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De aquellas antipolíticas vinieron nuestras libertades

Mercedes Monmany

Entrevista con György Konrád, uno de los más grandes escritores húngaros actuales.

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Mercedes Monmany, “De aquellas antipolíticas vinieron nuestras libertades,” accessed September 19, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/250.

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De aquellas antipolíticas vinieron nuestras libertades

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Conversaciones

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Entrevista con György Konrád, uno de los más grandes escritores húngaros actuales.

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Mercedes Monmany

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Nueva Revista 091 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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CONVERSACIÓN CON GYÓRGY KONRÁD De aquellas «antipolíticas» vinieron nuestras libertades Una entrevista de MERCEDES MONMANY Considerado uno de los más grandes escritores actuales no sólo húngaros, sino de todo el continente europeo, galardonado con el Premio de la Paz de los libreros alemanes en 1991, así como primer escritor centroeuropeo nombrado presidente del PEN Club Internacional (1990 a 1993), el novelista, ensayista y hombre de ideas de nuestro tiempo Gyórgy Konrád, nacido en 1933, en Berettyóújfalu, en el sur de Debrecen, tenía apenas veintitrés años en el momento de la revolución abortada por los soviéticos en Budapest, en la que él había ocupado un papel destacado como líder universitario. Recién acabada la carrera, en el mismo 1956, durante años no podría encontrar trabajo. Más tarde trabajaría como sociólogo y como asistente social en temas relacionados con la protección de la juventud. Prohibido durante años en Hungría, sufriendo sus obras diversas mutilaciones a causa de la censura cuando por fin lograban publicarse, Konrád se convertió en un símbolo de la resistencia interiora la dictadura y, en concretó, fue uno de los líderes más significativos de la oposición al régimen de Kádar. Su primera novela, El visitante, data de 1969, y a ella seguirían otras como El fundador (1977), El cómplice (Alfaguara, 1987) o la recientemente aparecida en nuestro país, Una fiesta en el jardín (1989; en castellano, Alianza Editorial, 2003), y que reseña en este mismo número Pablo dOrs. Aunque en esta novela el autor otorga numerosos datos autobiográficos a su personaje de ficción Dávid Kobra (K), en la última de sus obras publicadas, Elutazás és hazatérés C2001; traducida al francés como Départetretour, ed. Mille et une nuits, 2003), Konrád narra ya, canónicamente, los recuerdos de sus primeros años de vida, es decir, desde 1933 hasta el final de la II Guerra Mundial. Es además autor de numerosos artículos y ensayos, y uno de los autores húngaros más traducidos y difundidos en otras lenguas. Eterno disidente y opositor a regímenes despóticos y autoritarios, Konrád volvió a saltar a la luz pública no hace mucho al firmar, junto a otros históricos disidentes intelectuales de la Europa central y del este, como el checo Václav Havel y el polaco Adam Michnik, una carta de apoyo a la intervención de Estados Unidos en Irak para derrocar a Sadam. La crítica literaria Mercedes Monmany entrevistó en su domicilio a este sobreviviente de diversas etapas y épocas de barbarie en el suelo europeo. MERCEDES MONMANY • En su célebre ensayo La antipolítica, usted acuñó el término que servía de título para definir la actitud de los intelectuales que, como usted, vivían en un régimen comunista con un poder político cuya principal característica era la de inmiscuirse en cualquier rincón de la sociedad, incluida por supuesto la cultura. En aquel momento, la antipolítica, para usted, era la política practicada por aquellos que no eran políticos profesionales, es decir: la resistencia de los intelectuales que querían volver a situar la política en su lugar legítimo, al margen de labores que no les pertenecían. Posteriormnete, en su recolección de ensayos (19891994), The Melancholy of Rebirth, pone al día la labor de aquellos intelectuales, libres ya de cargas y mensajes concienciadores («Se han acabado los libros baratos: el Estado ya no tiene ningún interés en lo que los ciudadanos leen o en lo que los escritores dicen. Los escritores ya no somos unos sumos sacerdotes, pero tampoco somos ya unos herejes»). Pasadas todas las luchas, ¿sigue existiendo alguna función, algún papel especial que hayan de desempeñar los intelectuales? GYÓRGY KONRÁD En aquellos tiempos de la dictadura, vivíamos en unas condiciones claramente diferentes. Uno ni siquiera tenía consejos razonables que poder dar a sus colegas. Yo pude describir un cierto comportamiento a un grupo de personas de aquí, que estaban en la oposición democrática a la dictadura, pero que era también congruente con lo que hacían otros compañeros de causa en Chequia o en Polonia, es decir: una especie de movimiento central o del este europeo por la democracia. Un movimiento, que obtuvo bastante resonancia y «éxito»; otra cosa es lo que pasara después con la gente, eso es algo completamente distinto. Aun así, no me gustaría decir que, en la actualidad haya algún tipo de rol, algún deber general reservado a los intelectuales. Todo el mundo tiene un papel, aquel que construye para sí mismo. En ello hay una gran libertad, al tiempo que un gran riesgo. El papel depende las personas. Por otro lado, como el éxito de los escritores en la actualidad se ha convertido por desgracia en algo tan «cuantitativo», ese papel, esa búsqueda permanente de un roí, es la gran coartada para una presencia constante en los medios. El éxito revierte actualmente en el número de ejemplares vendidos, algo que puede ser cuantificado inmediatamente. Sería una gran hipocresía no verlo o no querer hablar de ello; y por otra parte, sería también idiota estar entusiasmado o encantado con esa situación. Se trata de un hecho puro y simple de nuestra época, y cada uno efectúa sus propias desviaciones. A veces esas «desviaciones» se convierten en éxito, y otras veces, no. Pero, como siempre, hay que distinguir netamente los valores literarios de lo que son éxitos mediáticos. M. M • Una vez superadas las «dos Europas», creadas injusta y artificialmente tras la II Guerra Mundial y el reparto de países en bloques o zonas de influencia, ese viejo regusto que parecía haberse perdido ya de vista —la desunión éuropea—, pareció retornar cuando estalló la crisis por el conflicto de Irak. ¿Vio usted de forma pesimista esta nueva división, ese desacuerdo entre una llamada «nueva Europa» y otra «vieja Europa»? ¿Cómo vio también las manifestaciones de protesta que se sucedieron en las distintas capitales europeas? g . k El hecho de que Do na Id Rumsfeld dijera aquello estuvo bien, no era grave: él no es un filósofo ni un hombre de ideas, sino un secretario de Estado de Defensa. Pero el hecho de que toda la prensa europea haya estado rumiando esa frase, eso sí que es ya un certificado de pobreza. Por otro lado, la izquierda europea siempre fue propensa a ensalzar los valores pacifistas; aunque, curiosamente, por poner un ejemplo, en los últimos años, no hubo manifestaciones cuando se bombardeaban pueblos enteros de Bosnia, en pleno suelo europeo. En ambos casos, lo que yo observo es la no convención, la no coherencia de la causa; porque, por una parte, está la indiferencia más total, y por la otra, la protesta y sacar las cosas de quicio. Milosevic, por ejemplo, no está muy cerca de mi Corazón, pero Una novela como Dios manda por Pablo d Ors «Entre la agonía de la muerte y la ilusión de la novia, aquí estoy, aguardando la inspiración». Toda novela contiene una teoría de la novela; siempre ha sido así, pero hoy más que nunca, cuando lo propio de la posmodernidad literaria es que la poesía, sin dejar de serlo, sea también poética, por así decir. Ese es el caso de Una fiesta en el jardín, publicada por Alianza Editorial y traducida excelentemente del húngaro por Adán Kovacsics. De este libro extraordinario —tanto, al menos, como El tambor de hojalata, de Günter Grass— es preciso subrayar el concepto de literatura que se profesa y practica como espacio del yo; como un reino de la mentira y su revés; y como una aventura imposible y al mismo tiempo, y sin embargo, real. Sadam ilusseín tampoco. Entonces no entiendo por qué algunos consideran que Sadam Hussein es más simpático que Miloscvic; su cuota de asesinatos supera con creces la cuota de asesinatos de Milosevic. Por lo tanto, para mí, todo ese movimiento, francamente, no es sincero. M. M Volvemos quizá al fantasma de! antiamencanismo... g . k • Siempre hay que manifestarse contra alguien. ¿Quién es el más poderoso? Cuando se manifiestan los antiglobal ización en contra de ios G7 o los G8; cuando protestan o se manifiestan en contra de las cumbres europeas, entonces yo quiero imaginar que todos tienen sus razones más o menos racionales. Pero no creo que sean unas razones tan inteligentes como para que, para defenderlas, haya que romper los cristales de los escaparates. Creo que existe cierta energía que tiene que manifestarse de alguna manera, y que a veces esa energía encuentra el contrincante justo. Quizá un buen ejemplo de ello serían las manifestaciones del año 89, a favor de Konrád lo declara con heladora sinceridad, al afirmar: «Si tuviera que elegir entre Dios y la literatura, elegiría la literatura. Ser novelista significa rebelarse contra Ja singularidad de Dios» {p. 50). El novelista, pues, COtriO alter deus, ¿alguien da más? En su propio quehacer literario, Konrád, víctima del comunismo, es fiel a esta idea de la literatura como reflexión de sí, por loque llegará a afirmar que « no existe actividad más equívoca que la escritura: el cerebro se describe a sí mismo. Mi reflejo me mira a la una fiesta en el jardin cara» (p, 23). De que con su Fiesta Konrád ha puesGYÜRGY KONRAD to su mirada en el espejo, no hay duda, puesto que esta TRADUCIDO DEL HUNGARO novela inmensa es, sobre todo, una confesión. PorPOR ADAN KOVAC5ICS que, para Konrád, «¡a novela, más que un género es un Alianza Editorial, Madrid, medio. Una obra extensa en prosa»: un lugar donde 1001, 610 págs. la liberación de Centroeuropa y la Europa del este. Entonces, las manifestaciones tenían un éxito rotundo, pero tengo que decir que Jamás se rompió ni un solo escaparate. Yo he vivido también bastante tiempo en Berlín, largos períodos, y sabía perfectamente que los grupos «autónomos» se iban a manifestar, que se trataba de una serie de acontecimientos de tipo ritual. Que era una cierta dramaturgia, una puesta en escena social. M. M • No cree por tanto que sea nada fundamenta!, de gran calado... g . k A mí, en modo alguno me parece que el profesor Habermas tenga razón, ya que él piensa que el destino de Europa, de cara al futuro, lo determinan dos fechas o momentos: cuando hubo las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak y, por otro lado, con la «Carta de los Ocho». Decir que esas fechas definen todo el futuro de Europa es como decir que un simple grano o suceso determina toda una vida, cuando en realidad se trata de fenómenos pasajeros. Un fenómeno que no es pasajero es que la se puede meter de todo, sin otra regla que la de no resultar aburrido. Como «Una larga carta a los amigos», sentencia el autor (y a este húngaro le encanta salpicar su texto de frases ingeniosas). Así las cosas, este libro, que «no empieza ni acaba nunca» (p. 29), «se mueve en la frontera entre la reflexión, el cuento y el testimonio». £s «una novela sobre una novela ficticia», en la que el autor presenta su obra y —al tiempo— su modus upcrandi al lector, de forma que el resultado no es una novela ni un ensayo, ni un diario, ni unas memorias, sino algo así como «el índice de otro libro» {p. 51). La siguiente declaración de principios es imprescindible para comprender esta Fiesta en el jardítK «La literatura me aburre. Leo con cierta repugnancia lascartas de Flaubert sobre la santidad del arte. Me aburren los personajes inventados y las tramas inventadas. Pocas veces consigo leer una novela hasta el final. Resulta extraño, pero el hecho es que los novelistas no suelen leer novelas. Muchas palabras y pocas observaciones exactas. ¡Madre mía, cuánta verborrea! Este, por ejemplo... ¡cuántas palabras necesita para imaginar ser alguien que no es! ¿Para qué Union Europea esté funcionando como una comunidad económica y que se esté preparando una Constitución. Estos son los asuntos realmente importantes y determinantes, no sólo los chismorreos de quién es nuevo o viejo. Puestos a hacer diferencias, tampoco tiene mucho sentido establecerlas porque, según eso, también podría decirse que América es más vieja que Europa, ya que la Constitución americana, como carta democrática, es la primera, M . M • Hablemos un poco de la relación de América con Europa, o si se prefiere de «América en Europa». G. K • Cuando intervino en Europa, América lo hizo en casos malos. No tenía muchas ganas de intervenir como aliado de Gran Bretaña en las dos guerras mundiales, pero lo hizo, manteniendo esa solidaridad con sus aliados. Impuso la democracia en Alemania y en Japón y de algún modo detuvo el avance de las dictaduras rusa y china. Yo estuve en el año 82 hacerte pasar por alguien que no eres? Un autor simula ser el cronista de los hechos ocurridos; el otro hace aparecer un manuscrito perdido; el tercero transmite cuanto le dijo un desconocido en el tren. También podrías escribir lo que pensarías si fueras ballenero o atracador de bancos. Porque al menos tendrías más acción que esta pérdida de tiempo con las palabras. En todas mis novelas, me he descrito más viejo de lo que soy y me he atribuido una biografía más rica en aventuras. Con el paso de los años, sin embargo, comenzamos a considerar digno de descrihir incluso aquello que antes desechábamos. El joven escritor teme que su pequeño morral no sea tema para la literatura. Ahora ya sé que mis amigos son más interesantes que los personajes de mis novelas. Mis amigos se crearon a sí mismos con mayor inspiración, con el enorme esfuerzo de toda una vida» (p, 51). Personalmente, no estoy de acuerdo con Konrad cuando escribe que «no es ésta una novela como Dios manda». Lo es, y por eso he titulado esta glosacomentario de esta manera. Apruebo que «cadapersonaje busque su propio futuro», llegando incluso a autt »presentar se, a declarar que quieren contar sus • va tares e incluso a en Alemania y entonces hubo muchas man ¡testaciones en contra de las bases norteamericanas y de sus misiles. Pero cuando los americanos dijeron que ya no ponían más bases y que se iban del país, también hubo protestas porque los alemanes necesitaban esa protección, aunque al mismo tiempo no querían que los americanos estuvieran allí. Ese es un problema de lógica difícilmente resoluble. Aunque nunca se planteó la pregunta de cómo resolverlo juntos. Y eso es lo que ocurrió al final. M, M • Actualmente ¿qué se considera más: novelista, ensayista u hombre de ¡deas? ¿Cuáles son sus últimos libros aparecidos en Hungría? G. K Creo que soy el mismo en todas las facetas, aunque lo que hago preferiblemente es ser novelista. En Hungría han aparecido dos libros míos últimamente. Uno se titula Partir y regresar, y el otro, que es como su continuación, Arriba, en el monte, en el momento del eclipse de sol, aunque el título en húngaro es más breve. Son, para definirlos de algupermitirse dar consejos al autor. Éste, por su parte, nos aclara en el propio texto novelístico os oficios con que se vincula: «El artesano, el carpintero o el apicultor me son más próximos que el obrero industrial o el oficinista»; su gozo y su pena y hasta su modo de organizar una jomada: «Mi día de trabajo empieza temprano en la cama y ni siquiera se interrumpe de noche cuando sueño. Es, por así decirlo, un día de trabajo vitalicio». Una cosa parece clara: la libertad del creador—como la del mismísimo Dioses absoluta. «Escribir es una continua trasgresión, una continua violación de fronteras». Y Konrád las viola, claro que las viola, más o menos justificadamente o —mejor— con mayor o menor fortuna. En definitiva, este arriesgadísimo libro —novela de una novela— se ha convertido en un auténtico cajón de sastre, al que a su artífice, tal vez, se le haya ido a veces de las manos —o que sea a mí a quien se le haya escapado—. Carece de esa unidad incontestable y compacta que, por citar otra novela centtoeuropea, tiene La broma, de Milán Kundera. Porque Konrád, de quien hasta ahora sóio cono» ría forma, dos «novelas autobiográficas», que cubren desde los años de antes de la guerra, los de la guerra, la posguerra y hasta nuestros días. Durante la guerra yo vivía en provincias, en un pueblo llamado Berettyoújfalu, aunque desde mayo de 1944 hasta mayo de 1945 no, porque si me hubiese quedado allí, habría terminado en Auschwitz. Yo tenía once años y mis padres fueron detenidos por la destapo y deportados. Era el método que solían utilizar: escogían primero a los más pudientes de las ciudades o pueblos pequeños. Mi hermana y yo, junto a dos primos, nos quedamos en Budapest. De Budapest nos enviaron unas cartas de invitación, que ya no se podían cursar porque era demasiado tarde. Entonces yo soborné a la autoridad local y nos dieron un pase para viajar. Así que un día antes de que el pueblo donde vivíamos se convirtiera en un güero, pudimos llegar a Budapest. Los demás jóvenes de la población, al cabo de dos semanas, ya se habían convertido en humo. En realidad, en tebrero de 1945, estábamos ya de regreso en nuestra ciamos en castellano El cómplice (Alfaguara, 1987), quiere contamos demasiadas cusas y, aunque tiene la disciplina de la frase, no posee la de la historia. Ahora bien, esta pequeñísima objeción de lo que no es más que resultado de la ambición del autor, no empaña la soberbia y apabullante personalidad narrativa que Lite tras estas páginas. Um fiesta es un libro claramente cenrroeuropeo, heredero y continuador de esa tradición, posiblemente la mejor de la literatura del XX. Como Tilomas Mann, Konrád tiene una implacable mirada de entomólogo, capaz de ventilar una atmósfera en cuatro líneas. Como botón de muestra, sirva esta descripción: «Han dejado atrás los años y están sentadas con sombreros y chales de seda; todavía disfrutan de la tarta de chocolate con nata. Tienen una mesa reservada, juntas fueron a la escuela, se birlaron los respectivos amantes, enviudaron y enterraron a sus hijos suicidas; tienen problemas digestivos y puentes de oro en la boca y sus ojos expresan una sabiduría ladina y curtida por el tiempo. Suelen nadar juntas por las mañanas, cuerpo pegado a cuerpo en la piscina; se cuentan lo que cocinaron el día anterior, discuten la última dieta de moda; una de ellas tiene pequeña ciudad. Mis padres, debido a una serie de circunstancias bastante increíbles, lograron sobrevivir. Fueron deportados a Austria y esto también hay que atribuirlo a una casualidad, porque en principio el tren donde iban se dirigía a Auschwitz, y el otro, el que no debían tomar, a Austria. Por un azar se equivocaron de tren. En aquella época había muchas cosas así, puras casualidades, y como resultado, de la pequeña ciudad donde vivíamos, donde había más o menos mil judíos, nosotros fuimos los únicos adolescentes que quedaron con vida y nuestra familia, la única que quedó intacta. Yo tenía entonces once años, pero si hubiera tenido catorce, como Kertész, habría tenido más posibilidades de sobrevivir, porque a esa edad eran enviados a los campos de trabajo. Sin embargo, a los once, uno era enviado directamente a! crematorio. una mujer de la limpieza que es un ángel, la otra una que es una bestia y una mangante. Cuando alguien entra no tardan ni un segundo en examinarlo desde los zapatos hasta los guantes de seda», ¿No podríamos decir que conocemos bien, a la perfección, a estas señoras? Posiblemente, no se equivoca Konrád al asegurarnos: «Mi vida no habrá sido más rica en acontecimientos que la de otros. Sólo la repetición en la imaginación la hace rica, El objeto resulta tanto más misterioso cuanto más intensa es la atención». Por si esto fuera poco, el texto está salpicado de hermosísimos destellos líricos: «En el tapiz de! respaldo un ermitaño y un ángel hablan a orillas de un lago»; «el alma tirita de frío y pide volver con su madre»; «guardé el puño en el bolsillo de mi pantalón con el mismo cuidado que si llevara una golondrina*. Lo diré de una vez: esta prosa me parece superior a la de la mayoría de los últimos premios Nobel. Quien fuera presidente del PEN Club del 90 al 93 ha nacido para escribir o, al menos, ha escrito mucho, es posible que a lo largo de toda ¡a vida. Y ha llegado a ese punto donde escribe como le da la gana, sin piedad para con el M. M • ¿Qué recuerda del resto de la gente del lugar? ¿Les ayudaban? G. K • La mayoría se mostraba indiferente. Había una minoría que se alegraba de que a los judíos les tocara pasar problemas. Dentro de esto, había otra pequeña minoría, la de, por ejemplo, los miembros del partido nazi húngaro, los «cruces flechadas», que formaron comandos voluntarios de ejecución. Por otro lado, también había personas que miraban a los judíos con simpatía y los ayudaban hasta cierto punto. Había gente que los ayudó a esconderse. Otros propusieron esconder los bienes de los judíos (y los escondieron bien escondidos: definitivamente). También otra gente les dijo: «Mira, tú ahora estás en una situación muy difícil, yo te doy mis papeles para que intentes escapar». También había gente que en sus casas construyeron huecos donde escondieron a judíos y les pasaban comida todos los días para que se pudieran alimentar. Había de todo. lector, sin indulgencia con quienes no tienen ni tendrán la paciencia de leerle. Konrád sabe bien que ei lector le tomará al principio por un loco, que luego empezará a dudar y a crear su propia novela —que es lo que en el fondo quiere—: Me encanta imaginar un libro con anillas cuyas hojas se puedan sacar y cambiar de orden según el gusto de cada uno». «Entre la agonía de la muerte y la ilusión de la novia, aquí estoy, aguardando la inspiración». Con esta cita, quedan enunciados los tres temas fundamentales sobre los que reflexiona este maestro de la inseguridad, que es Konrád: la muerte (la decadencia, el holocausto), la novia {el amor, la mujer) y la inspiración (la literatura, la creación). Al acabar la lectura de esta novela, son innumerables las sensaciones e ideas que se agolpan en mi mente y en mi corazón, rendidos a la genialidad de Konrád. M. M • Por último, usted pertenece a un país eminentemente literario. En alguna ocasión ha comentado que es «en relación a ¡a lengua y a la literatura por lo que se define a la nación húngara». ¿Qué experimentó al serle concedido el Premio Nobel de Literatura a un compatriota suyo, Imre Kertész, primer galardón concedido a un escritor en lengua húngara de la historia? G, K Me alegré y, sin duda, se lo merece. Pero yo siempre he estado convencido de que los escritores no juegan en ningún tipo de «equipo nacional» encaminado a ganar premios como el Nobel. Aunque me alegré, claro está, dada su biografía, y dado el tema que trata. Aunque Kertész dijera recientemente en una entrevista que el verdadero tema de su obra no es el «ser judío», sino un cierto período del comunismo en Hungría, normalmente es imposible no identificar su nombre y su biografía con sus novelas. Aunque también es cierto que una situación de opresión se puede trasponer a las diferentes condiciones humanas. Sólo su novela Sin destino merece ese premio, sin duda. MERCEDES MONMANÍ Quedan, ciertamente, muchas consideraciones de carácter filosófico, sea sobre la condición humana en general, sobre la vejez o decadencia física, sobre la tarea del intelectual, sobre el nomadismo, sobre la identidad centroeuropea de «los resignados habitantes de los países del Este», que no podemos abordar en esta ocasión. Consciente de que «cada instante es muchísimo más que su huella», y de que «es imposible saber lo que ocurrió», Gyórgy Konrád ha realizado esta empresa narrativa de forma magistral, poniéndose entre paréntesis—como superviviente que es—, sin sentirse ofendido —pues sabe que su único instrumento es la palabra— y sin necesidad de justificarse —sólo de relatar la odisea del individuo frente a la sociedad, que es el eterno tema de toda novela. PABLO D O R S