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Antología

Luis Alberto de Cuenca

Una antología poética de seis autores dignos de ser seleccionados.

File: Antología.pdf

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Referencia

Luis Alberto de Cuenca, “Antología,” accessed December 10, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/909.

Dublin Core

Title

Antología

Subject

Poesía

Description

Una antología poética de seis autores dignos de ser seleccionados.

Creator

Luis Alberto de Cuenca

Source

Nueva Revista 046 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

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ANTOLOGÍA Luis Alberto de Cuenca n este número de verano de NUEVA REVISTA, y en estas latitudes donde el calor ejerce su magisterio inmisericorde, se me ocurre ofrecerles unas cuantas pildoras de línea clara, para aligerarles la digestión y entonarles el alma. He buscado en el gran depósito de psicotrópicos de nuestra lírica más reciente y he separado seis pastillas que por su aspecto (del contenido ya opinarán ustedes más tarde) me han parecido dignas de ser seleccionadas. La primera de ellas salió del laboratorio alquímico de Miguel dOrs (Santiago de Compostela, 1946) y habla de esa mujer que hemos perdido incluso antes de encontrarla. Dice así: A ti, que serás siempre La Ignorada, a ti, que llegaste a quién sabe qué lugar cuando yo, ay, acababa de salir de él, o perdiste aquel tren, no sé cuál, que te hubiera traído al centro de mi vida, o estabas en un banco de algún parque un día que yo no quise pasear entre las hojas verlenianas, a ti, por la chacarera de tu mirada que nunca he visto, por ese corazón que desconozco y es como una playa en septiembre, a ti, por todo lo que me hubiera obligado a amarte, a ti, que me hubieses amado hasta nunca, que ahora puedes estar llorando en la luz fría de una habitación de hotel, o con tus hijos en el British Museum, o ves el arco iris en una telaraña, o piensas en mí sin saber que soy yo, a ti, retrospectiva, condicional, perdida, dondequiera que estés, este poema. La segunda es del bibliómano Abelardo Linares (Sevilla, 1952) y nos habla del vértigo del amor: Toda lentitud tiene algo de muerte. Todo cuerpo en reposo ensaya una postura de cadáver. Rapidísimo, entre convulsiones de montaña rusa, brusco como un pistoletazo en la sien o la dentellada de un cocodrilo, resbaladizo como la sangre recién derramada o la mirada del asesino, el futuro me arrastra, ya no importa hacia dónde, a la única velocidad recomendable, a la velocidad de la luz de tus ojos. La tercera se debe a Lorenzo Martín del Burgo (Almagro, 1952) y es una de las grageas líricas más tristes que he tomado en mi vida: Yo estaba en un café, sentado en un café. Yo estaba leyendo un libro, sentado en un café. Yo estaba leyendo un libro o un periódico, no consigo acordarme, sentado en un café. Yo estaba bebiendo en un café, sentado en el diván de un café. Yo estaba bebiendo cerveza o vino o coñac, no consigo acordarme. Yo estaba borracho en un café, perdido en un café, leyendo un libro, soñando con otros mundos, con otras gentes, con otros lugares. Yo estaba pensando en ti en un café, mientras leía un libro (no recuerdo qué libro era el que yo leía), mientras bebía una copa (no recuerdo de qué era esa copa que yo bebía). Yo estaba perdido, borracho en un café, esperando a un amigo. Yo esperaba a un amigo que no llegaba, o tal vez no esperaba a nadie, simplemente yo estaba pensando en ti en un café, leyendo un libro o un periódico, bebiendo cerveza o vino o coñac, soñando con mundos idos, con mundos por venir. Yo estaba esperando a un amigo que no existía, no esperaba a nadie, perdido en un café, borracho en un café, borracho perdido en un café, pensando en ti, leyendo un viejo libro. La cuarta, de una rara belleza, es obra del inevitable Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955). En ella, Julio reelabora su célebre y optimista poema «De amicitia» desde la soledad y el pesimismo: Han caído las torres, y el desierto es ahora tan grande como el alma: esas torres que alcé y ese desierto que quise mantener lejos del alma. Los enemigos que inventé murieron y si hay otros no quiero imaginarlos: así que no vendrán los enemigos. Y los amigos no vendrán tampoco, igual que yo no iré a ninguna parte: han quedado atrapados en sus reinos, perplejos como yo, sin esperanza, y miran las desmoronadas torres que fueron su pasión y su defensa, y el desierto es el dueño de sus almas. Para aliviar tanta melancolía, Amalia Bautista (Madrid, 1962), traza en la quinta cápsula los vuelos de una imaginación en perpetuo estado de alerta: No sabía qué hacer aquella tarde. Tú estabas enfadado y no querías salir. Me fui al Parque del Oeste y estuve paseando mucho rato sin encontrar un alma. En el invierno casi nadie pasea por los parques. No pensé nada. Me senté en un banco y encendí un cigarrillo. De repente un hombre joven se sentó a mi lado. Le miré y vi que había un solo ojo en mitad de su frente, un ojo oscuro, tristísimo y brillante. Me miraba como pidiendo ayuda, suplicando. Ninguno de los dos dijimos nada. Él miraba mis ojos y yo el suyo. En silencio empezó a llorar despacio, se avergonzó y se fue. Yo no hice nada por detenerle. Tú no te creíste ni una palabra de esta historia, pero yo me lleno de angustia y de tristeza, aunque quiera evitarlo, si recuerdo al cíclope del Parque del Oeste. La sexta y última pastilla pertenece a un farmacopola de lujo, ni más ni menos que a Roger Wolfe (Westerham, 1962), un nativo de Kent, Inglaterra, que escribe como los ángeles y que tal vez por eso haya puesto a su niña, que acaba de nacer, el internacional nombre de Ángela. Oigamos, pues, para terminar nuestro ramillete de pildoras, al sarcástico padre de Angela: Si aceptáramos la posibilidad de que alguien exclamara: «Dios mío, qué hecho polvo estoy» sin mayores aspavientos ni necesidad de exégesis alguna, sería preciso reescribir la inmortal historia de ese fraude que se ha dado en llamar Literatura. Y además nos quedaríamos en paro.