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Libro, latines e imprenta: historia de una revolución

Antonio Fontán

Una breve reseña de la historia del libro, desde sus orígenes como codex, la imprenta, los incunables, el latín y el griego... hasta la lengua de la Europa culta de hoy.

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Antonio Fontán, “Libro, latines e imprenta: historia de una revolución,” accessed May 24, 2024, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/333.

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Libro, latines e imprenta: historia de una revolución

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Día del libro

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Una breve reseña de la historia del libro, desde sus orígenes como codex, la imprenta, los incunables, el latín y el griego... hasta la lengua de la Europa culta de hoy.

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Antonio Fontán

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Nueva Revista 098 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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EN CONMEMORACIÓN DEL DÍA DEL LIBRO Libro, latines e imprenta: historia de una revolución ANTONIO FONTÁN EDITOR DE NUEVA REVISTA a cultura literaria del Renacimiento se caracteriza por la confluenLcia de tres acontecimientos principales a los que se suma una invención tecnológica que hizo época. Los primeros son la restauración del latín de los antiguos como lengua literaria y lengua de comunicación internacional y de cultura; la recuperación de los autores clásicos romanos; y la reanudación del estudio del griego en los países occidentales de Europa. La invención tecnológica fue la de la imprenta, con la que se fabricaban libros. VOLUMINA, CODEX El libro, tal como se conoce en la cultura occidental desde los años del Renacimiento, es el resultado de dos grandes revoluciones que triunfaron en el Occiden ~ te a mil años de distancia una de otra. La primera fue la creación del codex, que reemplazaba a los volumina. La segunda, la invención y aplicación de la imprenta. Cada una de ellas se produjo gracias a tres innovaciones que se acumularon en esos dos momentos de la historia. El codex fue posible gracias a la difusión de unas técnicás para el tratamiento de pieles animales que daban lugar a la obtención de resistentes trozos de membrana que se podían cortar en pliegos y hojas del formato que se quisiera y escribir sobre ellos por las dos caras. Se había conseguido también la fabricación de tintas adecuadas para lograr un secado rápido de la escritura, y se introdujo la práctica de agrupar las hojas o pliegos en forma de cuadernos a la manera de las tablillas de cera y los más bellos y ricos dípticos de madera o metal. Hubo códices en Roma ya a fines del siglo I d. C. El hispano Marcial, el poeta de Bilbilis, poseyó uno que contenía la historia de Tito Livio. Era una novedad y el mismo dueño se sentía admirado y feliz con su librito. Gracias a él, el inmenso Livio, que escrito en volumina no le cabía en su biblioteca, se encerraba ahora en una pequeña gavilla de membranas (Pellibus exiguis artatur Livius ingerís, quem totum non mea bibliot heca capit). Es más que probable que el Livio de bolsillo de que el poeta se siente tan ufano no fuera la historia completa, los ciento cuarenta y tres libros ab urbe condita, sino uno de los compendios o epítomes, por el estilo de las períocas del siglo IV, que ya debían existir entonces. Los usos novedosos son lentos en imponerse. Por muchas que fueran las dificultades para abastecerse de papiro, que era el «papel» de origen vegetal con que se hacían los «rollos» o volumina, las pieles de animales eran un material más caro y la extensión de su comercio requería la de unas técnicas también nuevas para el sacrificio de animales y los negocios de carnicería. Pero, finalmente, en el siglo IV, casi todos los libros son ya códices y en el quinto ya nadie editaba o publicaba en volumina. LA IMPRESIÓN La segunda revolución, más de mil años posterior a la del codex, fue la transición del manuscrito al impreso. Tampoco se hizo de una vez, como por un golpe de inspiración de un genio, aunque sea lícito atribuir a Gutenberg el mérito y la autoría de haber realizado los primeros libros compuestos con tipos móviles con los que se fabricaban en serie muchos ejemplares iguales de una obra. Para que el nuevo invento se lograra hizo falta que se ideara la prensa de imprimir, que no dejaba de ser una aplicación de las otras clases de prensa; que se crearan unas tintas de secado rápido capaces de manchar sólo los salientes de los tipos o de las planchas; y que se dispusiera de los tipos móviles, resistentes e igualados, aptos para ser usados repetidamente en las diversas combinaciones que son precisas para escribir las palabras de una lengua. La invención de Gutenberg estuvo precedida de otros ensayos de xilografía y prensa, hasta que por fin, hacia mediados de siglo se imprimieron libros. La joya de esta aurora de la nueva arte es la famosa Biblia de 42 líneas. En esos libros más antiguos la innovadora técnica se aplicaba al texto, no a la realización completa del volumen. Los exornos de las páginas, las letras capitulares y los títulos de los capítulos o apartados se terminaban después a mano en cada uno de los ejemplares por los rubricadores, miniaturistas e iluminadores, igual que antes con los manuscritos. En sus primeros años hubo poca relación entre la renacida cultura y la moderna invención. Entre 1450 y 1460 la imprenta se extendió por las ciudades alemanas a partir de su cuna, Maguncia. Pero se imprimieron, sobre todo, textos —o libros— teológicos, litúrgicos y legales, aunque se hicieran también varias ediciones de la Gramática latina de Donato, que recobraba su viejo prestigio con los nuevos aires. Por fin en 1465 unos impresores alemanes se instalaron cerca de Roma, en Subiaco, al amparo del cardenal español Juan de Torquemada. Editaron en sus talleres, que se sepa, cuatro obras latinas antiguas en los dos primeros años. Al tercero, los impresores, que se llamaban Sweynheim y Pannartz, se instalaron en la ciudad de Roma, también bajo la protección de Torquemada, del que habían publicado en Subiaco algunos libros. En Roma imprimieron una edición de Lactancio, que fue la princeps de este autor, de la que hay un ejemplar en la Biblioteca Provincial de Gerona. BENEMÉRITO CARDENAL TORQUEMADA La más primitiva imprenta alemana y de las márgenes del Rin trabajó con letrería gótica, que era también la usual en los manuscritos hasta que a principios del siglo XV los escribas (fuera Poggio Bracciolini u otro el creador) empezaron a introducir la que se llamaría romana, imitando la escritura Carolina. Parece que esa evolución tipográfica se produjo ya en Italia por obra de los más antiguos impresores alemanes instalados allí también bajo el patrocinio del anciano Torquemada, que era uno de los eclesiásticos más influyentes de su tiempo. Un distinguido estudioso de la historia de la imprenta, Carlos Romero de Lecea, destaca muy justamente la importancia del cardenal español en el proceso de introducción de la imprenta en Italia. Primero, en el monasterio de Subiaco, que estaba bajo su jurisdicción, Sweynheym y Pannartz imprimirían los primeros incunables itálicos. En esa primera instalación se publicaron por lo menos cuatro libros con la tipografía romana a que he hecho referencia antes. Más tarde, Torquemada amparó igualmente a otro tipógrafo alemán, Ulrico Han, en Santa Maria sopra Minerva de Roma. En su imprenta se publicaron las Meditationes del propio cardenal, de las que Romero de Lecea dice que son el primer libro impreso en vida de su autor, y probablemente visto por él antes de que se terminara su fabricación. En el colofón de ese libro se da la fecha del último día de diciembre de 1467, lo cual quiere decir decir 66, si se cuenta con el 25 de diciembre como principio del año. Torquemada falleció en 1468. La letrería del libro de Torquemada es gótica, si bien se advierten trazos que acercan el dibujo de algunas letras a las curvaturas de la romana. Rodrigo Sánchez de Arévalo, otro hispano, obispo de Zamora y residente durante largos años en Roma, fue el segundo de los españoles que vieron impreso un libro suyo, el Speculum vitae humanae, editado por Sweynheym y Pannartz en 1468 en Roma. Otra obra del obispo zamorano, la Compendiosa historia Hispaniae, aparece datada en el colofón el 4 de octubre de 1470, que fue precisamente el día del fallecimiento del autor. Letrería romana exhiben otros libros de la Urbe, como esa misma historia de Arévalo y el Lactancio de Sweynheym y Pannartz, del que se guarda un ejemplar en la biblioteca de Gerona, así como la Postilla bíblica, también de Roma y de los mismos impresores (año 1471), que se halla en la biblioteca de Lérida. LOS INCUNABLES Todos estos libros son «incunables». Es decir, han sido impresos en el siglo XV, hasta el año 1500. El nombre y la fecha son convencionales, pero desde que se empezaron a emplear en 1640, al conmemorar, también convencionalmente, el segundo centenario de la imprenta, han gozado de una progresiva y generalizada aceptación. No se sabe bien cuántos libros —incluyendo las diversas ediciones de una misma obra— fabricaron las imprentas europeas en el siglo XV. Hay que suponer que no serán pocos los que han desaparecido sin dejar rastro. Hubo muchos folletos, hojas sueltas, documentos, etc., de carácter efímero. Incluso se trabajaba con cierta celeridad. Colón, a la vuelta de su primer viaje, desembarcó en el puerto de Palos, en la desembocadura del río Tinto, el 15 de marzo de 1493, y cuando llegó a Barcelona, donde estaban los Reyes, a mediados de abril estaba impresa la carta que había escrito a los contadores de los monarcas informándoles del éxito de su navegación. Se han identificado unas mil setecientas imprentas en el siglo XV. La producción total podría haber llegado a ser de unos treinta y cinco o cuarenta mil libros o ediciones diversas. Otros cálculos reducen el número. Estas cifras podrían representar un volumen total de quince o veinte millones de ejemplares a una media de trescientos cincuenta por libro o documento y edición. Muchas obras se imprimieron con tiradas más cortas, de doscientas unidades. Pero también las hubo más copiosas. Por ejemplo, en el único ejemplar que se conserva de la segunda impresión de la Gramática latina de Nebrija, del año 1482, que se halla en la biblioteca de la catedral de Toledo, y que muy bien pudo ser el del cardenal Mendoza, se lee que la primera edición, que era del año anterior, se había agotado, y eso que comprendía más de mil «códices». En esa nota editorial el autor añade muy ufano que no hay ningún libro más vendible. Es de suponer que en la segunda edición no se harían menos ejemplares después del éxito de la precedente. También se acabaron muy pronto, porque en 1483 se vuelve a editar y tampoco se conserva más que un solo ejemplar de esta reimpresión. Las 1.700 imprentas del siglo XV están repartidas en unas trescientas ciudades europeas, entre las que hay no pocas localidades españolas: Barcelona, Tortosa, Valencia, Zaragoza, Sevilla, Segovia, Salamanca, Pamplona, Tolosa, Murcia, Palma de Mallorca, etc. La mayor producción de libros incunables fue la italiana, seguida de la de Alemania. Sólo en Venecia se fabricaron unos cuatro mil libros en ese periodo. Es la ciudad en que más se imprimieron. En la península Ibérica es razonable calcular que fueron unos mil. Los identificados pasan de ochocientos. Hubo, además, un amplio comercio de libros tanto en el periodo incunable como en los primeros decenios del siglo XVI. Los libros circulaban por tierra y por mar. En Barcelona se imprimieron los Rudimenta Grammaticae de Perotti, copiando un ejemplar de la edición italiana, que se había hallado por casualidad entre los restos de un naufragio cerca de Tortosa. De todo ello se informa en el colofón de la edición barcelonesa. Ya en el siglo XVI, se perdió también en un naufragio en el Mediterráneo gran parte de la edición de la Poliglota de Alcalá —la Biblia Complutense—. PRODUCCIÓN EN ESPAÑA Las primeras imprentas españolas —entre ellas casi todas las del siglo XV— fueron montadas por técnicos y empresarios alemanes, que probablemente venían de Italia o, al menos, trabajaban con experiencias itálicas. En los lustros iniciales predominan en sus talleres los tipos «romanos» o «redondos», como en un Aristóteles latino de la Biblioteca provincial de Cáceres, impreso en Valencia en 1473. Después se produciría la invasión de los «góticos». Son, entre otros, los casos del Nebrija salmantino de 1481, de la Gramatica castellana del mismo Nebrija de 1492, del Plutarco vertido al castellano —del latín, no del griego— por Alonso de Palencia y editado en Sevilla por los «Cuatro compañeros alemanes» en 1491 y del Esopo (la traducción latina de Valla) impreso por Pedro de la Roca en Valencia en 1495. Más tarde, desde principios del XVI, se imponen nuevamente las letrerías romanas que ya serían en lo sucesivo las habituales de los tipógrafos peninsulares. En esos años de los incunables y de los primeros tiempos de la imprenta, que en España podrían llamarse «de los Reyes Católicos», la mayor parte de los libros que se publicaron estaban escritos en latín. Por su contenido y destino se distinguen los libros de religión (litúrgicos o devotos), los libros escolares (gramáticas, libri minores, libri catoniani, ductores octo u otras antologías para aprender latín), libros universitarios o de ciencias (medicina, derecho civil y canónico, astronomía, teología, etc.). Entre las obras técnicas y científicas destacan las traducciones latinas de autores griegos, como Galeno, Euclides, Estrabón, Dioscórides, Tolomeo y otros. Hay también libros de humanistas y algunas ediciones, comentadas o no, de clásicos latinos. En general, salvo en estos autores romanos antiguos, en las traducciones del griego elaboradas en Italia y en los escritos literarios o filosóficos de humanistas, el latín es el medieval, con toda la variedad de lenguas técnicas de las diversas disciplinas. Es un latín escolar y cargado de fórmulas y de expresiones rutinariamente transmitidas de unos escritores a otros. QUÉ IMPRIMIR No todos los libros tuvieron gran aceptación. Las primeras imprentas alemanas publicaron numerosas obras medievales, de las entonces utilizadas por estudiosos y eclesiásticos, que en muchas ocasiones tuvieron poco éxito. No pocas de ellas se dirigían a un público reducido, que, además, estaba habituado a los manuscritos que se escribían y vendían de uno en uno. Lo mismo ocurrió con algunas de las ediciones de clásicos latinos. Se han registrado en imprentas europeas trescientas cuarenta ediciones incunables de escritos de Cicerón; doscientas de ellas en Italia. Al final del periodo de los incunables la oferta y la demanda se reajustaron solas. Pero debió haber no pocos fracasos editoriales —o, por así decir, empresariales—. Quizá el primero de todos fue el de los alemanes Sweynheym y Pannartz, los introductores de la nueva arte en Italia, que tuvieron que cerrar sus primeras prensas de Subiaco, y se trasladaron a Roma animados quizá también por el éxito de su compatriota Ulrico Han que trabajaba en la Urbe. UNA REVOLUCIÓN CULTURAL Pero quince o veinte millones de libros e impresos en Europa, en los cincuenta y tantos o sesenta años del periodo incunable, por muchos que se perdieran o se quedaran en los almacenes, constituían una verdadera inundación. Era una revolución cultural, que daría sus frutos a un plazo algo más largo: cuando empezaron a asomar a la vida cultural y profesional las generaciones educadas entre impresos. Los humanistas, juristas, médicos, científicos, etc., europeos de la era incunable eran gente que se había formado entre manuscritos, y que, solo después de sus años escolares, habían empezado a manejar esos nuevos libros escritos con letras metálicas —aunque las hubiera también de madera— de que hablaba el gran Francisco Filelfo. El español Nebrija, en 1485, pensó que su magisterio podía ser más útil a más gente escribiendo y publicando libros que dictando lecciones en la Universidad de Salamanca. Pero eso lo había descubierto a los cuarenta años y tras la venturosa experiencia del éxito editorial de su gramática latina. Entre los incunables hay relativamente pocas novedades científicas, literarias y culturales en proporción al gran número de libros que se hicieron. Hubo unas noventa y cuatro ediciones de la Biblia en latín y no sé si eso sólo en Alemania, y las trescientas cuarenta de Cicerón que he dicho antes. Se publicaron no pocas, traducciones a lenguas modernas de autores clásicos y medievales. Pero algunas de ellas ya existían de antes, y propiamente eran medievales, como las versiones castellanas de Séneca y de Cicerón del obispo Alonso de Cartagena (13841458) y los «proverbios senecanos» de Pedro Díaz de Toledo que había fallecido antes de 1499. Pero también se editaron otras tomadas del italiano o del francés. CLASICOS LATINOS Hay aportaciones incunables de muy estimable trascendencia en varios campos de los saberes y de la cultura. Me refiero, en primer lugar, a las ediciones de los clásicos latinos, de los que están impresos antes del 1500 todos los autores importantes que se conocían. El mayor número de ediciones fue itálico, principalmente de Venecia y Roma. Pero también las hay de Lyon, de París, de varios lugares de Alemania, y algunas, aunque pocas, de España, como los textos para las escuelas de Nebrija, correspondientes en algún caso al periodo incunable y al decenio inicial del siglo XVI. Se puede decir que merced a esta actividad impresora se dispuso de un acceso generalizado y fácil al caudal de la literatura romana, al mismo tiempo que se mejoraban y actualizaban los métodos de enseñanza del latín con la vuelta a Donato, con Valla en Italia y en España con Nebrija. GRIEGOS VERTIDOS AL LATÍN Una novedad de trascendencia para la cultura y los estudios europeos en general fueron las traducciones del griego al latín, casi todas itálicas, y en muchos casos obra de grandes humanistas (Valla, Perotti, Aretino, Poliziano, Filelfo, etc.). La educación humanista daba lugar a un buen conocimiento del latín —para escritores, juristas, teólogos, científicos— pero muy poco griego, que era cosa casi profesional de gramáticos. No obstante, en latín se podía leer durante el periodo incunable a Platón, Aristóteles, a los grandes historiadores helénicos y hasta a los poetas. Y eso representó un enriquecimiento de los saberes de las gentes educadas y no estrictamente profesionales del estudio. También entre poetas y escritores. Entre esas traducciones latinas del griego, merecen especial atención las de los libros científicos a que he hecho referencia, a los que se unían en las escuelas y en las profesiones los libros latinos de medicina medievales, más o menos revisados por adaptadores modernos, y las traducciones también latinas de autores árabes, como Avicena. En la época humanística el latín volvió a desempeñar la misma función mediadora entre la lengua griega y la cultura común del Occidente que había cumplido en el mundo romano a partir del siglo II a.C. A principios del siglo XV había empezado la enseñanza del griego en Florencia con Crysoloras y de allí se extendió por otros lugares de Italia, cuando Guarino de Verona regresó de Bizancio con la lengua bien sabida, unos cincuenta manuscritos y una cierta familiaridad con las técnicas filológicas que se practicaban todavía allí. Los humanistas profesionales aprendieron griego en Italia como una materia más de su currículo de estudios. Eso permitió que varios de los más distinguidos de ellos supieran escribirlo y practicaran ensayos literarios en esa lengua tanto en prosa como en verso, imitando a los grandes autores. Pero durante el humanismo el griego no fue nunca lengua de comunicación ni lengua de cultura en el Occidente. Era lengua de lectura, lengua universitaria y lengua de erudición. PRIMERAS IMPRESIONES EN GRIEGO Las imprentas también tardaron en lanzarse al griego. El primer Homero, del que dice Sandys que fue también la primera gran obra impresa en griego en el Occidente, se editó en 1488 en Florencia. Y las ediciones «príncipe» de escritores griegos de la época incunable no llegan a dos docenas, mientras que son apenas cuatro los latinos antiguos cuyas primeras ediciones son ya del siglo XVI. Los demás estaban todos impresos en la era incunable. Todavía en el siglo XV italiano los proveedores principales de ejemplares griegos para las librerías que se estaban formando en las cortes de los príncipes, en los monasterios y en los palacios pontificios eran los copistas. Alguno de ellos fue famoso y trabajaba a escala industrial. Me refiero a Vespasiano da Bisticci, de quien se ha dicho qué fue el último de los escribas medievales y el primero de los libreros modernos. En su taller se preparaban manuscritos griegos y latinos con gran profusión. Se cuenta que empleaba a la vez cuarenta y cinco copistas y que fabricó cientos de manuscritos. En España tuvo relación, si no amistad, con Alonso de Fonseca (Alonso I), el arzobispo de Sevilla que trajo a Nebrija de retorno a España y que falleció en 1473. Algo parecido a lo de los libros sucedió también con la enseñanza de la lengua. El propio Guarino de Verana, el gran maestro, que tuvo varios notables discípulos no itálicos además de los compatriotas suyos, establece una cierta distinción entre lo que hay que buscar en las dos lenguas clásicas, según el testimonio de su propio hijo, recogido por Sandys. Fuera de Italia la expansión del aprendizaje del griego fue más lenta y más tardía. Erasmo llegaría a dominarlo e incluso a ser capaz de escribirlo. Pero lo empezó a estudiar con casi cuarenta años. En el conjunto de Europa puede decirse que así como la renovación del latín es del siglo XV, la restauración del estudio del griego es cosa del XVI. Pero los contenidos y el estilo de las letras y saberes helénicos alcanza a la cultura occidental en la época de los incunables merced a las traducciones. El libro sería el gran vehículo de esa transferencia. El libro estuvo rodeado desde el principio de un ambiente de respeto que lo constituía casi naturalmente en autoridad. La escritura del libro impreso se imita y su ortografía regularizada se transcribe en prosodia. Por ese camino la grafía x castellana pasó de pronunciarse como una fricativa labiodental sonora a una gutural aspirada sorda. Quizá la lengua italiana, en su variante o dialecto toscano, experimentó un proceso similar de regularización. Pero en otras, evidentemente, el camino que condujo a la fijación fue más largo y más lento. Acabo de decir que probablemente la mayor parte de los incunables fueron libros latinos. A las otras consecuencias de orden cultural que tuvo ese hecho, habría que añadir un par de ellas más que no han sido referidas ni aludidas antes en estas páginas. La Edad Media española había estado relativamente al margen de las principales corrientes de conservación y transmisión de los autores latinos antiguos. Los manuscritos de nuestras bibliotecas son en su mayor parte tardíos y llegaron a la Península en los siglos XIV y XV: no pocos de Francia, pero la mayor parte de Italia. También fueron tardías, y en los primeros tiempos de la imprenta poco numerosas, las ediciones de los clásicos. Según los estudiosos son sólo sesenta y nueve los incunables hispanos que se pueden considerar pertenecientes a esta categoría entre los ochocientos que se imprimieron. Las bibliotecas hispanas —de universidades, monasterios, palacios, catedrales— se surtían en principal medida de los impresores italianos, como demuestran los catálogos actuales. Finalmente, el griego no se empezó a estudiar seriamente en España hasta principios del XVI. Pero no hay que olvidar que en Francia ocurrió algo parecido. El más resplandeciente astro del humanismo europeo, el neerlandés Erasmo, aprendió su griego —que fue mucho— como ya he dicho, más bien talludito. Pero el humanismo impregnó las letras en España antes que en otros lugares. En los autores clásicos se busca y se obtiene una doctrina moral, como hacían en el siglo XV Alonso de Cartagena y Pedro Díaz de Toledo. Los escritores de la época de Carlos V, poetas, prosistas, historiadores, eran buenos latinos todos: Garcilaso, Guevara, Morales... El humanismo bañó también los estudios sacros: Cano, Vitoria... LA LENGUA DE LA EUROPA CULTA Durante el periodo incunable y el siglo siguiente, el latín fue no sólo la lengua de cultura, sino la lengua franca de los europeos educados. Lo fue en la comunicación internacional, particularmente en la diplomática. Era la lengua de los embajadores y de las cancillerías, no sólo por escrito sino hablada. Era la lengua de las universidades y de los libros de texto. La de los manuales de derecho y la de gran parte de las colecciones legislativas. La de la medicina y la de las ciencias. Todo ello sin mencionar la teología, la filosofía, la liturgia y las otras actividades y los documentos de la Iglesia. Cada vez más se practica para ello un latín suelto y moderno, de fácil comprensión para los usuarios, que está más cerca de lo que suele llamarse la prosa erasmiana, o erasmianista, que de un riguroso ciceronianisno de imitación. Y esa lengua es la lengua común de la Europa culta y es igual en todas partes, sin dialectalismos y con pocos «barbarismos» procedentes de la lengua local. Semejante comunidad lingüística da lugar fácilmente a una cierta comunidad espiritual, en el sentido amplio de la palabra. No me resisto a contar unas historias de un personaje del humanismo europeo del que llevo algún tiempo ocupándome. Es Juan Dantisco, polaco, de primera lengua alemana, poeta y diplomático y, en el último tramo de su vida eclesiástico y obispo. Fue casi diez años embajador del rey de Polonia ante Carlos V, residiendo la mayor parte del tiempo de sus embajadas en España. En 1522 visitó en nombre de su rey a Enrique VIII, y se dirigió a él en un latín que el rey entendía. Le contestó en nombre de Enrique Tomás Moro, también en latín, con una oración improvisada, en la que expresaba los criterios políticos de la monarquía inglesa respecto de los problemas de la Europa central, fronteriza con los turcos. Al año siguiente pasó por Wittenberg, trabó relación con Melanchton —en latín también— y visitó a Lutero. Por el contexto del informe de Dantisco a sus superiores polacos, da la impresión de que esta última conversación fue también, al menos en parte, en latín. En esa lengua se escribe Dantisco con Alfonso de Valdés, secretario de Carlos y en latín despachaba con el canciller, Gattinara, que era italiano, y con Schepper, el vicecanciller que era flamenco. Otro efecto de la extensión y el cultivo de ese latín humanista es el que produce en las lenguas modernas su acción como modelo literario y de escritura a medida que los nuevos idiomas se van convirtiendo en lenguas de cultura. Ese modelo son los clásicos, pero también los latinos modernos y, particularmente, en la primera mitad del XVI, Erasmo. Es de sobra conocida la influencia no sólo ideológica sino literaria de la traducción al español del Manual del Caballero cristiano de Erasmo que efectuó el arcediano del Alcor. Pero eso es sólo una muestra. Respecto de la lengua castellana de entonces se aprende mucho de esto con algunos de los estudios de Antonio Prieto. Los mismos libros en la misma lengua al mismo tiempo en todas partes. Eso es lo que pasa con los libros latinos dé la época incunable y de la inmediatamente posterior. Los contemporáneos se quejaban de que vivían én el peor de los mundos, en medio de todas las desgracias imaginables. No les faltaba razón, sobre todo si se compara la suya con una edad como la nuestra y más en estos momentos en que no hay peligro de verdaderas conflagraciones mundiales ni de más catástrofes que las naturales. Había guerras políticas de dominio y conquista y guerras de religión, abismos sociales y de vida entre ricos y pobres o entre amos y esclavos (en la Europa del XVI había esclavos), epidemias, hambres, latrocinios, etc. Pero se había creado merced a las publicaciones impresas una comunicación generalizada, que con la lentitud y las incomodidades de la tecnología de entonces, acababa llegando con la información a todas partes. Al libro se debe, pienso yo, la conciencia de comunidad —de compartir una misma suerte en un mismo planeta— que se advierte por todas partes en los europeos del siglo XVI: En la base de esa convicción y de ese sentimiento estaba el latín, pero en un escalón más inmediato también las lenguas modernas de los libros, que culturalmente vienen todas del latín*. «• ANTONIO FONTÁN *Una versión preliminar de parte de este texto se publicó en el Catálogo de la Exposición de Creadores del libro de la Fundación CentralHispano (SeptiembreNoviembre de 1994).