Nueva Revista 122 > Las manchas del leopardo

Las manchas del leopardo

Felipe Santos

Música y poesía ligadas en el libro "Bossa Nova" de Ruy Castro

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Referencia

Felipe Santos, “Las manchas del leopardo,” accessed October 22, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1863.

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Title

Las manchas del leopardo

Subject

Libros, música

Description

Música y poesía ligadas en el libro "Bossa Nova" de Ruy Castro

Creator

Felipe Santos

Source

Nueva Revista 122 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

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Las manchas del leopardoFELIPESANTOSA Flores Castro—Qué cosa más boba: rimar pececitos con besitos.Aquella fue la sentencia que Lila hizo al nuevo trabajo de su esposo, Vinicius de Moraes. Chega de saudadeera algo que Tom Jobim compuso muypoco después de Orfeo da conceiçao, una endiablada sambacanción en trespartes, que contenía una enorme dificultad a la hora de encajar la letra enaquella estructura melódica. «Pois há menos peixinhos a nadar no mar Doque os beijinhos que eu darei na sua boca» (Pues hay menos pececitos nadando en el mar que besitos te daré en la boca).Tom Jobim se quedó absorto cuando João Gilberto le cantó Hóbáláláen su apartamento y pudo distinguir la singular «batida» que le imprimía suguitarra. Pronto se dio cuenta del campo de infinitas posibilidades que aquelritmo ofrecía. ¿Cómo había llegado a aquello aquel chaval delgaducho? Lehabía visto alguna madrugada en el Hotel Plaza, hace muchos años, cuandoél sólo era un buen pianista que animaba las noches de muchos establecimientos de Copacabana. Luego volvió a verlo a las puertas del Todo Azul,caminando como ido y con el pelo considerablemente largo. Ya no volvió asaber de él hasta aquella noche. Tan sólo algún rumor acerca de su vuelta aBahía, donde al parecer había estado internado en un sanatorio mental.Jobim fue directo al cajón donde guardaba todos sus borradores y canciones aparcadas esperando un momento mejor. Chega de saudadeera unade ellas. Aún recuerda cómo se le ocurrió escuchando el canturreo de la mu168NUEVA REVISTA 122FELIPE SANTOSchacha que limpiaba en el piso de su madre. Aquella forma de tocar «simplificaba el ritmo de la samba y dejaba mucho espacio para las armonías ultramodernas que él intentaba hacer». Como en otras ocasiones, llamó a Vinicius para que escribiera la letra.—Mira, no me seas tan sofisticada —zanjó Vinicius.Trabajaban bien juntos. Él ponía el conocimiento musical y Moraes, su indudable talento poético, que debía compaginar con su trabajo de diplomático.Muchas veces llegaron a componer por teléfono. Sin embargo, una de las másconocidas ocurrió en la terraza del bar Veloso, en el barrio de Ipanema, en laesquina de las calles de Montenegro y Prudente de Moraes. Hacía tiempo quebajaban allí a tomar algo juntos, y en aquellas idas y venidas surgió la historiade Heloísa, una hermosa mujer de 19años, de ojos verdes y largos cabellosCartel de «Orfeu da conceiçao», de Vinicius denegros, que traía de cabeza a los queMoraes y Tom Jobim, 1956frecuentaban el establecimiento. Alguna vez la vieron pasar, camino de laplaya. Allí, en el verano de 1962, nacióGarota de Ipanema, sin duda la canción que lanzaría mundialmente aquella nueva forma de tocar y cantar.¿Qué es bossa nova? No está claroquién utilizó por primera vez aquellaexpresión. Bossapuede traducirsecomo habilidad, maña, y los músicosbrasileños la usaban para referirse a alguien que tuviese una forma diferentede interpretación. Lo que sí se sabe es169ABRIL 2009LAS MANCHAS DEL LEOPARDOque empezó a extenderse entre la juventud carioca como la forma de definir aquella nueva música que cristalizóen la peculiar manera —al fin y alcabo, habilidad— de João Gilbertopara tocar la guitarra. Imitar aquelacorde se convirtió en la obsesión detoda una generación. Así hasta que, unbuen día, en la pizarra del GrupoUniversitario Hebreo de Río de JaneiBOSSANOVA. LAHISTORIAro alguien escribió: «Hoy, SilvinnhaYLASHISTORIASTelles y un grupo de bossa nova». CinRUYCASTROcuenta años después, este término yaTraducción de José Antonionos es familiar: un movimiento de laMontano.Turner, 2008, 535 pp.música popular brasileña que logróconciliar la tradición con los nuevosritmos que venían, sobre todo, de Estados Unidos. Aquella «nueva forma» de componer, de tocar y de cantar llegarían al mundo entero.El germen de todo aquello viene desde los años treinta y las canciones queempiezan a poblar la infancia de la generación que alumbró la bossa nova,como las de Orlando Silva. Ya en la década de los cuarenta, con la comercialización masiva del disco y la posibilidad de recrear las canciones en un platogiradiscos, se popularizan los clubes de fans, y en la culturalmente inquietaRío de Janeiro proliferan por doquier. Uno de ellos, sin saberlo, incubará alos futuros músicos de la bossa nova: el FarneySinatra Fan Club.Estaba dedicado, como su nombre indica, a Frank Sinatra, la estrella delmomento, y Dick Farney, la gloria local que un día hizo las maletas y fue aEstados Unidos, donde se trajo bajo el brazo varios éxitos. Cuando volvióentabló amistad con aquel grupo, que recordaba a la academia platónica enlos requisitos para formar parte de él: todos sus miembros debían saber170NUEVA REVISTA 122FELIPE SANTOShacer algo con un instrumento o, al menos, poder cantar sin que a nadie ledolieran los oídos. Vivían por y para la música, en un estado de abstraccióngeneral que traía de cabeza al vecindario.«La mayoría quería creer que, como en los musicales de Gene Kelly, Sinatra y Ann Millar, la música manaría súbitamente de las nubes, tocada poruna orquesta invisible de la Metro bajo la dirección de Lennie Hayton, y apartir de ahí sería ya sólo cuestión de lanzarse a zapatear por las calles, sinque ningún transeúnte les mirase alucinado». Aquel camino que comenzóen el barrio de Copacabana lo recorre el periodista brasileño Ruy Castroen su obra Bossa Nova. La historia y las historias, publicado por primera vezen 1990. Cuando se cumplen cincuenta años de aquella forma musical, laeditorial Turner lo edita en una cuidada edición con fotografías y planosde los escenarios por donde llevaron sus andanzas toda aquella generación de jóvenes cariocas. Son historias que se entrecruzan una y otra vez.Después de todo, no mucha gente se dedicaba a la música de forma profesional. Así que, aunque uno desapareciera de Río varios años, como le ocurriría a João Gilberto, lo más probable es que, si volvía, regresara a los mismos lugares.—Mira cómo el viento despeina los árboles...—Pero si los árboles no tienen pelo, João —interrumpió la psicóloga que seguía su estado.—Y hay personas que no tienen poesía...«Joãozinho se está volviendo loco». Don Juveniano lo espetó así al resto dela familia. Desde que su hijo había vuelto a Juazeiro, no hacía otra cosa quelamentar la suerte de su hijo. Podía haber sido médico, abogado, ingeniero,lo que hubiera querido, hasta que aquella historia de la música se le metióen la cabeza y emprendió aquel largo viaje hasta Río de Janeiro. Ahora seencontraba allí, encerrado en su habitación, con su guitarra, sin ganas de ver171ABRIL 2009LAS MANCHAS DEL LEOPARDOa nadie. Dewilson, su primo hermano y médico psiquiatra, se ofreció a llevarlo a Salvador de Bahía, a que lo trataran lejos de los chismorreos de aquelpueblo.Sin embargo, la locura de João no tenía una fecha exacta de comienzo.Siempre se le consideró un «tipo raro» desde que llegó a Río, procedente dela lejana Bahía. Indisciplinado, nunca logró tener un trabajo que le diera laestabilidad necesaria para dedicarle tiempo a su guitarra. Tampoco consiguiónunca vivir más de unos meses en el mismo sitio. Siempre encontraba alguien que le admiraba y terminaba por acogerle en su apartamento, comosiempre hasta que encontrara otra cosa, y, como siempre, acababa con Joãoen la calle a los pocos meses. Y así vuelta a empezar, hasta que una vez, acomienzos de 1955, se encontró completamente perdido.Aquel «descenso a sus propios infiernos», como lo llama Ruy Castro, lollevaría de Río a lugares como Porto Alegre, Diamantina, Salvador, hasta suJuazeiro natal. Quizá, la etapa más importante la vivió en Diamantina, enMinas Gerais, donde vivía su hermana. Llegó de allí procedente de PortoAlegre, después de un accidentado viaje en autobús que le llevó a un lugarequivocado, a casi cuatrocientos kilómetros de distancia de su destino. Sindinero, se las arregló para llegar a casa de su hermana Dadinha semanasdespués. Allí llegó derrumbado emocionalmente.Apenas salía de las cuatro paredes de su habitación. Cuando lo hacía erapara encerrarse en el baño un buen rato, que cada vez iba a más. Siemprese llevaba consigo su guitarra y se podía oír un cansino y repetitivo acordetras la puerta. De noche, se deslizaba hasta la habitación donde dormía susobrina, Marta María, y le cantaba y tocaba, bajito, al pie de la cuna.Dadainha lo acogió durante ocho meses. Justo los que, como reconocería después, le bastaron para cambiar su vida. Aquellos días, en los que apenas se quitaba el pijama en todo el día, le tuvieron entregado a sacar deaquella guitarra, el ritmo, la armonía y la forma de cantar que siempre anduvo buscando. Donde mejor podía medir la reverberación de las cuerdasde su guitarra, lo que duraban las notas si tocaba de uno u otro modo, era172NUEVA REVISTA 122FELIPE SANTOSPortada de «Chega de Saude», grabado por Joao Gilberto en 1959precisamente entre las paredes forradas de azulejos del baño. Aquella sonoridad le permitió hacer pruebas y pruebas con su voz, para que se acoplaracon aquellos acordes. La prueba de fuego era tratar de cantarle a Marta Maríaa las tres de la mañana. Cuando años después grabó Chega de saudade, amuchos les pareció que aquella forma de cantar «bajito» no era lo que seentendía por cantar. Hasta que Carlinhos Lyra dijo que la bossa novase canta«como quien habla al oído de una mujer».—Eres brasileño, Tom, eres perezoso.Pocos pensaron que Chega de saudadefuese a estar en las tiendas de discos en la primavera de 1959. Las continuas reticencias de Gilberto y sus formidables discusiones con Jobim ralentizaban las grabaciones. Lo primero fueaquella sorprendente manía que soliviantó a los técnicos. Para grabar quería dos micrófonos: uno para él y otro para su guitarra. Nadie lo había pedido nunca. Sin embargo, durante el mes de febrero se grabaron casi dos173ABRIL 2009LAS MANCHAS DEL LEOPARDOtercios del disco final. ¿La razón? Las canciones que faltaban apenas teníanacompañamiento y, por tanto, João dejó de tener una orquesta con que armonizarse. En el texto que se puede leer en la funda de disco, Tom Jobimconfesaba de una manera sutil y elegante los quebraderos de cabeza que losarreglos habían supuesto para que el guitarrista consiguiera estar cómodo enlas canciones. «Cuando João Gilberto se acompaña, la guitarra es él. Cuando la orquesta lo acompaña, la orquesta también es él».Caetano Veloso, lo mismo que Gilberto Gil, Milton Nascimento, Edu Loboo Chico Buarque, siempre dijeron recordar dónde estaban y qué estaban haciendo cuando la escucharon por primera vez. Primero en la voz de Elizabet Cardoso y, meses después, en la de João Gilberto. Ninguno quiso sabernada más. Todos supieron en aquel momento que cantar y tocar la guitarraera lo que querían hacer y a lo que iban a entregar sus vidas. Lo que no sabían es que ellos presenciarían la extensión de la bossa novahasta el último rincón del planeta.—No se pueden cambiar las manchas del leopardo.El señor Morris, presidente de la casa de discos Odeón, dijo aquello a TomJobim para comunicarle que Aloysio de Oliveira se incorporaba a la compañía como director artístico y que, por tanto, asumía muchas de las competencias que hasta ahora le habían tocado a él, lo que también afectaba a susalario. Pero aquella decisión, lejos de incomodarle, permitió a Jobim liberarse de lo que de verdad odiaba de aquel trabajo y centrarse en la parte quea él más le agradaba: escribir y componer sus propias canciones. No podíacambiarse lo que uno realmente era. Eso era lo que precisamente queríadecir el señor Morris.Tom Jobim y Newton Mendonça solían juntarse en el apartamento de esteúltimo para componer, revisar ideas que les guiaran en la creación de nuevas canciones. Una vez, apenas pudieron reprimir las carcajadas al recordar174NUEVA REVISTA 122FELIPE SANTOSlos viejos tiempos en que se veían obligados a tocar con cantantes que de safinaban constantemente. ¿Qué te parecería escribir una samba que, construida sobre una base disonante, pusiera en evidencia a quien quisiera cantarla? Sería como intentar que afinaran lo desafinado. La idea les estimulótanto que, en unas horas, la habían terminado. Aquella canción, que finalmente grabaría João Gilberto tras trece infinitas y exasperantes tomas, sellamó Desafinado.Muchos de aquellos jóvenes universitarios que se convirtieron en seguidores incondicionales de aquella nueva forma de tocar y cantar, identificaban en ella una nueva etapa de un país que empezaba a dar muestras dequerer ser el país del futuro. Fueron los años en que Lúcio Costa y OscarNiemeyer decidieron transformar un llano desértico en la capital, Brasilia.Aquel proyecto megalómano sigue siendo hoy un lugar de culto para arquitectos de todo el mundo. Y cómo no, en 1958, el año de Chega de saudade,llama la atención en la Copa del Mundo de Fútbol, que se celebra en Suecia, un joven brasileño de 17 años llamado Edson Arantes do Nascimento,más conocido como Pelé. No es extraño que muchos dijeran que ese año nodebería haberse acabado nunca.La sombra de la bossa novase sigue prolongando hoy, con cantantescomo Rosa Passos o Maria Bethânia. Un movimiento que se extendió cuando Astrud Gilberto, la mujer de João, le dejaron cantar Garota de Ipanemaen aquel estudio de Nueva York, con Getz, Gilberto y Jobim. La música estadounidense influyó en su creación y ahora era la bossa novaquien influiría en una amplia generación de músicos norteamericanos. Muchos de aquellos ritmos, saltos armónicos, formas de cantar susurrantes, los podemosadvertir en parte de la música que se hace hoy.175ABRIL 2009LAS MANCHAS DEL LEOPARDO