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Las cosas por su nombre

Marqués de Tamarón

De cómo España adopta la envidia como razón de ser tras abolir la sociedad estamental mediante la confusión de estados y las desamortizaciones.

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Marqués de Tamarón, “Las cosas por su nombre,” accessed July 5, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/3242.

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Las cosas por su nombre

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Ensayos

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De cómo España adopta la envidia como razón de ser tras abolir la sociedad estamental mediante la confusión de estados y las desamortizaciones.

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Marqués de Tamarón

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Nueva Revista 019 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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Política y sociedadLAS COSASPOR SU NOMBREMarqués de TamarónLOS VICIOS NACIONALES MODERNOS DE LOS PAÍSES EUROPEOSCRISTALIZAN HACIA 1840, CON EL TRIUNFO DEFINITIVO DE LASBURGUESÍAS PATRIÓTICAS. ESPAÑA ADOPTA LA ENVIDIA COMORAZÓN DE SER TRAS ABOLIR LA SOCIEDAD ESTAMENTAL MEDIANTE LA CONFUSIÓN DE ESTADOS Y LAS DESAMORTIZACIONES (1836). INGLATERRA CONVIERTE LA HIPOCRESÍA EN SUPREMA NORMA SOCIAL AL POCO DE ACCEDER AL TRONO LA REINAVICTORIA (1837). Y FRANCIA CONTRAE ENTUSIASTAS NUPCIAS CONLA AVARICIA INCITADA POR EL MANDATO DE GUIZOT, MINISTRODE LUIS FELIPE, EL REY BURGUÉS: «ENRICHISSEZVOUS!» (1843).No es que antes del aburguesamiento europeo las nacionescareciesen de defectos distintivos, lo que pasa es que teníanotros y además plurales. Basta con ver las estampas de HoXVIIIeragarth para comprobar que la sociedad inglesa del muchas cosas —sobre todo era disoluta— pero ciertamenteno hipócrita. La Francia del Antiguo Régimen tenía la aristocracia más manirrota de Europa, a veces codiciosa masnueva revista· 1294las cosas por su nombrenunca avara, ni de su propia sangre guerrera ni de su dinero. Los españoles sabían ser crueles y despóticos, pero laenvidia tenía poco sentido en una sociedad casi de castas,aunque hay que reconocer que la Santa Inquisición, necesaria para mantener la hegemonía de los cristianos viejos,pudo sembrar la simiente de la envidia, tan útil para el fomento de la delación. Luego, con la llamada Guerra de laIndependencia, fructificó la semilla y lo primero que destruyó la envidia fue a los hidalgos, como en un delirio edípico que constituye una de las más sarcásticas manifestaciones de la némesis histórica.HIPOCRESÍA Y CENSURASea como fuere, cambio hubo en la idiosincrasia viciosa decada país, y ese cambio afectó y sigue afectando a sus respectivos idiomas. Veamos primero cómo la hipocresía condiciona la evolución de la lengua inglesa. Un hipócrita tiendea pasar la palabra por el filtro de la censura, para no ofender. Yo siempre he sido ardiente defensor de la hipocresía yde la censura, y no me voy a desdecir ahora. La hipocresía esesencial en toda sociedad moderna, que sin fingimiento sería invivible. Si todos expresásemos lo que pensamos, esafranqueza destruiría en horas cualquier tejido social. En cuantoa la censura, recuérdese que Shakespeare, Quevedo oDostoievski escribieron bajo su mirada severa, y que yo sepano escribieron peor que Terenci Moix. La censura —siempre que tan sólo obligue a callar, y no a decir como la soviética, mientras sea negativa y no positiva— aguza el ingenioy la pluma y es un benéfico estímulo para el autor. Ya lo diceel apotegma: «Sin censura ni cesura no existe literatura».nueva revista· 1295415 Las cosas por su nombre.qxp:Layout 1 11309 10:55 Página 6marqués de tamarónO, dicho con otros términos, sin comedimiento ni sintaxisni métrica produciremos meras algarabías o extravíos dadaístas. Pero —y el pero es importante— la censura dejade ser provechosa o inocua cuando se extralimita y pretendefiscalizar el uso y significado de las palabras. Entonces sevuelve peligrosa. Quevedo sabía muy bien qué era lo queno podía decir sobre la Trinidad o sobre el poder de la Corona, pero también sabía que lo demás podía expresarlo conpalabras a su entero gusto. De lo contrario se habría desesperado y no hubiese sido Quevedo sino un vulgar gacetilleroplagado de las muletillas del momento. Tres cuartos de lomismo le ocurría al Cela de los años cincuenta. La literatura soporta casi todo menos que le capen el diccionario.Pues bien, a esa castración lingüística tiende por hipocresía la lengua inglesa esporádicamente desde hace sigloy medio. Ya los victorianos fueron más lejos en su afán depurador de las «fourletter words» que sus coetáneos españoles persiguiendo las palabras malsonantes. No hubo aquínada comparable a la labor del Dr. Bowdler expurgando lasobras de Shakespeare para hacer ediciones populares «limpias»,con tanto ahínco que dio origen al verbo «bowdlerizar».Hoy, por supuesto, se emplea ese vocablo en sentido peyorativo, puesto que el mundo anglosajón ya no es pudibundo.Pero la cultura anglosajona —sobre todo la norteamericana— ha trasladado su refinada hipocresía a nuevos ámbitos,que también afectan al mismo Shakespeare. Se censurael lenguaje antisemita de El mercader de Venecia, se evitarepresentar Coriolano(obra irrecuperable de puro militaristay antidemocrática) y se teme un poco a Otelo(porsernegro el personaje epónimo). Y no digamos lo que se hacenueva revista· 1296las cosas por su nombrecon Mark Twain, cuya habla llana en boca de Tom Sawyero Huckleberry Finn resulta inadmisible por racista. El eterno puritanismo latente y latiente en la sociedad americanacambia de tabúes —carnalidad, alcohol, raza, tabaco, lo quese tercie— pero siempre incluye el eufemismo entre las armas de su perpetua cruzada moral.«POLITICAL CORRECTNESS»La última reencarnación de esta hipocresía lingüística angloamericana es la «political correctness», la «correcciónpolítica» en el sentido de buen tono, de lo que es aceptabley correcto. Hija legítima del puritanismo y del vago marxismo residual de los intelectuales de provincias, la «politicalcorrectness» aparece definida en el Random House Webster’s College Dictionary como «una ortodoxia típicamenteprogresista en cuestiones que afectan sobre todo a la raza,el género (nuevo eufemismo de sexo, masculino o femenino),las afinidades sexuales o la ecología». Cierto comentaristainglés más expeditivo dice que «no es más que el izquierdismo de clase media tal como se practica en las universidadesamericanas». El asunto ha levantado tal polvareda en losPCempiezan a ser empleadasEstados Unidos que las siglas más como iniciales de «political correctness» que comoacrónimo de «personal computer». Lo curioso es que la polémica está convirtiéndose en una disputa filológica, conlistas oficiales de palabras poscritas en distintas universidades. Remontando la historia mucho más allá del nominalismo medieval, hasta volver a la creencia en la virtud taumatúrgica de los vocablos, profesores y alumnos rivalizanen sutilezas lingüísticas. Para evitar acusaciones de racismo,nueva revista· 1297marqués de tamarónsexismo o desprecio por cualquier minoría imaginable hayque hacer arduas contorsiones eufemísticas. Algunosconsideran machista «génerohumano» («humanity», y no digamos «mankind»), sabe Diospor qué, y el propio Dios no puede ser Él sino que tieneque turnarse con Ella. Se asegura que el sustantivo «judío»es vitando, hay que usarlo tan sólo como adjetivo y decir«una persona judía». Incluso hay militantes de los derechosde los animales que exigen sustituir «pet» por «animal decompañía», expresión más digna. Por supuesto, no se puede hablar de un «vejete», sino de un «senior citizen».Es cierto que estas ansias eufemísticas no son exclusivasdel angloamericano, y que en el español también hemos introducido expresiones políticamente correctas como «tercera edad» o «invidente». Pero aquí casi nadie se las tomaen serio, todo lo más algunos políticos y periodistas. Además algunos de nuestros neologismos, como «tercermundista» por «merienda de negros», son igual de insultantesen sus alusiones que las viejas expresiones, y a nadie pareceimportarle mucho. En los Estados Unidos, por el contrario,lo que importa es la censura idiomática. Los aspectos sustantivos, no lingüísticos, de la «corrección política» universitaria parecen apasionar menos al público, por ejemplo losprogramas de lectura obligatoria en el «syllabus» de algunasenseñanzas superiores. Como Homero o Shakespeare eranvarones, blancos y poco progresistas, y se suponía que suestudio podía ofender a las mujeres,a los negros y a todapersona «politically correct», hubo que aminorar o suprimirnueva revista· 1298las cosas por su nombresu lectura y acudir a textos de escritores más presentables;el autor ideal es una negra lesbiana procedente de algunacultura sojuzgada, pero no siempre es posible encontrar elideal. La otra posibilidad es explicar la historia de la culturade esta manera: la civilización moderna ha heredado las artes y las ciencias de los griegos clásicos, pero éstos habíanrobado la antigua sabiduría a sus inventores, los egipcios,los cuales eran africanos, luego negros. Una variante de estediscurso melanófilo es demostrar que las matemáticas, lafilosofía y en general todo refinamiento intelectual y aunvital volvieron a Occidente gracias a los árabes, que tenían«airconditioning» en la Alhambra (sic), mientras los reinoscristianos eran un hatajo de patanes. Naturalmente, también se da y florece en los Estados Unidos la versión amerindia de la Historia Universal —versión que aquí vamosconociendo a medida que se acerca el Quinto Centenario— y menudean otras exégesis culturales para todos losgustos siempre que no sean eurocéntricos o falócratas. Diríase que el amable manicomio de la Unesco de los añossetenta se ha trasladado al campus académico norteamericano. Pero el centro de la batalla está en la palabra, y la táctica consiste en suprimir las palabras peligrosas, más queen desvirtuarlas. Se censura el diccionario porque —reacción de raíces bíblicas protestantes— tan sólo en el Libropuede hallarse la culpa de los males del pueblo y su remedio.EL CASO ESPAÑOLMuy distinto es el caso del español. También se sacrifica ellenguaje claro en aras de exigencias sociales cambiantes, peronueva revista· 1299marqués de tamarónello se hace adulterando ciertaspalabras, no proscribiéndolas.Consciente o inconscientemente se advierte que la forma másfácil de conjurar ciertos peligrossociales es desdibujar el perfilsemántico de algunos vocablospara terminar cambiando por completo su contenido. Elejemplo más revelador es el de la palabra democracia. Estáclaro que la nueva situación política en España a partir de1975 puede ser descrita de muchas maneras, pero se ha consagrado una definición tan sucinta que consta de una solapalabra: democracia. El motivo de tal laconismo no es, comoparece, maquiavélico; la pereza, la vanidad y sobre todo lasimple envidia hacia los países vecinos han sido decisivas enla simplificación verbal. El problema está en que una vezadoptado un simple animal como tótem se tiende a complicarlo añadiéndole símbolos heterogéneos y atribuyéndolevirtudes contradictorias: el toro potente termina teniendoalas y rapidez de águila, melena heroica de león, ojo de lincey aun astuto cuerpo de sierpe para que la tribu esté contentaidentificándose con él y pierda sus complejos de inferioridady su envidia congénita. Y eso es lo que ha ocurrido en nuestroidioma con el término democracia, que empezó significandogobierno del pueblo y ahora se pretende que signifique por lomenos doce cosas más.No existe, en verdad, ningún paradigma comparable depolisemia en toda la historia de las lenguas humanas, ningún fenómeno de multivocidad extrema alcanzada en tanpoco tiempo. Tres o cuatro lustros —un mero instante ennueva revista· 12910las cosas por su nombrela cronología lingüística— han bastado para que democracia quiera decir no una sola cosa sino muchas y, lo quees más interesante y quizá único, no sólo cada una de esascosas, alternativamente y a gusto del hablante, sino en general todas ellas a la vez, por discordantes que sean. Hayvocablos con varios significados. Escatología, por ejemplo,quiere en unas ocasiones decir «conjunto de creencias referentes a la vida de ultratumba» y en otras «tratado delos excrementos», pero nunca se usa para designar ambascosas a la vez. Se consideraría de mal gusto. En cambio, enPCe incluso puede que constituya el funtra dentro de la damento mismo de nuestra «corrección política» emplearla voz democracia como quintaesencia simultánea de todosestos elementos variopintos: gobierno popular, estado dederecho, división de poderes, constitucionalismo, liberalismo, parlamentarismo, «sociedad civil», buena administración pública, progresismo izquierdista, librecambio capitalista, pluralismo, respeto por los derechos humanos y amora las libertades fundamentales.Hasta hace pocos años cualquier persona culta, de izquierdas o de derechas, hubiera protestado ante semejanteamalgama, considerándola incoherente. Hubiese alegadoque democracia equivale, jurídica y etimológicamente, alprimer concepto de la lista antes citada, el gobierno delpueblo, y que ontológica e históricamente tal cosa puedeexistir y de hecho ha existido con independencia de los demás conceptos reseñados. Hubiese recordado que la democracia ateniense condenó a muerte a Sócrates y que la democracia de Weimar eligió a Hitler. Hubiese añadido quecasi todas o todas las demás nociones políticas relacionadasnueva revista· 12911marqués de tamarónpueden ser puestas en práctica sin democracia, y que alguna de ellas, como el liberalismo, se compadecen mal con elgobierno popular de pura mayoría, el cual tiende al igualitarismo absoluto y por tanto cercena las libertades y el pluralismo, como bien explicó Ortega y Gasset. También hubiesecitado a Alfonso Guerra, que explicó no menos justamentecómo Montesquieu y su división de poderes tienen pocoque ver con la realidad democrática de una mayoría de votos. Y si nuestro culto observador hubiese sido aficionadoa la comparación internacional de los sistemas políticos,habría apuntado que los Estados occidentales de hoy quefuncionan bien lo hacen en la medida en que no son democracias puras sino vigorosas oligarquías mitigadas por factores semidemocráticos. Así Bush, elegido por el 26 por 100del electorado (o el 19 por 100 de la población, según semire), tiene considerable poder, pero no tanto como paraolvidarse de otros poderes como el Tribunal Supremo, WallStreet, el Pentágono, los lobbiesideológicos, raciales oeconueva revista· 12912las cosas por su nombrenómicos, las iglesias y cien más, ninguno de ellosdependiente del voto popular general. En el Reino Unido hay un monarca hereditario, una cámara alta también hereditaria, unclero constituido por cooptación, unas universidades conbienes propios y claustros también cooptados (que se permiten denegar un doctorado honorario al jefe del gobierno),una prensa pujante y otras mil instituciones no democráticas de gran peso. El estado de derecho, la sociedad civil ola buena administración pública son cosas muy distintasde la mitad más uno de los votos.De hecho, y volviendo a España, a nadie se le oculta quenuestra democracia desconoce el constitucionalismo (puesto que la Constitución de 1978 no se puede cumplir y portanto no se cumple), desprecia el parlamentarismo (los presidentes del gobierno apenas acuden al Congreso), carecede las características elementales de un estado de derecho(empezando por la seguridad jurídica, que exige cuandomenos una administración de justicia fiable), y así sucesivamente.MITOLOGÍASin embargo, quien todo esto objetase a la actual polisemiadel vocablo democracia en español podría ser un buen filólogo, un buen jurista y un buen historiador, pero sería unmal antropólogo. Cuando nuestros compatriotas caen a diario en el solecismo de decir «el rodillo parlamentario noes democrático» o «el soborno de los políticos es antidemocrático» o «la situación de las cárceles va en contra de lademocracia», cuando dicen «llevaré el asunto hasta el Supremo, que para eso estamos en una democracia», no estánnueva revista· 12913marqués de tamarónaludiendo a ninguna forma política de gobierno, sino invocando a su tótem. Los oscuros sentimientos, las frustraciones y anhelos ancestrales que nos llevaron a escoger esa palabra totémica y no otra pueden traducirse resumidos eneste silogismo: la democracia es todas esas cosas buenas yacaso alguna más, como recoger la basura y no saltarse lossemáforos, la democracia es vivir como nuestros vecinos ricos. Es así que nosotros somos una democracia, luego losespañoles somos justos y benéficos. Teleológicamente lacorrupción semántica nos lleva por el túnel del tiempo ala Constitución de 1812. Mediante una extraña inversióntemporal cumplimos ahora el mandato de entonces, peropor precaución concentramos en un solo santo y seña, Democracia, las antiguas y dispersas palabras mágicas deConstitución, Libertad o Progreso. En 1931 ocurrió lo mismo con otra palabra de vocación simbólica y abarcadora,nueva revista· 12914las cosas por su nombreRepública, y en 1939 otro tanto con el ensalmo Patria. Enninguno de los citados momentos históricos, incluido el actual, nos hemos planteado en serio si basta con pronunciaruna palabra para vivir con el sosiego y el desahogo de suizoso daneses, o si hará falta algo más que conjuros anhelantespara disipar la miseria de los marginados o el humo acre delos incendios.La gran mentira nacional —el mito— es atribuir a la democracia el significado precisamente de todo lo que no tenemos, de lo que ansiamos, de lo que envidiamos en otros,y no darle el sentido real, gobierno del pueblo, que sí existeen España. Buscábamos una mitología y nos hemos encontrado con una mitomanía.Pero algo es algo, y la mentira, cuando es colosal, suponeun buen paso adelante. Creo que ya Renan apuntó que lasnaciones sólo cuajan del todo cuando tienen un gran crimen colectivo e histórico que ocultar. Cabe esperar quenuestra mentira nacional tenga la misma virtud integradoray menos coste social que la Revolución Francesa o la SantaInquisición. Tenemos a nuestro favor el hecho de que noha habido ruptura en el vicio cardinal; hemos visto que laactual mentira es consecuencia en buena parte de la envidia, y la envidia fue lo que nos permitió sobrevivir a sigloy medio de desastres. La pena es que el precio de la supervivencia incluya, según parece, la obligación de nunca másllamar a las cosas por su nombre. ILUSTRACIONES DE DIEGO MORAFIGUEROA, MARQUÉS DE SAAVEDRAPUBLICADO EN NUEVA REVISTA N.º 19 (1991)nueva revista· 12915