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Todos a una, cristeros: ¡sigan la bandera!

Jean Meyer

El autor hace referencia a la Cristiada, que fue un drama inmenso acerca de un conflicto religioso, entre la Iglesis y Estado.

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Jean Meyer, “Todos a una, cristeros: ¡sigan la bandera!,” accessed September 23, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/2815.

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Todos a una, cristeros: ¡sigan la bandera!

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Relato

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El autor hace referencia a la Cristiada, que fue un drama inmenso acerca de un conflicto religioso, entre la Iglesis y Estado.

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Jean Meyer

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Nueva Revista 081 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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Y UN RELATO.. Todos a una, cristeros: ¡sigan la bandera! SELECCIÓN Y PRESENTACIÓN por Jean Meyer ¡Ay Rey, la herencia de la vida se ha de dar, pero la honra es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios!». Pedro Crespo, en El alcalde de Zalamea. odría —debería— decir que la Cristiada fue un drama inmenso, y Pnada más. Todo el resto es discurso sin importancia. Sin embargo, la legítima curiosidad del lector se interesará por esos manuscritos publicados muchos años después de haber sido escritos; y, a 75 años de distancia de la tragedia que empezó en 1926, preguntará también qué fue eso que llaman «conflicto religioso», «conflicto entre la Iglesia y el Estado» o «Cristiada». Respondamos por partes, empezando por lo más fácil. Entre 1956 y 1969 un joven historiador francés, protegido por la inconsciencia de la juventud y por su benéfica condición de extranjero —dos veces tal: por ser nativo de Francia y por no tener nada que ver con ese pleito entre mexicanos—, recorrió el país desde Juchitán hasta Escuinapa, desde Saltillo y Santiago Bayacora hasta Colima y Veracruz. Andaba entrevistando a los actores y a los testigos —«mansos» y «bravos»— de esa epopeya que fue la Cristiada; en su empresa recibió la ayuda decisiva de muchas gentes: veteranos, supervivientes y testigos, admirables y respetados amigos, muchos de los cuales descansan ya en paz. Pero su voz sigue viva y nos transmite su «coraje cristero». El mérito del texto que ahora publicamos se debe a su ingenuidad. No ha sido corregido, ni reescrito, igual que muchos otros a mi disposición que fueron escritos a mano, con la intención expresa de dejar un testimonio para las generaciones venideras. Clemente Pedroza me mandó este documento desde La Chona (Encarnación de Díaz, Jal.), redactado por él en 1967 para consignar los hechos que aún recordaba después de casi cuarenta años: sus recuerdos sobre el levantamientos de Villa Hidalgo. Me he limitado a pasarlo a máquina, corrigiendo la ortografía y respetando sintaxis y puntuación. Este texto ha nacido de aquel LA CRISTIADA impulso que don Aurelio Acevedo Jean Meyer (19001968), combatiente de la Ediciones Clío Primera y Segunda Cristiada, y ediMéxico, Ia ed. 1997, 2a ed. 1999, tor hasta su muerte de la revista 384 páginas mensual que servía de enlace a los veteranos, definió en estos térmiAdemás de esta monografía, tan nos: «De una vez por todas le digo bellamente ilustrada como esencial claramente que ni soy periodista, ni para conocer los pormenores de la soy historiador, ni siquiera escritor; historia cristera, Jean Meyer ha edisoy solamente un hombre que tiene tado Testimonio Cristero (Ed. Jus, presente, por haber tomado parte 1990) y Confesiones de un cristero en él, por convencimiento y por (Breve Fondo Editorial, 2001), dos cariño, al movimiento cristero; que libros en los que recoge el testimotrata de dar a conocer mediante documentos, informaciones y relanio de un prodigioso ranchero de tos los hechos cristeros, y que lo Michoacán, don Ezequiel Mendoza hace sin preciso ordenamiento. Barragán. La última obra del profePero el coraje cristero es grande y sor Meyer es El coraje cristero (Unifuerte; se dobla, pero no se quiebra. versidad de Guadalajara, 2001). Seguiré haciendo lo que pueda con la cooperación de unos cuantos constantes y a pesar de la abulia de los más, para que la sangre de nuestros muertos sea exaltada y las lágrimas de nuestras madres, esposas e hijos sean conocidas y tenidas en cuenta, si no por las actuales generaciones al menos por las venideras, con la ayuda de Dios» (David, tomo VII, p. 31).Jean Meyer APUNTES SOBRE LOS HECHOS HISTÓRICOS REALIZADOS EN UN PUEBLECITO DE JALISCO, CON MOTIVO DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN VILLA HIDALGO No puede quedarse sin su merecido relatar la relación de uno de los pueblecillos del norte de Jalisco ya que por su gran amor a la causa de Cristo Rey fue uno de los que más pruebas presentaron durante la gesta 192629, Villa Hidalgo, nombre que significa para propios y extraños respeto y veneración. Pueblo que pudo sufrir, sacrificarse y morir para su ideal católico. No puede quedarse oculto el ejemplo de este pueblo aun cuando los enemigos de la Iglesia tratan de borrarlo; por lo tanto, con la ayuda de Dios, trataré de hacer un relato aun lacónico, pero lleno de realidad, porque nuestro deber, el de los que Dios escogió como testigos vivientes de esta epopeya, es decir la verdad. No conozco a fondo los principios que motivaron a los católicos de este pueblo a actuar en la lucha cristera, pero como primeros datos recogidos encuentro una Pastoral que de Guadalajara enviaba el gobierno eclesiástico, haciendo del conocimiento de los católicos el peligro que amenazaba. Esto era comentado por todos los católicos del pueblo, con asombro. A la vez entraron al pueblo tropas federales con actitud de terror y de gran furia, aun cuando todavía no se daban cuenta de la decisión que los católicos tomaban: se cometió el gran sacrilegio que consistió en que los generales penetran en la parroquia, abren el Sagrado y tiran por el suelo las sagradas formas y después de pisotearlas, ponen en la mesa del altar maíz para los caballos de los jefes. Todo esto era visto por los habitantes del pueblo y ya en forma más efectiva y a la vez convencidos de la necesidad de organizarse, buscan la forma de cómo defender los intereses de la iglesia. Mientras esto sucedía, de nuevo aparece la Federación [el ejército Federal] trayendo consigo preso al señor Cura de Mechoacanejo y, acuartelándose en el mesón de Juan López, lo hicieron estar toda la noche de pie y sin dejarlo descansar; al día siguiente se lo llevaron y, después de martirizarlo, lo fusilaron en el vecino rancho del Salitre. Fue ésta la última clarinada para el heroico pueblo y ya no se pudo esperar más. A razón de este último suceso y ya que no se presentaban tropas defensoras, se empezó a discutir entre los católicos la manera de formar un frente. Dios que todo lo permite y lo dispone se fijó tal vez en un joven hijo de este pueblo, Nemesio López, hijo de don Juan López, de dieciocho años de edad para que fungiera como iniciador de la defensa armada. Viendo este joven las penas del señor Cura preso en su misma casa, decidió sin importarle el peligro pedirle al coronel Quiñones le permitiera llevar al preso una sillita para que descansara por la noche, así como una taza de té caliente para que pudiera remojar su boca, cosa que consiguió entre blasfemias. Al día siguiente cuando se dieron cuenta del fusilamiento del señor Cura, no pudo Nemesio contenerse e, invitando a su hermano Isidro, pidió a su papá el consentimiento y como él se los negaba, sin importarles eso, se prepararon para marcar con su ejemplo a los católicos del pueblo, como que Dios permite en una u otra forma y como que surgen, siempre cuando es necesario, capitanes que enarbolando su escudo, salen en defensa de su ideal al grito de ¡Viva Cristo Rey! Y así fue cómo se decidió este pueblo a salir en defensa de su fe. Fue primero Nemesio, después fue Pedro Esparza, Jesús López, Teodoro Castillo, Tranquilino, Felipe Ávila y todo el pueblo de una forma u otra acompañando a las tropas cristeras cuando éstas salían del pueblo, cantando todos «¡Tropas de Jesús, sigan la bandera!», así como cuando entraban se escuchaban alegres repiques de campanas y en el Parián [mercado] hileras de cajas con comida que, al llegar los Cristeros, apagaban su hambre y su sed, que a veces se prolongaba, así como el hospedaje para jefes y para los soldados, en donde tomar sus alimentos. El cura José María Martínez, el coronel José González Romo, ¡efe de la 2B zona del Estado de Michoacán, sus asistentes y parte de su tropa. Acuerdo aquel 4 de diciembre de 1928 cuando los cristeros hicieron a los federales la refriega, derrotándolos totalmente cuando en parejo de Tepusco abrieron el fuego. ¡Con qué alegría los vecinos los recibieron de regreso! Cómo hacer mención de aquella familia Avelar, de aquella familia Esparza, don Lupe y doña María, la niña Silvina, la güera Hermida. Y sería largo mencionar ya que todo el pueblo participó, todos hospitalarios; además el cristero siempre encontró el mejor consejo y aliento en aquellas gentes buenas. Quiero hacer mención especial de Nemesio y Isidro López, ya que tengo los datos que me facilitó su propia hermana Romana el día 23 de noviembre de 1967. Al pie de la letra dice lo siguiente: Los hermanos, desde que se tuvieron las primeras noticias fatales, decidieron ingresar a las tropas defensoras, hacían simulacros, organizaban partidas y siempre en sus guerrillas salían triunfando. Una vez organizaba Nemesio su guerrilla, frente a la parroquia y después del largo combate dejó tirados al suelo a sus enemigos y entran de inmediato a la parroquia para celebrar el triunfo, gritando: ¡Viva Cristo Rey! y ¡Santa María de Guadalupe!, Patrona del pueblo; ellos la estimaban mucho, de manera que no pensaron en que aquel acto era de irreverencia. El Sr. Cura se da cuenta y los reprende, especialmente a Nemesio, que era el jefe. En seguida, cuando fue la de veras, Nemesio duró un mes pensando y explicando a sus papas y parientes, la Pastoral recibida con relación a la defensa que los católicos tenían que hacer. No obstante sus padres no le permitían, alegando que los matarían y su carne serviría de pasto a los coyotes, y no daban su consentimiento; en cambio ellos contestaban «nuestra carne se la comen los coyotes, pero nuestra alma volará derechita al cielo», y repetían a la obstinación de sus padres: «¿No les dará gusto que nuestra alma, inmolando nuestros cuerpos por la defensa de Rey vuele al cielo? Qué dicha para Vds. contar en el cielo con dos de sus hijos, ¿verdad que sí vale la pena? Somos pues sus hijos, pero somos más de nuestro Cristo y él reclama que sus hijos lo defiendan, así que presentaremos nuestro servicio a su causa y si él nos necesita en el cielo o nuestra sangre hace falta para la misma causa de nuestro Cristo, gustosos la daremos». Como sus padres se negaban todavía, ellos pusieron esta condición: «Sentimos vocación, esperaremos esta noche que Dios nos ilumine y meditaremos». Al otro día sus padres no se animaban a preguntarles y en vista de que no salían de su pieza, se asomó la madre y los encuentra de rodillas en su pieza en oración. A poco ellos se presentan a su papá y le piden su bendición y le dicen: «Sólo nos faltan unas cuantas horas, a las tres de la tarde sabremos si somos soldados de Cristo Rey o no. Si nos decidimos nos verá Vd. a caballo y armados, y cuando esto suceda ya no tiene más que darnos su bendición». Así fue, les dieron su bendición, amonestándoles y diciéndoles se sintieran orgullosos de entregar a Cristo Rey dos soldados. Al principio llevaban sus propias armas y monturas. Al despedirse de su madre ella lloraba y desmayaba, y le decían: «No llores, madre, que al fin sólo tres días nos llorarás». Su padre todavía les suplicaba que no se fueran, que eran muy jóvenes, que mejor los casaba, que al fin tenían novia que la merecían y todos rechazaron y se fueron después de despedirse de su novia. Al regresar por primera vez su mamá los recibió contenta y Nemesio le recordó: «¿verdad que Diosito te dio resistencia para todo?», o: «¿ahora sí están conformes y resignados? Qué felices seremos ahora, terminaron nuestras penas. Salgan para vernos alejarnos pero canten con nosotros Tropas de Jesús, sigan la bandera y cuando nos veamos allá en el cielo, ¡qué felices nos sentiremos!». Yo conocí a Nemesio el día (¿?) de octubre de 1927 en el Potrero de los Arrieros, propiedad de la hacienda de los Sauces, municipio de Encarnación. Fue cuando me di de alta, Nemesio era teniente, Isidro sargento al mando del coronel Candelario Villegas. Siempre valiente y astuto, pronto a cumplir las órdenes y enérgico con los subordinados. Cuando estábamos en su pueblo siempre llevaba a su casa a comer a varios de sus soldados y estaba siempre alerta; siempre andaba listo con su gente y no permitía que en la tropa se registraran actos malos de ninguna naturaleza; lo único que permitía era cantar porque él era muy alegre y organizaba serenatas, y en el kiosko de la plaza ponía a tocar a los músicos del lugar para que todo el pueblo gustara. En su persona tampoco se conocieron intenciones deshonestas ni viciosas. Después de algún tiempo de militar bajo Candelario Villegas, por razones que sólo él supo, se separó y se incorporó con Antonio Martínez; después de algunos meses, en combate en la sierra del Huarache, frente a Calvillo Ags., fue su fin, por ser muy desfavorable la posición y por ser de madrugada; cayeron él, su hermano, Antonio Martínez el jefe y otros ocho compañeros. Los abrieron, sacaron asaduras y tripas y los bajaron a Calvillo y tendieron frente a la parroquia los once cristeros; sus asaduras quedaron en el lugar de los hechos colgando de los manzanillos. Así terminó la vida de estos cristeros que supieron cumplir lo prometido a sus padres y a Cristo Rey su jefe y ahora, unidos con sus padres, cantarán lo que muchas veces hicieron en este valle: «Tropas de Jesús, sigan la bandera» , y alegres todos por el deber cumplido alabando a Cristo y a la Santísima Virgen en la mansión preparada para los que le sirven. La labor de don Juan López, el padre, fue aún más dura que la sus hijos. Ellos pudieron defenderse con armas y él, pacífico, siempre se enfrentó con el enemigo con los brazos cruzados. Como él era dueño de un mesón al lado poniente de la plaza, en la calle contigua, era motivo para que llegaran aquí todas las tropas federales, tanto como los cristeros. El día 12 de diciembre de 1928, estando el mesón ocupado por tropas cristeras, se presentó la Federación en número mayor y en pocas horas fue sitiado el pueblo y denotados los cristeros. En casa de don Juan se encontraba el cristero Juan Pedroza y en medio del combate lo sacaron Natividad Zavala y Clemente Pedroza, pero de eso se dio cuenta un prisionero federal cogido en el combate del 4 de diciembre, en el rancho de Tepusco, y en pleno combate del día 12 desertó de la línea de fuego que estaba en un ademe que existe todavía enfrente del Panteón y después de anebatar el máuser a Clemente Pedroza y dispararlo no pudo hacer blanco, porque Pedro Esparza se lo arrebató; en el momento que llega la Federación se incorpora con ellos y entrega al Gobierno varias casas y familias. La Federación anastró por la plaza a un cristero herido, hasta matarlo; después se dio orden de saqueo y los soldados tiraban a la calle lo que no podían llevarse, quedando el pueblo en un estado desastroso y lamentable. La Federación tapizó la plaza de rastrojo seco, se reclutó ahí a todo el pueblo, se taparon las cuatro esquinas y se dio orden de prender fuego. Las llamas tomaban fuerza y en medio del tenor se escuchaban los lamentos de la pobre gente, que por momentos era abrazada por las llamas. La gente se amontonaba en una esquina frente a la presidencia municipal, defendiéndose, hasta que por fin abrieron las esquinas y la gente pudo escapar. Después, se presentaron los federales en casa de don Juan López, obligándolo a confesar ser él también cristero, en medio de amenazas y blasfemias. Lo obligaron a hincarse para fusilarlo mientras el presidente municipal juntaba firmas para probar que no era cristero; llegan su esposa y sus hijas y lo abrazan, los soldados las amenazan con disparar, pero ellas, valientes, contestan que morirían gustosas; como el presidente se hizo responsable de los actos de don Juan, el coronel los dejó en libertad. Después de despojarlo de todo lo que tenía, quemaron sus pertenencias y la familia se fue para Tlachichila. Los federales encontraron en sus pertenencias un recibo firmado de José Velasco1 y se enfureció tanto el coronel que consideró al presidente como cómplice, obligándolo a traer a su presencia a don Juan López y dio orden de quemar cuanto tuviera esa casa. Así, donjuán y familia perdieron todo, pero quedaron conformes con que los dejaran con vida. El Sr. Cura de Tlachichila, pariente suyo, cuando se empezó el movimiento, se alojó en una casa humilde de las cercanías y se disfrazaba de campesino con huaraches de raya, sombrero de petate y calzón blanco y pechera. Una vez que se presentó un jefe cristero, Jesús Flores, decidió irse con él. Éste le aconsejaba irse a otro lugar más seguro, pero el padre le contestó haber visto un ángel en sueño que le decía: «Tú, Ignacio, estás escogido para mártir de la causa de Cristo Rey, ¡prepárate!». Fue admitido en las filas del cabecilla Jesús Flores y en un combate de la sierra de Tlachichila, llegó desnudo y despedazado, inconocible. El capitán gritaba: «Aquí está su fraile para que les diga misa, vengan a verlo». Don Juan guardó su serenidad y se presentó con él para pedirle recoger el cadáver, para velarlo y sepultarlo. El capitán le concedió, prohibiendo las velas, y don Juan lo veló con otro compañero, alumbrado con dos aparatos de petróleo y entre tanto con unas tablas viejas forjaron un cajón. Confiesan los que velaron que, como a las doce de la noche, entró una palomita blanca y revoloteando alrededor del cadáver se paraba en su frente y acariciaba con su piquito la cara, y así sucedió tres veces. Don Juan fue testigo que al exhumar los restos encontraron su cara perfectamente conservada y su barba larga. Así termino este relato de los primeros cristeros de Villa Hidalgo, así como sus padres y familiares. Ni el gran saqueo del 12 de diciembre de 1928, ni el despojo que sufrieron casi todos, ni el sacrificio de muchos hijos hizo que este pueblo cambiara la fe y la tradición, y hasta la fecha se conserva el recuerdo vivo de su trayectoria, se conserva limpia su tradición de caridad, hospitalidad y generosidad, la misma que aquella población supo tener para una causa justa y santa, la de Cristo perseguido y Santa María de Guadalupe. Clemente Pedroza Encarnación de Díaz, 1967. NOTA 1 Uno de los principales jefes cristeros de la región CalvilloAguascalientes. [Nota del ed.]