Nueva Revista 102 > Ortega, nuestro contemporáneo

Ortega, nuestro contemporáneo

Antonio Fontán

Reproducción del artículo escrito por Antonio Fontán sobre Ortega y Gasset, publicado en el diario Madrid.

File: Ortega, nuestro contemporáneo.pdf

Referencia

Antonio Fontán, “Ortega, nuestro contemporáneo,” accessed March 22, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/3079.

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Title

Ortega, nuestro contemporáneo

Subject

Pedagogía Política

Description

Reproducción del artículo escrito por Antonio Fontán sobre Ortega y Gasset, publicado en el diario Madrid.

Creator

Antonio Fontán

Source

Nueva Revista 102 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

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ESCRITOS DE PEDAGOGIA POLITICA Ortega, nuestro contemporáneo Al cumplirse los cincuenta años del fallecimiento de Ortega y Gasset han aparecido varios volúmenes de la nueva edición de sus Obras completas, y en toda la prensa y los medios de comunicación españoles se ha recordado su figura y la trascendencia de su obra en España y en la cultura europea. En 1970, al cumplirse quince años de la muerte del ilustre filósofo, el editor de Nueva Revista, Antonio Fontán, entonces director del diario Madrid, publicó el artículo que reproducimos a continuación. Acababan de ser editados en ese año los volúmenes X y XI de la anterior edición de Obras completas del filósofo. ocos españoles han marcado en la historia nacional del siglo XX una Phuella tan extensa como Ortega. Durante lustros su figura estuvo rodeada de un prestigio casi mítico: sólo citar a Ortega ya era un argumento. Ortega representaba la inteligencia y la cultura. Los libros de Ortega eran un acontecimiento; sus conferencias, un éxito; ningún español que se preciara de culto podía desconocer las obras de su editorial o la Revista (la Revista era siempre la Revista de Occidente); los trabajos periodísticos de Ortega eran lectura obligada de todas las «elites» del país. Con ser grande y decisiva la influencia de Ortega en la vida intelectual española —jóvenes y maduros buscaban su aprobación o el amparo de su nombre—, no fue menor la que ejerció en la política, donde izquierdas y derechas trataban de obtener su alianza o, al menos, su neutralidad. Ortega, que no perteneció a partidos ni ocupó cargos —salvo el de diputado en las Constituyentes de 1931—, intervino asiduamente en la política durante veinticinco años con sus artículos de prensa: de 1908 a 1917, principalmente, en las columnas de El Imparcial; de 1917 a 1931, en las de El Sol, y después, en Crisol, hasta que en 1932, próximo a cumplir cincuenta años, se despidió con cierta solemnidad de la vida pública española. Muchos de los artículos de Ortega fueron parte de libros unitarios, concebidos como tales por su autor, pero anticipados y aun escritos fragmentariamente, al paso de los días, para que aparecieran primero en un periódico: España invertebrada, Mirabeau, La rebelión de las masas. Pero aparte del material recogido en estos libros, Ortega publicó, con su nombre o sin él, varios centenares de artículos, editoriales y comentarios, en los que, al hilo de los hechos nacionales o de la actualidad mundial, ejercía incansablemente el oficio que a sí mismo se había asignado de pedagogo en España. LA ACTUALIDAD DE UNOS TEXTOS Estos trabajos periodísticos más ocasionales, diversos en motivaciones y temática, perecederos en principio como el curso de los acontecimientos y las circunstancias en que fueron compuestos, son los que ahora han recogido en los volúmenes X y XI los editores de Obras completas1. Ordenados cronológicamente en los dos tomos (salvo los textos que el autor había agrupado en tres libros de urgencia editados en los años 1931 y 1932, que ahora se recogen en el tomo XI), los Escritos políticos de Ortega constituyen hoy una lectura accesible e importante no sólo para conocer con precisión el pensamiento del autor, sino como un elemento indispensable para interpretar los veinticinco años de esperanzas y frustraciones españolas que transcurren entre 1908 y 1932 y —lo que es, quizá, de más alcance o de más inmediata utilidad— para reflexionar sobre el presente y el futuro próximo de España, donde siguen vivos, a nivel de problemas, muchas de las cuestiones a las que aplicó Ortega la capacidad de análisis de su poderosa inteligencia. Ante la virtualidad que conservan muchas de las cuestiones planteadas en las páginas de los dos volúmenes y los juicios que en ellas se leen, un español de nuestros días, arrastrado por la seducción de la palabra de Ortega, llega a dudar si está despierto o sueña, y muchas veces acaba preguntándose si será posible que estos textos hayan sido escritos cuarenta, cincuenta o sesenta años atrás. Porque así como lo que caracteriza a la prosa de Ortega, más que la belleza o la fuerza de expresión, es la elegancia, lo que sobresale en estos dos volúmenes, por encima del rigor conceptual o de la originalidad de su pensamiento, es la actualidad. ¿Es esto exclusivo mérito de Ortega, singular capacidad suya para captar, como decían los clásicos, realidades permanentes? ¿O es más bien el resultado de que el destino de los españoles de este siglo consiste en perseguir, como a un cortejo de inaprehensibles fantasmas, su propia identidad, el mareo de su convivencia y su lugar en el mundo? En cualquier caso, es una experiencia estimulante para el lector de unas páginas tan ocasionales y fugaces como éstas, que se escribieron para vivir tan sólo un día, en una muy concreta circunstancia, encontrar en ellas preguntas aún no respondidas, sugerencias no atendidas, recomendaciones no llevadas a la práctica, proyectos que nunca fueron realizados y que parecen pensados para hoy. Hay también —¿cómo no?— docenas de trabajos que han corrido la suerte común de lo caduco y que sólo interesarán a los historiadores. Pero esto es lo normal; lo extraordinario es lo otro. PRIMACÍA DE LA POLÍTICA El joven Ortega de los años de El Imparcial encuentra a España sumida en un marasmo, abrumada bajo el peso de su historia, moralmente aplastada por las consecuencias del desastre colonial, indolente y anémica, y se propone una gran empresa pedagógica de alcance nacional. Para levantar en pie al país hay que denunciar la falsedad radical de una política —la de la España oficial— que se desarrolla al margen de los verdaderos problemas colectivos y del aliento que aún perdura en la España vital (una acertada transposición a nuestro ambiente de la distinción francesa entre país legal y país real). La situación de aquellos años es un paso atrás, incluso en relación con la Restauración y la Regencia, momentos en que, al fin y al cabo, hubo una estructura. La más acuciante urgencia es restablecer la primacía de la política, porque «sin política no hay pueblo». Y la política es un programa que «concreta la incertidumbre del querer y pensar populares». Las ideas políticas de Ortega son democráticas en cuanto que proclaman la necesidad moral del sufragio universal para legitimar la pretensión de realizar un programa desde el poder y para garantizar las libertades públicas. Pero son más «elitistas» que estrictamente populares. Es a las minorías a quienes corresponde la delimitación de un destino colectivo; pero éste ha de ser aceptado por un pueblo consciente e ilustrado, dirigido por unos gobernantes que no sólo tengan su adhesión, sino que merezcan su respeto. La renovación de la política española, anquilosada por la ausencia de una auténtica dialéctica de verdaderas izquierdas y verdaderas derechas, habría de venir —según Ortega— de una nueva izquierda, capaz de dialogar con las masas de la España marginada, de modo que se pudiera dar carta de ciudadanía en la convivencia nacional a los partidos revolucionarios: al socialismo y al sindicalismo, que ya habían tomado cuerpo, pero, como se diría hoy, fuera del sistema. A los treinta años largos del hecho de la Restauración —treinta años que son dos generaciones en la sistemática orteguiana— no tenía sentido creer que la política podía seguir montada sobre las sombras muertas del pasado, reducidas ya a una pura y siniestra fantasmagoría. Por eso, la esperanza de Ortega sólo se alumbraba volviendo las espaldas a ese mundo vacío y fijando la atención en la otra cara de la moneda: la España vital. Activar ésta no es operación que se resuelva entregando la gobernación del Estado a los «técnicos» —quedaría «desvirtuada» livianamente la idea del «tecnicismo»—, sino competencia de políticos, «es decir, hombres que representan una determinada voluntad colectiva». FUNCIÓN SOCIAL DE LA CULTURA Pero esa misma España vital, para liberarse de la seca cáscara oficial que la cubría y la ahogaba, necesitaba cultura. La cultura es un conjunto de hábitos intelectuales y morales que liberan al hombre de la prisión semianimal de la pura naturaleza y le permiten entrar en el ámbito humano de la libertad. La gran tarea del tiempo era introducir a los españoles en la tierra prometida de la cultura moderna, que no se reduce a una acumulación de saberes inconexos, sino que es una actitud ante la vida, operativa, racional y directa, como corresponde a la mentalidad de una época educada en la escuela de la ciencia. A partir del logro de esa aspiración sería viable y obligado decir adiós a los viejos partidos que se van y alumbrar los nuevos, aptos para cumplir las funciones de pedagogía política y para arbitrar el consenso, sin el cual son imposibles la solidaridad nacional y el gobierno de un pueblo. Al servicio de ese arbitraje del consenso cobra sentido la democracia, como el más logrado ambiente público de la historia política para la protección y el fomento de la libertad. EUROPA COMO VOCACIÓN ¿Y Europa? De cada uno de sus pueblos tenía Ortega una imagen, con frecuencia crítica y de ordinario nada conformista. Pero, en conjunto, Europa era el ideal y la vocación de España. «Europeizarnos», como habían predicado con enfadosa insistencia unos «muchachos», a raíz del 98, no era una simple frase, sino lo que hoy se llamaría, al modo anglosajón, toda una filosofía. La Europa contemporánea, nacida de la Revolución francesa, generadora de las dos aportaciones históricas del liberalismo y del socialismo, es la Europa de las libertades públicas en el orden político, de la ciencia y de la técnica en el de los saberes, la que había descubierto al hombre como ciudadano de su nación y del mundo. En esa Europa se cifraban la meta de la nueva política propugnada para España por Ortega y la finalidad de la pedagogía de la cultura, que elevaría al hombre español a la condición de ciudadano de Europa. Hasta aquí, algunas ideas centrales de la política de Ortega, en cuya exposición y defensa se despliegan sucesivamente el ingenio, la agudeza, la altivez, el raciocinio suasorio, la invectiva, los recursos de una vastísima cultura literaria, las huellas más superficiales de algunas lecturas de ocasión y las inevitables citas de segunda mano, la generosidad en el elogio de quienes fueron algún día sus enemigos —como La Cierva o Maura— y la implacable y repetida diatriba contra un gobernante como Dato, que al crear desde el poder dificultades a El Sol, amenazaba con privar a Ortega de la palanca de que disponía para movilizar al país. Todo ello, a lo largo de una verdadera selva de aciertos grandiosos y limitaciones de perspectiva radicales, por ejemplo, en todo lo relacionado con la religión y el cristianismo, que Ortega trata habitualmente con respeto, pero a los que considera inapelablemente archivados en la historia de épocas pasadas. Ortega ocupa con todo derecho un destacado lugar en la historia general de la filosofía y llena todo un capítulo de la historia de la cultura española, glorias que comparte con otras grandes figuras nacionales. Lo singular es que todavía ahora, casi a los cuarenta años de su voluntaria retirada de la escena pública y a los quince de su muerte, el Ortega escritor político siga siendo no un prestigio que se admira o se respeta, sino alguien que interesa, un contemporáneo. A N T O N I O FONTÁN (Madrid, 18IV1970) NOTAS 1 Ediciones de la «Revista de Occidente», Madrid, 1969.