Nueva Revista 060 > Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska

Fernando Presa González

Reseña biográfica de Wislawa Szymborska, escritora polaca laureada con el Premio Nobel.

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Fernando Presa González, “Wislawa Szymborska,” accessed May 21, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1281.

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Wislawa Szymborska

Subject

De otras lenguas

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Reseña biográfica de Wislawa Szymborska, escritora polaca laureada con el Premio Nobel.

Creator

Fernando Presa González

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Nueva Revista 060 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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Wislawa Szymborska [ FERNANDO PRESA GONZÁLEZ ] l nombre de Wislawa Szymborska (nacida en Bnin el 2 de julio de 1923, localidad cercana a Poznan ciudad situada en la región de la EGran Polonia, al noroeste del país) cierra, con toda probabilidad, el ciclo de escritores polacos laureados con el Nobel en el presente siglo y, por tanto, en este milenio. Previamente la precedieron Henryk Sienkiewicz (18461916) en 1905, Wladyslaw Reymont (18671925) en 1924 y Czeslaw Milosz (1911) en 1980. La biografía de Szymborska es la peripecia vital de una mujer nada atípica. Dedicada al trabajo silencioso y a la creación poética en la intimidad desde su juventud, rehuyó siempre las vanidades humanas y las excentricidades a las que la genialidad literaria lleva en muchas ocasiones a los escritores. El punto de partida en la génesis lírica de la autora se produce con el traslado de la familia de Wincenty Szymborski y Anna de Rottermund, sus padres, a Cracovia, cuando la pequeña Wislawa contaba tan sólo ocho años de edad. Va a ser éste un acontecimiento determinante en su futura carrera literaria. En esta ciudad, bella, monumental, histórica y de larga tradición literaria, no sólo se vincula a algunos de los grupos y movimientos poéticos nacidos en los ambientes de la lírica de posguerra, sino que opta por adquirir una formación humanista académica estudiando Filología Polaca y Sociología, entre los años 1945 y 1948, en la Universidad de Cracovia, una de las más antiguas e importantes de la Europa medieval y renacentista, lo que, de alguna manera, también imprime en la joven Szymborska las huellas de un pasado pleno de talento literario respirado en las aulas de la Jagellónica. Este centro docente, fundado en 1364 bajo el reinado de Casimiro III el Grande como Akademia Krakowska (Academia de Cracovia), es en 1400 cuando se transforma en verdadera universidad, con el establecimiento de los estudios de Arte, Teología, Leyes y Medicina. La gran artífice de esta transformación fue la reina Jadwiga, esposa de Ladislao II Jagellón, la cual regaló sus joyas a esta institución docente para contribuir a su renovación y sostenimiento, y en cuyo honor fue rebautizada con el nombre de la dinastía como Universidad Jagellónica (Uniwersytet Jagiellonski). La primera colaboración literaria de Wislawa Szymborska coincide con el principio de su vida universitaria: publica en un suplemento literario del Diario Polaco (Dziennik Polski) el poema titulado Busco la palabra (Szukam slowa), momento a partir del cual persigue, sin prisa y sin pausa, y experimentando las distintas posibilidades del lenguaje, la expresión de las contradicciones internas que sumergen la vida del hombre en abismos insalvables, un afán que se ve coronado con la concesión, el 3 de octubre de 1996, del Premio Nobel de Literatura. Dentro del panorama de la poesía polaca del último medio siglo, Wislawa Szymborska es, junto a Czeslaw Milosz (1911) y Zbigniew Herbert (19241998), una excelente representante del movimiento clasicista de posguerra. Tal y como en el Romanticismo sucedió con la tríada formada por Adam Mickiewicz (17981855), Juliusz Slowacki (18091849) y Zygmunt Krasinski (18121859), cabe decir que los tres poetas, aunque por caminos distintos, han demostrado compartir rasgos y elementos ideológicos y formales, tales como ser herederos y seguidores de la tradición poética polaca de siglos anteriores y permanecer fieles a cuatro valores fundamentales: la razón, la inteligencia, la belleza y la virtud moral. La obra poética de Szymborska se inicia con el libro Por eso vivimos (Dlatego zyjemy) (1952), al que sigue Preguntas hechas a uno mismo (Pytania zadawane sobie) (1954), un poemario que discurre serpenteando entre un cúmulo de cuestiones de naturaleza filosófica formuladas poéticamente y que podríamos definir como el núcleo, la esencia de su obra poética posterior. Su maestría se demuestra en el hecho de que estas cuestiones sustanciales, vinculadas de alguna manera a la estética del realismo socialista de la época, suelen tener un desenlace lleno de humor que sorprende al lector. Sus libros posteriores son prueba del abandono consciente y crítico de esta veniente determinada por la circunstancia política de Polonia. Y así, en Llamada al Yeti (Wolanie do Yeti) (1957), La sal (Sól) (1962), Cien alegrías (Sto pociech) (1967), Todo caso (Wszelki wypadek) (1972) El gran número (Wielka liczba) (1976) y Gente en el puente (Ludzie na moscie) (1986), su poesía se vuelve profundamente intelectual, esencial, moral, si bien nunca abandona el carácter irónico y humorístico que caracteriza toda su obra y que se prolonga hasta el que, por ahora, es su último libro publicado: Fin y principio (Koniecy poczatek) (1993). Si tuviéramos que caracterizar con un elemento constante y distintivo su poesía frente a la de sus coetáneos, tendríamos que referirnos, sin duda, a la ironía con la que se acerca y aborda los vertiginosos vericuetos filosófieos de la existencia humana. Szymborska se sumerge en el laberinto de la existencia, en el meollo del devenir vital, desde la risa y la burla, desde la parodia y el distanciamiento intelectual; aunque, eso sí, sus versos derraman una constante y profunda emoción humana que contagia al lector hasta hacer que se sienta partícipe de su experiencia tragicómica. Desde la seguridad de quien se sabe humano —y por tanto un ser excepcional, único e irrepetible en seno de la Naturaleza, Szymborska proclama la dignidad de lo minúsculo, de lo efímero, tal y como en el siglo XVI hizo uno de los padres de las letras polacas, Jan Kochanowski (15301584), en sus Bagatelas (Fraszki). Szymborska, como aquél, y como heredera de la tradición humanista polaca, da brochazos poéticos de concisa construcción y en cuyo contenido desarrolla una anécdota o motivo circunstancial que fluctúa entre el carácter jocoso, a veces frivolo, y la melancolía profunda por la fugacidad del asunto o del momento poetizado. Emulando al maestro renacentista en sus composiciones, introduce elementos autobiográficos perecederos y reflexiones metaliterarias propias para exponer su concepción de la imperfección del mundo que habitamos. La poesía de Szymborska goza, pues, de una capacidad extraordinaria para encontrar lo insólito, lo misterioso y lo milagroso en los actos diarios, cotidianos, en los pequeños momentos del día, en las cosas insignificantes. La poesía de Szymborska se hace grande porque se construye a partir de pequeñas cosas: un detalle, una mirada, una piedra, un lápiz roto, una ráfaga de la memoria, una vieja fotografía, todos esos instantes aparentemente nimios y cotidianos que, como si de un rompecabezas se tratase, configuran y dan color a la existencia plena y total de cada ser humano. Lo cotidiano construye lo infinito. Por otro lado, cabe destacar el hecho de que la poesía de Wislawa Szymborska se basa en una aparente oposición entre el individualismo y la extroversión, entre el yo profundo y el yo social que dirían los psicocríticos. A Szymborska le interesa, casi con exclusividad, el individuo y su relación tragicómica con su circunstancia existencial y con la historia de la humanidad. Cada ser humano es único e irrepetible. La unicidad es lo que lo diferencia del resto de la Creación. Pero el hombre, desde su unicidad, construye la historia colectiva, la historia de un mundo cuya visión es amarga, trágica, dolorida. Lo que a Szymborska le interesa no son los grandes nombres de los manuales, ni las hazañas inmortalizadas en calles y plazas. A Szymborska le ocupan y preocupan aquellos hechos que son capaces de asombrar y conmover —en el más amplio sentido de la palabra al hombre como algo único. Nos asombra la belleza, pero también el horror y el dolor. En el poema Wietnam, por ejemplo, expresa, desde una supuesta apariencia de indiferencia ante la bestia de la guerra, el más profundo convencimiento de que en dicha situación, lo que tiene valor para una madre no es nada de aquello que se espera habitualmente en ese trance (el amor a la patria, la lucha por las ideas, la conservación de las propiedades materiales, etc.), sino sus hijos, lo único que de verdad es suyo, prolongación verdadera de su existencia carnal y espiritual: Mujer ¿cómo te llamas? —No sé. (...) ¿De qué lado estás? —No sé. Estamos en guerra, tienes que elegir. —No sé. ¿Existe todavía tu pueblo? —No sé. ¿Son estos tus hijos? —Sí. Así pues, la masa carece de valor para Szymborska. Lo único que importa es ese carácter singular de cada ser humano y su búsqueda de la inmortalidad a través de sus actos, que deben ser, por un lado, lo suficientemente inteligentes como para dominar el entorno; y por otro, lo bastante irónicos como para permitirle un distanciamiento de la realidad y de sí mismo, y contemplar a ambos como un espectador que vive un sueño momentáneo y de cuyo fin es consciente. En definitiva: los únicos recursos de los que el hombre puede valerse para superar el dolor existencial son la inteligencia y la ironía. Sólo a partir del ejercicio de éstas es posible la salvación como individuo. La aparente humildad de sus temas, la supuesta sencillez que el lector percibe cuando lee los versos de Szymborska, podría hacer pensar que se trata de una poesía sin artificio, desprovista de esqueleto. Es sólo una falsa impresión. Las cosas sencillas son tratadas con un lenguaje sencillo también, pero alcanzar desde la sencillez la conmoción poética es la más difícil de las tareas para un poeta. Los versos de Szymborska son accesibles a todos los que tengan un mínimo de sensibilidad ante el acto de la palabra. En ocasiones su aparente inocencia nos hace ver que Szymborska habla del mundo con lenguaje infantil, describe sus sentimientos ante la realidad como si mirara a través de los ojos de un niño, dando alas a una espontaneidad y sinceridad desbocadas. Huyendo de las largas frases, de las complejas estructuras lingüísticas, de recursos retóricos inaccesibles para el hombre de la calle, su poesía fluye con ritmos lentos, con palabras comunes vertidas en versos, generalmente breves, de monótona cadencia; como un pequeño riachuelo de la llanura polaca. O como la vida misma del hombre: un transcurrir sereno y sosegado hacia la muerte, sólo alterado por los zarpazos constantes de los prójimos, que por constantes van perdiendo su capacidad de despertar sentimientos profundos, se hacen habituales y duelen cada vez menos, porque las cicatrices se vuelven, con el paso del tiempo y la experiencia acumulada, más rígidas e insensibles. En el poema En el río de Heráclito nos presenta una imagen muy expresiva de su concepción del río de la vida: En el río de Heráclito un pez pesca otros peces, un pez descuartiza a otro pez con un pez afilado, un pez hace otro pez, un pez habita en otro pez, un pez escapa de un pez sitiado. La poesía de Szymborska ha supuesto, en el panorama de la lírica polaca contemporánea, un guiño a la esperanza, un punto no de llegada, sino de partida para el reencuentro del hombre consigo mismo en el nuevo milenio. A pesar de la masificación de los espacios, de la homogeneización de las ideas, y por tanto, de la desintegración de los valores culturales distintivos de los hombres y los pueblos; pese a la ausencia de la fe en uno mismo y en la voluntad y capacidades de cada ser humano, y la creencia de nuestro tiempo de que el gran número es portador de la verdad y la sabiduría absolutas, Szymborska reclama para el hombre su soledad, su idiosincrasia irrepetible, su derecho a caer y levantarse, su cauce aún por hacer arañando la tierra con las propias manos. El hombre, afortunadamente, es como el agua del río de Heráclito: cada gota es única e irrepetible, vive su identidad, crea su propia historia, aunque juntas todas tengan la apariencia de una masa uniforme que avanza imparable hacia la muerte oceánica. Los poemas que presento a continuación pertenecen a diferentes libros de distintas épocas de la obra literaria de Wislawa Szymborska. Con ellos se pretende ilustrar la evolución poética de la autora a lo largo de las sucesivas etapas de su creación. Las traducciones al español han sido realizadas directamente del polaco para NUEVA REVISTA por Fernando Presa González. PALABRITAS {La sai, 1962) —La Pologne? La Pologne? Allí hace un frío horrible, ¿verdad? —me preguntó y suspiró con alivio. Y es que se han formado tantos países de estos que lo menos arriesgado es hablar del clima. —Oh señora —le quiero responder— los poetas de mi país escriben con guantes. Con esto no quiero decir que nunca se los quiten; si la luna calienta, sí. Cantan la sencilla existencia de un pastor de focas con estrofas compuestas en altos ululatos, porque sólo así se les oye dentro del rugido del vendaval. Los clásicos graban con un témpano de tinta en los montones de nieve zapateados. Los demás, los decadentes, lloran el destino de las estrellas de nieve. Quien quiere ahogarse, tiene que tener un hacha para hacer un agujero en el hielo. Oh señora, oh mi querida señora. Sí, le quiero responder. Pero olvidé cómo se dice foca en francés. Tampoco estoy segura de cómo se dice témpano y agujero en el hielo. —La Pologne? La Pologne? Allí hace un frío horrible, ¿verdad? —Pas du tout respondo heladamente. LOS DOS MONOS DE BRUEGHEL (Llamada al Yeti, 1975) Mi gran sueño en el examen de reválida sería: dos monos, atados con una cadena, se sientan en una ventana al otro lado del cristal el cielo vuela y el mar se baña. Hago un examen de historia de la humanidad. Tartamudeo y vacilo. Un mono, con la mirada fija en mí, escucha irónicamente, el otro, en apariencia, duerme, pero cuando tras una pregunta se hace el silencio me sopla a través del callado sonido de la cadena. PROSPECTO (Todo caso, 1975) Soy una pastilla tranquilizante. Hago efecto en casa, también en la oficina, me siento en los exámenes, me presento en el juicio, pego cuidadosamente los cacharritos rotos; tómame, disuélveme bajo la lengua, trágame, bébeme con agua. Sé qué hacer con la desgracia, cómo aguantar una mala noticia, sé atenuar la injusticia, sé cómo iluminar la carencia de Dios, combinar con el rostro un sombrero de luto. A qué esperas: confía en la misericordia química. Todavía eres joven deberías arreglártelas de alguna manera. Quién ha dicho que la vida hay que vivirla de manera valiente. Devuélveme mi precipicio: lo cubriré con un sueño, me estarás agradecido (agradecida) por las cuatro patas que te he dado para la caída. Véndeme tu alma. No habrá otro comprador. Ya no hay otro diablo. EL GRAN NÚMERO {Elgran número, 1977) Cuatro mil millones de personas en esta tierra, y mi imaginación es como era. Los grandes números no se le dan bien. Aún la conmueve lo particular. Revolotea en la oscuridad como la luz de una linterna, muestra sólo los primeros rostro de la fila, al mismo tiempo el resto desaparece en la ceguera, en el no pensamiento, en el no olvido. Pero esto ni el mismísimo Dante lo pararía. Y qué hacer cuando no se es una misma, aunque vengan a mí todas las musas. Non omnis moriar pena prematura. Pero, ¿es que vivo entera y eso es suficiente? Nunca bastó, así que menos ahora. Escojo rechazando, pues no hay otra manera, aunque lo que rechazo es más numeroso, es más denso, más insistente que en cualquier otro momento. A costa de pérdidas indescriptibles, como un poemilla, un suspiro. A una llamada estruendosa contesto con un susurro. Cuántas cosas callo, eso no lo contaré. Un ratón al pie de su montaña materna. La vida dura unas cuantas huellas de uña sobre la arena. Ni si quiera mis sueños son como corresponde, populosos. Hay en ellos más soledad que gentíos y algarabías. En alguna ocasión alguien que murió hace mucho se pasa un momento. Una sola mano gira el pomo. La casa vacía se cubre con los anexos del eco. Corro desde el umbral hacia el valle silencioso, como de nadie, ya anacrónico. De dónde aún este espacio en mi interior. No sé. UN GATO EN UN PISO VACÍO (Fin y principio, 1996) Morir: eso no se le hace a un gato. Porque qué tiene que hacer un gato en un piso vacío. Trepar por las paredes. Restregarse entre los muebles. Aquí no ha cambiado nada en apariencia, y, sin embargo, está transformado. No se ha movido nada en apariencia y, sin embargo, está cambiado. Y por la noche ya no se enciende la lámpara. Se oyen pasos en la escalera, pero no son los mismos. La mano que pone el pescado en el platito tampoco es la misma que lo ponía. Hay algo que no empieza en el momento habitual. Hay algo que no ocurre así como debería. Había alguien aquí y estaba, y después desapareció repentinamente y obstinadamente no está. Se ha mirado en todos los armarios. Se han recorrido todos los estantes. Hasta se ha comprobado entrando debajo de la alfombra. Se ha llegado incluso a quebrantar la prohibición y se han dispersado los papeles. Qué más queda por hacer. Dormir y esperar. Verá cuando regrese, verá cuando aparezca. Se va a enterar de que eso no se le puede hacer a un gato. Sobre las zarpas muy enojadas se irá entonces en su misma dirección, despacito, como si no quisiera de ninguna manera. Y nada de saltos ni maullidos al principio.