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Don Juan en la historia

Antonio Fontán

Breve biografía sobre Don Juan de Borbón, una de las personalidades políticas más notables y decisivas del último siglo y medio de la vida española.

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Antonio Fontán, “Don Juan en la historia,” accessed May 27, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/518.

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Don Juan en la historia

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Historia de España

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Breve biografía sobre Don Juan de Borbón, una de las personalidades políticas más notables y decisivas del último siglo y medio de la vida española.

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Antonio Fontán

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Nueva Revista 029 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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El Conde de Barcelona, Don Juan de Borbón, ha sido una de las personalidades políticas más notables y decisivas del último siglo y medio de la vida española. Sin su presencia y sin su acción dificilmente habría podido tener lugar la restauración democrática del 75 y la recuperación de la convivencia nacional, sin excluidos ni excluyentes, que se logró con ella. Su poderosa humanidad y su figura pública ocupan un noble y hermoso lugar en la historia de la nación. DON JUAN EN LA HISTORIA Por Antonio Fontán ACIDO al filo del verano, el 20 de junio de 1913 en el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso, Don Juan fue el quinto vástago de la numerosa familia de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Con dos hermanos varones mayores que •él, nada parecía destinarle a encarnar las responsabilidades que veinte años más tarde habría de asumir, como heredero de la Corona primero y como titular de la dinastía después. No obstante, los problemas de salud del Príncipe Alfonso y del Infante Jaime, pese a las discreciones de rigor en aquella sociedad y aquella época, no tardaron mucho en ser de general conocimiento. Lo cual determinó que la atención pública empezara a fijarse en aquel espigado y simpático muchacho, expansivo y alegre, de risa fácil y espontánea cordialidad, que de alguna manera empezó a ser pronto contemplado como la secreta esperanza de la sucesión en la Corona. Al terminar su bachillerato, el joven y apuesto Infante quiso estudiar una carrera, y concretamente ser marino. A los diecisiete años era alumno de la Escuela Naval de San Fernando y, aunque fuera hijo del Rey, sin privilegios especiales a la hora de examinarse de ingreso y de observar la disciplina de la Armada. Unos recuerdos muy lejanos En el verano de 1930 se había inaugurado en Cádiz el Hotel Playa, que entonces se presentaba como un establecimiento de lujo por sus modernas instalaciones y su privilegiado emplazamiento. Una noche se celebraba una fiesta con no recuerdo qué motivo. Sí conservo la imagen del espacioso comedor abierto a la playa, adornado con efímeras guirnaldas de papel y farolillos de colores. Era una cena, probablemente seguida de baile, para gente joven y personas mayores. Excepcionalmente los padres y el abuelo del autor de estas líneas dejaron que los niños se quedaran hasta la llegada de los guardiamarinas con sus elegantes uniformes blancos como los nuestros en la Primera Comunion. Entre ellos se distinguía un muchacho alto, guapo y sonriente en el que se concentraban todas las miradas, diciéndose la gente en voz baja es el Infante Don Juan. Uno sabía que eso quería decir que era un hijo del Rey. Y un niño de familia monárquica, a los seis años, si era un poco avispado, conocía los nombres de las Infantas e Infantes y había visto fotos de ellos de todas las edades en las colecciones de Blanco y Negro de las casas de los abuelos. Ver de cerca y de verdad a uno de esos Infantes, era una señalada experiencia de que luego se podría presumir con los amigos al empezar el colegio. Ese fué mi primer encuentro con Don Juan, ciertamente fugaz y unilateral, porque él no se percató de mi presencia. A mí tampoco se me pasó por la cabeza que veinte años después empezarían los centenares de audiencias y otras ocasiones de hablar con él en los más diferentes lugares: Portugal, Suiza, Italia, Alemania, París, Madrid, La Granja, El Escorial, Sanlúcar, etc. y, por fin, en los meses últimos, Pamplona. Alguna de esas conversaciones sería un destacado honor para mí y entraña cierto interés público, Algún día habrá que referirla. Quizá aquí mismo, antes de terminar esta semblanza. Poco habrían de prolongarse los estudios del Infante en la Escuela de San Fernando. El 14 de abril, en pleno curso, se proclamó la República y toda la Familia Real hubo de emprender el camino del destierro. Ninguno más largo que el de Don Juan, que se prolongaría cuarenta y cinco años, bastante más de la mitad de su vida. Destierro que no exilio, fuera de la tierra suya y de sus mayores, pero con España dentro, viva y presente en su espíritu. De la Escuela Naval al destierro Ya en el mismo año 31 se vió claro, si no en los medios monárquicos oficiales, sí en los populares más cortos en organización y fuerza que en número que Don Juan habría de ser el Heredero. E incluso cundía la idea de que en caso de restauración el rey sería el hijo y no el padre. Eso pasa siempre: Carlos IV, Isabel II, el propio Conde de Barcelona... Con la tenacidad de la memoria propia de aquellos años jóvenes, todavía se acuerda uno de ciertas coplillas ingenuas, y otras más picaras y desenfadadas, que predecían ese futuro. Alguien y aquí un nombre propio había robado una corona, pero fué la corona mural, porque la corona de España es del Rey y del Infante Don Juan. Otras aleluyas destinaban a malolientes lugares a los prohombres republicanos, mientras anunciaban con seguro disgusto del Rey Alfonso el advenimiento de Juan Tercero para el mes de febrero, con una precisión cronológica más fijada por la rima que por la información política. No fué febrero sino noviembre y cuarenta y cuatro años después, y no fué el Infante de aquellas malas coplas sino su hijo. Pero fué. Algo hizo Don Juan en ese casi medio siglo para que el presagio se convirtiera en realidad. Al salir de España Don Juan, tras unas gestiones de Alfonso XIII, pudo seguir sus estudios en la Escuela Naval Británica, e hizo las prácticas de Oficial en diversas unidades y por una larga temporada en el Océano Indico. Heredero de Alfonso XHI En 1935 Don Juan asumió oficialmente la condición de Príncipe de Asturias sin reconocimientos legales por estar en el destierro, y contrajo matrimonio con una princesa de Borbón, española también y muy próxima a la Familia Real. El padre de Doña María, originario de Nápoles y militar español, había estado casado en primeras nupcias com una hermana de Alfonso XIII. Borbones ambos, pero apenas parientes. Sus genealogías confluían en Carlos III, quinto abuelo de los dos. Cuando estalló la guerra civil, Don Juan, como tantos jóvenes monárquicos y,¿quién puede dudar que él lo era? se presentó como voluntario a alistarse en las fuerzas nacionales. Los generales no quisieron la responsabiidad de que tomara parte en la contienda y pudiera pasarle algo: primero Mola, después Franco. Este último, ya Generalísimo y Jefe del Estado, dió una explicación política de cierta entidad e incluso compromiso, si esta palabra valiera algo para los profesionales de la Realpolitik. Fué en unas declaraciones a Juan Ignacio Luca de Tena, que se publicaron en el ABC de Sevilla en julio de 1937: el día 18, si no recuerdo mal. Don Juan, vino a decir Franco, podría tener algún día resonsabilidades nacionales, y si se restablecía la monarquía sería mejor que el titular no hubiera combatido en ninguno de los dos bandos. (El general indudablemente pensaba en la victoria del suyo y en que sería una buena carta ese príncipe preservado). En enero de 1941, Alfonso XIII estaba gravemente enfermo en sus habitaciones del Grand Hotel de Roma. El día 15 de ese mes abdicó, con toda la solemnidad posible en aquel lugar y en aquellas circunstancias, cediendo los derechos dinásticos al que era ya príncipe heredero desde seis años antes, su hijo Don Juan. Fué una sabia resolución que ratificaba la situación establecida en 1935, con la explícita conformidad de toda la Familia y la aceptación de los monárquicos españoles. Don Juan presidió los funerales de su padre, con su hermano mayor, Jaime, en segundo lugar tras él y caminó por las calles de Roma a la derecha del Rey de Italia con Don Jaime a la izquierda del monarca. La condolencia oficial de Franco y del gobierno español estaba dirigida a Don Juan, dando principio a unas asiduas relaciones habitualmente corteses, y con frecuencia tensas, entre el Jefe del Estado y el titular de la dinastía. En la historia de estas relaciones se distinguen tres momentos sucesivos y distintos, en los cuales siempre acaba apareciendo de una manera u otra la persona de Don Juan Carlos. El primer período llega hasta la entrevista del Azor en 1948, el segundo concluye con el nombramiento del Príncipe como Sucesor en el 69 y el tercero es el que acaba con el fallecimiento del general y la proclamación del actual Rey. El tema sucesorio La transitoriedad era connatural al régimen de Franco. El general se había propuesto desde el primer momento durar todo lo que pudiera y terminar su mandato el día que Dios dispusiera de su vida. Pero los políticos y la gente común pensaban en el después. Hubo en los primeros años un proyecto de falangismo francofascista que buscaba una institucionalización a la manera de Italia y de Alemania, sobre la base ideológica y organizativa de un partido totalitario. Pero fracasó, porque no logró eliminar a otras fuerzas políticas de la coalición nacional y porque sus más radicalizados elementos chocaron con los militares (15 de agosto de 1942, atentado de Begoña). Además, con los americanos en la Guerra Mundial empezaba el declinar de los fascismos. No mucho después los más destacados generales pidieron a Franco la restauración de la monarquía. Por fin, casi al final de la Guerra, Don Juan publicó el Manifiesto de Lausanne (19 de marzo de 1945). Este documento fué menos conocido en España que los dos hechos anteriores, pero produjo unos efectos políticos cuyas consecuencias duraron treinta años y medio, hasta la proclamación como Rey de Don Juan Carlos. En el Manifiesto, Don Juan ofrecía una pacífica sustitución del régimen de Franco por una monarquía reconciliadora, tolerante, constitucional y democrática, con elecciones libres y amnistía política. El no levantaba, decía, bandera de rebeldía ni incitaba a nadie a la sedición. Llamaba a la responsabilidad a personas e instituciones. El propósito de la futura monarquía sería la paz y la concordia de todos los españoles. (Unas palabras que suenan bastante parecidas a las de Don Juan Carlos en noviembre del 75 y al espíritu de la Constitución de 1978). La cólera oficial del régimen fué tremenda. En la prensa falangista se insultó a Don Juan con toda suerte de bajezas. Los monárquicos fueron orillados del sistema y no pocos de ellos sancionados, confinados o víctimas de otras persecuciones menores. Pero la cuestión sucesoria estaba planteada sin que hubiera ya ninguna alternativa seria a la que representaba una monarquía. El fantasma de una república, que habría significado una vuelta atrás, a los planteamientos de la guerra civil, y que no dejaba de flotar en el ambiente de los salones de Potsdam, se desvaneció para siempre. El Jefe del Estado tenía que buscar la manera de acallar al Conde de Barcelona y ganar tiempo, pero con la corona en el horizonte político y alguna votación sin demasiados rigores democráticos. España pasó a llamarse Reino, hubo referendum, ley de sucesión y, finalmente, en agosto de 1948, entrevista entre Franco y Don Juan a bordo del Azor. Don Juan Carlos en España En 1948 el Príncipe Juan Carlos (nadie le llamó nunca Infante) había cumplido los diez años, que era la edad en que los escolares de entonces hacían el ingreso en el Bachillerato. Su vida había transcurrido en diversos lugares, pero sin pisar nunca su patria. Era muy español, porque en su casa no se podía ser otra cosa. Pero de oídas: por el ambiente familiar, por las visitas que recibían sus padres y por lo que le contaba Eugenio Vegas. Aunque no faltaban personas que le recomendaran lo contrario, Don Juan había tomado la decisión de que Don Juan Carlos se educara en España y en ambiente español: que conociera el país y que fuera conocido en él. Lo exigían la vocación histórica de la Familia y el destino del jovencísimo príncipe. Franco había proclamado que España era un reino y, aunque acudiera a toda clase de ambigüedades acerca de tiempos y personas, sabía bien que no había más monarquía posible que la del testamento de Alfonso XIII. Y que fuera de la monarquía no había caminos practicables sin atravesar un endemoniado juego de revolución y contrarrevolución, igual que en la década de los treinta. Don Juan se daba cuenta de que Franco había resuelto hacer todo lo que estuviera en su mano para cerrarle a él el acceso a la corona. Incluso el Príncipe y su presencia en España podían utilizarse para marginarlo. Los largos veintiún años En un libro reciente, y generalmente bien informado, se cuenta que al regresar de despedir al Príncipe cuando éste emprendía su primer viaje a Madrid en octubre del 48, a los dos meses del encuentro del Azor, Don Juan comentó a su esposa que entonces comenzaban para ellos las verdaderas preocupaciones. Desde el 48 al 69 ¡veintiún años! el Príncipe en España estudiando todo lo estudiable o simplemente estando aquí, a título de hijo de Don Juan y a la espera de algo, y el padre, titular de la dinastía de que Don Juan Carlos era heredero, en el destierro...Mientras Don Juan Carlos era mozo, soltero y estudiante, las contradicciones de la situación estaban enmascaradas. Pero en algunos momentos las cancillerías no salían de su asombro. Por ejemplo, en la boda de Atenas, el novio no tenía otra condición oficial que la de teniente del Ejército, y una posición de hecho derivada de su condición de heredero de una dinastía que no estaba reconocida como tal. Sin embargo, el Estado español estuvo representado por el buquealmirante de la Escuadra y el Gobierno por el Ministro de Marina, que había sido profesor de aquel guardiamarina Borbón, padre del novio, que ahora era el legítimo titular de una corona que estaba colgada en el aire... Durante todos esos veinte larguísimos años, en torno a Estoril y en Madrid cerca del Príncipe, hubo de todo: gente leal que hacía lo posible por ayudar al mejor futuro de España y cuidaba los puentes, otros que jugaban a los partidos políticos como si los hubiera, otros que hacían planes en el aire y ofrecían consejos que nadie había solicitado, etc. etc. Pero, en general y casi siempre, reinó la prudencia en ambos lados y se mantuvo una profunda y leal confianza personal y comprensión política entre el padre y el hijo, incluso cuando un mismo asunto era contemplado desde distintas perspectivas y con las diversas y contrarias informaciones del que está dentro y del que está fuera. Para resumir en pocas palabras los rasgos que caracterizaron la actitud de Don Juan y sus actuaciones, habría que decir que estuvieron presididas por la firmeza en lo que consideraba que eran sus deberes históricos, por la paciencia, por la dignidad y por la generosidad. Primero España y después él. Los brazos siempre abiertos, sin ánimo de revancha y sin rencores contra los que le insultaban y calumniaban y los que trataban de manipularlo. Incluso llegó a ofrecer al general el Toisón de Oro cuando se lo pidieron desde el Gobierno, para tener que soportar la humillación de recibir una impertinente carta de Franco que lo rechazaba, poniendo en duda su derecho a concederlo. Esos eran los gajes del oficio, como habia dicho Alfonso XIII a propósito de los atentados. El Conde de Barcelona mantuvo su independencia, lo cual le permitió hablar y obrar conforme a su conciencia, con la mirada siempre puesta en sus responsabilidades históricas. El no era el dueño, sino el depositario de ellas y estaba dispuesto a ejercitarlas cuando lo quisiera el país, así como a transmitirlas sin adulterar el legado si las circunstancias lo exigían. El ánimo de don Juan era que se lograra una restauración que sirviera al restablecimiento de las libertades y de los derechos ciudadanos, a la concordia nacional y a la modernización del país. En torno a su persona y a la causa que encarnaba se fueron hilando asistencias que luego habrían de tener continuidad en el reinado de su hijo. Don Juan Carlos, Sucesor En julio de 1969 Franco, haciendo uso de una prerogativa que él mismo se había concedido, procedió a nombrar Sucesor a título de Rey a Don Juan Carlos que asumió el título de Príncipe de España. (Era el que había tenido Felipe II bajo su padre Carlos V). Don Juan se vió obligado a decir que asi no se hacen las cosas y que así no son las monarquías. El sigue siendo el responsable de la corona y de la dinastía. Pero al mismo tiempo disolvió su Consejo Privado y ordenó desmontar el Secretariado, que era una especie de comisión ejecutiva que encabezaba José María de Areilza, futuro ministro de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de Don Juan Carlos. Prescindió también de los secretarios diplomáticos que siempre le tuvo asignados el Gobierno, nombrándolos a propuesta del propio Don Juan. El Conde de Barcelona no podía renunciar incondicionalmente a lo que en esos momentos y en esas circunstacias consideraba que era irrenunciable, pero tampoco quería que se desarrollaran en su nombre actividades institucionales y que pudiera haber monárquicos del hijo y monárquicos del padre. Esas querellas dinásticas, diría después, no son cosas de estos tiempos. Don Juan continuó recibendo visitas, hablando con políticos y ciudadanos. Seguí funcionando igual, diría en una entrevista de 1978. También visitaba España, muy de vez en cuando y como a saltos, particularmente durante sus travesías marineras a bordo del Giralda. Hubo, sin embargo, una ocasión, ya en el verano del 75, en que se produjo el increíble hecho de que el Gobierno le prohibiera tocar en tierra española, haciéndoselo saber por medio del Embajador en Lisboa, como si fuera una declaración de guerra. En repetidas ocasiones Don Juan ha explicado su posición de esos últimos años del régimen anterior. En ese tiempo Don Juan no hizo política, pero se mantuvo pendiente de los asuntos de España, sabiendo que su sola presencia al frente de la dinastía sería un estímulo y una efectiva presión para que al final del régimen se produjera el cambio. Sobre los antecedentes de la renuncia a los derechos históricos, que se formalizó el 14 de mayo de 1977, Don Juan ha declarado que él quiso abdicar en cuanto vio que se había iniciado la evolución. Esto es ciertamente así y ocurrió antes de lo que habitualmente se piensa. La renuncia de Don Juan Algo puede decir acerca de eso el autor de este artículo, ya que por encargo de Don Juan le correspondió ejercer algunas funciones de mensajería. La última vez que tuve el honor de que me invitara a almorzar, el pasado 3 de noviembre, en sus habitaciones de la Clínica Universitaria de Navarra, se evocaron los recuerdos parisinos de noviembre del 75, y el Conde de Barcelona dijo, delante de testigos, que le parecía bien que esas cosas se supieran. Don Juan estaba en París quizá para no estar en Estoril en esos días de noviembre de 1975. A mí me había llegado un mensaje de que fuera allí en cuanto pudiera. Como es natural fui inmediatamente, el 27 de noviembre. Al día siguiente el marqués de Marianao, en cuya casa de París estaban alojados Don Juan y Doña María, había invitado a almorzar con Don Juan el viernes 28 a unas cuanta personas en el restaurante Le Doyen de los Campos Elíseos. En un aparte, Don Juan me citó para la tarde en casa de Marianao, en el Boulevard Malesherbes, a donde acudí a la hora señalada. Se trataba de un mensaje muy sencillo que quería que se le transmitiera a su hijo, el Rey (dijo el Rey), lo antes posible, directamente y sin testigos. El, Don Juan había decidido abdicar en su favor, transfiriéndole los derechos históricos de que era depositario y la jefatura de la dinastía. Quería conservar el título de Conde de Barcelona. Los problemas dinásticos, decía Don Juan, no eran cosa de esta época; por el interés de España, era deseable que hechos como la proclamación de Don Juan Carlos como Rey se consolidaran y que nadie fuera a intentar la imposible operación de una vuelta atrás. A estos razonamientos añadía Don Juan una consideración que después ha repetido el Rey Don Juan Carlos. A éste, al hijo, le dejarían hacer cosas que no le habrían dejado nunca hacer a él. El Conde de Barcelona estimaba que era sumamente conveniente y urgente que Don Juan Carlos conociera la decisión de su padre, para que actuara con la seguridad de que era el Rey con todos los requisitos y derechos de la dinastía española. Don Juan Carlos tenía que disponer, por ejemplo, sin que nadie pudiera discutírselo, de la facultad de otorgar el Toisón. El modo y el momento de hacer pública esa renuncia y de documentarla quedaban confiados a la prudencia de Don Juan Carlos. A la mañana siguiente, el sábado veintinueve, salí para Madrid en el primer avión. El encargo quedó cumplido en cuanto el Rey pudo recibirme. Don Juan Carlos me escuchó con emoción, pero yo diría que sin sorpesa. Quizá no esperaba que fuera tan pronto. Pero él conocía muy bien a su padre y sabía que en estos asuntos de Estado sólo se movía por el interés nacional. En algunas de sus declaraciones posteriores, el Conde de Barcelona ha manifestado que se me encargó a mí perfilar un posible ceremonial para la renuncia. Sáinz Rodríguez ha dejado escrito que él habló en una ocasión con José María de Areilza, siendo éste Ministro de Asuntos Exteriores del plan que se había pensado. Algo de lo que entonces se diseñó se puso parcialmente en práctica con ocasión del traslado a España y al Escorial de los restos de Alfonso XIII. Sáinz Rodríguez, y el propio Don Juan han comentado el retraso que experimentó el acto de dar estado oficial a la renuncia. Lo importante es que el rey supo enseguida, en su momento, que contaba con el apoyo de su padre. Don Juan vino por primera vez a España en un avión militar que le trajo a Getafe entrado ya el año 76. Creo que fué avanzado febrero. La formalización de la renuncia tuvo lugar el 14 de mayo de 1977 en un sencillo acto casi de familia en la Zarzuela. Fué bastante significativo a efectos políticos que la abdicación oficial de Don Juan, la que consta en los Archivos de la Corona de España, tuviera lugar cuando estaban convocadas ya las elecciones a las Cortes que serían Constituyentes, y se habían legalizado previamente todos los partidos de todas las ideologías y podían votar todos los españoles en un país en que no había discriminaciones entre ciudadanos, ni presos políticos ni exiliados. Era la primera vez que eso había ocurrido en España desde 1808. En el Manifiesto de Lausanne de 19 de marzo de 1945 el Conde de Barcelona había enunciado como tareas primordiales de la monarquía que él propugnaba para España las siguientes: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política, reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una Asamblea Legislativa elegida por la Nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política, etc. El 14 de mayo de 1977 todo ese programa estaba en marcha y sus puntos preliminares cumplidos. Después de la renuncia El Conde de Barcelona instaló por fin su residencia en Madrid primero provisionalmente y luego ya con casa propia en los años siguientes. Una Villa Giralda que conserva muchos recuerdos de Estoril. El común de los españoles empezó a conocerlo mejor. Recibió numerosas muestras de reconocimiento a su persona y a su obra histórica, tanto de entidades oficiales como de instituciones privadas y ciudadanos particulares. Especial satisfacción fué para él el nombramiento de Capitán General de la Armada en diciembre pasado. Hace unos cuantos años ya que le visitó una cruel enfermedad, a lo largo de la cual ha dado muestras de un temple humano verdaderamente infrecuente. Ha seguido estando presente en la vida de España. Pero siempre pendiente de lo que consideraba que eran sus deberes históricos. Pocas cosas más emotivas que su celoso interés por reunir en los panteones del Escorial los restos y la memoria de los miembros de la dinastía fallecidos en el destierro. En ese piadoso gesto, Don Juan veía sin duda no un asunto de familia, sino un símbolo más del retorno a tierra española de todo lo que las discordias nacionales habian alejado de ella. •