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Blanco sobre negro, negro sobre blanco

Rubén González Gallego

Se trata de un recopilatorio de relatos como "Los sueños", "La fiesta" y "La española".

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Rubén González Gallego, “Blanco sobre negro, negro sobre blanco,” accessed May 27, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/2792.

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Title

Blanco sobre negro, negro sobre blanco

Subject

Relato

Description

Se trata de un recopilatorio de relatos como "Los sueños", "La fiesta" y "La española".

Creator

Rubén González Gallego

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Nueva Revista 080 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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document/pdf

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es

Type

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Y UN RELATO Blanco sobre negro, negro sobre blanco por RUBÉN GONZÁLEZ GALLEGO oy apenas un pequeñín. Noche. Invierno. Necesito ir al baño. Es Sinútil llamar a la cuidadora. La única solución es arrastrarme hasta los lavabos. Lo primero es salir de la cama. Es posible; a mí solito se me ha ocurrido el modo de hacerlo. Me arrastro hasta el borde de la cama, me doy la vuelta hasta quedar apoyado sobre la espalda; me dejo caer. El golpe contra el suelo. El dolor. Me arrastro hasta la puerta del pasillo, la empujo con la cabeza y salgo de la habitación, relativamente tibia, al frío, a la oscuridad. Por la noche, dejan abiertas las ventanas del pasillo. Hace frío, mucho frío. Estoy desnudo. El trayecto es largo. Cuando paso por delante de la habitación donde duermen las niñeras, en voz alta pido ayuda y con la cabeza doy golpes contra la puerta. Nadie responde. Grito. Silencio. Acaso mis gritos no tienen fuerza suficiente para despertarlas. Cuando llego al baño estoy totalmente helado. En el baño las ventanas están abiertas. En el borde de la ventana hay nieve. Llego hasta el orinal. Descanso. Necesito descansar antes de emprender el camino de vuelta. Mientras lo hago, la orina empieza a helarse por los bordes. Me arrastro de vuelta. Llego a mi habitación. Con los dientes, tiro sobre mí la manta de la cama, me envuelvo en ella como puedo y trato de dormir. Soy un héroe. Ser un héroe es fácil: si no tienes brazos ni piernas, eres un héroe o estás muerto. Si no tienes padres, confía en tus brazos y en tus piernas. Y hazte un héroe. Pero si no tienes extremidades y además te ha caído en suerte nacer huérfano, ¡no hay duda!: estás condenado a ser un héroe hasta el final de tus días. O a palmarla. Yo soy un héroe. Simplemente no me queda otro remedio. Por la mañana me vestirán y me llevarán a clase. Durante la lección de historia relataré con viveza los horrores de los campos de concentración fascistas. Me pondrán sobresaliente. En Historia sólo saco sobresalientes. Tengo sobresalientes en todas las asignaturas. Soy un héroe. los sueños Cuando era muy pequeño soñaba con una mamá; lo soñé hasta los seis años. Luego comprendí —o, más exactamente, me explicaron— que mi mamá era una negra hija de puta, que me había abandonado. Me molesta escribir esto, pero esas fueron las palabras exactas que emplearon. Quienes me proporcionaron aquella explicación eran grandes y fuertes, tenían razón en todo; en consecuencia, tenían que llevar razón también en un detalle tan pequeño como ése. Aunque, claro, había otros adultos que no eran así. Me refiero a los profesores. Ellos me contaban historias sobre países lejanos, sobre grandes escritores; me aseguraban que la vida era maravillosa y que cada uno hallaría su lugar en esta Tierra si estudiabas mucho y obedecías a la gente mayor. Siempre mentían. Mentían en todo. Me hablaban de las estrellas y de los continentes pero no permitían que traspasara la puerta del orfanato. Me explicaban la igualdad de las personas, pero al circo y al cine llevaban sólo a los que eran capaces de andar. Las únicas que no mentían eran las amas. Qué palabra rusa tan extraordinaria —ama—. Tan dulce. Piensas en seguida en Pushkin: «tomemos un traguito, ama mía...». Eran humildes mujeres de campo. Ellas nunca mentían. En ocasiones hasta nos daban caramelos. Algunas eran buenas, otras malas, pero todas directas y sinceras. A menudo lo que ellas decían te permitía comprender lo que los profesores no querían en modo alguno explicar cabalmente. Cuando te daban un caramelo, por ejemplo, decían: «Pobrecito, ojalá te mueras pronto, así dejaremos de sufrir, lo mismo que tú». O cuando sacaban un cadáver: «Gracias a Dios, este pobre ya no sufre». Cuando yo estaba resfriado y me quedaba a solas con una de estas amas, buena persona como ella era, me traía de la cocina algún dulce o fruta cocida y me hablaba de sus hijos muertos en el frente, de su marido alcohólico... de un montón de cosas interesantes. Yo escuchaba y me lo creía todo, como creen los niños en la verdad, como quizá sólo ellos son capaces de creer. Con frecuencia, los mayores no son capaces de creer en nada. Lo de la «negra hija de puta» lo decían las amas con la misma naturalidad y simplicidad con que hablaban de la lluvia o de la nieve. A los seis años dejé de soñar con una mamá. Y soñé con ser uno de los que andan. Casi todo el mundo andaba. Los que apenas si podían desplazarse con ayuda de unas muletas, pertenecían también a los andantes. Los andantes recibían mejor trato que nosotros. Eran personas. Después de salir del orfanato podían ejercer una profesión útil para la sociedad —llegarían a ser contables, zapateros, costureras—. Muchos de ellos harían estudios, «se abrirían camino en la vida». Luego volvían al orfanato en automóviles caros. Cuando llegaba uno de ellos, nos reunían en la sala grande para que aquel ex residente del orfanato nos refiriera qué puesto ocupaba ahora en la sociedad. De las historias que contaban, parecía que aquellos tíos y tías gordos habían obedecido siempre a los mayores, habían sido buenos alumnos y conseguido todo gracias a su inteligencia y a su empeño. Pero, claro, ¡ellos eran de los andantes! ¿Por qué diablos tenía yo que escuchar aquellos jactanciosos discursos si conocía perfectamente lo que hay que hacer... cuando puedes andar? Lo que nadie contaba era cómo fuera posible echar a andar. A los ocho años comprendí una cosa bien simple: que estaba solo y que nadie necesitaría de mí. Que tos mayores, como los niños, piensan solamente en ellos mismos. Por supuesto, yo sabía que en algún lugar del planeta existían mamas y papás, abuelos y abuelas. Pero todo eso era tan lejano y tan inverosímil, que metí aquella información en el mismo cajón que los conocimientos sobre estrellas o sobre continentes. A los nueve, comprendí otra cosa: que nunca sería capaz de andar. Aquel descubrimiento fue muy triste. Se chafaron los países lejanos, las estrellas y las alegrías semejantes. Quedaba solamente la muerte. Una muerte larga e inútil. Leyendo, supe a los diez años de la existencia de los kamikazes. De aquellos muchachos valientes que llevaban la muerte al enemigo. En un vuelo sin aterrizaje devolvían a la patria las deudas contraídas por el arroz comido, los pañales manchados, los cuadernos escolares; por las sonrisas de las niñas, el sol y las estrellas; por el derecho a ver a sus mamás cada día. ¡Aquello sí que era lo mío! Bien sabía yo que nadie iba a colocarme en un avión. Soñé con un torpedo. Un torpedo manejable cargado de explosivos. Soñaba que me acercaba muy despacio hasta el portaaviones enemigo y que apretaba el botón rojo. Muchos años han pasado desde entonces. Ahora soy un tío mayor y todo lo comprendo. Quizá esto sea bueno, quizá no tanto. Las personas que comprenden todo son a menudo aburridas y simplistas. No tengo derecho a desear mi muerte, de mí depende en gran medida el destino de mi familia. Mi mujer y mis hijas me quieren, y yo las quiero mucho, mucho, a ellas, también. Pero algunas noches, cuando no puedo dormir, me pongo a soñar con el torpedo y el botón rojo. Aquel ingenuo sueño de niño no me ha abandonado; y bien pudiera ser que no vaya a hacerlo nunca. la fiesta Primer recuerdo. Estoy solo, tumbado en el parque. Grito. Nadie acude. Grito durante mucho tiempo. El parque es una vulgar cuna de bebé, con rejas metálicas. Estoy recostado sobre la espalda. Mojado y dolorido. Las rejas del parque están completamente cubiertas con un edredón blanco. No viene nadie. Ante mis ojos está el techo blanco y, si vuelvo la cabeza, puedo observar la larga extensión del edredón blanco. Grito y grito. Los mayores vienen a horas determinadas. Cuando lo hacen, me insultan a voz en grito, me dan de comer, me cambian los pañales. Yo amo a los adultos —ellos a mí no—. Que griten, que me acuesten en el lecho incomodo. Me da igual. Sólo quiero que venga alguien. Quiero ver los otros parques, la mesa, la silla y la ventana. Nada más. Luego me acuestan de nuevo en mi parque. Grito de nuevo. Ellos me gritan a mí. No quieren cogerme en brazos. No quiero volver al parque. Hasta donde alcanza mi memoria, siempre tuve miedo cuando me dejaban solo. Me dejaban solo habitualmente. El primer olor agradable —una mezcla de resabio a alcohol y perfume—. Algunas veces llegaban mujeres con batas blancas, que me cogían en brazos. Me tomaban con cuidado, no como de costumbre. Lo llamaban «la fiesta». Su aliento olía bien, a alcohol fuerte. Me llevaban a una habitación grande donde había una mesa y varias sillas. Yo estaba sentado sobre las rodillas de una de ellas. Me pasaban de regazo en regazo las mujeres. Me daban cosas buenas de comer. Lo más agradable era que yo lo veía todo. Todo lo que había alrededor de mí. Las caras, los platos bonitos, las botellas, las copas. Todas bebían vino, comían, hablaban. Una mujer me sostiene suavemente con una mano y con la otra vacía el contenido de una copa; come. Había varias cosas de comer; de cada una, ella corta un pedacito y me lo pone en la boca. Nadie grita a nadie. Y yo, cómodo en aquel ambiente de paz. (...) la española Hospital. Estoy acostado, enyesado desde los pies hasta la cintura. Recostado sobre la espalda. Así más de un año. Miro al techo. Durante más de un año miro al mismo punto en el techo. No tengo ganas de vivir. Me esfuerzo en comer y en beber menos. Lo logro. Hago esfuerzos porque sé que cuanto menos comes, menos ayuda necesitas. Pedir ayuda a otros es lo más horrible y desagradable del mundo. Pasan visita. Acompañado de estudiantes muy jóvenes, un doctor recorre las salas. Se acerca a mi cama. Echa un vistazo a mi historial clínico y lee en voz alta lo que yo llevo escuchando un año entero. Habla de mis manos, de mis piernas, de mi discapacidad mental. Estoy acostumbrado. En este hospital me he acostumbrado a muchas cosas. Casi todo me da igual. El médico quita la sabana que cubre mi cuerpo, saca un puntero y enseña interminablemente y con monotonía mis miembros a los estudiantes aburridos. Les explica el tratamiento que han empleado y otras sandeces. Los estudiantes están a punto de dormirse. —¿Cuántos son dos y dos? —me pregunta de pronto el médico. —Cuatro. —¿Y tres y tres? —Seis. Los estudiantes se despabilan, casi se les quita la modorra. El doctor explica de manera sucinta y convincente que no todas las partes de mi cerebro están dañadas. «El niño, hasta sabe su nombre y reconoce a los médicos». Me sonríe. Conozco esas sonrisas, las odio. Así sonríen a los animales o a los niños muy pequeños. Son falsas sonrisas. —¿Y cuánto son dos multiplicado por dos? Enfatiza con fruición la palabra «multiplicado». Es demasiado. Hasta para mí, hasta en este maldito hospital, esto es demasiado. —Dos por dos son cuatro; tres por tres: nueve; cuatro por cuatro: dieciséis. Tengo frío. Cúbranme con la sábana o, por lo menos, cierren la ventana. Sí, soy un débil mental, ya lo sé; pero los débiles mentales a veces también pasan frío. No soy un ratón de laboratorio. La expresión «ratón de laboratorio» la he oído en la sala de vendaje. El doctor me mira atónito. Se queda inmóvil, sin decir palabra. Una chica de su séquito se inclina rápidamente hacia mí, me cubre con la sábana y se retira con la misma rapidez. La visita ha terminado. Por la noche viene a verme una mujer vestida de calle, joven y hermosa. No lleva bata blanca. Hace más de un año que no he visto a nadie sin bata blanca. Se inclina sobre mí con energía y me pregunta: —¿Eres español? —Sí. —Yo también soy española. Estudio en la facultad de Pedagogía. Nos han pedido que expliquemos el Cantar de las huestes de Igor. Es complicado, no entiendo nada. ¿Querrías ayudarme? —Pero yo soy un niño y usted estudia en la facultad. —Tutéame. —Vale, voy a intentar ayudarte; Saca un libro de su bolso, acerca una silla hasta mi cama y se pone a leer. Lo hace lentamente, casi sílaba por sílaba. Yo conozco casi todas las palabras «difíciles» del texto y las que no, vienen explicadas en unas notas a pie de pagina, en letra pequeña, que puedo leer. Es un sistema muy cómodo. La edición es buena. Se hace de noche. Ella tiene que irse. Cierra el libro, se levanta. —No hemos leído todo el poema, vendré mañana. Me llamo Lolita. —Y yo, Rubén. Sonríe. —Ya sé como te llamas, Rubén. Vendré mañana. Por la noche apenas me fue posible dormir. Nunca nadie me había hecho una visita. Casi todos mis conocidos tenían a alguien «en el exterior»: padres, abuelos, hermanos. Un georgiano hasta había recibido la visita de un primo hermano. Sus padres habían muerto y él fue educado por su tío. El georgiano me explicó que ser primo hermano es ser un pariente carnal. Me dijo que un pariente carnal es la persona más próxima de uno de toda la Tierra. Él tenía muchos parientes carnales. Yo no tenía ninguno. Al día siguiente vinieron a visitarnos los miembros de nuestro Patronato. La Facultad de Pedagogía se había inscrito de pronto oficialmente entre los patronos de la sección infantil de nuestro hospital. Posiblemente, ya antes eran nuestros patronos, pero fue aquel día cuando aparecieron por primera vez en nuestra sala. Entre ellos, claro está, se hallaba Lolita. Llevaba la bata sobre los hombros, el vestido se dejaba ver bajo ella. Se acercó a mi cama. —Ves, he venido. ¿Por qué lloras? Volvieron con mucha frecuencia, casi todos los domingos. Lolita no siempre llegaba con ellos, pero cuando venía permanecía largo tiempo al lado de la cama, junto a mí. Hablábamos. Charlábamos. Hablar con alguien era muy importante para mí, algo casi excesivo, demasiado para mi corazón de niño. Era un lujo delicioso. Pero a ella nunca le bastaba, siempre quería más. Visitar a un niño enfermo le sabía a poco. Un día los estudiantes trajeron un proyector. En la sala de recreo echaron una película de dibujos animados. Yo, como siempre, me quedé solo en mi habitación. Entró Lolita, me miró, dijo algo, yo le respondí. Pensé que estaba enfadada. Ella salió corriendo. Al domingo siguiente los estudiantes llevaron el proyector a mi habitación. Colocaron mi cama junto a la pared. En la mancha luminosa de la pared, un gracioso lobo intentaba atrapar sin éxito al astuto conejo. Vi toda la serie, los diez capítulos de los dibujos animados más populares de Rusia. Era la primera vez en mi vida que lo veía. Con Lolita todo era por primera vez. Por primera vez me acostaron en una camilla y me sacaron a la calle. Por primera vez en toda mi vida de ingresado pude ver el cielo. El cielo, en vez del techo eternamente blanco. Fiesta. Hay fiesta en el hospital. Las fiestas no tenían nada que ver conmigo, no me importaban. Eran otros los que se divertían. Lolita entró en la sala, guapísima, vestida con un traje español, muy pintada, sin bata. —Rubén, ahora van a traer la camilla para llevarte a la sala de recreo. Hoy voy a bailar. Bella y alegre. Iba a ser una verdadera fiesta. Entró la enfermera. Una enfermera corriente, con bata blanca. —Está prohibido mover al enfermo. Está recién operado. Con la llegada de Lolita había olvidado la operación. Otra vez los médicos habían cortado el yeso, otra vez yo había sentido dolor inútilmente. Prohibido. Todo y siempre estaba prohibido. A decir verdad, ya me había acostumbrado a aquellas prohibiciones eternas. Pero Lolita no estaba acostumbrada. Abandonó corriendo la sala. Se esfumó. Pocos minutos más tarde entraron con gran alboroto. Hablaban en español Lolita, Pablo y un muchacho bajito, con bigote. Pablo llevaba una guitarra. Yo conocía a Pablo. El bigotudo empezó a hablar en ruso. —Tienes que volver a la Acción Cultural. Ya. —Bailaré aquí. Aquí y ahora. —Bailarás donde te digan. Me llevo la guitarra. Pablo, vámonos. —Pablo ¿te vas a ir? —Lolita miraba de frente al muchacho alto. Clavó su mirada en él, alegre y desafiante. Pablo esquivó su mirada. El bigotudo salió, llevándose consigo a Pablo, el pobre. Nos quedamos ella y yo solos en la habitación. Lolita bailaba. Bailaba marcando el ritmo con los dedos. Lolita bailaba. Bailaba para ella. Tensa y seriamente, taconeaba una melodía lejana y extraña. Sin guitarra, sin Pablo. Bailaba de verdad, con todo el cuerpo. A nuestro orfanato venían algunas veces grupos de baile. Jóvenes idiotas, que pisaban con frecuencia el tablado del club de nuestro orfanato. Salía el presentador, anunciaba el número siguiente, y volvían a salir las mismas idiotas, que pisaban otra vez el tablado con algún paso diferente. Era mortal. Sólo una vez se alteró este ritual. El día de la Victoria vino a vernos uno de aquellos grupos de baile. Fue como siempre, pusieron la música de siempre. De pronto subió al escenario nuestro profesor de Historia y murmuró algo al oído del desprevenido acordeonista. El profesor se puso en cuclillas y empezó a recorrer la escena a saltos, haciendo sonar las medallas sobre su pecho. Las muchachas del grupo se apartaron del veterano para no molestar. Este hombre está bebido, hay que dejarle bailar, parece que es lo que quiere. Era verdad que el profesor había bebido aquel día. Por algo era el día de la Victoria. Bailaba bien, salvaje y libremente. Su salida me pareció de lo más natural. De él emanaba fuerza y libertad. Nunca jamás vi nada parecido. Pero la primera vez yo vi un baile verdadero, vivo, en aquel hospital del norte de Rusia, un baile de verdad, fue un baile español. Nos despedíamos. Lolita tenía que marcharse. —Niño, te encontraré. Te escribiré, espera mi carta. Había prometido escribirme; y yo, una vez más, no me lo creí, como nunca creía nada de lo que me decían. —Nunca podrás encontrarme. Yo ni siquiera sé a qué orfanato me van a llevar. No me lo podía creer. Dos o tres años más tarde, llegó un sobre. Por correo ordinario. Era la primera carta que recibía en mi vida. Dentro, iba una postal muy bonita. La postal: una española bailando, vestida al modo tradicional. El traje bordado sobre la cartulina con hilos de colores. En Rusia no se hacían postales de ese tipo. Me trajo la carta la educadora. La puso delante de mí, abierta. Se sentó frente a mí. —Rubén, tengo que hablar contigo seriamente. He leído la carta. No hay nada peligroso en ella. De momento. Espero que comprendas que no vas a poder contestar. España es un país capitalista. No es recomendable escribir a personas que viven en países capitalistas. Cada extranjero puede ser un espía. Eres un niño inteligente y comprendes que la dirección de esta casa de niños no puede permitir que corras ese riesgo. Cogió el sobre y se fue. Yo me quedé largo rato mirando la postal y la escondí en el libro de Matemáticas. A la mañana siguiente, abrí el libro y ya no estaba. [•••] r Traducción del ruso por Aurora Gallego Este relato, publicado apenas hace dos meses en la revista Inostrannaia Literaturna (ns 12002) de Moscú, continúa hasta un total de casi ochenta páginas, que no podemos reproducir aquí por motivos obvios. La publicación rusa incluye además una introducción del escritor Serge Yurienen, donde se explican algunos detalles sobre la sociedad española que se supone serán poco familiares para el lector ruso. Omitiremos aquí esos detalles, lo mismo que otros sobre la biografía de Rubén y de su madre, que el lector español puede conocer por un artículo muy documentado, publicado por Miguel Angel Mellado hace un año en El Mundo (www.elmundo.es20010318cronica970287.html). Pero vamos a reproducir aquí una síntesis de esta increíble historia y de una entrevista a su protagonista, Rubén, realizada también por Serge Yurinen y en la que se explican los nnotivos por los que, tras esta azarosa vida de huérfano con parálisis cerebral, que va rodando por los orfanatos de Rusia, Rubén decidió convertirse en escritor. Dice la psicología experimental que, en cualquier grupo humano, empezando por la familia, existe la tendencia a formar en su seno «la imagen del enemigo». Así fue como, lamentablemente, empezó esta historia. En una familia con cuatro hijos de un líder político español, Ignacio Gallego, Secretario general del Partido Comunista en París mientras duró en España la dictadura de Franco, «la oveja negra» resultó ser la hija mayor, Aurora. Ella había nacido en París y, al terminar el Liceo, en los años sesenta, la más rebelde de la familia fue enviada a Moscú, con la esperanza de poder ser «reeducada». En la universidad moscovita, la española de París (y de Praga y de Varsóvia, donde vivió dos años en el orfanato de la Embajada Soviética), hizo amistad con un estudiante de Venezuela, guerrillero de Caracas que, por huir de la Junta Militar, había atravesado el Atántico y llegado al país de sus sueños. Aurora y él se casaron en el piso 1 8 de un rascacielos estaliniano. Le siguió un embarazo sin control médico. Y llegó la sorpresa: esperaban mellizos. Durante los meses de vacaciones que disfruta en la costa de Crimea, Ignacio Gallego, abuelo de los nonatos, se ve obligado a mover hilos para que acepten a Auroro en el hospital del Kremlin. No es Fácil, el Gran Hermano eslá muy ocupado con acciones brutales para aplastar con sus botas de cuero la «cara humana» del socialismo checoslovaco. «Tanto peor, tanto mejor». Aurora es ingresada, pero en la hora decisiva, los médicos fallan. Uno de los mellizos murió a los diez días, el otro salió por los pies. Antes de que uno hemorragia pudiera acabar con la hija de uno de los líderes del comunismo internacional, la comadrona intentó por todos los medios que el parto fuera lo más rápido posible. Y lo consiguió, aunque su segunda hi¡o nació con parálisis cerebral. Nadie sabe quién tomó la decisión. Pero que un nieto de Ignacio Gallego fuera débil mental por negligencia de la medicina soviética, era algo de lo que iban a ocuparse personajes del más alto nivel y que resolvieron, por lo demás, sin ceremonias ni formalidades. Aurora no había abandonado la habitación de su hijo en todo el año, día y noche luchaba para sacarlo adelante, contra el pronóstico de los médicos. Finalmente lo dejó durante quince días para examinarse en la Universidad. Al cabo, le llamaron de urgencia al hospital donde estaba ingresado Rubén. Le mostraron a su hijo en reanimación. «El niño agoniza», le dijeron. Unos días más tarde volvieron a comunicarse con ella: «Rubén ha muerto». A Aurora le faltó valentía para presentarse allí y pedir que se lo enseñaran muerto. De haber ido, afirma ella, «me hubieran asegurado que ya lo habrían incinerado». Y como ya había ocurrido con el primer mellizo, que no hubiera ni ceremonia funeraria ni certificado de defunción nada tenía de extraño. La historia de Rubén, pues, parecía haber tocado a su fin, ¿qué más cabía hacer? ¿Ir a golpear con la frente la reja del hospital del Kremlin? El venezolano no soportó la situación y se marchó lejos, a tierras del Trópico. Aurora, por el contrario, se hizo más radical. Su familia la mantenía a distancia, en Moscú. Siete años más tarde volvió a Occidente con su segundo marido, un escritor, acompañados ambos por una hija, Anna, que había nacido normalmente en un hospital de Moscú. En París obtuvieron el estatuto de refugiados políticos y empezaron una nueva etapa. Aurora, cosas de la vida, comenzó a trabajar en Radio Liberty, la emisora de contra propaganda comunista, dependiente del Senado norteamericano. Atrás quedaba, solo, Rubén, que no había muerto. Alguien ordenó dar al niño los nombres «Rubén David González Gallego», para que de algún modo le sirvieran de pasaporte en su viaje por las instituciones oficiales de la URSS. Rubén, por cuyas venas corre la sangre andaluza del abuelo, la vasca de la madre y una mezcla portentosa de sangre india, negra y china de su padre venezolano, peregrinó por diversos hospitales soviéticos. Más tarde llegó a la aldea Kartashovo, donde vivió cuatro años. Le acogió luego el Instituto de Estudios Carlos Marx, en Leningrado. Residió en diversos horfanatos: en Briansk, en Trubchevsk, en la región de Penza, en Nizhnii Lomov. Toda su infancia estuvo marcada por esta amenaza terrible: a los 16 años sería enviado al geriátrico ¡unto con los demás chicos lisiados. Su destino era morir allí, más tarde o más temprano, porque en la URSS no había oficialmente minusválidos. Finalmente acabó recluido en el geriátrico de la ciudad del proletariado masacrado —Novotcherkassk—, donde pudo realizar estudios de Informática y Derecho. Consiguió escaparse del centro («Tú ya no nos interesas, puedes marcharte sin que te veamos»). Se casó por primera vez y tuvo una hija —una belleza— Se divorció y se casó otra vez; y otra vez nació una niña, bellísima también. Empezó a trabajar, se compró un ordenador. Y se propuso realizar el sueño que anhelaba desde niño: encontrar a su madre. En uno de los centros logró enterarse de que era descendiente de un líder comunista español. Tenía familia, pues. Después de un viaje (filmado por un director lituanoespañol, Alguis Arlauskas Pinedo, que creyó en su aventura y que acompañó a Rubén desde el sur profundo de Rusia a Moscú, Madrid, París y Praga), consiguió localizar a su madre en esta ciudad. «Soy tu hijo, no estoy muerto. Si quieres verme, acude al Dunkin Donuts de la plaza a las 20:30», escribía Rubén en una nota que le hizo llegar a su madre a través de uno de los compañeros de viaje. El día del encuentro, las cámaras quedaron en off: demasiada realidad para ser grabada en celuloide. Treinta y dos años después de haber sido separado de ella, Rubén recuperó a su madre y decidió permanecer ¡unto a ella. Los dos se determinaron a venir a España y, desde pocos hace pocos meses, luchan por hacerse un hueco entre nosotros. Estos y otros pormenores de la historia se ofrecían asimismo como introducción al relato de Rubén, en la revista moscovita citada. Serge Yurienen, autor de esa introducción, se interesaba finalmente por la nueva profesión que Rubén empezó a desarrollar en Praga y continúa ahora en España, la de escritor. Por el interés complementario y de actualidad que tienen, ofrecemos a continuación alguna de esas preguntas. SERGE YURIENEN • Las personas con parálisis cerebral, «inteligentes», por regla general se hacen científicos, y algunas veces llegan a ser geniales, como Stephen W. Hawking. Pero Vd., que maneja muy bien el ordenador, ha decidido escribir textos y no programas. ¿Por qué? RUBÉN GONZÁLEZ • Es verdad que, en el mundo entero, es relativamente fácil encontrar personas paralíticas que han llegado a ser científicos. De ellos, no todos se hacen célebres, desde luego, ni todos son catedráticos o llegan a ser mundialmente conocidos. El minusválido corriente, de talento medio, es fácil que elija las ciencias exactas para desarrollar su vocación. Una persona limitada físicamente por su cuerpo, quieras o no, se vuelve observador. Y si la movilidad del cuerpo está muy limitada, entonces ya no hay tope para el desarrollo intelectual. En tiempos de desarrollo de la Informática, como nuestra época, muchas personas completamente sanas se condenan voluntariamente a permanecer sin movimiento delante de la pantalla del ordenador. Para un minusválido, para quien su inmovilidad no es voluntaria, el trabajo científico le conviene por muchísimas razones. Como cualquier otra actividad que le proporcionara independencia financiera y una integración social plena. Cuando hablan dos matemáticos, por ejemplo, lo que cada uno de ellos es o deja de ser físicamente es completamente irrelevante. Si uno quiere llegar a formar parte del círculo estrecho de los intelectuales, necesita dos cosas: educación y ayuda de la sociedad. La sociedad rusa, cuando yo era joven y ella todavía se llamaba orgullosamente soviética, no podía ofrecerme la posibilidad de estudiar. Más aún, el plan del Estado para las gentes como yo consistía más bien en aislarnos del mundo exterior. En el país donde los genios abundan, no eran necesarios nuevos ejemplares. La mayoría de los minusválidos rusos que conozco y que trabajan intelectualmente, se han visto obligados a emigrar. Yo no pensaba dedicarme a escribir, ni en sueños. Lo único que en Rusia logré con mi trabajo fue llegar a sobrevivir muy modestamente. O dicho más exactamente, me moría de hambre, casi. Mis primeros escritos nacieron del impulso de contar lo que yo había visto y vivido, para poder morirme luego con la conciencia tranquila. Fui consciente de que era escritor cuando salí de mi país, cuando ya no estaba obligado a luchar cada día para sobrevivir. En Rusia yo estaba absolutamente persuadido de ser un condenado, y como tal me disponía a morir. Ahora mi salud es buena y nunca antes había tenido tanta capacidad de trabajo. Escribo mucho, en parte porque no tengo otra cosa que hacer. S Y • El héroe de sus escritos se halla con frecuencia en compañía de un libro cuyo título, habitualmente, no se da a conocer. ¿Qué leía Vd. en Rusia? R G • Mucho, todo lo que caía en mis manos. Leía para evadirme de la realidad. Los profesores de Literatura no eran en esto distintos al resto. Trataban de integrar la realidad literaria en la realidad de la vida, pero en mi caso esto era imposible. Lo que a mí me resultaba verdaderamente interesante,de eso ellos no querían hablar conmigo; todo lo demás, era secundario para mí. Los héroes de la literatura eran sin excepción gente sana o con apoyos sociales. Los problemas que les hacen sufrir a mí me parecían risibles. La experiencia de una persona con una invalidez importante, y que no tiene apoyo familiar alguno, no había sido abordado aún por nuestra literatura. Nikolai Ostrovski, por ejemplo, al que la propaganda soviética tanto ensalzaba, quedó minusválido, sí, pero después de estar plenamente integrado en la sociedad. A mí siempre me gustaba más la literatura extranjera, porque me sacaba más que la soviética de la realidad. Descubrí la literatura rusa sólo al abandonar mi país. Me puse a leer a Dostoyevski y entendí casi todo. Siempre me gustaron, y me gustan, los novelistas latinoamericanos. S Y • Y ¿cuándo decidió escribir? R G • Cuando conocí a mi madre comprendí que, para explicar al mundo quién soy, tenía que escribir. En tomo a nuestra historia hay demasiadas cosas extrañas, demasiados secretos, demasiadas mentiras. Si no escribiera yo mi historia, la escribirá otro, y lo haría según su conveniencia. Está claro que a la mayoría de la gente le parece menos deprimente presentar nuestras vidas como resultado de unas circunstancias impersonales, que las determinaron fatalmente; pero eso no es así. Sin proponérmelo, yo he sido testigo del sistema socialista de aislamiento de los minusválidos. Hay otra razón por la que escribo, y es personal. Por delante de mí, hay una vida normal; por detrás, sólo el infierno. Yo necesito desprenderme del infierno que llevo dentro. S Y • ¿Dónde, por qué y cómo fue escrito su primer texto? R G • En Rusia. Me estaba muriendo; mi corazón ya no valía para nada. En mi casa, habían cortado la calefacción y no teníamos comida suficiente... De pronto, en el techo, empezaron a aparecer letras blancas. Yo cerré los ojos pero las letras no desaparecían. Componían palabras. Por la mañana, sólo me quedaba escribirlas. Y así todas las noches, y las mañanas. S Y • ¿En qué se diferencia su situación de la de las personas que se vieron obligadas a escribir en cárceles, campos de concentración o situaciones de creación análogas, en las que no cabía contar con el papel? R G • En nada. Puede parecer extraño, pero a menudo son justamente las condiciones más duras las que pueden empujarnos a la creación. Lo más importante en una cárcel es sobrevivir, no quebrarse. La creación es uno de los medios para conservar tu personalidad. A mí me parece que las condiciones que has citado son las más apropiadas para la creación; en mi caso, las posibilidades de comunicarme con el mundo exterior son limitadas y entonces cojo lo que sale a mi encuentro. S Y • ¿Qué es Vd.: un español que escribe en ruso o un ruso que se está haciendo español? ¿Cómo concibe Vd. su actividad literaria en España? R G Yo soy ruso. Quizá no al cien por cien ya, pero de momento sigo siendo ruso. Este último año he cambiado un montón. Ya empiezo, por ejemplo, a tener una idea de la cultura mundial. España me recibe como ciudadano de su país; y Rusia me rechaza. Estoy cambiando, y muy rápido. No estoy seguro sin embargo de que mi actividad principal vaya a ser la de escritor. La literatura no da de comer. Comprender el idioma, aprender la cultura de otro pueblo, es para mí un placer inmenso. Si puedo seguir escribiendo, seguiré escribiendo en ruso o en español. Para mí no hay ninguna diferencia. S Y • Vd. se refiere a algunas «personas de texto». ¿Qué quiere decir con esto? R G • Hay muchas maneras de comunicarse: bailando, por ejemplo, o componiendo música, pintando, etc. Habitualmente, nos inclinamos más por un medio que por los otros. El modo de comunicación más próximo para mí es a través de la palabra escrita. Las personas que expresan su relación con el mundo y los demás a través de letras son las que yo llamo «personas de texto». Y yo soy una de ellas. S Y • Y sin embargo, las ciencias exactas tienen su encanto... ¿No le da lástima no haberlas cultivado? R G • Sí, lamento mucho que no me hayan permitido entrar en el mundo de las ciencias exactas. Pienso que hubiera podido hacer muchas cosas en ese terreno: Estas ciencias estudian el mundo igual que las humanidades; encuentro que la diferencia entre un científico y un escritor es más bien formal. Pero si un científico puede hacerse escritor en cualquier momento, ser un científico de verdad sólo puede lograrse cuando uno es joven. Lamento por eso que el mundo de las ciencias haya quedado fuera de mi alcance, como lamento también las oportunidades de conocer el mundo que he perdido. De esto hablo en el capítulo «Nunca», en mi libro. Confiemos en que algún editor español haga posible que ese capítulo de Blanco sobre negro, negro sobre blanco de Rubén González Gallego, así como los restantes, lleguen a los españoles. El autor está esperando este encuentro con los lectores de nuestro país. En Alemania, ya se ha empezado la traducción de su obra. Pero Rubén no pierde el tiempo y, preparando a los editores más trabajo, ultima los episodios que integrarán su segundo título.