Nueva Revista 034 > La política exterior francesa tras la derrota

La política exterior francesa tras la derrota

Ian Milne

Sobre la derrota francesa el pasado 1 de agosto de 1993 en bolsa. Sus posteriores consecuencias y los supuestos sospechosos.

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Ian Milne, “La política exterior francesa tras la derrota,” accessed December 9, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/627.

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La política exterior francesa tras la derrota

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Panorama

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Sobre la derrota francesa el pasado 1 de agosto de 1993 en bolsa. Sus posteriores consecuencias y los supuestos sospechosos.

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Ian Milne

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Nueva Revista 034 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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La crisis del S.M.E. y el panorama europeo La política exterior francesa tras la derrota Por Ian Milne ocas personas vieron en Francia el cataclismo el pasado 1 de agosto de 1993 como algo distinto de una derrota. Aunque los inversores en los mercados bursátiles llevaron los índices hasta niveles récord, anticipando una importante caída de los Ptipos de interés y después el comienzo de una recuperación, la mayor parte de la prensa francesa informó de la decisión del primer domingo de agosto como de una derrota. ¿Pero una derrota a manos de quien? Se acusó a los sospechosos de costumbre. Se apuntó con el dedo a los especuladores angloamericanos que intentaban deliberadamente quebrar el SME. Los fondos de pensiones angloamericanos y el inevitable George Soros, fueron objeto de amargos comentarios, no por parte de los miembros del gabinete, lo que les honra, sino del Presidente, de la prensa y del público. A continuación, el Bundesbank, en particular, y el gobierno alemán en general, recibieron su correspondiente palo. La crítica hecha a los alemanes era y todavía es que al mantener una política de tipos de interés altos que consideran necesaria para Alemania, están faltando a la solidaridad con respecto a Europa (en la mente francesa, solidaridad significa que los otros ceden algo para satisfacer los intereses franceses, y Europa significa Francia). Se hicieron llamadas a la acción para parar a los especuladores que desestabilizaban la moneda de un gran país. Como el Mercado Unico y los Tratados de Maastricht prohiben los controles de cambio (salvo in extremis), la única sugerencia concreta planteada fue un impuesto en toda la comunidad sobre las transacciones de cambios en moneda extranjera que los legisladores estimasen especulativas. No se explicó cómo se induciría a la City de Londres para aceptar esto. Ni tampoco se explicó que el efecto de tal impuesto sería conducir el comercio de divisas fuera de Europa a Nueva York y Extremo Oriente. La causa real de la crisis del franco, estriba en las políticas exterior y monetaria francesas, expresadas en la determinación del Tesoro francés y de la Banca de Francia de especular masivamente en los mercados de cambio para defender una paridad francomarco determinada. Así, unos 300.000 millones de francos de los contribuyentes franceses se aportaron en el mes de julio a una paridad que los funcionarios franceses estimaron que era mantenible y que los mercados consideraron de manera diferente. Los mercados ganaron inevitablemente, como ganaron hace un año cuando la libra dejó el SME. Resulta asombroso para este observador de la escena francesa, que el nuevo gobierno y las autoridades monetarias no hayan aprendido aparentemente nada de la debacle británica de hace un año. Verles cometer los mismos errores, persistir en las mismas ilusiones, actuar sobre la base de los mismos errores, económicamente primitivos, sobre el mundo a su alrededor es, como dijo un político francés, contemplar un accidente de coche grave a cámara lenta. Incluso ahora, el Primer Ministro parece proceder como si nada hubiese sucedido. Proclama que su política económica no cambiará, insiste en que el franco no ha sido devaluado, defiende una paridad (más baja) francomarco, declina aprovecharse de las amplias bandas del nuevo SME para recortar los tipos de interés. No hay duda de que todo ello es muy presidencial. Balladur está sacando ventaja a Chirac como el candidato más probable del RPR para las elecciones presidenciales del 1995, pero eso es difícilmente sostenible ante el desempleo en ascenso, ahora situado en 3,2 millones, y la recesión que se agrava. Los perdedores Si la quiebra del SME fue una derrota, como dice la prensa francesa, ¿quién sufrió la derrota? La víctima inmediata ha sido la credibilidad de Edouard Balladur. Al tomar posesión en la primavera, Balladur podía teóricamente haber optado por dejar que la política del franco fuerte muriese de muerte natural. Entonces como ahora, la economía francesa necesitaba desesperadamente recortes profundos en las tasas de cambio. Partes significativas de la coalición RPRUDF, y un número igualmente significativo de industriales, banqueros y economistas, favorecían esta decisión. El Primer Ministro optó por quedarse aferrado al franco fuerte, en parte sin duda por convicción, en parte porque era uno de los elementos intocables del paquete de concesiones mutuas, expresas y tácitas, que constituyen la cohabitación con el Presidente Mitterrand. El Presidente es el otro claro perdedor de los acontecimientos del último mes de agosto. En la misteriosa y ambigua división de competencias entre el Elíseo y Matignon, la política exterior está reservada al Presidente. La prensa y el público contemplan los acontecimientos del pasado agosto como una derrota para Francia, y en consecuencia una derrota para el Presidente. La petulante reacción de Mitterrand a la implosión del SME fue eco de la Edward Heath: Estos acontecimientos muestran que necesitamos más Europa, no menos, y que tiene que acelerarse la marcha hacia una divisa única, no suprimirla. Ambos septuagenarios hacían pública de esta manera su tenue percepción de las realidades europeas de los años 90. La crítica personal a Mitterrand está callada por el momento, reflejando la deferencia de los franceses hacia su Presidente, por muy mediocre que sea su historial, y su estatuto de Presidente saliente, pero en su momento se hará estridente. En términos de política, los acontecimientos del pasado agosto se analizan en París como el fracaso del principal componente de la política exterior francesa. ¿Cuál es esta política exterior y cómo es posible que Francia se encuentre ahora en un impasse geopolítico? Los orígenes de la presente política exterior francesa están en el período inmediato de la postguerra. De Gaulle y Adenauer pusieron los cimientos de la reconciliación francoalemana que Churchill había invocado en su discurso de Zurich de 1946. De la reconciliación nació una alianza fuerte, próxima y mutuamente provechosa, que tanto los dos países implicados, Francia y Alemania, como los otros países europeos consideraron como la locomotora de la tendencia a la unión europea. La alianza tenía sentido según el punto de vista francés porque, prácticamente por primera vez en su historia, tenía en su frontera oriental un poderoso aliado que la separaba del enemigo del momento, la Unión Soviética. Simultáneamente, gozaba de la protección por lo general no reconocida del paraguas nuclear americano, al tiempo que poseía su propia capacidad nuclear, en un momento en que Alemania no la tenía. En términos de seguridad militar, Francia se encontraba en una confortable y poco usual posición. Desde el punto de vista alemán, la capacidad nuclear francesa y la presencia de cabezas atómicas francesas en suelo alemán en posición avanzada, representaba una útil política de defensa en el caso remoto de que el compromiso militar americano resultase menos que del todo fiable si era puesto a prueba. En términos de política exterior, la autoafirmación francesa era considerada como un contrapeso a cierta resistencia alemana a hacer valer su considerable peso específico, aunque nunca estuvo muy claro si ello tuvo efectos prácticos. La alianza también tenía sentido económicamente. Francia y Alemania son las mayores economías de Europa y cada una de ellas es el mayor socio comercial de la otra. La balanza comercial estaba usualmente a favor de Alemania, aunque ahora Francia cuenta con un superávit en relación a su vecino oriental. Debilidad económica y poder político Finalmente, en tanto que la Unión Soviética fue una amenaza, Alemania, a pesar de la ostpolitik, no tenía una alternativa estratégica real a una posición prooccidental, lo que significaba que Francia tenía que ser su socio más importante. Por muy estrechas que fuesen las relaciones francoalemanas, Francia tenía que contar con el auge del poderío alemán. Ya en los años sesenta, Alemania sobrepasaba con mucho a Francia en términos económicos y muy probablemente entonces Francia decidió que (para ella) la solución al problema del poder alemán era ir hacia una total unión europea. Alemania quedaría sumergida en un Superestado europeo en el que Francia jugaría un papel desmesurado en relación a su importancia intrínseca. Los franceses creyeron que la posesión de armas nucleares y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad compensaban su falta de peso económico en relación a Alemania. Francia se acostumbró a la idea de una Comunidad Europea manejada entre ella y Alemania en pie de igualdad para sus propios intereses. Los otros diez países de la CEE, en el caso de que contaran para algo, eran tomados por seguidores subordinados o, en el caso británico, como un socio irritante. Siguiendo esta lógica hasta el final, Francia hizo de la alianza francoalemana el centro de su política exterior, europea, industrial y monetaria. La elección no era inevitable. Francia pudo y quizás debió seguir una política proatlántica, no necesariamente en detrimento de unas buenas relaciones con Alemania. Sin embargo, a causa de su hostilidad visceral hacia los Estados Unidos, empezada por De Gaulie y reforzada en los últimos treinta años por la omnipresente ideología de la izquierda (todavía la filosofía política dominante, a pesar del colapso del comunismo y a pesar de la derrota socialista de la pasada primavera), se excluyó a sí misma de la opción atlántica (la inquebrantable adhesión británica al Atlantismo, que data del siglo XIX, si no del XVIII, así como su debilidad económica de fines del siglo XX y sus prevaricaciones sobre Europa, la descalificaban a los ojos de los franceses para ser algo más que un contrapeso ocasional al poderío alemán). En consecuencia, Francia apostó todo a la alianza con Alemania. Ello sólo tenía sentido si Francia estaba absolutamente segura de que la unión europea permanecería como el primer objetivo de la política exterior alemana y de que la unión europea se produciría pronto. La ruptura del SME, finalmente planteó a la classe politique francesa la posibilidad de que la unión europea no iba a tener lugar en un plazo previsible y de que el interés alemán en el concepto estaba en rápido retroceso. La premisa básica de la política exterior francesa ya no es válida. Alemania, en el centro de Europa La desaparición de la amenaza soviética, la división de la Unión Soviética, la liberación de Europa Oriental y la unificación alemana transformaron la situación geopolítica alemana. Más que nunca, Alemania es ahora la potencia central en Europa. Un nuevo mercado de 100 millones de consumidores queda inmediatamente abierto hacia su flanco oriental, extendiéndose desde Polonia, en el norte, hasta Bulgaria en el sur. Más allá está el potencialmente enorme mercado de los territorios de la antigua Unión Soviética. En un plazo de 10 años, con Alemania Oriental reconstruida y con la más moderna infraestructura de Europa, Alemania será aún más dominante en lo económico. Una nueva generación de políticos sin recuerdos personales o experiencia de la guerra llegará al poder. Para Alemania, la posibilidad de quedar sumergida en un superestado europeo en otros términos que no sean los suyos, será cada vez menos atractiva de lo que lo es hoy. El centro de gravedad europeo está gravitando hacia el este, hacia Berlín o incluso más allá. El corolario es que Francia ya no es central para la nueva Europa: ahora es, como Inglaterra, otra potencia mediana de los flancos. Todo ello era predecible, si no obvia, desde la unificación en 1989. El misterio del porqué llevó tanto tiempo al franco caer en París se puede adscribir a la inepcia cada vez mayor de Mitterrand en política exterior y a la ilusión (para ser justo, muy extendida en toda Europa) de que la unión europea era factible y conduciría inexorablemente a la unión política. Así, Francia apostó a que la unión europea llegaría pronto: y la apuesta casi ha fallado. Se queda con un conjunto de políticas, y una piedra de molino, Maastricht, cuyos efectos si no reacciona la convertirán en el land número 17 de Alemania. ¿Cómo reaccionará Francia ante la nueva situación? Poco cambiará en los dos años que quedan de la presidencia de Mitterrand. De un lado, los giros en redondo son difíciles de ejecutar tras doce años en el poder. Más importante es el consenso en todo el espectro político sobre la situación geopolítica francesa. Esta posición mantiene que Europa (y en consecuencia, Francia) está esclavizada a la hegemonía americana y que viviremos indefinidamente en un mundo tripolar con tres bloques competidores, América, Europa y Japón. Como dos de los bloques son monolíticos, se sigue para los franceses que sólo una Europa monolítica puede en la frase más siniestra del Tratado de Maastricht afirmar su identidad en el escenario internacional. Resulta difícil para los británicos comprender que los franceses mantengan estas opiniones sinceramente. Pero los franceses se sienten atacados por todas partes. Ven su propia cultura, incluso su misma lengua, anegada por el anglicismo. Piensan que sus industrias están siendo aplastadas entre los americanos y los japoneses. Sus ciudades, crecen, están siendo inundadas por emigrantes del Tercer Mundo. La única solución razonan es transmutar su propio nacionalismo por un nacionalismo europeo: enérgico, quisquilloso, proteccionista, defensivo. Por ello es improbable que tras Mitterrand la política francesa se oriente hacia los Estados Unidos. Un aflojamiento de los lazos con Alemania parece inevitable, ya por un acto deliberado de política o como resultado de una divergencia creciente de los intereses franceses y alemanes. Es probable que el impulso hacia la unión europea se debilite. Si ello se refleja en una política próxima al objetivo declarado de Gran Bretaña de una Europa de Estados soberanos dependerá de quien suceda a Mitterrand. Si gana Chirac, entonces pudiera llevarse a cabo una política gaullista de Europa de las Patrias, con una convergencia entre los puntos de vista británico y francés. EL resultado de la victoria de uno de los otros supuestos candidatos (Delors, Rocard, Giscard o Balladur), todos los cuales son más o menos partidarios de la Unión Europea, sería más difícil de predecir. Un Presidente socialista como Delors tendría que cohabitar, durante tres años con una mayoría parlamentaria RPRUDF masiva. La consecuencia podría ser la parálisis. Giscard (UDF), partidario del SME y procedente de la actual coalición mayoritaria, persistiría en el calendario de la Unión Europea, en un intento final de parar a Alemania antes de que sea demasiado tarde. Balladur (RPR), cualquiera que sean sus convicciones federalistas, puede no ser capaz de arrastrar a su partido con él. Pase lo que pase, los franceses no abandonarán de buena gana el objetivo de la Unión Europea. En su mente, no pueden ir a ninguna otra parte. •