Nueva Revista 105 > La otra mirada impresionista

La otra mirada impresionista

Jesús Yuste

Sobre la figura de Morisot dentro del Impresionismo europeo, una breve reseña biográfica.

File: La otra mirada impresionista.pdf

Referencia

Jesús Yuste, “La otra mirada impresionista,” accessed May 26, 2024, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/426.

Dublin Core

Title

La otra mirada impresionista

Subject

El talento de Berthe Morisot

Description

Sobre la figura de Morisot dentro del Impresionismo europeo, una breve reseña biográfica.

Creator

Jesús Yuste

Source

Nueva Revista 105 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

Document Item Type Metadata

Text

EL TALENTO DE BERTHE MORISOT La otra mirada impresionista JESÚS YUSTE CRÍTICO DE ARTE ntre los grandes exponentes del Impresionismo, se ha tenido en Eocasiones como en un segundo lugar, sin duda por la falta de un conocimiento adecuado de su obra, la figura de Berthe Morisot (Bourges, 1841París, 1895), su principal representante femenina. Y resulta cuando menos sorprendente, pues su arte resuelto, delicado y vigoroso a la vez, es de una modernidad manifiesta. Pudo influir en ello el hecho de que fuera mujer, en un mundo —el del arte en general, y el de la pintura en particular— reservado tradicionalmente a los varones. En este sentido, hay que reconocer que el papel creativo de las mujeres fue durante mucho tiempo limitado, al ser excluidas de las Academias de Bellas Artes por hombres que preferían verlas dedicadas a la esfera de lo puramente doméstico o, en cualquier caso, a un mundo alejado de la práctica profesional de las artes. Pero lo cierto es que Monet, Pisarro, Renoir y demás, fueron conscientes de la valía de Morisot, quien, como recordara Pisarro en 1895, fue una «gran mujer de extraordinario talento que honró a nuestro grupo impresionista». Renoir, que la conocía bien, alabó también sus cualidades, y Manet, su mejor amigo y colaborador, sintió verdadera admiración por su libertad de experimentación. La historia nos dice que desde mediados del siglo XIX, con el ascenso de una cierta clase media fruto de la industrialización en los países más ricos, se generó una actitud más abierta sobre la participación de la mujer en el mundo artístico. Aun así, como la Escuela de Bellas Artes permaneció cerrada para ellas hasta 1897, las jóvenes aspirantes a pintoras se vieron en la necesidad de recurrir a tutores particulares, o bien a las academias creadas por artistas varones. Este es el caso de la academia formada en 1868 por el retratista Rodolphe Julian. Gracias a este tipo de iniciativas, las mujeres fueron incorporándose progresivamente al mundo artístico de los varones. Y no sólo eso. Paradójicamente, en cierto modo tuvieron la fortuna de no tener que soportar las trabas académicas de sus compañeros, y contra las que, por cierto, se sublevaron los más puros representantes del Impresionismo. Podían así dotar de una fresca espontaneidad a sus pinturas, lejos de las trabas impuestas por el academicismo oficial. Entre las pintoras impresionistas, muy valiosas algunas de ellas, la más importante fue muy posiblemente Morisot, pintora de paisajes rebosantes de frescura, de trazos desenvueltos, y casi siempre con la figura humana como punto de referencia. Unido a ello, fue también una extraordinaria pintora de escenas de la vida doméstica, donde podía recrearse y dar rienda suelta a sus dotes de observación, al igual que al tratamiento lleno de naturalidad de la intimidad familiar. De fuerte personalidad, luchó contra los convencionalismos sociales de la época, que tendían a recluir a las mujeres en el ámbito de lo privado. Prueba de ello es su dedicación profesional a la pintura, a pesar de la advertencia del profesor Guichard, quien hizo saber a la madre del peligro que acechaba a sus hijas Berthe y Edma, pues teniendo en cuenta sus dotes naturales, «mis enseñanzas no acabarán creando pequeños talentos de salón, sino que se convertirán en pintoras. ¿Es usted absolutamente consciente de lo que esto significa? Sería revolucionario, casi diría catastrófico, en un medio social de la alta burguesía». Resulta significativo, al respecto, el hecho de que ya en 1860 Berthe Morisot mostrara su interés por pintar al aire libre, a pesar de que esto no fuese del agrado de su maestro Guichard. Desde que en 1861 Berthe conociera a Corot, se vería influida por su concepción artística serena, equilibrada, de indudable lirismo poético. Su forma de captar y reproducir la realidad a través del color y de la luz, abrió los ojos de la artista hacia nuevas formas de expresión. Morisot trabajó con él, y también tuvo oportunidad de conocer a Daubigny, paisajista de la Escuela de Barbizón, la que fuera precedente próximo del Impresionismo. Pero más importante aún para su vida fue el conocimiento de Manet, su futuro cuñado, con quien mantuvo desde 1868 una especial relación amistosa y artística que, de alguna manera, marcó el futuro de su obra. Ciertamente, ambos se influyeron entre sí y ambos se vieron a su vez influidos por la corriente impresionista que llenó de vivos y luminosos colores sus paletas. También, unos años después, la pintora entabló una relación amistosa con Renoir, excelente pintor de formas suaves y voluptuosas, de rico colorido, pero tal vez sin la sutileza y finura de Morisot en la representación de los personajes en su ambiente familiar. En un mundo artístico dominado por los hombres, Berthe Morisot fue siempre consciente de su talento, al igual que del talento de sus compañeras. Así se entiende que escribiese: «Lo cierto es que nuestros valores se encuentran en el senBerthe Morisot, La cuna, 1872. timiento, en la intención, en Musée dOrsay nuestra visión, que es más sutil que la de los hombres, y podemos lograr mucho si conseguimos que la afectación, la pedantería y el sentimentalismo no lo estropeen todo». Así fue, pues supo unir a esa visión sutil y a esa primacía del sentimiento, un destacado sentido del equilibrio y de la luz, al igual que un encanto particular, mezcla de pinceladas rápidas y sueltas, en la que dominan los colores suaves y cálidos. Esta es la razón de que sus obras puedan dar a veces la impresión de un esbozo de trazos vivos, llenos de espontaneidad, como se aprecia en el espléndido Berthe Morisot. El balcón, 1872. Musée dOrsay Día de verano (1874). Además, su delicada paleta se puede también admirar en obras tan destacadas como Dama en el tocador (1875) y sobre todo en El espejo de vestir (1878), donde como acertadamente se ha señalado, la meditación callada e íntima del personaje frente al espejo contrasta con las más provocativas y eróticas representaciones de escenas familiares que realizaron otros pintores varones de la época. Resulta muy interesante observar la evolución del arte de Morisot. Para ello, conviene fijarse en primer lugar en las pinturas que presentó a la primera exposición impresionista de 1874. Concretamente, entre ellas se encuentran La cuna (1872), una de las obras que le dieron mayor renombre, y El lilo de Maurecourt (1874), obra cautivadora por su concepción y por su estilo, con ese toque mágico que resalta los diferentes tonos verdosos, iluminados por destellos de luz blancoamarillenta. Aunque a comienzos de la década de los setenta Morisot era ya una artista consagrada, será poco después, a partir de su estancia en 1875 en la isla inglesa de Wight, cuando conforme su estilo más característico. Pinceladas cortas y rápidas diluyen cada vez más los contornos de las figuras, como sucede en los brochazos sueltos que configuran En un banco del Bois de Boulogne (1894), una de sus últimas obras. En ella, tras las dos jóvenes recogidas en concentrada lectura, apenas se intuye el camino y, en un segundo plano, aún menos a las dos mujeres que marchan conversando mientras un carruaje acaba de pasar. La disolución de la realidad de buena parte del cuadro prefigura la abstracción, en todo un ejercicio de modernidad. No es de extrañar, por tanto —tal es lo avanzado de algunas de sus obras— que Berthe Morisot desconcertara a la crítica de su tiempo. Era su arte algo tan distinto de lo habitual... Así, por ejemplo, el crítico Charles Ephrussi, tras la quinta exposición impresionista de 1880, sólo encontró la fórmula poética para describirlo: «Parece que tritura pétalos de flores y los mezcla con su paleta, esparciéndolos luego en sus lienzos con ligeras y graciosas pinceladas, realizadas un poco al azar [...] creando una obra delicada, llena de encanto y de vida, que intuimos más que vemos». Tal se podría decir de una de sus pinturas de mayor fuerza expresiva y menor definición de contornos y formas, El balcón (1872), o del Interior de una casa de campo (1886). Y es que, como comentara el crítico Gustave Geffroy por aquel entonces, «aunque las formas que aparecen en las pinturas de Morisot son siempre vagas, poseen una vida extraña. La artista ha logrado definir el juego de colores, la palpitación entre las cosas y el aire que las envuelve». Y todo esto es lo que hace que el arte de Berthe Morisot fuera tan novedoso en su época y siga resultando, a la vuelta de más de un siglo, tan rotundamente moderno. «• JESÚS YUSTE