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Los parerga de Fontán

Marqués de Tamarón

Con motivo de la publicación del libro de Antonio Fontán "Príncipes y Humanistas, el autor hace un ensayo sobre la cultura y la forma de vida de las personas cultas.

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Marqués de Tamarón, “Los parerga de Fontán,” accessed May 28, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1700.

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Title

Los parerga de Fontán

Subject

Humanismo

Description

Con motivo de la publicación del libro de Antonio Fontán "Príncipes y Humanistas, el autor hace un ensayo sobre la cultura y la forma de vida de las personas cultas.

Creator

Marqués de Tamarón

Source

Nueva Revista 121 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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document/pdf

Language

es

Type

text

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Los parerga de FontánMARQUÉSDETAMARÓNEl hombre culto desconfía de la «insobornable contemporaneidad», que leparece sobornable por antonomasia y contemporánea per accidens. Me refiero, claro está, al hombre, no al solo varón, y culto, no mero erudito. Lagente culta vive la cultura y la cultura les ayuda a vivir todas las tareas de suvida. De hecho el hombre culto suele estar más abierto a los quehacerespúblicos y privados, salvo que decida retirarse y entonces también sacarámás provecho de sus reflexiones.Pensaba en todo esto mientras disfrutaba del trato con estos Príncipesy humanistasde la mano de Antonio Fontán. Pensaba en el propio donAntonio —por darle su tratamiento que, con tú o con usted, sigue afableuna ya vieja tradición académica española— y en cómo la cultura —pasión y no adorno— continúa hermanada en su vida con el trabajo empresarial y periodístico, todo ello tras cumplir y celebrar sus ochenta ycinco años y agradecer la merced regia del Marquesado de Guadalcanal:el Príncipe y el Humanista desempeñaron bien su papel, cosa rara hoy en día.Y recordaba también a otros viejos amigos, felizmente activos, que hanquerido y sabido vivir la cultura junta con otras labores. Veo a José Antonio Muñoz Rojas, próximo a los cien años, corrigiendo la edición de suspoesías completas, en sus tierras que siempre llevó como buen labradory criador, que se decía antes. Y a Valentín García Yebra, pasados los noventa y tras varios decenios llevando una editorial, que persevera en sulabor lexicográfica. Por no olvidar un caso insólito de combinación de cultura y guerra, mezcla en sí frecuente pero no tal como la hizo Sir PatrickLeigh Fermor. Había hecho prisionero a un general alemán, en 1944, y lo llevaba a través de Creta encañonado y sin quitarle el ojo de encima33FEBRERO 2009cuando lo oyó murmurar algo mientras miraba el Monte Ida al amanecer,cubierto de nieve:«Vides ut alta stet nive candidumSoracte...»El comandante inglés continuó:«...nec iam sustineant onussilvae laborantes...»Yasí hasta terminar las seis estrofas de la oda I, IX de Horacio, a partir decuyo momento el General Kreipe cambió de actitud y hasta sonrió. «Durante un largo instante pareció que la guerra había dejado de existir. Losdos, mucho tiempo atrás, habíamos bebido en las mismas fuentes», concluye Fermor.Fontán hubiese podido escribir esa frase, pues sabe muy bien que beberen las mismas fuentes es compartir cultura y eso tiene consecuencias literalmente incalculables y literariamente previsibles. Por eso me conmueve leersu dedicatoria manuscrita de Príncipes yhumanistas«para Santiago Tamarón, con el que comparto todas las lealtades históricas y culturales a España». Aunque —añadiría cualquiera— las lealtades de don Antonio tenganmucho más fundamento en lecturas, conocimientos y experiencias que lasde casi todos nosotros.Además, para el autor existe otra dimensión, en rigor no coincidente conla cultura: la sabiduría. Y al llegar aquí es menester escuchar a Fontán resumiendo a Vives, pues no conozco mejor resumen de la doble raíz del pensamiento de éste —y quizá de aquél—, la religiosa y la clásica:«Todo el empeño de Luis Vives fue la búsqueda de la sabiduría [...] LaSabiduría es Cristo. Alcanzarla es una tarea del alma. El estudio, cuando elalma está limpia de pasiones, la vuelve sabia y prudente. Pero resulta queesta es una frase de Aristóteles y que en las palabras del teólogo [uno delos participantes del diálogo El sabio] se mencionan también otras dos delas que Platón pone en boca de Sócrates. [Vives], profundamente teísta y34NUEVA REVISTA 121MARQUÉS DE TAMARÓNcristiano, identificaba la sabiduría conDios; su plenitud y, por tanto, la feliLa gente culta vive la cultura y lacultura les ayuda a vivir todas lascidad, con la otra vida; las almas sabias son las que Sócrates —y el teótareas de su vida.logo con él— llamaba ultramundanasy ultraterrenales; y el camino para alcanzar esa sabiduría es el ejercicio de la virtud según Cristo. Pero ese conocimiento no exime al intelectual Luis Vives de su afanosa búsqueda parailuminar y traspasar las caliginosas tinieblas que se interponen entre la presente realidad del hombre y la luz absoluta que es Dios».Fontán no exagera al dibujar el paisaje espiritual de Vives, cristiano sincero y convencido, como tampoco oculta la tragedia religiosa familiar: laInquisición envió a su padre a la hoguera y más tarde inició un «procesocontra la fama y memoria de la madre, Blanquina March, que concluyó en lapenosa y cruel sentencia de exhumación y quema de sus restos más de veinte años después de la muerte». Se comprende que Vives no se decidiese avolver a España y muriera en Brujas, su segunda patria. Pero no se le conocen muestras de resentimiento anticristiano o antiespañol, sino muy al contrario, y no parece que mostrase por escritos públicos y privados tales creencias y afectos por cautela sino porque los llevaba en el corazón. Otroadmirador de Vives me comentó hace unos días que él lo estudió a fondocon la esperanza de descubrir indicios de duplicidad en el pensamiento delgran humanista, pero que al final hubo de rendirse a la sorprendente evidencia: Vives siempre se sintió cristiano y español.Otra cosa —y Fontán lo explica con la misma lucidez que el personaje estudiado— es que Vives no se percatase de las contradicciones doctrinales ypolíticas de la época que le había tocado vivir. Las vió con justeza. Intentó ayudar a superar las discordias eclesiásticas, escolásticas y dinásticas allí dondevivió, en Francia, Inglaterra o Flandes. Aconsejó prudencia a reyes y magnates, se inquietó por el avance turco mucho más que los demás humanistascomo su amigo Erasmo, dedicó libros y recomendaciones a los grandes deeste mundo e incluso al Papa, directamente o por persona interpuesta. En fin,37FEBRERO 2009LOS PARERGA DE FONTÁNcomo escribió Ortega y Gasset, Vives brilló por sus dos virtudes intelectualesde la seriedad y la serenidad. Pero nunca fue ingenuamente optimista. Diríase que barruntaba los horrores de un siglo después, con la Guerra de losTreinta Años. Su veredicto político final fue me horum temporum miseret(siento compasión por estos tiempos). A todas luces, Vives desconfiaba de la«insobornable contemporaneidad».No sé si es por eso, pero Fontán parece identificarse más con el granhumanista valenciano que con los demás que retrata en este libro, y esoque a todos ellos muestra considerable simpatía y comprensión, incluso alpara algunos poco edificante Maquiavelo, pensador comprensible si se atiende a las circunstancias históricas de la Italia de su tiempo. En puridad, ocurre que el autor de esta sugestiva galería de Príncipes y humanistases fielal título de su libro y está subyugado —y nos subyuga a los lectores— antetodo por las mejores cabezas del humanismo que aplicaron su talento enbuena parte a aleccionar a los Príncipes. Y resulta que Juan Luis Vives reúneen su persona la doble condición, intelectual y política, en grado sumo. Aveces por pura casualidad —si es que tal cosa existe en la Historia— queno se le escapa a don Antonio, y que nos revela sin apenas insistir en ciertas afinidades, electivas o aleatorias. Así el lector medio, como el que estoescribe, descubre de pasada que los Diálogoso Excercitatio Linguae Latinae—manual para aprender latín, dedicado al futuro Felipe II, a la sazón deonce años— no era el primero que Vives escribía, pues hizo otro quinceaños antes, destinado a María Tudor, otra niña...que terminó casándose consu primo Felipe. Como el aprendizaje del latín no era entonces un meroadorno para los príncipes sino una obligación política («tengo por muy principal en un príncipe ser buen latino, así para saberse regir a sí como a otros,especialmente quien espera tener debajo de sí tanta diferencia de lenguas...»escribía Juan de Zúñiga al Emperador) no es difícil imaginar la importanciade ciertos empeños didácticos y áulicos de Vives.Estos polos de la atención de Fontán quedan bien claros en dos de losmejores ensayos reunidos en este libro: «El humanismo cristiano europeo.ErasmoMoroVives», fascinante relato de la amistad entre estos tres egregios38NUEVA REVISTA 121MARQUÉS DE TAMARÓNpersonajes, y «1516, el Annus Mirabilisde la filosofía política», referido a laEl auténtico magisterio consiste enaspirar al viejo ideal de la unidad depublicación o redacción de El Príncilas cualidades del individuo y enpede Maquiavelo, el Institutiodereunir y sacar de cada uno por maErasmo y la Utopíade Moro, con unapostdata de Vives, como pueden conyéutica lo mejor.siderarse sus Declamaciones Sullanaede 1520.Pero el hecho es que toda esta rica colección de ensayos que versansobre tantos y tan singulares personajes del Renacimiento, desde el andaluzNebrija al polaco Juan Dantisco, pasando por el Cardenal y Obispo catalánMargarit, entusiasta defensor del restablecimiento de la unidad de España,constituyen un libro dotado de sólida unidad. Con sencillez, el autor lo explica al final: «Durante toda mi vida académica y profesional he venido ocupándome de los escritores y asuntos de que trata este libro...» y alude luegoa «las estrenasde Navidad que suelo enviar pro manuscriptoa unos centenares de amigos», y donde a lo largo de años ha tratado ya de algunos deestos asuntos.Muchos de estos escritos conservan el espíritu festivo de sus orígenes deregalo y conmemoración navideños. A veces, inevitablemente, se traslucetambién un punto de melancolía, como si el autor se percatase de que launidad del libro está basada en la unidad de propósito —ocasional o no—entre el consejo del filósofo y el empeño del príncipe, y que esa unidad corresponde a un periodo histórico acaso irrepetible. Como lo es, y en mayorgrado, la unidad de naturaleza premoderna entre Rey, Profeta y Sacerdote,unidad de la que aún queda un eco en el ritual del Bautismo, al dar ese triple don sacramental al nuevo cristiano. O la unidad todavía más antigua,de la que hay un resto en la épica griega, entre el rey, el héroe, el pontífice,el profeta y el médico o brujo.O quizás a Fontán no le hubiera gustado del todo lo premoderno. A finde cuentas los humanistas se consideraban modernos, al menos los italianosantiescolásticos. Pero, claro, si los humanistas eran en el fondo modernos, tan39FEBRERO 2009LOS PARERGA DE FONTÁNsólo lo serían juxta modum. Y es que el humanista que hoy nos ocupa, donAntonio Fontán, Marqués de Guadalcanal, sabe a la perfección ejercer algomuy antiguo, el auténtico magisterio. Y éste consiste en aspirar al viejo idealde la unidad de las cualidades del individuo y en reunir y sacar de cada unopor mayéutica lo mejor, no en convertir en rebaño homogéneo a todos y cadauno de los discípulos. Aquello quizá es lo que buscaban los maestros humanistas. Más de uno se preguntaría qué fue exactamente lo que Aristóteles enseñó o hizo brotar en Alejandro. Cabe suponer que Fontán también meditaríasobre ese asunto —mucho más práctico de lo que parece— mientras bregaba por restaurar la Monarquía, el Senado, la Biblioteca Nacional... Todas esasmeditaciones acompañaron y ayudaron a estas labores esforzadas, al igual quelos Parerga ocurrieron al mismo tiempo que los Trabajos de Hércules.Pues bien, quien lea este libro es probable que piense que se trata deunos parerga que permiten suponer en su autor fundados recelos ante la contemporaneidad, insobornable o no. Aunque acaso Fontán no llegue a aplicara nuestros tiempos el sombrío dictamen de Vives sobre los suyos. 40NUEVA REVISTA 121MARQUÉS DE TAMARÓN