Nueva Revista 077 > Una ventana abierta al cine internacional

Una ventana abierta al cine internacional

Fernando Herrera

Artículo sobre el Festival Internacional de Cine de Valladolid, la búsqueda del cine humanista, el ámbito cultural del festival y una visión de futuro.

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Fernando Herrera, “Una ventana abierta al cine internacional,” accessed September 19, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/2711.

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Title

Una ventana abierta al cine internacional

Subject

Seminci

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Artículo sobre el Festival Internacional de Cine de Valladolid, la búsqueda del cine humanista, el ámbito cultural del festival y una visión de futuro.

Creator

Fernando Herrera

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Nueva Revista 077 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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S E M I N C I Una ventana abierta al cine internacional por FERNANDO HERRERA La completa retrospectiva dedicada UN TESTIMONIO a la filmografia de Luchino VisconHISTÓRICO Y SOCIAL ti en la última edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCl) es significativa de una historia que lleva más de nueve lustros acompasada a las grandes modificaciones políticas, sociales y culturales de la ciudad castellana. Visconti ha sido precisamente uno de los autores que han tenido presencia relevante en el festival, pues incluso algunas de sus obras maestras se estrenan allí. Esta fidelidad a los suyos es una de las características de esta muestra cinématográfica que forma parte de la vida de la ciudad, y que se ha mantenido a través de los años, luchando con éxito contra negros nubarrones que en ocasiones hicieron temer por su continuidad. Cuarenta y seis años en la vida contemporánea son cauce de sucesos y de transformaciones de gran calado. La SEMINCl de Valladolid que comenzó bajo el franquismo más estricto, prosiguió su periplo en las llamadas épocas de apertura, continuó en la transición democrática y sigue hoy más firme que nunca, constituyendo un hito que se repite todos los años y que concita a la gente del cine de España y de fuera durante nueve apretadísimos días. De las diez o doce películas iniciales se ha pasado a trescientas, número quizá desorbitado pero que permite al público que llena las salas optar sobre estéticas fílmicas muy variadas. Si, paradójicamente, las primeras semanas fueron dirigidas por el representante del poder, en este caso del delegado del Ministerio de Información y Turismo, Antolín de Santiago y Juárez, una especie de milagro originó que lo que pudiera haber sido una simple muestra de películas de tema religioso se convirtiera en una ventana abierta al exterior con la proyección de obras que, si en principio pudieran tener alguna relación con ese adjetivo que tantas veces se utilizó contra el festival, en realidad se plantearon como objetos de combate contra la rutina, contra las concepciones chatas y planas del hecho religioso. La presencia de Bresson o Dassin hicieron ver al público que el catolicismo podía ser conflictivo y plantear temas de gran dureza y profundidad. La vocación de permanencia del festival hizo preciso el juego, muy inteligente, de añadir a los valores religiosos, los valores humanos, y la perspicacia de quienes llevaban a cabo las tareas organizativas transformó este festival, en principio tan limitado, en un amplísimo foro en el que todo tema o estética tenía cabida. Preponderó, en efecto, una visión humanista del cine, pero entendida en sentido amplio, que evitaba la blandura o el conformismo jeremíaco. Fue una evolución, más que paralela a la progresión social o política del país, adelantada a su tiempo. El festival abrió caminos, sirvió de banco de pruebas a la entonces omnipotente censura y a los tímidos intentos de limitarla. Hubo ediciones conflictivas con los poderes fácticos, como aquella en la que la proyección de una serie de películas, que denunciaban el holocausto judío, originó la ira del entonces llamado jefe provincial del Movimiento; o como aquella otra en la que la proyección de dos películas de Luis Buñuel supuso una crisis con el arzobispado y la ruptura de relaciones con la cátedra de cine de la Universidad de Valladolid, entonces dirigida por los jesuitas. Las anécdotas podrían multiplicarse debido a las contradicciones existentes entre un régimen autocrático y la apertura que significaban películas de todo tipo, que reunían a jóvenes y mayores en tensas y acaloradas discusiones hasta altas horas de la madrugada en el café de la estación y que más de una vez terminaron en la comisaría de policía. Curiosamente, cuando llegó la democracia y el periodo de Transición, la SEMINCI, por una serie de problemas internos, estuvo a punto de desaparecer, junto a otros festivales que fueron arrastrados por las nuevas circunstancias políticas y sociales. Fueron tiempos difíciles, de convulsión política con la perspectiva de las primeras elecciones democráticas y, por tanto, con la apertura del diálogo real entre las diversas opciones ideológicas. Estas tensiones se trasladaron igualmente al hecho cinematográfico y las conversaciones de aquellos años fueron las más duras y contrastadas de toda la historia de este festival. Fueron seis años de transición que esta vez sí se acompasaba a la transición política de España, a la configuración como un Estado autonómico, a la transformación de la sociedad y a la entrada en liza de unas nuevas generaciones que tenían mucho que decir. En nuestro caso, fue gracias al Ayuntamiento de Valladolid y a una serie de personas que cogieron la antorcha, algunos de ellos colaboradores o responsables de anteriores ediciones, como se pudo salvar la continuidad de la Semana Internacional de Cine. Con las lógicas novedades que el tiempo marca, con una gran sensación de continuidad, la SEMINCl actual —fiel a sus raíces— sirve un poco de norte a la programación en la temporada de ese otro cine que, paradójicamente, está cada vez más ausente de los grandes circuitos de exhibición. Hoy, profesionalizada ya la Semana Internacional de Cine, es hora de agradecer los esfuerzos de todos aquellos que permitieron su continuidad y que sirvieron históricamente a la ciudad donde nació. No hacen falta sus nombres, serían muchos los que habría que citar, pero todos forman parte de la historia cultural de Valladolid y han contribuido a esa denominación, que esperemos sea plasmada del todo, de «ciudad del cine». Al menos en estos días del otoño castellano, Valladolid se transforma verdaderamente en la capital del cine español. LABUSQUEDA La característica fundamental de la DE UN CINE HUMANISTA SEMINCl de Valladolid ha sido, por una parte, configurar su programación desde un punto de vista humanístico y, por otra, ampliar el ámbito geográfico incidiendo en culturas no occidentales. Bastaría citar los cineastas que han sido revelados desde su programación en el festival. El nombre de Ingmar Bergman puede ir en primer lugar. En toda la trayectoria de la SEMINCl se ha proyectado su filmografia completa, incluida la televisiva. Francois Truffaut ha sido otro de los habituales, lo mismo que Wajda, Ken Loach, Rossellini, Manuel de Oliveira, Fassbinder, Yilmaz Guney, Stephen Frears, Nani Moretti, Abbas Kiarostami, Louis Malle, Aton Egoyan, Zang Yimou, Lars Von Trier y tantos otros. Afortunadamente, la Semana del Cine en Valladolid no se cerró a una temática o estética determinadas. Siempre se consideró el concepto humanismo en sentido amplio. El riesgo de aventurarse en la cinematografía de países que no figuraban en primera línea en este arte fue lo que originó, por ejemplo, que nombres señeros como el del hindú Satiajyt Ray figurara en varias ediciones del festival. Valladolid estrenó el filme de Syberberg Réquiem por un rey virgen en el mismo año en que la película de Visconti, Ludwig, obtenía la Espiga de Oro. El público tuvo ocasión de ver la historia de Luis II de Baviera desde dos ángulos totalmente diferentes. Muchas otras obras se incorporaron a esta línea que no quisiéramos llamar de vanguardia, pero que constituían un acertadísimo contrapunto a otras más cotidianas y asumibles. Los ciclos también representan el espíritu de la SEMINCI tanto en lo que se refiere a los grandes clásicos como a los nuevos cines. Desde Pabst, Murnau, Lubitchs, Ophuls a Yasujiro Ozu, toda una revelación, y Mizogouchi, del que se hizo la mejor retrospectiva en el mundo, una serie de maestros pudieron ser estudiados en el conjunto de su obra. La lista sería interminable hasta esta última edición, en la que Visconti y Rohmer vuelven con nosotros. No son una novedad, pero sí ofrecen la perspectiva de contemplar por un público joven películas que ya son mito en la historia del cine. En este punto no podemos olvidarnos tampoco de la enorme atención prestada al cine español, tanto en la preparación de ciclos, con descubrimientos tan importantes como la obra de Edgar Neville, Carlos Serrano de Osma, Nieves Conde o Ladislao Vajda, como en la presencia de películas inéditas en la sección a concurso. Si en tiempos el público fue considerado muy severo con nuestro cine, ahora las tornas han cambiado y resulta de una benevolencia extremada, lo que es tan perjudicial como la antigua tesitura, que solía desembocar en formidables pateos o menos agresivamente en contundente división de opiniones. El cine sudamericano de habla española siempre ha tenido una presencia importantísima, menos controvertida que el rodado en nuestro país, como el portugués o brasileño, que ha dado extraordinarias sorpresas con refinadas obras maestras. La programación global del festival de Valladolid parte de una concepción artística del cine, de su universalidad, de la necesaria atención a lo nuevo y lo consagrado y del rigor en la selección, no por que todas las películas fueran buenas, lo que sería imposible, sino desde el interés previo incontestable. Desde las series de animación a las obras más densas, todo ha cabido en el festival desde ese imperativo previo del cine como fenómeno humano y artístico a la vez. AMBITO CULTURAL En muchas etapas de su periplo, la DEL FESTIVAL SEMINCI ha organizado una serie de conversaciones sobre temas generales relacionados con el cine o sobre algún autor o ciclo determinado. Se invitaban a las mismas a los más destacados especialistas de la materia con resultados muy interesantes, tanto desde la profundidad de las ponencias como en la a veces crispada formalización de los coloquios que, según las etapas, se concretaban en lo estético o iban más allá en confrontaciones políticas e ideológicas a veces bastante violentas. Las tormentas han amainado y este tipo de conversaciones se ha sustituido, a mi juicio con poco acierto, por otras reuniones sobre temas económicos industriales o de homenaje a las figuras del cine español que han protagonizado ciclos de su obra. La ausencia deun discurso crítico sobre el cine debería subsanarse, ya que son precisamente los festivales los que permiten entrar en profundidad en temas de gran relevancia que son obviados generalmente por los medios de comunicación. Otro aspecto cultural importante del festival son las publicaciones. De diferente valor, resultan muy útiles para el aficionado al tratar de autores y temas, de forma inédita y en muchas ocasiones única. Tímidamente puestas en marcha alrededor de la XVIII edición, se han incrementado hasta el día de hoy, en que constituyen un opus muy importante en la bibliografía cinematográfica. Cabría preguntarse si además de esa proyección de la ciudad, el festival de cine influye en la vida artística de la misma o en la concepción específica del cine, una vez transcurridas las apretadas fechas de proyecciones de películas diferentes y en versión original. Respecto del primer supuesto, la verdad es que no podemos ser muy optimistas. Sabido es que el mundo del cine se suele bastar a sí mismo y que incluso los propios aficionados tienen escaso acceso a otras artes de la representación como el teatro y la música. Posiblemente no se haya incidido suficientemente en hacer de la Semana Internacional de Cine un hecho cultural que trascendiera su propia definición, que implicara a los artistas de la ciudad o de fuera de ella en enriquecer lo fílmico con otras manifestaciones. El resultado final es muy parco, no diferente de otros festivales, desde esa concepción autofágica de la cinematografía que devora espacios de otras artes pero sin asumir la deuda y sin contar con ellas como complemento excepcional de una manifestación cerrada a lo fílmico. Estoy convencido de que tantas obras maestras presentadas en los 46 años de este festival no pasarán en vano. Aquellos Bergman, Fellini, Visconti, Bresson de antaño han dejado su impronta y muchos aficionados jóvenes se conmovían ante el magistral Dreyer o la inteligencia de Mankiewicz, que les sonaban como nuevos, o descubrían el cine chino los maestros japoneses y las múltiples sorpresas que iban jalonando las programaciones. La historia del festival deberá ser estudiada desde todo el rimero de nombres, clásicos y modernos, que le han caracterizado. El Festival de Cine de Valladolid forma parte de su patrimonio cultural, es el mejor resumen que puede hacerse, aun a pesar de los puntos señalados. HACIA EL FUTURO La última publicación del festival dedicada a la filmografia completa de Luccino Visconti se ha proyectado desde una unión de la literatura y el cine. Con gran acierto, cada una de las películas de ese gran maestro del arte escénico y fílmico es comentada por un escritor de categoría. Ello ha obligado a buscar connotaciones más allá de lo puramente cinematográfico. Precisamente esas obras tienen aspectos artísticos muy importantes y variados. Procedencia de la tragedia, de la literatura de todos los tiempos, también de observación directa de la realidad, la personalidad de Visconti auna todas las artes. Su refinado sentido de la imagen y de la escenografía, sus profundos conocimientos musicales se han plasmado en toda su filmografia. Dio a conocer, más allá de los melómanos, a compositores como Bruckner o Mahíer, por citar dos ejemplos, y concedió a la ópera un tratamiento cinematográfico excepcional en La caída de los dioses, sin que nadie cantara en ella, naturalmente. Visconti asumió todas las artes en el arte del cine. Es por tanto ese ciclo un recuerdo a la trayectoria del festival y también un punto de partida, desde el convencimiento de que el cine no existe aisladamente sino como epicentro y conjunto de todas las manifestaciones de la creatividad del hombre. Valladohd va a ser centro de un importantísimo congreso sobre nuestro idioma y su universalidad. El cine también tiene muchas cosas que decir y en el contexto cultural del mismo estos 46 años de festival deben ser puestos de manifiesto. Otra posibilidad de integración que no se debería desaprovechar. FERNANDO HERRERA Entre el cine y la novela de Miguel Delibes existe, según Ramón García, ana fascinación mutua, Si el novelista se sintió atraído desde niño (iciT la magia del cinematógrafo, el invento de los Lnmitre, con et pasar del tiempo, llegó a sentirse particularmente atraído por la narrativa de Delibes. De su obta, nada menos que siete novelas y dos relatos cortos han sido adaptados y han lleudo a las pantallas. No es extraño que la Semana Internacional de Cine de Vallad• lid dedicara MIGUE! DELlflES. LA IMAGEN ESCRITA su XXXVlll edición, en 1993, a esta intensa Ramón Gardo Domínguez relación; y que encargara un estudio monoCátedra I Filmoteca; Esp;iñola gráfico sobre esta Historia de una fascinaSerie Mayor ción a uno de los más significados conoceMadrid, 2000, 640 páginas dores de la obra y [a persona del escritor.