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Miercea Eliade, Imágenes y símbolos

María García Amilburu

Colección de producciones canónicas del espíritu.
Todos los libros son obras especializadas que redundan y desbordan el ámbito de lo académico y alcanzan un nombre y una influencia en todo público culto.

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Referencia

María García Amilburu, “Miercea Eliade, Imágenes y símbolos,” accessed October 16, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1481.

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Title

Miercea Eliade, Imágenes y símbolos

Subject

Sociedad

Description

Colección de producciones canónicas del espíritu.
Todos los libros son obras especializadas que redundan y desbordan el ámbito de lo académico y alcanzan un nombre y una influencia en todo público culto.

Creator

María García Amilburu

Source

Nueva Revista 068 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

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Proponemos una sección de recensiones. Su única originalidad reside en que los libros que se comentan son producciones canónicas del espíritu, los «cien libros más influyentes desde la guerra», según reza la lista elaborada por el The Times Literary Supplement en 1995. No incurriremos en la banalidad de proclamar los mil defectos de una tamaña lista, porque los damos por supuestos. Todos los libros participan, no obstante, de una condición común: son obras especializadas que redundan y desbordan el ámbito de lo académico y alcanzan un nombre y una influencia en todo público culto. La memoria del hombre retiene solo una centena de títulos, que advienen clásicos; simplemente es interesante saber IÉErr. por qué un título acaba entrando en el reducido espa 14^*, cio del recuerdo humano. . Mircea Eliade Imágenes y Símbolos Images et symboles, Editions Gallimard, París, 1955 Imágenes y símbolos, Taurus, Madrid, 1955 MARÍA GARCÍA AMILBURU Mircea Eliade dedicó la mayor parte de sus investigaciones al estudio del lenguaje simbólico empleado por distintas tradiciones religiosas, en un intento de reducir su significado a algunos mitos primordiales que proporcionen una base para la comprensión de todos los fenómenos místicos. Las experiencias religiosas —tanto en el caso de las sociedades antiguas como en el de las contemporáneas— son para Eliade fenómenos creíbles a los que denominó hierofanías, es decir, manifestaciones de lo sagrado en el mundo. Su trabajo consistió fundamentalmente en rastrear las formas que estas hierofanías han adoptado a lo largo del tiempo y en diferentes lugares, centrándose sobre todo en el análisis de las experiencias místicas. La vida de Eliade estuvo siempre vinculada a los ambientes culturales y académicos. Tras licenciarse en Filosofía en Bucarest en 1928, pasó unos meses en Italia para realizar la tesina sobre la Filosofía del Renacimiento. A continuación, se trasladó a la India, donde residió durante tres años. En Calculta trabajó con el profesor Surendranath Dasgupta y practicó el yoga en un monasterio del Tíbet durante seis meses. A su vuelta a Bucarest, defendió la tesis doctoral y fue nombrado profesor de Historia de las Religiones y Filosofía India. Posteriormente, trabajó como Agregado Cultural en Londres (1940) y Lisboa (1941 45). De allí se trasladó a París como Profesor Visitante en la École des Hautes Etudes de la Sorbona, hasta que en 1956 le ofrecieron una plaza como profesor de Historia de las Religiones en la Universidad de Chicago, donde permaneció hasta su muerte. Escritor prolífico, entre sus obras se cuentan varias novelas, obras de teatro e infinidad de artículos y ensayos, además de numerosos trabajos académicos. Si tenemos en cuenta esa extensísima producción literaria —entre la que caben destacar los 4 volúmenes de Historia de la creencias y las ideas religiosas, El mito del eterno retomo, El chamanismo, Renacimientos místicos, De los primitivos al Zen, o Mefistófeles y el mito del andrógino—, quizá pueda sorprender que haya sido precisamente la obra Imágenes y símbolos la incluida en la selección de «los cien libros más influyentes desde la Guerra». Sin embargo, este trabajo de Eliade se ajusta adecuadamente al criterio establecido por el Times Litterary Supplement para hacer su selección. Se trata de un estudio especializado que desborda el ámbito de lo académico y que ha alcanzado renombre y ejercido una notable influencia en los ámbitos intelectuales. En Imágenes y símbolos se pone claramente de manifiesto el método de trabajo específico de Eliade y se nos ofrece una variada selección de ejemplos, tomados de la simbología religiosa de diversas culturas. Se trata, además, de una obra breve, escrita en un lenguaje asequible. Quizá por todo ello, aunque no sea su obra más importante si se atiende a criterios estrictamente académicos, puede considerarse una de las más influyentes. Para comprender adecuadamente esta obra —y, en general, todo el trabajo de Eliade—, la cuestión preliminar que conviene afrontar es qué se entiende por Historia de las Religiones en cuanto disciplina, porque ésa es la expresión que él emplea para definir a la vez su área de trabajo y su metodología. El cultivo de la Historia de las Religiones, en el sentido moderno y académico que hoy tiene, comenzó con los trabajos de Fr. Max Müller, quien en 1867 creó, para definir este ámbito, el término Religionswissenschaft. Esta palabra alemana no tiene un equivalente exacto en otras lenguas y hasta que se normalizó el uso de la expresión «Historia de las Religiones» para referirse a esta ciencia, a veces se ha hablado de Historia comparada de las Religiones», «Ciencia de la Religión», «Fenomenología de la Religión» u otras expresiones semejantes. Suele considerarse a Müller uno de los grandes pioneros de esta nueva disciplina que —tal como proponía— debía desarrollarse de forma puramente descriptiva, científica, objetiva y libre de las consideraciones normativas propias de la Teología o de la Filosofía de las Religiones. La Historia de las Religiones, así entendida, es el área de trabajo de Eliade y puede considerarse el lugar epistemológico donde se encuentran —sin confundirse— la Historia, la Fenomenología, la Psicología, la Sociología de las religiones y la Antropología. De manera sintética, Ricketts describe esta disciplina como «fenomenología, hermenéutica comparada y morfología histórica de los fenómenos religiosos». Eliade manifiesta claramente que «en la expresión Historia de las Religiones, el acento no debe pesar sobre la palabra historia, sino sobre la palabra religión. [...] Antes de hacer la historia de algo importa comprender perfectamente ese algo en sí mismo y por sí mismo». En su obra La nostalgia de los orígenes, Eliade escribe que es un dato particularmente significativo el hecho de que los inicios de la Historia de las Religiones se sitúen a mediados del siglo XIX, en el momento en el que la propaganda materialista y el positivismo estaban en pleno apogeo. Muchos han visto la aparición de esta disciplina como una consecuencia lógica del racionalismo cientifista de la Ilustración, porque no faltaron en esa época filósofos que se negaron a excluir el ámbito religioso de las investigaciones realizadas en nombre de la ciencia y el progreso intelectual. Pero, en lo que a Eliade respecta, se puede sostener que él la cultiva según los criterios y con los ojos de un hombre del Renacimiento, pues desea ver la Historia de las Religiones desde la perspectiva de una cultura global —la del hombre universal—, de un nuevo humanismo, en contraste con las corrientes racionalista y marxista dominantes en esa época. Como señalaba al principio, la Historia de las Religiones se ocupa del análisis de los símbolos religiosos de diferentes culturas. El estudio de los símbolos no es para Eliade un trabajo puramente erudito, sino que al menos indirectamente contribuye al conocimiento del hombre mismo. El estudio de la historia de un simbolismo, afirma, es el mejor modo de introducirse en la Filosofía de la Cultura, porque es la perennidad y universalidad de los arquetipos lo que, en última instancia, salva a las culturas, al mismo tiempo que hace posible una Filosofía de la Cultura que sea algo más que mera morfología o una historia de los estilos. En el fondo, lo que Eliade plantea es el problema de si, además de su propia historia, un símbolo, un mito o un ritual, pueden revelarnos la condición humana en tanto que modo propio de existencia en el universo. Guardando una gran semejanza con la teoría de los símbolos expuesta por Cassirer en su Filosofía de las Formas Simbólicas (publicada entre 1923 y 1929), Eliade considera que «el simbolismo añade un nuevo valor a un objeto o a una acción, sin que por ello queden afectados sus valores propios e inmediatos. Aplicándose a un objeto o a una acción, el simbolismo los abre. El pensar simbólico hace estallar la realidad inmediata, pero sin disminuirla ni desvalorizarla». Los símbolos son creaciones de la psique cuya función es revelar una realidad total, inaccesible a otros medios de conocimiento. El pensar simbólico es consustancial al ser humano y «jamás desaparecerán los símbolos de la actualidad psíquica [...], pueden cambiar de aspecto; su función permanece la misma. Se trata tan sólo de descubrir sus nuevas máscaras». En abierto desacuerdo con las afirmaciones de LévyBruhl sobre la mentalidad primitiva, Eliade afirma que, si existe una solidaridad total del género humano, no puede sentirse y actualizarse sino en el nivel de las imágenes del tipo que Jung denominó «arquetipos». Los cinco capítulos que componen Imágenes y símbolos —escritos en distintas épocas y para diversos tipos de público— responden a un único problema que Eliade confiesa haber tenido siempre presente: la comprensión del hecho religioso; investigar su contenido, estructura y significación. La religión y lo sagrado están siempre emparejados, pues toda manifestación religiosa se refiere a algo trascendente, transhumano, transhistórico. Los hombres entran en relación con ese algo distinto que no es humano ni natural a través del símbolo religioso. Por su propia naturaleza, cualquier símbolo se orienta hacia algo distinto de sí; la característica esencial de los símbolos religiosos es que apuntan hacia lo sagrado: «Símbolos [religiosos], mitos y ritos revelan siempre una situaciónlímite del hombre y no solamente una situación histórica; situaciónlimite, es decir, aquélla que el hombre descubre al tener conciencia de su lugar en el universo». El historiador de las religiones debe mantenerse alejado de dos tendencias: la meramente descriptiva —característica de la Psicología— y la normativa —propia de la Etica o la Teología—. No ha de limitarse a señalar las diversas manifestaciones históricas de los símbolos religiosos, sino que tiene que penetrar profundamente en sus significados y articulaciones, huyendo del reduccionismo y de la excesiva especialización. A lo largo de todos sus escritos, Eliade afirma que nada es más importante para llevar a cabo su tarea que la hermenéutica, porque no se trata sólo de hacer constar que existe cierto número de tipos o esquemas de comportamiento religioso, acompañados de simbologias y de teologías concretas, sino más bien de entender su significación. Y en algunas ocasiones —por ejemplo, en un pasaje de su Diario— llega a establecer explícitamente esta identificación: «...la verdadera Historia de las Religiones, es decir, una hermenéutica auténtica e imaginativa...». Eliade no interpreta un símbolo particular, determinado —porque un símbolo considerado aisladamente es ininteligible—, sino un símbolo que forma parte de un sistema estructuralmente coherente de asociaciones simbólicas, a modo de constelaciones o racimos, a los que llama «simbolismos». Estos simbolismos —celestes, telúricos, vegetales, acuáticos, temporales, etc.— manifiestan de una manera más clara, más completa y con una coherencia superior lo sagrado; mejor incluso que las hierofanías, que lo muestran de modo local, concreto y sucesivo. Partiendo de estos presupuestos epistemológicos, en Imágenes y sírnbolos, Eliade pasa revista a varias estructuras simbólicas cuya presencia puede observarse en las manifestaciones religiosas de culturas muy diferentes: pueblos indoeuropeos, la India, Irán, la cultura judeocristiana, etc. La primera estructura analizada es el simbolismo del «centro». Eliade sostiene que las sociedades arcaicas conciben el mundo como un microcosmos, un espacio organizado y habitado fuera del cual sólo hay caos, monstruos, noche y muerte. Todo microcosmos tiene un centro, no en el sentido geométrico o geográfico de la palabra, sino un centro en cuanto lugar sagrado por excelencia. En las culturas que conocen la concepción de las tres regiones cósmicas —Cielo, Tierra, Infierno—, el «centro» constituye el punto de intersección de esas regiones; allí es donde resulta posible una ruptura de nivel y al mismo tiempo una comunicación entre ellas. Eliade pone de relieve, a través de numerosos ejemplos, cómo no es infrecuente que en ese centro del mundo se sitúe una Montaña, un Árbol o un Pilar, que constituyen el punto más alto o el ombligo del universo. En segundo lugar, Eliade analiza el simbolismo del tiempo en la India antigua —concebido como el eterno retorno de los ciclos cósmicos de creaciones y destrucciones del universo— y las posibilidades que se le presentan al ser humano para salir de esta espiral del tiempo: su abolición por medio de la ruptura de niveles, el paso a través de la situación inconcebible, el momento favorable o las técnicas del yoga. El simbolismo del dios ligador, los nudos y las ataduras —benéficas y perjudiciales— es la estructura que Eliade considera en tercer lugar. En su análisis, llega a la conclusión de que la universalidad y plurivalencia del simbolismo de la ligazón se debe probablemente al hecho de que el hombre reconoce en este conjunto de símbolos un arquetipo de su propia situación en el mundo. Las ostras, las perlas —«joyas nacidas del mar»— y la influencia que las fases de la luna ejercen en su desarrollo constituyen el grupo de símbolos religiosos analizados a continuación. Son considerados expresión de fertilidad e imagen del ciclo de la vida, con su serie ininterrumpida de nacimientos y renacimientos. Por último, Eliade estudia el simbolismo de las aguas —especialmente, en la tradición judeocristiana— , fuente y origen de todo, y el simbolismo de la inmersión en ellas como signo de muerte y renacimiento a un nuevo modo de vida. En su conjunto, la lectura de Imágenes y símbolos resulta muy sugerente, aunque en ocasiones el lector tiene la impresión de que Eliade incurre en el mismo defecto que él pretende conjurar: la excesiva generalización. No faltan comentaristas de la obra de Eliade que consideran que éste nunca ha desarrollado una metodología sistemática. Algunos antropólogos como Leach y Wallace, o historiadores de la religión, como Baird, afirman que la argumentación de Eliade no es ni empírica ni histórica y está impregnada de subjetividad, misticismo y teología. Otros autores, a pesar de tener en gran estima sus trabajos, afirman que lo más valioso de él no es precisamente su metodología. Así, Altizer considera que las interpretaciones que realiza no son en absoluto científicas, sino más bien místicas y novelescas, si bien añade que Eliade puede ser admirado justamente como profeta, visionario o chamán. Sea como fuere, Eliade tiene razón cuando afirma, al inicio de Imágenes y símbolos, que Europa occidental está redescubriendo el valor cognoscitivo del símbolo. El incremento de las investigaciones especializadas en el ámbito de la semiótica —en Filosofía, Lingüística, Antropología, etc.— así lo atestigua. Los trabajos de Eliade son una buena puerta de entrada para el estudio de la simbologia religiosa. Uno puede estar de acuerdo o no con su metodología y sus conclusiones pero, en cualquier caso, se le pueden aplicar con acierto las palabras del refrán italiano: «se non é vero, e ben trovato». MARÍA GARCÍA AMILBURU