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Una enmienda a la cultura pop

Jorge Bustos

Sobre el hecho de que el mercado marque hoy el canon literario o artístico y de que sus creaciones se consideran productos.

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Jorge Bustos, “Una enmienda a la cultura pop,” accessed March 22, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1816.

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Una enmienda a la cultura pop

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Cultura en realidad

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Sobre el hecho de que el mercado marque hoy el canon literario o artístico y de que sus creaciones se consideran productos.

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Jorge Bustos

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Nueva Revista 119 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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CULTURAEN REALIDADLA CRISIS DE LA QUE NADIE HABLAUna enmienda a la cultura popJORGEBUSTOSPERIODISTAYCRÍTICOLITERARIOl arte nunca ha sido democrático. Y sólo cuando ha empezado aserlo, ha dejado de ser arte. No quiere esto decir que el mero hechoEde que un artista resulte indescifrable lo convierta en un genio. En todocaso, hubo una época, la que media entre los filólogos alejandrinos delsiglo IIIa.C. y la consolidación —a partir de los años sesenta y hastanuestros días: la posmodernidad— de la cultura como industria y de lahegemónica clase media como consumidor poco cualificado, en que lafunción crítica se ejercía con un saludable desparpajo elitista y más omenos independiente. En nuestras sociedades del espectáculo sigue habiendo algún que otro crítico valiente y culto, pero no suele dejárselehablar muy alto. Los demás son publicistas.El arte se ha vendido y comprado siempre. Miguel Ángel no esculpía gratis, ni Velázquez retrataba por puro gusto, ni Cervantes pudo publicar su famosa novela sin adular bajunamente al noble de turno. Loque sucede es que hoy no hay nobles, ni reyes, ni papas y cardenalesexpertos y sofisticados como Julio II o Scipione Borghese, sino una granmultitud de personas que compran entradas de cine o libros en las grandes superficies y que no han podido dedicar años al cultivo de su gustoporque tienen que trabajar ocho horas diarias para ganar el sueldo mediano del que extraerán la cuota dedicada a eso que se llama ocio personal y que engloba en nuestros días toda la variedad de la experienciaestética. Y sobre todo, carecen de formación porque sus padres fueroniguales que ellos, y la biblioteca excepcional o el conservatorio quizá noNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 87]Jorge Bustosentraban entre las prioridades de la somera economía familiar. Y otrotanto sucederá con sus hijos. Esto es la cultura en la democracia contemporánea. Es justo reconocer que el sistema de prosperidad y libertades civiles que rige en un país como España permite cosas tan previas yperentorias al disfrute de un cuadro como comer todos los días y no serrepresaliado por escribir contra un alcalde, más o menos. Y es justo reconocer también que hoy salen sabios y buenos escritores que no hannacido precisamente de padres ricos —tampoco de padres pobres, digámoslo todo, porque uno pasea por los suburbios madrileños y no tropieza con un Baudelaire castizo en cada esquina—, lo que quiere decir queel que tiene suerte y entra en contacto de niño con ese libro iluminadorque desata una vocación creativa, tiene el camino hacia la excelenciamucho más despejado que en los tiempos en que los libros se imprimíana mano. Esta es la parte buena de la prosperidad tecnológica.Sin embargo, el hecho de que el mercado marque hoy el canon literario o artístico, y de que sus creaciones sean consideradas estrictamente productos, nos hace dudar de que las nuevas generaciones sean máscultas e inteligentes —libres, por tanto, de espíritu— que las pasadas.Los nuevos poderosos de este mundo ya no encargan grandes obras nidan la alternativa a artistas talentosos, porque ya no acompañan sus meteóricos ingresos de una formación amplia y una sensibilidad cultivada,que era lo mejor de la clase aristocrática. Aparte del capitalismo y de la democracia, existe otro factor deletéreo de la excelencia artística. En realidad, es una consecuencia de la coyuntura social, al tiempo que su causa: nos referimos a la ideología.¿Qué ideología impera en nuestro tiempo en el mundo desarrollado?Pues la ideología de la crisis de las ideologías. Agotados y sin créditolos grandes relatos deterministas que estudia la filosofía de la historia—resumibles en la idea del eterno progreso que forjó el Renacimientoy culminó trágicamente el comunismo—, vivimos más que nunca en laelusión de la funesta manía de pensar, es decir, en el puro presente. Sinembargo, el hombre no puede vivir sin pensar cómo vive. Por tanto, sila vida es hoy consumo, la superestructura ideológica que asista a la vidahabrá de presentar una liviandad correlativa. Si la filosofía de MarxNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 88]Una enmienda a la cultura popacompañaba la vida trabajosa de unobrero decimonónico, los eslóganes¿Por qué ha triunfado la publipublicitarios se convierten en el vacidad sobre el pensamiento?demécum intelectual de los adoles¿Por qué aquellos que se felicicentes eternos que pululan por lujotaban de la caída de los viejossos despachos lo mismo que porídolos —el paradigma cristiapopulacheros centros comerciales.no, principalmente— se entreNo cabe siquiera apelar a Epicuro:gan ahora al culto más ridícuse vive en la absorción de un irrazonado hedonismo, únicamente arlo, al mito más insolvente, a laticulado a base de imágenes y anunmoda más efímera?cios. La publicidad es cada día másimportante: en política —no haymás que atender a los discursos del hombre que preside España, y alnivel retórico general de nuestra política posmoderna—, en las empresas, en la industria del ocio y del espectáculo.Habrá gente que esté muy contenta con todo esto. Con que los ricosno sean cultos sino que vayan a ver las mismas películas superficialesque el común de los mortales, lean los mismos libros y escuchen lamisma música prefabricada; con que del cuello de un traje carísimoemerja una cabeza tan fachendosamente peinada como toscamenteeducada. Posiblemente sea este afán profundo de compartir miseria o deexpiar en otro las limitaciones propias el resorte psicológico que sostiene la industria de la prensa rosa. La excelencia y la sabiduría, en todocaso, siguen reservadas a la élite, porque biológicamente no es viableuna sociedad sólo de inteligentes, como es inviable una colmena sólo deabejas reinas. Eso sí: hoy la élite cultural no tiene por qué asociarse yaa ostentación, riqueza, abolengo o posición social; es más probable encontrar un hombre culto en un piso mediano que en una mansión ajardinada. Ellos debieran ser los amos de la sociedad, y algunos llegan aser influyentes empresarios o periodistas merced al puro autodidactismo, que tal como está la enseñanza escolar y universitaria (especialmente en España, pero no sólo) es el único medio eficaz de formación.Pero hay que reconocer que las élites ya no fijan el canon. NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 91]Jorge BustosEsta concepción del darwinismo intelectual ligeramente nietzschea na que mantengo es absolutamente reaccionaria y políticamente incorrecta —porque la corrección política quiere imponer la creencia deque todos somos iguales—, pero en la práctica la asume todo el mundo,sobre todo en los departamentos de recursos humanos de las empresas.Lo que se constata por doquier es que este equilibrio social saludable seha descompensado en favor de los necios. ¿Por qué ha triunfado la publicidad sobre el pensamiento? ¿Por quéaquellos que se felicitaban de la caída de los viejos ídolos —el paradigma cristiano, principalmente— se entregan ahora al culto más ridículo, al mito más insolvente, a la moda más efímera? «Ganar dinero einundar nuestras vidas de unos bienes materiales cada vez más trivializados es una pasión profundamente vulgar, que nos deja vacíos», advierte George Steiner. A nadie parece importarle, pero las consultas delos psiquiatras se abarrotan y los medicamentos psicoterapéuticos se hangeneralizado a parecido ritmo que la comida rápida. Mucho de esto seahorraría la sociedad con entendimientos bien cultivados, que supieran subvenir con verdades probadas e imaginación viva las contradicciones de la vida moderna y urbana. El pueblo no sabe tratarse porquesus médicos también son el pueblo, y también necesitan medicinas. Anadie se le reconoce salud y autoridad. Estamos todos locos y nos gustala televisión, valga la redundancia.La respuesta, evidentemente, está en los libros. En leer mucho (mínimo, un libro a la semana). No cualquier libro, sino los buenos: aquellos que la gente que sepa mucho le confirme a uno que sean buenos libros. Leer no es un entretenimiento: es un acto de constituciónantropológica y de formación moral. El que no lee a los clásicos no llegaa ser del todo humano. Mientras no cierren las bibliotecas, algunosejemplares de la especie pervivirán en su estadio civilizado. Aquellosque lean mucho y bueno, por mediana que sea su extracción social,constituirán la aristocracia de nuestro tiempo. Los demás sólo verán latelevisión y continuarán entregando sus cuerpos macilentos al bombardeo envilecedor de la publicidad. Acretinándose con revistas ligeras,por toda lectura.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 92]Una enmienda a la cultura popELBUCLEDELMITOPOPHoy los medios de comunicaLa cultura pop es un sucedáneo deción se desesperan por venderla alta cultura. Cuando la masa senuevos mitos, cuando la obscerebeló y tomó el control —según elna vulgaridad de nuestro tiemlúcido dictamen de Ortega—, despo no ofrece otra cosa que icocubrió que no era tan sencillo deleinos fugaces.tarse con la ópera, puesto que exigeuna maduración previa de las papilas gustativas de la estética. Y comono entendían nada, entonces las masas inventaron el musical, o sea,una cultura pop (popular), una cultura a su medida, porque sin culturano se puede vivir. Por supuesto, baja cultura había en tiempos de Shakespeare, y el propio Shakespeare disfrutaba también con las cancionestabernarias. A todos nos gustan los Beatles, y con razón. Con más razónaún Bob Dylan, por citar a alguien capaz a veces de lograr con los medios de masas los efectos de la élite. Pero el público que se emocionabacon los dramas shakesperianos estaba formado, aparte de por aristócratas, por hosteleros y costureras. Y no imponían en los escenarios el género de la canción tabernaria, sino que aceptaba el magisterio del literato, y acababa ilustrándose. Esto es lo que ha cambiado. No que hayacultura popular, sino que nadie la distinga de la otra y que a nadie leinterese hacerlo. Y el que acierta a sugerir algún criterio de canonicidaddistinto del mercado, no tiene ningún crédito.La victoria de Warhol consistió en sacralizar lo banal, que es la función propia de la publicidad, o sea, el reverso exacto del arte genuino.Por supuesto, Warhol no fue ningún estúpido, puesto que se hizo inmensamente rico. Pero a su público, al ser ya masa, le bastaba con unaalfabetización exigua para admirar cosa tan facilona y, necio de suyo, encumbró al personaje e instituyó el modelo para otros visionarios con sucohorte de necedad asombrada. Hay mil casos iguales en el siglo XX.Antes, mal que bien, los ignaros hacían un esfuerzo por acercarse al arte;ahora, el arte se ha acercado tanto a los ignaros que ellos mismos se hanhecho artistas. De ahí viene la generalización casi siempre certera de queNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 93]Jorge Bustoslo comercial es basura. Libro que vende mucho, malo; canción que seoye mucho, mala. ¿Por qué? Porque la mayoría de los compradores noha estudiado en Harvard. Esto no es así siempre, y hay honrosas excepciones: precisamente porque hay autodidactas de clase media.Roland Barthes escribió Mitologíasen 1957. Preconizaba el imperiode la posmodernidad, y desde posiciones entonces marxistas —luegoevolucionó—, censuró lo que consideraba decadentismo burgués sinsaber que diagnosticaba el funcionamiento de la industria cultural vigente cincuenta años después. Definió el mito como mensaje y describió su circularidad superficial, la correosa resistencia de los tópicos, a lamanera de ciertas bacterias. Sobre todo, se dio cuenta de que el mitoproliferaba en las sociedades de consumo como sustituto de la razón,como una vuelta atrás en el paso civilizatorio griego del mythosal logos.Los mitos, vio Barthes, son la publicidad. Lo mismo una camiseta delChé que una pegatina de un icono —sinónimo de mito, pero más particular y menos duradero aún— de Hollywood. De hecho, hoy los medios de comunicación se desesperan por vender nuevos mitos, cuandola obscena vulgaridad de nuestro tiempo no ofrece otra cosa que iconosfugaces. Con Internet llega la apoteosis de la creación desvalorizada,publicable únicamente en razón de su particularidad. «Mira lo quehago» es la frase infantil que hoy basta para justificar el lanzamiento deun producto cultural. La pronuncia una nueva clase social, tecnificaday urbana, sedentaria y cultivadora de una erudición fragmentaria ybanal. Son los friquis. Individuos socialmente deficientes los ha habidosiempre: lo que caracteriza a los de hoy es su voluntad de proyeccióncibernética como medio de obtener un aval social que los redima de sumarginalidad. Al principio se requería alguna habilidad especial; hoy, elbucle creado por la alianza entre la tecnología y la cultura pop generamonstruos diarios y anodinos. Rodolfo Chiquilicuatre, la creación de una productora de humor televisivo, es un ejemplo del funcionamiento de la cultura pop en la erade la información y la vulgaridad democrática: un actor que alberga lasabia intención de parodiar la iconización urgente de seudoartistasdela canción pop, acaba convertido en uno de ellos merced al efectoNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 94]Una enmienda a la cultura pop«Al aislar los objetos o personalidades míticas de su nacimiento y desarrollo históricos, pasana ser mercancía de consumo».multiplicador e invasivo de Internet y la televisión. Y ese proceso noes lo más significativo, sino el hecho de que la mitad de los que se pronunciaban sobre él no llegaban a entender la parodia y entraban a juzgar su actuación o a deplorar la fama concedida a semejante espantajoen vez de a un musculoso generador de gorgoritos vocales; es como siel cura y el barbero, en Don Quijote, desaprobaran las aventuras desquiciadas de Alonso Quijano no porque saliera a matar gigantes inexistentes, sino porque se dispusiera a hacerlo con armas oxidadas. Queuna gran parte de esta sociedad, incluyendo aquella que puede acreditar estudios superiores, ni siquiera sea capaz de discernir la ironía y laparodia de trazo grueso, revela hasta qué punto somos proporcionalmente menos inteligentes que los distinguidos nobles europeos de laNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 95]Jorge Bustosépoca de la Ilustración o los burgueses del París decimonónico que paseaban en carruaje por los Campos Elíseos en pos del estreno de la última ópera, o de la actuación del emergente virtuoso del piano.En nuestra época no hay cerebros individuales, sino massmedia, queson los que tienen delegadas las funciones de la reflexión. Se habla dela publicidad agresiva: crearse incluso una mala imagen de marca con talde que la marca gane visibilidad y fama a raíz del escándalo. La sentencia de Wilde parece inspirar esta práctica: «Lo importante es que hablende uno, aunque sea bien». Barthes lo explica en su libro: «Destruir elmito desde dentro resultó extremadamente difícil. El mismo movimiento de desembarazarse de él, cae de inmediato presa del mito: elmito siempre puede, al final, significar la resistencia a sí mismo». Así,no me sorprendería descubrir en una calle de Austria un puesto de camisetas estampadas con el retrato del carcelero de Amstetten, el hombreque secuestró a su hija en el sótano oculto de su propia casa y tuvo conella varios hijos, a los que igualmente encerró y torturó durante décadas. Por supuesto, las camisetas se agotarían rápidamente. Los friquisseencargarían de su canonización pop.Este mecanismo publicitario hunde sus raíces en la rebelión cultural de los sesenta, que en Europa suele circunscribirse simbólicamentea los acontecimientos parisinos de mayo de 1968. En realidad, ni siquiera murió nadie. El gobierno untóa los líderes sindicales y compróla paz social. Fueron unas jornadas de novillos generalizados que los chicos burgueses excusaron con grandes palabras y un mito subyacente: laidealización del obrero asumida por el estudiante, acomplejado por sufalta de compromiso con la causa comunista que entonces llegaba aFrancia —también a España— tamizada por una aureola romántica. Elmismo procedimiento mitificador aplicaron autores como Walter Scotto Alejandro Dumas a la figura del forajido Robin Hood, por ejemplo. Yantes Homero a los guerreros griegos primitivos. Sin la roja insignia delvalor, los estudiantes se avergonzaban de poder dormir calientes ycomer en abundancia; aunque no sospechaban que el obrero luchabanada más que por manta y comida, y que en cuanto las tuvo se convirtió en neoburgués revanchista, o sea, Stalin.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 96]Una enmienda a la cultura popEn todo caso, la comunicación pública a base de consignas experimentó en esos días una importante catálisis, y hoy sus tesis siguen surtiendo de ingenuos y sonrosados lemas a las campañas publicitarias. Elsilogismo fue derrotado por el efectismo verbal. El argumento, por elpoema cursi.Los iconos —el Che Guevara, MaLAPRETENCIOSIDADINDIErilyn, James Dean, Maradona, BobMarley, Nelson Mandela, la furgoneta Volkswagen Westfalia de los hippies, la hoz y el martillo, la A del signo anárquico, Tim Burton y susmuñecos, etc.—, poseen la virtualidad de suministrarle a uno una identidad personal evitando la costosa tarea de pensar, estudiar, confrontarla historia verídica con una determinada atribución mediática. Es unaidentidad vicaria y epidérmica, pero es más llevadera que la abstenciónpura, bartlebyana. Al aislar los objetos o personalidades míticas de su nacimiento y desarrollo históricos, pasan a ser mercancía de consumo, locual tiende a diluir el abuso ideológico que entraña su imposición coetánea. Tampoco es cuestión de pararse a ilustrar en la verdad históricaa todo necio adolescente portador de una camiseta del famoso guerrillero argentino. Para él tiene un sentido: un aura romántica de heroísmo que él quisiera imitar, lo mismo que los oyentes de Homero cuandole oían cantar las hazañas del sanguinario Aquiles. La vigencia del pensamiento mítico queda probada una vez más por el reciente éxito delbiopic protagonizado por Benicio del Toro. Opino que el director nosólo ha dedicado seis años de rodaje hagiográfico para rentabilizar enentradas la mitomanía guerrillera, lo que le convertiría en un simplecínico codicioso; sino algo mucho peor: Soderbergh se encuentra sinceramente fascinado, acríticamente seducido por el icono barbudo de laboina. Y este es el síntoma malo de verdad, que los directores de cine resulten intelectualmente asimilables a sus espectadores más pueriles.Más grave se antoja la pretenciosidad de cierto sector social, autodenominado indie(independiente), que deplora como nosotros la mercantilización de la cultura... para acabar adorando el becerro de oro deproductos culturales alternativos, igual de caros e igualmente ayunosNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 97]Jorge Bustosde valores estructurales que aquellos mayoritarios en cuya denostaciónbasan la noción de prestigio. Sólo hay que darse un paseo por el madrileño barrio de Malasaña o por la calle Fuencarral. Tiendas carísimas de prendas raídas venden a los jóvenes incautos una supuesta autonomía de criterio y la pretendida resistencia a la uniformizaciónrepresentada por los grandes centros comerciales. Como los del mayodel 68, venden conceptos atractivos, que lo serán siempre para el serhumano: la libertad, la distinción, la rebeldía contra lo hegemónico, laespecificidad artística. La misma noción de exclusivismo venden en lacalle Serrano a los yuppies, quienes están tan interesados como los indiesen que se reconozca a simple vista dónde realizan sus compras.Unos llevan las iniciales de Hermenegildo Zegna en la bocamanga desu chaqueta; otros, la chapa del enternecedor personaje gótico Eduardo Manostijeras en la solapa de su chupa de cuero, como queriendotransmitir al resto de viandantes la bondad de sus corazones latentebajo la crisálida de triste extravagancia a la que el capitalismo salvajelos tiene condenados.Un viaje reciente a París le sirve a uno para constatar idéntico fenómeno en la otrora capital mundial de la cultura. La famosa margen izquierda del Sena está recorrida por las simpáticas casetas de los vendedores de libros, al estilo de una cuesta de Moyano kilométrica y paralelaal río. En esas casetas, además de viejos libros de bolsillo a precio de saldo—sobre todo novelas de intriga y misterio, aunque hay también viejosclásicos y títulos de gran impacto generacional, como algunos de Freud,Foucault o LéviStrauss—, se exponen principalmente pegatinas, pósters, postales, cromos, cuadritos y estampas de todos los iconos pop imaginables, desde Sinatra a Morrison, pasando por un Sartre más citadoque leído. Incluso se venden antiguos números de revistas eróticas enun intento de mitificar, convirtiéndola de hecho en mercancía de valorcoleccionable, a tal o cual musa en cueros de los ochenta. Los turistas separan a curiosear, pero casi nadie compra libros. El negocio de estos tenderos, me cuenta un amigo de París, sería ruinoso de no ser porque elpropio ayuntamiento subvenciona su simbólica presencia, que tanto tipismo y gloria añeja aporta a la orilla del viejo río. Esta forma de publiNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 98]Una enmienda a la cultura popcidad, más preocupada de sosteneruna imagen que de la oferta y deTiendas carísimas de prendasmanda real de una cultura meritoraídas venden a los jóvenesria, resume a la perfección la situauna supuesta autonomía deción que venimos denunciando ycriterio y la pretendida resisque está vigente en todo el mundo.tencia a la uniformización reLa posmodernidad ha instalado apresentada por los grandesla ciudad de la luzen la vivencia decentros comerciales.una paradoja fundamental. Aquelloque distingue a París es justo aquelloque París odia, y a ambas operaciones sentimentales debe su prestigio mundial, por no hablar del turismo.Todo lo que llevó a París a ser el centro cultural del planeta fue construido, edificado, emprendido y fomentado durante los años del imperiohegemónico de la burguesía decimonónica y primisecular hasta la GranGuerra. El urbanismo, la ópera, la gastronomía, la jardinería, los institutos científicos y las sociedades artísticas, la aplicación práctica y por extenso de las conquistas de la Ilustración fue acometida por hombres conservadores, blancos y profundamente orgullosos de su elitismo, como encualquier parte de Europa y EE.UU., por otro lado, en esa época. Fueronlos pintores de Montmartre y los poetas simbolistas de la bohemia de entresiglos los que, desde su vanguardismo nuevamente burgués, configuraron sin buscarlo la primera autocrítica nacional, cuyo legado puramente estético fue traducido política y mediáticamente por losestudiantes, nuevamente burgueses jugando a malditos, de mayo de1968. Hoy, el mito de París como tierra prometida de malditismo artístico —«Voy a París a escribir una novela, que allí me saldrá bien»—sigue funcionando y atrayendo a estudiantes de todo el mundo, singularmente de la sensible Latinoamérica. En París parece obligatorio ser escritor, fotógrafo o cosa por el estilo, porque allí hasta los vagabundos recitan versos, se diría. Ahora, los supuestos indiesde medio mundo queviven de alquiler en la capital gala lamentan que Sarkozy vaya a acabarcon el vergel de libertades sociales y exuberancia cultural de París, identidad que juzgan una conquista de la izquierda. Sin embargo, Hugo, NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 99]Jorge BustosPasteur, Foucault (no el polígrafo gaseoso, sino el astrofísico que con supéndulo probó el movimiento de rotación de la Tierra), los urbanistas deNapoleón III, Flaubert, Renoir, Baudelaire (también) y De Gaulle eranconsumados burgueses. Lo era igualmente Sartre, de hecho, y todos susestudiantes atrincherados. Así, a nuestros pijoprogresde Malasaña y GranVía los llaman, en el París de Las Halles y el barrio latino, los «bobo»(bourgeoisbohémiens): gozan de una posición desahogada pero ponen losojos en blanco tras pagar la cara entrada de ese espectáculo anticapitalista y antieurocentrista de cánticos swahilis tradicionales que oferta talo cual teatro, cuyo programador anda ansioso por sacudirse el estigmaconservador que infama el repertorio de la belleépoque. Un amigo español, profesor en la Sorbona y ya con años de residencia en la ciudad, meconfirma que el clasismo parisién se manifiesta relampagueante en cuanto alguien contesta a la pregunta: ¿En qué distrito vives? Porque todossaben que tal número o tal otro corresponde a un Salamanca, o bien a unUsera. O sea, que por debajo de la cosmética integración racial, encontramos los mismos atavismos de identidad pobre o rica ya diagnosticadospor Marx. Lo mismo sucede en cualquier gran metrópoli moderna.Hoy, como en ninguna otra época, sociedades ricas —de consumo—alientan la proliferación de innumerables tribus o grupos urbanos, nutridos por exponentes de una adolescencia elástica que sobrepasa latreintena. Sus necesidades no son distintas de la de cualquier joven encualquier época: labrarse un futuro, ser un hombre o una mujer cabal,madurar una personalidad propia. El consumismo y la saturación informativa, sin embargo, son el caldo de cultivo de adolescentes eternos einsatisfechos, que compran en Praga una camiseta de Kafka porque hanoído que era un tipo auténtico, un sufridor de los buenos, pero no se animarán a leerlo en profundidad. Cualquier genio es susceptible de revisitación comercial en forma de estampado textil o carátula discográfica.Todo lo que la masa consume de Pessoa es fotografiarse en chancletas ybermudas con la efigie en bronce del poeta que el avispado dueño del ABrasileira colocó a la entrada de este célebre café lisboeta, donde el torturado autor escribía y se embriagaba habitualmente.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 100]Una enmienda a la cultura popCONCLUSIÓNEl panorama esbozado en estas líneas está dominado por los tonos de una crítica melancólica y desabrida, ya que es la postura que, por minoritaria, estimamos más urgenteadoptar. Pero es indudable, como hemos dicho antes, que la presentecoyuntura ofrece también posibilidades magníficas a la excelencia. Porun lado, el modelo democrático neoliberal que sostiene la sociedad deconsumo ha derrotado afortunadamente a otros paradigmas políticos ysocioeconómicos donde la cultura era dirigida, y por más que la dirijanministros geniales hacia elevados criterios —que no fue el caso, además—, el arte sólo florece en libertad. Y en segundo lugar, la instauración del consumismo obliga a generar ofertas de todo tipo, y entre lamáxima cantidad se encuentra más fácilmente la anhelada calidad. Sinembargo, es preciso acotar la influencia que en la formación de las nuevas generaciones ejerce la lógica mercantil, tan estrecha y empobrecedora. Su hegemonía ha convertido la cultura en un confuso meltingpotde lo popular y lo excepcional en donde muchos no sabrán cómo encontrar y discernir lo mejor. Contra lo que quiera vender la demagogiarelativista, no es lo mismo Madonna que Haendel, y ni siquiera queDylan. No desarrollará lo mismo las potencias cognitivas del ser humano la lectura de Vasili Grossman o Enrique VilaMatas que la de KenFollet o Carlos Ruiz Zafón. En esa tarea de desbroce los críticos son, portanto, más necesarios que nunca. Su labor es contrariar la anulación delas jerarquías que persigue por naturaleza el mercado, para afirmar categóricamente que hay cultura mejor y cultura peor. Que aunque esténdesacreditados los viejos sistemas holísticos de legitimación cultural,existe un marco de significados arraigados en la psique y las emocioneshumanas a los que la cultura debe seguir apelando para poseer un valor,el que le corresponda. Si los anunciantes permiten hablar a los críticos,y éstos saben hacerlo, la gente los escuchará. Si no, en todo caso, quedala esperanza de encontrar tipos afines predicando en el desierto, y haceramigos. JORGEBUSTOSNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 101]