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En los tiempos de la hipernovela

Ángel Peña

Artículo sobre la celebración de los veinte años que cumple Nueva Revista y la literatura de este periodo de tiempo.

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Referencia

Ángel Peña, “En los tiempos de la hipernovela,” accessed December 9, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1937.

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Title

En los tiempos de la hipernovela

Subject

Veinte años de Nueva Revista

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Artículo sobre la celebración de los veinte años que cumple Nueva Revista y la literatura de este periodo de tiempo.

Creator

Ángel Peña

Source

Nueva Revista 126 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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VEINTE AÑOS DESPUÉSEn los tiempos de la hipernovelaÁNGELPEÑACRÍTICOLITERARIODos décadas, cuatro lustros, muchos libros... El destino (¿cruel?) hizoque recibiera el encargo de este artículo en plena lectura de una ediciónde Cátedra de Beltenebros, la tan experimentalmente clásica novela de espías de Antonio Muñoz Molina. Fecha de publicación: 1989. En laconcienzuda introducción, José Payá Beltrán contextualiza la obra comorebelde a su tiempo, el periodo de «festivalización del país», caracterizado en lo social por el apresurado intento de recuperar el tiempo perdido y subirse al tren de la modernidad. Y Muñoz Molina acierta en su de sarraigo porque el destino (ahora sí claramente cruel) nos tenía guardadauna sarcástica sorpresa: «Cuando el español alcanza la modernidad, éstaya no existe; ha sido suplida por la posmodernidad: las utopías hancaído, ahora ya no se vive para nada ni para nadie, tan solo se vive (ose sobrevive)», dice Payá, que cita los ensayos que tanta fama dieron aGilles Lipovetsky.No podía saber aún Payá que Lipovetsky iba a dar una vuelta de tuerca: más allá de la posmodernidad, desde hace unos años nos hemos instalado en la hipermodernidad. El mismo vacío, el mismo protagonismo delindividuo desenraizado y presentista, pero con una cierta angustia por elfuturo y, sobre todo, una aceleración exponencial de la vida, sobre todoen el consumo: queremos más, más, más. Y nuevo, siempre nuevo. El quese estanca, muere. Lo que, en cultura, se traduce, básicamente, en el tantraído y tan llevado «eclecticismo».Este tan poco prometedor punto de partida, impuesto por el azar (¿o no?)de mi recurrente nostalgia lectora, marca esta tarea de repasar el pulso de laliteratura de los últimos veinte años. Y el resultado, creo, no es nada desagradable. Porque la literatura se obstina en existir, «eppur si muove», parece susurrar, como el viejo Galileo. No hay grandes corrientes, movimientos, 66NUEVA REVISTA 126escuelas: en una misma mesa de novedades de cualquier librería seNueva Revista inició su andadura enmezclan intimismo, «beat», novela1990. La nueva década arrancabahistórica, metaliteratura, «new age»,con el prólogo de la desilusión camuexperimentalismo... Pero entre esteflada de la que nos hablaba Muñozmagma indiscernible brotan, comoMolina y el Nobel a Cela como cantoflores en el barro de los tiempos,del cisne de otros tiempos.magníficos libros.Aparecen eso sí, dispersos e imprevisibles, como esos amigos que irrumpen en Facebook desde los rincones más extraños de nuestro subsconciente para «agregarte» a su lista.Qué le digo yo ahora al Capitán Alatriste, que espera su ciberturno delecturas mientras el Doctor Pasavento me propone hacerme fan de Bartleby, Atxaga me manda un mensaje y Javier Marías me aconseja unirme ano sé qué club de Oxford. Para navegar con cierta tranquilidad (o menordesconcierto) por estos nuevos mares proteicos (qué variedad de monstruos, Homero, la que te has perdido), me ceñiré a la novela española, conla consiguiente injusticia por el reduccionismo. Además, la selección de lasobras concretas depende de un criterio tan anárquico como mis sensaciones y recuerdos (volátiles por muy alimentados de google e isbn queestén). Ya lo siento. Cosas de la hipermodernidad.Punto de partida: Nueva Revistainició su andadura en 1990. La nuevadécada arrancaba con el prólogo de la desilusión camuflada de la que noshablaba Muñoz Molina y el Nobel a Cela como canto del cisne de otrostiempos. Y, metáfora de las metáforas, un joven Juan José Millás irrumpíaganando el Nadal con La soledad era esto, fruto de una narrativa que loscríticos llamaron «postmoderna» (sic), por su cuestionamiento de la identidad desde la desilusión de una libertad insulsa. La novela retrataba el vacíoexistencial de una clase media nacional que acababa de alcanzar el famoso «bienestar». Más positivo, Álvaro Pombo, que ya había conseguido elNadal años antes, consolidaba lo que definió como su «poética del bien»,una apuesta de buena literatura aplicada al sentido ético, con El metro deplatino iridiado.Mientras, dos clásicos adquirían sendas vetas comerciales. Antonio Galaalimentaba con la novela histórica El manuscrito carmesíla depresión 67DICIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑA hipermoderna: un excelente poeta y dramaturgo mutaba en bestsellero. YEduardo Mendoza se daba un magnífico garbeo por la literatura de humorcon Sin noticias de Gurb, la más descacharrante historia jamás pensada pormente no alienígena. Por último, para cerrar el eclecticismo del año, AndrésTrapiello comenzó su excelente colección de diarios Salón de pasos perdidos, que va ya por el decimoquinto tomo.1991 fue el año de Antonio Muñoz Molina. Tras aldabonazos como la espléndida El invierno en Lisboa, alcanzaba gloria y fortuna con El jinete polaco, uno de los mejores premios Planeta que se recuerdan. Mientras, un esquizofrénico Manuel Vázquez Montalbán, que solía ahogar sus penashipermodernas en el detective Carvallo, aún se empeñaba en Galíndez, ganadora del Nacional, en aporrear la puerta de la historia y la política. Conmenos ruido, y dolorosa delicadeza, el gran Miguel Delibes rendía homenaje a su esposa en Señora de rojo sobre fondo gris.Y si 1991 fue de Muñoz Molina, el 92 de los fastos fue casi en exclusivade Javier Marías, nuestro escritor más internacional, que conquistó a crítica—normal, dada su calidad literaria— y público —más sorprendentes, dadoel ritmo agotador, obsesivo, de sus novelas— con Corazón tan blanco.El año de la resaca olímpica y expositiva nos trajo la sorpresa del debutde Belén Gopegui con La escala de los mapas, un estilo propio con sustancia combativa. Como contraste, José Jiménez Lozano dejaba su alientoclásico en La boda de Ángelay Juan Marsé volvía por donde solía —sunostalgia, su Barcelona en sepia— con la memorable El embrujo deShanghai.Levantamos otro año del almanaque y aparece nada menos que la Generación X. José Ángel Mañas abría con su Historias del Kronenla espitade un puñado de jóvenes airados de tintes urbanos, orgullosos de escribirregular tirando a mal pero «intenso», con mucho realismo y palabras enargot y sexo y ritmo y la vida, colega. El Kronen, que era un bar de marcha, claro, hizo época en el cine, caladero por el que también pasaría Malena es un nombre de tango, como todo lo de Almudena Grandes, hastael decisivo punto de no saberse qué era primero, la gallina o el huevo(de oro).Saltamos a 1996 y nos damos de frente con el fenómeno Alatriste. Arturo Pérez Reverte, hábil narrador, confirmaba ese tirón a lo Alejandro68NUEVA REVISTA 126EN LOS TIEMPOS DE LA HIPERNOVELADumas que había mostrado en Elmaestro de esgrimao La tabla deLa literatura se obstina en existir,Flandes. Por su parte, Juan Manuel«eppur si muove», parece susurrar,de Prada emergía definitivamente; sicomo el viejo Galileo. Entre esteLas máscaras del héroe, el mejormagma indiscernible brotan, comolibro de su carrera, lo puso en elflores en el barro de los tiempos,mapa literario, el Planeta por La temmagníficos libros.pestaddel año siguiente lo lanzó alestrellato definitivo.Y de repente, Miguel Delibes. En 1998, el (probablemente) escritor español con más talento de su siglo, volvía a la escena tras un prolongadosilencio que muchos creían definitivo. Lo hacía, además, con una novelahistórica, El hereje, en la que demostraba que el problema no estaba en elgénero sino en el bestsellerismo de ciertos aporreadores de teclas. Mientras, Belén Gopegui seguía señalando muy marxistamente los males deldinero con La conquista del aire, que insistía en un tono que ya empezaba a resultar más pesado que insistente; lástima porque, por lo demás, setrataba de una excelente novela. En otro extremo de la literatura, LucíaEtxebarría hacía caja con el feminismoespectáculo de Beatriz y los cuerpos celestes.Giramos el cabo del milenio, llegamos al apocalíptico 2000 y... encontramos más o menos lo de siempre. Juan Goytisolo demostraba con Carajicomediaque empezar diciendo culo desde el título y ser muy metalitario y raro y contracultural aún tenía su hueco; aunque conviene llamarseGoytisolo, eso sí: en las entrevistas ad hocse hablaba mucho de Españaen general y de Reivindicación del conde don Julián, aquella novela de1970, en particular. Menos elevados, Marsé insistía en el barrio del Guinardó, el clasismo y el desamor con Rabos de lagartija, y Lorenzo Silva terminaba llevándose el gato del Nadal al agua con El alquimista impaciente,novela negra más que interesante protagonizada por dos guardias civilesque no necesitaban de las excentricidades del gastrónomo Carvalho paradesplegar un extraño encanto.En otro orden de cosas, y en otro mundo siempre, el mito del «raro» Enrique VilaMatas despegaba con El viaje vertical, vuelo que más adelanteconfirmarían Bartleby y compañíay El mal de Montano. Improbable éxito69DICIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑA comercial del autor más de culto: en este hipermercado nuestro cabenlos locos de la literatura.Estupefactos aún por la irrupción de VilaMatas, 2001 nos convenció deque esa misma metaliteratura, pero menos «de culto», también llevaba en lafrente la marca (¿tres seises?) del bestseller: Javier Cercas no podía esperarque su notable Soldados de Salaminadesolara las librerías, pero la vieja historia del boca a boca en se demostró en plena forma en el nuevo siglo.Mientras los gurús del mercado no terminaban de recuperarse del susto,Muñoz Molina seguía fiel a su estilo en Separady un joven Andrés Barbaapuntaba muchas maneras en La hermana de Katia.A grandes rasgos, 2002 presentó dos caras: el huracanado La sombradel viento, de Carlos Ruiz Zafón, con sus millones de ejemplares vendidos, y el riesgo literario de Javier Marías, que comenzaba su tan británica como experimental trilogía Tu rostro mañana, que concluiría en2007. Además, Arturo Pérez Reverte cambiaba de registro con La reinadel sur, sensacional novela a ritmo de narcocorrido que enseñaba ya sintapujos el talento que dejó entrever un par de años antes La carta esférica.El año siguiente dejó uno de los capítulos más tenebrosos del reciente mundillo literario: Bernardo Atxaga, que años antes había fascinado atoda España con los cuentos de Obabakoak, ponía fin al mágico mundode Obaba con El hijo del acordeonista, un libro nostálgico y muy personal que le valió una devastadora crítica —más atenta a lo ideológico quea lo literario— de Ignacio Echevarría en Babelia. Los poderes fácticosdel suplemento, a la sazón del mismo grupo que la editora del libro, reprendieron a Echevarría, que aireó los trapos de las otras veces veladascocinas editoriales.Tras un par de años más tranquilos, en los que destacó el luctuoso Milenio Carvalho, homenaje al peculiar detective de Manuel Vázquez Montalbán, recién fallecido, el 2006 se presentó movidito, aunque decepcionante. Volvía el gran Juan Marsé, pero en una versión más bien pobre:Canciones de amor en Lolita’s Clubintentaba sin éxito novelar un universo diferente al habitual en este «charnego» de corazón. Y el hasta entonces siempre seguro Álvaro Pombo salía por las peteneras de una fábulagay en Contra natura.70NUEVA REVISTA 126EN LOS TIEMPOS DE LA HIPERNOVELAUn año después, Pombo confirmó su decadencia y domesticación —ala espera de tiempos mejores— con el Planeta ganado con La fortuna deMatilda Turpin, una sombra estéril del psicologismo que solía. Para colmode males, Planeta redescubrió la excentricidad del personaje como una afilada arma de marketing. A la sombra de semejante torbellino mediático,Arturo Pérez Reverte, ya académico de la RAE, se puso intimista y filosófico con El pintor de batallas, Andrés Barba ganó por fin el Herralde conVersiones de Teresay Eduardo Lago demostraba que se puede debutar concanas (y talento) al ganar el Nadal con la excelente Llámame Brooklyn,prodigio de sugerencia y complejidad estructural.Pero aquel año la gran sensación fue el Nocilla Dreamde Agustín Fernández Mallo, primera parte de una trilogía que recibe el sugestivo nombre de «experimento Nocilla»: mezcla de relato, blog, poesía, cultura pop,cultismos varios, su poquito de física subatómica, cacao, avellana y unlargo etcétera que engendraba un manojo de historias agarradas a un hiloconductor desgarrado por la multiplicidad de los tiempos que corren. Lahipermodernidad misma, pero con calidad. Interesante cabo suelto hacia...no estamos seguros dónde.En 2007 volvieron las paradojas. Almudena Grandes publicaba El corazónhelado, un tremendo culebrón galdosiano (en la intención, no tanto el resultado) sobre la guerra civil y demás, con el que se ha hecho definitivamente de oro. Y VilaMatas revelaba de nuevo con su hiperliterario Exploradores del abismo la profundidad del hipermercado de la hipermodernidad.2008, con la crisis ya bien a cuestas, lo pintó todo muy negro. El jovenIsaac Rosa mostraba en El país del miedola extensa lista de «yuyus» contemporáneos: justicia corrupta, adolescentes enloquecidos por la violencia, marginación... Un catálogo de lindezas al que se unió Rafael Chirbescon Crematorio, puro existencialismo descreído y oscuro como boca delobo. Apenas Luis Mateo Díez rebajaba tensión con Los frutos de la niebla, otra dosis de su mezcla de lirismo, magia y costumbrismo.Finalmente, 2009 nos deja el Nadal de la eterna Maruja Torres, quedesliza en Esperadme en el cielotoda la nostalgia de aquellos tiempos,con los fantasmas de Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán incluidos (sic). Y a Belén Gopegui, que sigue erre que erre con su marxistaasalto a las superestructuras capitalistas, ahora en versión adolescente y73DICIEMBRE 2009ÁNGEL PEÑA rockera con Deseo de ser punk. Y a Agustín Fernández Mallo, que concluye su experimento Nocilla con Nocilla Lab. Y otra tanda de diarios deTrapiello, Troppo vero. Y lo último de Carlos Ruiz Zafón, que ahora seempaqueta bajo el nombre de El juego del ángel. Y Luis Goytisolo, queasegura que pensó titular su «fábula cuántica« (sic) Cosas que pasancomoMi vida y yo: en las entrevistas ad hocse habla mucho de Antagonía,aquella mítica tetralogía de los años setenta, y de su candidatura al Nobel(de Literatura, no de Física). Que no gana.Pues eso: la hipermodernidad.74NUEVA REVISTA 126