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Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisiva

Marcelino Oreja

Discurso que se pronunció en la presentación del libro "Antonio Garrigues, embajador ante Pablo VI. Un hombre de concordia en la tormenta".

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Marcelino Oreja, “Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisiva,” accessed June 18, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1799.

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Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisiva

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Las relaciones entre Iglesia y Estado

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Discurso que se pronunció en la presentación del libro "Antonio Garrigues, embajador ante Pablo VI. Un hombre de concordia en la tormenta".

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Marcelino Oreja

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Nueva Revista 119 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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LAS RELACIONES IGLESIAESTADOAntonio Garrigues,unapersonalidad ejemplarenuna época decisivaHace unas semanas se presentaba en Madrid el libroAntonio Garrigues, embajador ante Pablo VI. Un hombre de concordia en la tormenta (19641972). En presencia de su hijo, Antonio Garrigues Walker, del autor de la obra, Fernando de Meer, del nuncio apostólico ydel profesor y académico Carlos Seco Serrano, el que fuera ministroy colaborador del propio Garrigues, Marcelino Oreja, pronunció eldiscurso que a continuación se reproduce y sirve para una mayor comprensión de la figura del Embajador y de las circunstancias de unaetapa clave para el futuro de España.ste libro es una obra de gran interés, no sólo para expertos en relacioEnes Iglesia y Estado en España, sino también para todo aquel quequiera conocer el desarrollo político español entre mediados de los sesenta y la víspera de la muerte del general Franco, los debates internosen el seno del régimen, las tensiones entre sociedad y Estado y, sobre todo,para poner de relieve una figura como la de don Antonio Garrigues DíazCañabate, «un hombre de concordia en la tormenta» como reza el subtítulo del libro, que representa una de las ramas altas entre los intelectuales, los políticos, los embajadores de una época convulsa como la que nosocupa y que muestra sus esfuerzos denodados, contra toda adversidad,para preparar un futuro en el que él tuvo la fortuna de participar.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 102]LAPERSONALIDADDEGARRIGUESDon Antonio impresionabasiempre por su voluntad de norehuir, eso sí, con mesura y con templanza, los temas difíciles y comprometidos, en busca de esa luz que él perseguía siempre, aunque fuerauna luz tenue, un rescoldo, usando como decía las sombras únicamente para lo que están hechas, para poner de relieve la claridad. Y hayalgo que marcó siempre su personalidad: Garrigues actuó tanto comoembajador como en las otras muchas funciones que la vida le deparó,por encima de todo, como un hombre de fe: muchas veces recordaba elsentido profundo de la vida, un sentido —decía él— a veces sombríoy siempre misterioso. Pero era consciente de que incluso —o sobretodo— en época de crisis, de duda, de vacilación, lo único que lomueve todo, hasta las montañas, es la fe del hombre mientras que todolo demás es secundario.Don Antonio era por tanto un profundo creyente pero un creyentelejos del fanatismo y del profesionalismo católico y por eso pudo desempeñar con tanta convicción y fuerza su labor desde el Palacio de España.Allí llegó lleno de esperanza con la misión que le habían encomendadoy, como escribió a Castiella al tomar posesión, «nada me podía hacer másilusión, a esta altura de mi vida, que la embajada ante la Santa Sede.Estos temas y estos problemas han constituido desde hace muchos añosel eje moral de mi vida». Y en la Sede Apostólica encontró a un intelectual como él, Pablo VI, fuertemente atraído por la fuerza del catolicismo español y la abundancia de vocaciones en Hispanoamérica, peroal mismo tiempo el Papa desconfiaba del régimen político del generalFranco, que le recordaba los años del fascismo italiano.No creo que hasta la llegada de Garrigues haya habido ningúnembajador que haya tenido la relación que él tuvo con el SantoPadre, con quien se entrevistó en numerosas ocasiones, intercambiócartas y mensajes, defendió ante él posturas que no eran siempre dela complacencia del pontífice, pero que como representante del Gobierno se sentía obligado a mantener, eso sí con el tacto, la mesura,la prudencia pero también la firmeza que requiere la misión de unembajador.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 103]Marcelino OrejaEn su etapa romana tuvo ciertamente muchos momentos felices yevocaba especialmente el día en que se proclamó a Santa Teresa,Doctora de la Iglesia. Santa Teresa, con cuya lectura su mujer protestante había salvado todas sus resistencias para abrazar la fe católica. Y el día menos feliz, cuando el Papa, en un discurso a los cardenales, aludió a España entre los países que especialmente le causabanmás preocupación. Garrigues probablemente comprendía las palabrasdel Papa, pero sentía que se pusieran en evidencia en ocasión tan solemne.Las relaciones entreLASCIRCUNSTANCIASENLASQUELETOCÓla Iglesia y el EstadoDESEMPEÑARSUPAPELespañol después dela guerra civil giraron en torno a dos ejes básicos: la confesionalidadcatólica del Estado, establecida en las Leyes Fundamentales, y el Concordato entre la Santa Sede y el Estado firmado en 1953. Con esa realidad se encuentra el embajador al llegar a Roma.El sistema concordatario y de confesionalidad formal católica del Estado entra en crisis por la incidencia, por un lado, del Concilio Vaticano II y su significación renovadora en la doctrina iuspublicista de laIglesia y, por otro, de la evolución de la sociedad española en la décadade los años 19601970, con el declive paulatino, pero imparable, de unrégimen personalista y autoritario ligado estrechamente a la persona delJefe del Estado.Fijándonos exclusivamente en la incidencia del Vaticano II en lacrisis del sistema de relación entre la Iglesia y el Estado, basta señalarel contenido doctrinal de tres documentos conciliares absolutamentecruciales, y que no podían por menos que provocar y exigir un cambioprofundo en esas relaciones, respecto a los que se habían venido realizando hasta entonces:La constitución Gaudium et Spes, cuya doctrina culmina un procesode relaciones entre la Iglesia y la comunidad política, con una renovadaformulación de lo que se había enseñado en el magisterio pontificio delos siglos XIXy XX, estableciendo «que la comunidad política y la IglesiaNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 104]Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisivason, en sus propios campos, independientes y autónomas la una resDon Antonio era por tanto unpecto a la otra, pero las dos, aunqueprofundo creyente pero un crecon diverso título, están al servicioyente lejos del fanatismo y delde la vocación personal y social deprofesionalismo católico.los mismos hombres», doctrina estaque sin duda compartía plenamenteel embajador Garrigues.La declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, al asumir como un contenido de la doctrina católica, la defensa del derechofundamental de la persona humana a «estar inmune de coacción, tantopor parte de personas particulares como por parte de grupos sociales yde cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en lo religiosoni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida queactúe conforme a ella, en privado y en público, solo o asociado conotros, dentro de los límites debidos». En consecuencia, condiciona laposible confesionalidad católica del Estado como ocurría entonces enEspaña, a un reconocimiento civil especial en el ordenamiento jurídico de la sociedad política, pero respetando siempre el derecho de todosa la libertad religiosa y no discriminando jamás, ni abierta ni ocultamente, a los ciudadanos por motivos religiosos.El decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos, que establece que para defender la libertad de la Iglesia y para promover mejor el bien de los fieles «no se conceda, en lo sucesivo, nuncamás a las autoridades civiles ni derechos ni privilegios de elección,nombramiento, presentación o designación para el ministerio episcopal, y se ruega con toda delicadeza a las autoridades civiles que tengana bien renunciar por su propia voluntad, de acuerdo con la sede apostólica, a esos derechos o privilegios, de que disfruten por convenio o porcostumbre».Éstos son los tres documentos básicos que condicionan el quehacer del embajador cerca de la Santa Sede. No olvidemos además queen el caso de España precisamente por tratarse de un Estado confesional católico, en virtud tanto de las Leyes Fundamentales como deNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 105]Marcelino Orejaun Concordato con fuerza de tratado internacional, el Estado estabaobligado a determinados cambios en su política religiosa.Un cambio que se produjo, con gran acierto, fue la promulgaciónde una ley de libertad religiosa, el 28 de junio de 1967, en la que tuvouna participación decisiva el ministro Castiella que ya la reclamabamucho antes de iniciarse el Concilio, con la estrecha colaboración delembajador Garrigues. Mediante esta ley, se pretendía pasar en Españade un régimen de tolerancia a un régimen de libertad religiosa, para asíacomodar la legislación española a los principios conciliares.Pero, en relación con la petición del Concilio de la renuncia voluntaria al privilegio de presentación, el Gobierno no dio ningún paso paraefectuar un cambio en la situación legal.La Santa Sede, mediante una carta del papa Pablo VI, de 29 de abrilde 1968, solicitó al Jefe del Estado la renuncia al privilegio de presentación, aun antes de que se procediera a una revisión del Concordato,para acomodarlo a la doctrina conciliar y a la evolución efectuada enla sociedad española. El Jefe del Estado respondió el 12 de junio de esemismo año, con una carta en la que afirmaba que el antiguo derechode presentación para las sedes episcopales de España, fue modificadoen su esencia por el Convenio de 1941, al transformarse en un verdadero sistema de negociación. Por tanto, su renuncia o modificaciónsólo era posible —a su juicio— dentro de una revisión global del Concordato.Este cruce de cartas impulsó la revisión del Concordato que, de alguna manera, se había iniciado en 1966, al manifestar la recién estrenada Conferencia Episcopal española, en un escrito dirigido a Pablo VI,su disposición a renunciar a cualesquiera privilegios que él consideraseoportuno y del modo y en la fecha que él dispusiese. En noviembre de1968, la Nunciatura comunicó a los obispos españoles que la SantaSede había decidido proceder a la revisión del Concordato, enviándoles posteriormente un cuestionario sobre los puntos revisables. Pero elprocedimiento y la negociación de esa revisión se complicó, y no llegópropiamente a término, dadas las dificultades en progresivo aumento delas relaciones entre la Iglesia y el Estado.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 106]Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisiva«ALCÉSARLOQUEESDELCÉSARLa lectura del libro de Fernando de Meer es valiosísima»YADIOSLOQUEESDEDIOSpara conocer los entresijos deesta etapa turbulenta de las relaciones IglesiaEstado. Hay que destacarla actividad incesante del embajador, que hace gala de su formación ysu buen sentido y busca por todos los medios acercar a las dos potestades a través de sus visitas constantes a la Secretaría de Estado, dondegoza de gran prestigio sobre todo con los cardenales Casaroli y Benelli,y luego con el cardenal Villot, y se esfuerza denodadamente en sus conversaciones con los ministros españoles de Asuntos Exteriores —quedesde 1969 era Gregorio López Bravo— y de Justicia por hallar vías deencuentro y de progreso.Ya me he referido antes a las numerosas entrevistas con el papaPablo VI y añadiré sus cartas al Jefe del Estado español y sus conversaciones con él que aparecen recogidas en el libro, así como con losmiembros más destacados de la Conferencia Episcopal, el arzobispo deMadrid, don Casimiro Morcillo, el arzobispo de Toledo, monseñor Enrique y Tarancón, administrador apostólico de Madrid al fallecer monseñor Morcillo y el nuncio en España, monseñor Luigi Dadaglio.De esta copiosa y rica información, extraída de la documentación archivada en la Universidad de Navarra y que contiene las numerosísimascartas escritas por don Antonio desde Roma y la respuesta de los ministros —que se conservan en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores— sólo podré espigar unas cuantas informaciones con la advertencia de que es el libro entero de Fernando de Meer el que hay que leer, parahacerse una idea de lo que fueron esos años en el tema que nos ocupa.La cuestión está en la visión diametralmente opuesta que existesobre la manera de desarrollarse esas relaciones, que para las autoridades del Estado debían estar presididas por la salvaguarda del derecho depresentación de obispos, amparándose en el derecho histórico, en elAcuerdo de 1941 y, sobre todo, en el Concordato de 1953, a lo que seañadía el rechazo a cualquier interferencia eclesiástica en las críticas ala situación política y socioeconómica española. Del otro lado, está la actitud de la Santa Sede representada por el nuncio que reclamaba laNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 109]Marcelino Oreja renuncia al derecho de presentación al amparo de las invocaciones delConcilio sobre la materia y la comprensión o justificación de las críticas a la situación interna española de obispos, sacerdotes y religiosos porconsiderar que había leyes del Gobierno español, que estaban en contradicción con los documentos pontificios, la Pacem in Terris, la LibertadReligiosa, la Gaudium et Spesy demás textos de la Iglesia.Para superar estas tercas realidades el embajador, con un excelente equipo de colaboradores, hizo cuanto pudo para serenar los ánimosy contribuyó a preparar proyectos de Concordato, que estuvieran másacordes con el signo de los tiempos y trató de mediar entre la Secretaría de Estado del Vaticano y los ministros de Asuntos Exteriores yde Justicia, para intentar encontrar fórmulas que permitieran descrispar unas situaciones que a medida que avanzaba el tiempo y seacercaba el final de la vida del Jefe del Estado, se hacían cada vez másdifíciles.Una preocupación que manifestó el santo padre al embajador desdesus primeros encuentros fue la evolución, transformación y perfeccionamiento del régimen, dentro del espíritu y de las características y circunstancias históricas individuales y sociales del pueblo español. Ideaesta que en el fondo es plenamente compartida por Garrigues que yacon ocasión de la presentación de credenciales puso de manifiesto queésa era también la voluntad del Jefe del Estado, del Gobierno y de lasfuerzas políticas con sentido de la realidad: es decir la idea de construirun Estado católico de la sociedad teniendo en cuenta las circunstancias históricas de aquella hora, palabras que, como dice Fernando deMeer, traslucían por una parte la propia convicción del embajador ytambién algo su idealismo, condición que caracterizó a don Antoniodurante toda su vida. En sus cartas a Castiella informándole de las audiencias con el Papa le manifiesta constantemente la necesidad dedotar al régimen de una nueva estructura política. Para ello, según elembajador se precisaba estudiar el juego de las instituciones en su realidad, examinar los problemas políticos y sociales y encontrar solucionesadaptadas a España a la vista de un análisis comparado con otros regímenes políticos.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 110]Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisivaEsta preocupación de Garrigues le llevó poco más tarde a prepararcon la participación de un pequeño grupo de colaboradores un proyecto de reforma de las instituciones españolas, en el que tuve el honorde trabajar. A mí me encomendó que estudiara la Organización Sindical y el Movimiento Nacional. Cuando tratamos de pasar del análisis,a la parte dispositiva, encontramos una dificultad insuperable en insertar el Movimiento en un texto legislativo. Cuando Garrigues le entregó el texto a Franco, en un despacho que tuvo durante el verano enel palacio de Ayete de San Sebastián, le manifestó, como excusándose, que no había podido incluir el Movimiento en el texto articuladoporque en realidad desconocía el papel concreto que podía representar.Según ha narrado el propio Garrigues y yo se lo oí a la vuelta de Ayete,Franco le contestó: «Mire usted, embajador, cuando yo me desplazopor los pueblos y tierras de España tiene que haber unas personas queacojan al Jefe del Estado con sus aplausos y simpatía. Para eso sirve elMovimiento Nacional».Excuso decir que el documento que yo conservo debió quedar archivado en algún despacho del palacio del Pardo pero eso no fue obstáculopara que Garrigues oportune et importunesiguiera insistiendo en la necesidad de modernizar la legislación política española y adecuarla, contodos los particularismos que se quiera, a los modelos occidentales.Un tema que sin duda influyó en el curso de las relaciones entre laSanta Sede y el Gobierno español, fue la Constitución sobre «la Iglesiaen el mundo actual», con párrafos dedicados al derecho de huelga, la libresindicación, la democracia inorgánica, que contrastaban con la legislación española en esas materias.Un decreto que tuvo también gran relevancia para España fue el relativo a la función pastoral de los obispos al que me he referido al principio en el que se rogaba a las autoridades civiles «que por su propia voluntad y previa consulta con la sede apostólica renuncie a talesderechos de los que disfrutan actualmente por pacto o por costumbre».Estos dos temas perturbaron durante esos años (19661975) las relaciones entre España y la Santa Sede y fueron causa de máxima preocupación para el embajador Garrigues.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 111]Marcelino OrejaEn la sociedad española, y concretamente en medios eclesiásticos, sevivían por otra parte momentos de tensión derivados de los deseos degrupos sociales de ejercer plenamente los derechos de reunión, expresión, asociación. Estos sucesos están puntualmente descritos en el librode Fernando de Meer. Ya sean conventos de religiosos —Madrid, Zaragoza, Montserrat—, actuaciones de la Acción Católica y Movimientosde Acción Católica, actitudes de obispos y sacerdotes, algunos con especial capacidad de convocatoria como el padre Gamo o el padre Llanos, enrarecían constantemente la relación ya que el Gobierno interpretaba que la Santa Sede no tomaba medidas para impedir estasactuaciones o incluso que las impulsaba.Por su parte, la Santa Sede, ya sea a través de la Secretaría de Estado o del nuncio en Madrid, insistía en la necesidad de que España renunciase al derecho de presentación de obispos y la posición del general Franco seguía siendo totalmente negativa. Garrigues intentabaencontrar salidas aunque chocaba con una barrera de incomprensiónsobre todo por parte del ministro de Justicia que evidentemente reproducía el pensamiento del Caudillo. El embajador ve con inquietud la rigidez del Gobierno y pide cada vez con más insistencia en sus conversaciones y en sus cartas un alineamiento del sistema político españolcon las coordenadas establecidas en el Concilio y con la nueva doctrina pontificia de carácter social y político. Y en cuanto al derecho depresentación su opinión es que ha dejado de tener sentido y que loúnico que cabe es reservarse un derecho de veto por razones de carácter político, pero nada más.Pasan los meses y parece que en una y otra parte se piensa una vezmás que la única solución posible está en intentar la revisión total delConcordato.El embajador, que no ceja en su empeño de llegar a arreglos, se ponemanos a la obra y comienza a redactar un texto que coteja con la Secretaría de Estado, pero no es consciente de que mientras él avanza porla vía de lo posible, con fórmulas adaptadas al momento histórico enque se produce, en Madrid trabajan paralelamente Exteriores y Justicia, y empieza a crearse en el Gobierno español un clima de desconNUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 112]Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisivafianza hacia la propia embajada en la Santa Sede a la que considerancada vez más proclive a las posiciones vaticanas.No olvidemos que al mismo tiempo que todos estos hechos se producen, se intensifica en España la situación conflictiva. Encierros, apresamientos de sacerdotes y religiosos, violencia terrorista, declaración deestado de excepción, tensión en las provincias vascas, críticas durísimasdel Gobierno a monseñor Cirarda, administrador apostólico de Bilbao,desacuerdo total en la formación de seisenas para la elección de obispos lo que produce la multiplicación de sedes vacantes, descalificacióndel nuncio por parte de las autoridades del Estado, a quien se juzga presionado por el cardenal Benelli, antiguo consejero de la Nunciatura enMadrid y muy influido según los medios gubernamentales por el sectordemócrata cristiano.La posición de los obispos españoles no es unánime pero la Conferencia Episcopal respalda a la Santa Sede en especial respecto al nombramiento de obispos y la supresión del derecho de presentación. Y laactitud del cardenal Enrique y Tarancón es cada vez más firme y a pesarde la resistencia de algunos obispos como monseñor Guerra Campos, suautoridad se impone cada vez más.Garrigues escribe un interesantísimo resumen de cinco años de embajada que viene a ser, además de un resumen, un testamento. Su conclusión es que las buenas relaciones entre el Gobierno español y la SantaSede no dependen de un instrumento jurídico, como puede ser un concordato, sino del establecimiento de una sintonía básica, entre los criterios que llevaban a la acción de la Santa Sede hacia España, de la Conferencia Episcopal española respecto al orden institucional de España, ydel Gobierno respecto a la Santa Sede, la jerarquía de la Iglesia católicay la acción de los sacerdotes y de algunas asociaciones obreras.Pero a pesar de todas las dificultades, Garrigues sigue trabajandosobre un nuevo texto del Concordato, lo que demuestra una vez más lacapacidad de elevarse por encima de los sucesos diarios para intentardesde arriba encontrar acuerdos y conciertos. Vana pretensión, pero nobleza de propósito. Mientras él se esfuerza por lograr el entendimiento,los responsables de las relaciones entre el Estado y la Iglesia en los NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 113]Marcelino Orejaministerios de Justicia y de Exteriores muestran cada vez más su enfrentamiento con el nuncio, con algunos obispos y con el sustituto de laSecretaría de Estado. Bien expresiva de esta situación es la que relataFernández de la Mora, subsecretario de Exteriores en sus Memorias, informando al ministro López Bravo de su conversación con el nuncio.El ministro comenta —después de escuchar al subsecretario— quemonseñor Dadaglio tiene una incansable pretensión de nombrar ciertosobispos y dice textualmente «no sé si son hombres de fe firme, perodesde luego son “rojillos” y eso le encanta al nuncio». En ese clima evidentemente el progreso era imposible.Paso por alto vicisitudes descritas con gran rigor en el libro que presentamos, pero a nadie sorprenderá que el proyecto de Concordato queha preparado Garrigues caiga en el más completo olvido y sea sustituido por otro texto que redacta el Ministerio de Justicia, que no se tomaen consideración en la Santa Sede.Llegamos así al penúltimo capítulo del libro que lleva el título expresivo de «La concordia imposible». Avanza el año 1971. La soledad deGarrigues es cada vez mayor. El cardenal Enrique y Tarancón junto aotros cardenales celebra varias reuniones con los ministros Oriol y LópezBravo. El cardenal de Toledo da a entender que la opción que apoya lamayoría de los obispos es una revisión del Concordato por medio deacuerdos parciales, si bien, en su viaje a Roma, informa a monseñor Casaroli que bastantes obispos son partidarios de no firmar tampoco acuerdos parciales y menos aún un concordato, ya que no se puede dar oxígeno a un régimen y un Gobierno que va a durar poco tiempo.En el último otoño romano, 1972, Garrigues escribe a López Bravoque la batalla del derecho de presentación era una batalla perdida desdesu misma iniciación y él también se inclina por la fórmula de acuerdosparciales, pero la actitud del ministro es inamovible: la revisión total delConcordato o la renuncia del mismo y el inicio de conversaciones. Laposición del Vaticano es la firma de un acuerdo parcial con la renunciaal derecho de presentación y al mismo tiempo la renuncia al privilegiodel fuero eclesiástico por la Santa Sede y una posterior actualización delConcordato.NUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 114]Antonio Garrigues, una personalidad ejemplar en una época decisivaGarrigues, mientras tanto, empieza a plantearse la conveniencia deponer término a su misión. Pero antes escribe un artículo en ABCmanifestando su modo de ver el futuro político español. Dice así: «Lasleyes son fundamentales pero naturalmente no más fundamentales queel hombre mismo, que es el fundamento de todo orden social». Con elloquería indicar que él servía a un régimen político cuyas bases fundamentales podían ser modificables, aunque la Ley de Principios del Movimiento afirmase que dichos principios eran permanentes e inalterables. La realidad es que tanto en el tema de los acuerdos parciales comoen la modificación de los Principios del Movimiento, Garrigues aparece como precursor de unos cambios que se producirían a la muerte delgeneral Franco, con el impulso del Rey y del Gobierno de Adolfo Suárez que a mí me permitieron firmar a los veinte días de mi nombramiento de ministro de Exteriores un acuerdo marco con la renuncia recíproca al derecho de presentación y al privilegio del fuero, queabrieron el camino a los acuerdos parciales que pude firmar con el cardenal Villot en enero de 1979, que sustituían al Concordato de 1953.Unos acuerdos que después de treinta años siguen todavía vigentes. Inmediatamente después de la firma, una de mis primeras llamadas desdeRoma fue a don Antonio Garrigues para decirle que al final sus deseosse habían cumplido.MARCELINOOREJANUEVA REVISTA 119 · OCTUBRE 2008[ 115]