado otras veces: Como el autor planea y compone libros, el editor planeay compone bibliotecas. Menguado editor el que, sea cual seasu éxito final, no se ha propuesto la empresa arquitectónicade ordenar su producción en colecciones, y éstas en bibliotecas. No hay sociedad,por cultivada que parezca ser o realmente sea, en cuyo suelo no existan o puedan existiryermosintelectuales y literarios, solares susceptibles de acotamientosyedificación. Pues bien: a diferencia del mero fabricante delibros, editor es el hombre que sabe descubrir esos espaciosno habitados y levantar en ellos la fábrica más o menos autónomade una nueva casa para la inteligencia y la imaginación. Que esto es, en esencia, un catálogo editorial bien pensadoy compuesto.Era consciente de que tal vez, de manera provisional,tendría que trabajar para algún fabricante de libros —y heconocido más de uno, haya o no estado a sus órdenes,que han creado un catálogo por puro azar, por simple acunueva revista· 13291rafael borràs betriumulación de materiales—, pero aunque no me hicieseilusiones mantenía la ilusión de que, algún día, podría hacerlo para alguna empresa que me permitiese, razonablemente, elaborar aquel catálogo bien pensado y compuesto aque aludía Laín.ESCRIBIR O CONSPIRARPoco podía imaginar entonces que años después, en 1972,le encargaría al propio Dionisio Ridruejo un libro tituladoprovisionalmente La Derecha ante la Segunda República,para la colección que yo dirigía en Ediciones Nauta, Loslibros de La Veleta. Serie Documentos, en cuya declaración de principios (1969) se afirmaba: Se trata, en definitiva, de crear una zona de libre acceso, cerrada —única excepción—, para quienes, a la izquierda como a la derecha,o donde quiera que se hallen, preconicen la razón de las armas frente a las razones de las urnas. y en este espíritu deconcordia, confiamos, nos acompaña la voluntad mayoritaria de los españoles de hoy y de mañana. Aquella apelacióna los comicios para relegar las bayonetas a los cuarteles, formulada en 1969, era voluntarista, lo sé, pero no superflua.La escritura del libro de Dionisio, por desgracia, se demoró de manera indefinida; alguna vez, exasperado por elretraso, me desahogaba en Madrid con Fernando GarcíaLahiguera o algún otro alevín del grupo político de RiUSDE—Unión Social Demócrata Española—,druejo, la al que yo mismo, a las órdenes de Cesáreo Rodríguez Aguilera en Barcelona, había dado una adhesión puramentetestimonial, y para mi asombro se me argumentaba, porejemplo, que en aquellos momentos estábamos pendientesnueva revista· 13292el oficio de editorde algún acuerdo con José María Gil Robles y sus democratacristianos, y que las previsiblescríticas que Ridruejo pudieseformular en su libro a la actuaCEDAen elción del líder de la pasado podrían dificultarlo.Yo pensaba, por el contrario,que el juicio crítico de Dionisiosobre la historia reciente denuestro país, su testimonio impreso —como Escrito en España, publicado en Buenos Airesen 1962—, era mil veces más importante que las acciones políticas concretas que él y sus amigos pudiésemosllevar a cabo, pero Dionisio estaba metido de hoz y coz enla frustrante actividad conspiratoria cotidiana, como si delrecobro de las libertades secuestradas por el franquismodependiese la absolución de la parte de culpa que, en elpasado, había contraído en su pérdida, y no le bastasenlas mil penalidades y perrerías sufridas desde 1956 porparte del régimen que él había contribuido a instaurar —detenciones, cárceles, juicios, multas, exilio, prohibición decolaborar en la prensa—. Hasta su querencia seguramente más arraigada, la de poeta, la supeditaba a aquel objetivo, la reconquista de la libertad para sus conciudadanos;BBC, e14 de junio de 1975, tresen unas declaraciones a la semanas antes de su muerte, explicó: Me interesa poder morir con la conciencia a punto. Con la evidencia de haber obradocon sinceridad, con honradez y con solidaridad. Ysi menueva revista· 13293rafael borràs betriuda usted a elegir entre el destino de un poeta cuyos versos serán repetidos dentro de cinco siglos y el de un ciudadanoque ha ayudado a que sus vecinos vivan un poco mejor, elijo, aunque parezca mentira, esta última aspiracion.Pero no se necesitaba ser un lince de la sociología política para intuir que a la muerte de Franco —que pordesgracia era la única hipótesis de trabajo seria para enfocar el tiempo nuevo que sucedería de forma inevitable alrégimen del general— las fuerzas que se impondrían serían, a la izquierda, las constituidas por los socialistas delexilio y del interior y los comunistas, con su poderosa correa de transmisión, Comisiones Obreras, y a la derecha,elfranquismo sociológico—el término se debe a ManuelCantarero del Castillo—, cuyos eficaces gestores tendríanmuy presente sin duda la constatación de Giuseppe Tomassi di Lampedusa, por boca de su criatura de ficción,el príncipe de Salina, de que si querían que todo siguieseigual era necesario que todo cambiase;y, por supuesto, losnacionalismos periféricos de diverso pelaje cuyo peso, entonces, era difícil de prever. Ya mí me parecía que a Dionisio no se le haría un sitio en el socialismo refundido ni, aunque se le ofreciera,aceptaría un puesto en el franquismo reciclado. Su papelera otro; a su muerte, Juan Benet lo expresaría de maneraobligadamente retórica: Si nuestra época conservara uncierto gusto por aquella solemnidad de los antiguos, tal vezse decidiera a escribir sobre su tumba: no yace aquí la esperanza sino quien la despertó.En cuanto a Gil Robles, y no digamos ya figuras comoJoaquín RuizGiménez, que en aquellos años era otro denueva revista· 13294el oficio de editorlos interlocutores de la USDE, yo no creía que tuviesen cabida en la democracia tutelada que el sucesor del invictoCaudillo, don Juan Carlos de Borbón, a poco que tuviesedos dedos de frente, otorgaría por real decreto si aspirabaa conservar la silla —ni un zorro viejo de la política comoSantiago Carrillo pudo prever que el Rey de los cruzadosseacreditaría como el más listo de todos los Borbones españoles desde Felipe V a nuestros días, incluidos sus ilustresantecesores Fernando VII, el Reyfelón, y Alfonso XIII, elReyperjuro—.LAS MEMORIAS DE RIDRUEJO:UN VOTO DE CONFIANZATras mi fichaje por Planeta en 1973 convencí a José Manuel Lara Hernández para que facilitásemos a Ridruejo ladevolución a Nauta del parvo anticipo recibido y le contratásemos sus memorias para la colección Espejo de España —la fidelidad con que me honraban algunos autores1—;a aquellas altuformaba parte de mi capital simbólicoras me había convencido de que Dionisio no escribiría ellibro que le había encargado; las memorias, en cambio, parecían de realización más factible; podía prescindir, casi,del engorroso trabajo de documentación, dictarlas de unatirada y, en definitiva, elaborarlas partiendo de los avancesque veían la luz en el semanario Destinoy de otros textosdispersos en publicaciones diversas, del interior y del exilio.Yasí se hizo, tras un almuerzo, en agosto de 1974, enel chalet donde Lara veraneaba en Masnou, poblacióncercana a Barcelona—guardo memoria nítida de aquelencuentro: Lara, vehemente y por encima del bien y delnueva revista· 13295rafael borràs betriumal, convencido de que Ridruejo y su testimonio no abatirían a Franco; la mujer de Lara,María Teresa Bosch,discreta pero crispada frente al discurso antifranquista deRidruejo; el hijo menor de ambos, Fernando, con menosde 20 años, encerrado en un silencio receloso; la mujer deDionisio, Gloria de Ros, prodigando sus apostillas que eranmás ácidamente antifranquistas que el propio discurso deDionisio; Isabel y yo, en fin, temerosos de que, a últimahora, todo se fuese a pique—.Ya firmado el contrato Dionisio me explicó que el dinero de Lara, dos millonesde pesetas de anticipo a cuentade sus derechos de autor, le llegaba en un momento especialmente difícil —todos lo habían sido para él, casi sinexcepción, desde hacía treintaaños, cuando en 1942 fueconfinado en Ronda por su falangismo contestatario frente a la deriva cada vez más reaccionaria del Régimen—. Yen su relación con los editores, supongo que sin ningunaexcepción hasta entonces, se había dejado ningunear demaneraindecorosa: José Vergés, por ejemplo, en un alarde de magnanimidad, le había pagado, para toda la vida,un anticipo de 50.000 pesetas por los dos voluminosos tomos de su Guía de Castilla la Vieja, publicados por Destino antes de su absorción por Planeta.Dionisio me explicó también que, cuestiones económicas aparte, estaba muy contento de haber contratado susmemorias para una editorial en la que yo me iniciaba comodirector literario, y me recordó nuestra cena de doce añosatrás en Madrid: Rafael, si hubieses seguido mi consejo y tehubieses dedicado a escribir —me dijo con una pizca deafectuosa ironía—,hoy seguirías de pobre y yo no hubiese firnueva revista· 13296el oficio de editormado con el «impetuoso» don José Manuel; lo he hecho porla confianza que me inspira tu presencia en la casa.EL HERMANO MAYORPero, para desconsuelo de todos sus amigos, Dionisio Ridruejo murió el 29 de junio de 1975, a los 62 años; el mismo día de su fallecimiento me trasladé a Madrid, en unvuelo nocturno en el que coincidí con Alberto Puig Palau,para asistir a su entierro, a la mañana siguiente, a primerahora. Lo hice a título particular, y pocos días después volvía la capital para garantizarle a Gloria, como director literariode Planeta, que Lara mantenía el cumplimiento de todo lopactado con respecto a las memorias de Dionisio; encontraríamos una fórmula, no importaba cuál, para que el libro,aunque no fuese lo que se tenía proyectado, no se frustrasedel todo. Los papeles de Dionisio, publicados con el títuloCasi unas memoriasy prólogo de Salvador de Madariaga, tuvieron un excelente editor en César Armando Gómez. El libro abarcaba los aspectos más sobresalientes de suvida privada y de sus actividades de carácter público; desde los testimonios decisivos de la gran crisis ideológica dela posguerra española a los debates y las luchas políticasde los últimos años, la apasionante trayectoria vital de Ridruejo quedaba plasmada en aquellas páginas, que reflejaban un pedazo esencial de la historia del país vista porun hombre singularmente lúcido, sincero e insobornable.Casi unas memoriasera un recuento dramático y comprensivode una vida —íntimamente tramada en la gran historia—que ha sido, es, un símbolo impresionante de la España contemporánea.nueva revista· 13297rafael borràs betriuDespués, en 1978, publiquéLos cuadernos de Rusia,diario de su estancia en el frente del Este como voluntario de la División Azul; era un testimonio no menos impresionante que permanecía inédito —de cuya edicióncuidaron Gloria de Ros y César Armando Gómez—, unagavilla de impresiones personales —paisajes, ambientes,estados de ánimo, tipos y anécdotas—, con pasajes reflexivos y a menudo líricos de una gran belleza. La historia vivida se hacía profunda reflexión humana, en la quese mezclaban dramáticamente ilusiones y decepciones;gran literatura, en fin, en uno de los textos más hondos yrepresentativos de su autor, aunque no faltó quien, comoIgnacio Sotelo, que profesaba en la Universidad LibredeBerlín y parecía llamado a desempeñar un papel imporPSOE, me reprochase quetante en el futuro gobierno del tales textos era mejor que no se hiciesen públicos —lo queme pareció una falta de honestidad intelectual para unentendimiento correcto y completo de la evolución ideológica del personaje, que nunca falseó su peripecia biográfica—. Yen 2006 el profesor JordiGracia, que ha dedicado ala figura de Ridruejo tan valiosos estudios, me propuso laedición de su Epistolario inédito. 19331975, bajo el títuloEl valor de la disidencia; acepté de inmediato y lo incluíen la colección España Escrita, continuación natural deEspejo de España. Para Jordi Gracia—subscribo sus palabras—, DionisioRidruejo es el hombre que mejor encarnó la transición razonada y solvente desde la Falange totalitaria a la socialdemocracia sin dejar de ser poeta, ensayista ygran memorialista hasta el final de su vida.nueva revista· 13298el oficio de editorA Dionisio le había conocido en Barcelona en abril de1955, en el curso de una cena, en la que me las ingeniépara sentarme a su lado, tras la conferencia que pronuncióen el todavía Ateneo Barcelonés —hasta después de lamuerte de Franco no recuperaría su denominación original, Ateneu Barcelonès—; aquella disertación suya supuso su ruptura pública con el Régimen, que la censuraconsiguió no trascendiera; en febrero del año siguiente,1956, se produjo su detención y su consiguiente presentación en sociedadcomo figura descollante de la oposiciónantifranquista. Para mí había sido, desde que yo tenía 19años y él poco más de 40, el modelo que el joven buscainstintivamente para seguirle e imitarle; algo así como elhermano mayor que siempre orienta el despegue rebelde delos adolescentes cuando sienten la necesidad de romper con2. Supe desde entonces, 1955,lo más inmediato e impuestoque Dionisio Ridruejo sería un punto de referencia entoda mi andadura futura.DONDE COMPARECE EL INGENIOSOHIDALGO CARLOS ROJASEn marzo de 1970, diez años después de aquella cenacon Dionisio Ridruejo en Madrid en 1960, el proyecto deaquel libro del que le había hablado —Por qué perdimos laguerra—se hizo realidad. Había encontrado al autor idóneo, Carlos Rojas: le interesaba el tema, como había demostrado ya, al margen de su importante obra novelesca,con Diálogos para otra España(1966), cuya publicaciónpropicié en Ediciones Ariel —los Diálogos, explicó Rojas,eran un estudio, en el doble plano histórico e intrahistórico,nueva revista· 13299rafael borràs betriude los escasos, sinceros ensayos de concordia entre las «dosEspañas» enfrentadas siempre en irreconciliable enemiga—;pertenecía, por edad (Barcelona, 1928), a quienes no habíamos hecho la guerra, aunque hubiésemos padecidosus consecuencias; estaba, políticamente, por encima delos odios cainitas que nos habían enfrentado, aunque susentido ético le inclinaba del lado de los vencidos, sin negarse a ver, maniqueamente, la parte de culpa que les pudiese corresponder en la guerra de los desastres;había tratado a bastantes de ellos, personalmente o por carta, ensus frecuentes viajes por la América de habla hispana; ypor su residencia durante el curso académico en la UniEE.UU.) —catedrático de Liversidad de Emory, Atlanta (teratura Española Contemporánea—, tenía acceso a unabibliografía entonces muy difícil de conseguir en España—Internet pertenecíaaún al mundo de las hadas, era comola alfombra voladora antes de que se construyesen losprimeros aviones—. Con Carlos, en fin, me unía una amistadiniciada en los días fundacionales de La Jirafa (1956),de la que había sido un colaborador constante desde elprimero al último de los números publicados, que excedíala relación autoreditor.Y había encontrado al editor propicio: Nauta, donde yocompaginaba las funciones de director literario, directorcomercial para librerías y, qué remedio, director de relaciones públicas. El empresario, José Luis Ruiz de Villa,pese a pertenecer a la España de los vencedores, se mostró proclive —la pela es la pela, aunque se sea originariode La Montaña—tras el éxito más que espectacular delprimer título de la colección que le propuse, 100 españonueva revista· 132100el oficio de editorles y Dios, de José María Gironella, y cuando contratamosel libro de Carlos, Fraga, autor de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966, no había sido aún defenestrado por suscompinches del Opus en el Gobierno, lo que permitía esperar que los rigores de la censura serían sorteables.Carlos Rojas, que sí sabía, cómo no, de la existenciade Diego Abad de Santillán y de su libro, aceptó mi propuesta: racionalizar la derrota de la República en la guerracivil mediante el testimonio de sus protagonistas, queagrupó en cuatro grandes bloques: los políticos, los militares y hombres de acción, los artistas e intelectuales y losextranjeros. A mí el título Por qué perdimos la guerramegustaba mucho, me parecía muy expresivo, y respondíamuy bien al propósito de su contenido; convencí a Carlos,amigo personal de Abad de Santillán, de que le pidiesepermiso para utilizarlo, haciéndolo constar en el prólogo;Abad no puso ninguna pega.CEREZAS ENREDADAS EN EL MISMO CESTOAños después,como a veces la vida es redonda como unanaranja, a don Diego lo conocí en Madrid de la mano delhistoriadorRamón Garriga Alemany, y le organicé en Barcelona, en el Ateneu, una sonada conferencia que Abadno pudo concluir por el boicot de unos jóvenes bastanteairados y alguna momia no convenientemente embalsaFAIde recuerdo infausto;mada, residuos todos ellos de una en 1977, para rematar la faena, le publiqué sus Memorias.18971936en la colección Espejo de España; y todavíatengo presentes las lágrimas del entonces ya ex Presidentde la Generalitat, Josep Tarradellas, el día de su entierro:nueva revista· 132103rafael borràs betriuacogido a la caridad municipal —Hogares Mundet—, Abadmurió en Barcelona en 1983. A Ramón Garriga lo había descubiertoantes, en 1973,recién vuelto de su exilio argentino; a su paso por Madrid,Ridruejo, que le conocía desde los tiempos de la guerracivil, en la que ambos militaron en la retaguardia del bando opuesto al de Abad de Santillán, le había encarecido,de forma vehemente, que en Barcelona no dejase de conectar conmigo; a partir de ahí me convertí en su editor; yfui yo quien le presentó a Carlos Rojas, amigo de donDiego; también a Carlos le presenté a Dionisio Ridruejo;en esta evocación todos parecemos cerezas enredadas enel mismo cesto.UN ÉXITO PREVISIBLE El libro de Carlos Rojas —que bajo el sucesor de Fragaen el ministerio, Alfredo Sánchez Bella, sufrió algún tijeretazo— obtuvo un éxito que ni el autor ni el empresarioacababan de creerse, pero que a mí me parecía previsible:era la primera vez que en España podían leerse textos deManuel Azaña y Dolores Ibárruri, de Ignacio Hidalgode Cisneros y Enrique Líster, de Arturo Barea y AntonioMachado, o de Mijail Koltsov y André Malraux referidos ala Guerra Civil española —un total de 40 testimonios—.Años después Rodolfo Martín Villa me explicó que poraquellas fechas, siendo secretario general de la Organización Sindical, se entrevistó en Buenos Aires con su paisanoAbad de Santillán, al que le regaló un ejemplar de la antología de Carlos; el viejo ácrata, según Martín Villa, no podíacreer que en la España de Franco un libro como aquél cirnueva revista· 132104el oficio de editorculase libremente. Supongo que el futuro ministro de Relaciones Sindicales en el primer Gobierno de la Monarquía levendió la moto de manera convincente, sin explicarle, claroestá, las mil perrerías con que a diario nos obsequiaba lacensura; el posibilismo de las víctimas comportaba en ocasiones la servidumbre de servir de coartada a los verdugos.De Por qué perdimos la guerrase hizo, para librerías,una primera edición de 20.000 ejemplares (recuérdese,1970), copiosamente reeditada; aquel mismo año, una edición especial, en dos volúmenes, para Mail Ibérica, empresade venta por correo; la propia Nauta, en enero de 1971,lanzó una edición, en tapa dura, de semi bolsillo; en1972, Ediciones G. [ermán] P. [laza], uno de los sellos dePlaza & Janés, una edición de riguroso bolsillo, y Círculode Lectores una edición para sus asociados. Y años después (septiembre de 2006) rescaté el libro para la colección España Escrita que dirigí tras mi regreso a Planeta elaño anterior; en esta nueva salida el autor incorporó lostestimonios sobre el tema que se habían conocido desdehacía tres décadas y pico.ALGUNA SUGERENCIA, ALGUNA INVITACIÓNAntes y después de aquel libro de Carlos Rojas han sidobastantes los que he editado sugeridos por mí a diversosautores. Antonio Muñoz Molina creo que lo intuyó demanera natural: Habría que averiguar cuántos de loslibrosmás celebrados de las últimas décadas tuvieron en su origeno en algún pasaje de su escritura alguna sugerencia, algunainvitación de Rafael Borràs. Sin abrumar a nadie con elogios ni con expectativas mareantes de celebridad o de ventas,nueva revista· 132105rafael borràs betriuen sus palabras, escritas o habladas, ha habido siempre untono serio de verdad.Después de mi salida de Planeta en 1995, José Manuel, según me ha contado él mismo más de una y de dosveces, no dejó, hasta hoy, de ponderar a sus diversos ejecutivos literarios mi condición de editor activo, que no esperaba que le trajesen un libro sino que se lo inventaba,incluido—son sus palabras—algún Premio Planeta. Supongo que con ello, por mucho que se lo agradezca, quese lo agradezco, ha conseguido que quienes han heredadolos pedazos de la túnica me detesten cordialmente, lo queentiendo sin mayor esfuerzo. NOTAS1Capital simbólicoes un término acuñado por Pierre Bourdieu, que remite acualquier forma de capital (económico, social o cultural) percibido y reconocido por otros actores sociales.2Dionisio Ridruejo a propósito de José Antonio Primo de Rivera, Escrito enEspaña, pág. 11, Buenos Aires, 1962.nueva revista· 132106