Nueva Revista 075 > Obras y razones de Manuel Azaña

Obras y razones de Manuel Azaña

José Luis Comellas

Sobre el libro que trata de desvelar la figura de Manuel Azaña y su implicación en el desecadenamiento de los hechos del 36. "Azaña y la guerra de 1936".

File: Obras y razones de Manuel Azaña.pdf

Referencia

José Luis Comellas, “Obras y razones de Manuel Azaña,” accessed April 2, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1648.

Dublin Core

Title

Obras y razones de Manuel Azaña

Subject

Historia

Description

Sobre el libro que trata de desvelar la figura de Manuel Azaña y su implicación en el desecadenamiento de los hechos del 36. "Azaña y la guerra de 1936".

Creator

José Luis Comellas

Source

Nueva Revista 075 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

Document Item Type Metadata

Text

Obras y razones de Manuel Azaña Con mirada crítica de quien aprecia el rigor de un historiador de la talla de Federico Suárez, José Luis Cornelias comenta un libro que trata de desvelar la figura de Manuel Azaña y su implicación en el desencadenamiento de los hechos del 36: Azaña y la guerra de 1936, Rialp, Madrid 2000. ería deseable que los historiadores se decidieran a trabajar respetando Sen su desnudez los datos que nos proporcionan las fuentes, sin agarramos a nuestra opinión, y teniendo la honradez de rectificar cuantas veces la crítica demuestre su inconsistencia. Y, sobre todo, a no erigirnos en jueces de vivos y muertos». Es un bello precepto, que todo historiador con vocación de tal no dudaría en aceptar de buenas a primeras. Con la añadidura de que todo eso no sólo sería deseable, sino exigible en cuanto condición necesaria para que la ciencia de la Historia merezca el nombre de tal. Explicar por qué ese precepto no se cumple muchas veces resulta más difícil de lo que pudiera imaginarse a primera vista. Cabe, por supuesto, la intencionalidad previa, el prejuicio, e incluso, por qué no, el deseo deliberado de establecer como verdad lo que se sabe o se sospecha que no lo es. Con todo, una suposición tan simplista podría pecar de aventurada en muchas ocasiones, tal vez en las más. Cuentan de igual modo las convicciones íntimas, que muestran como presupuesto lo que no es evidente; cuentan el tipo y el linaje de la información recibida —o de la información disponible—, como cuenta, quizá sobre todo, la imposición de lo que se lleva, de lo bien visto, de lo que está en la cresta de la ola y se convierte de pronto en una suerte de autoridad. Es esa «fuerza moral», equivalente en sentido amplio a la fuerza de la moda, de que hablaba Raymond Aron, bien entendido que en este caso la palabra «moral» no se toma en su sentido ético, sino en el de «mos», como costumbre, en cuanto que la costumbre tiende a crear obligación. Y cada época de la Historia, como cada época de la historiografía, tiene su «mos», su dictado de la moda, que obliga de tal suerte que resulta no sólo ingrato, sino peligroso nadar contra corriente. Lo que cada generación ha entendido como «políticamente correcto» —valga la mostrenca expresión en su sentido más amplio— ha constreñido los criterios al punto de consagrar estilos, términos, maneras de entender las cosas que han llegado a caracterizar un momento o un ambiente históricos determinados. Cómo se amasa o cómo se genera una leyenda rosada o una leyenda negra es también un producto de la fuerza de determinadas corrientes de opinión que en tal o cual caso actúan. Con la diferencia de que la «leyenda» traspasa cronológicamente la época de vigencia de la corriente que le dio origen, y se consagra por mucho tiempo de forma difícilmente destructible. Ir contra una corriente de este tipo equivale a estrellarse contra un muro compacto. La leyenda se revela paradójicamente más fuerte que el argumento. Y todo intento honrado de debelación de una leyenda tropieza al mismo tiempo con una dificultad metodológica inevitable, en cuanto que el debelador no puede emplear las mismas armas dialécticas que sirvieron para la creación de la leyenda. Luchar honestamente por corregir una exageración no consiste en cometer una exageración en sentido contrario, que podría hacer uso del principio de equivalencia de fuerzas, y resultaría por ende mucho más eficaz: ha de limitarse a dejar las cosas en su sitio, no «en el sitio contrario» ; y es esta no equipolencia en los vectores la que dificulta la noble tarea de la revisión. La leyenda de Manuel Azaña se explica en parte, de acuerdo con la expresión de Federico Suárez, por razón de que «se ha puesto demasiada atención a las palabras y demasiada poca a los hechos». Federico Suárez ha pasado toda su ya larga y fecunda vida de historiador constatando cuidadosamente los hechos y haciendo muy poco caso a las palabras. Buscando la realidad y huyendo de las interpretaciones. Por eso, cuando tropieza con la figura de Azaña, va al análisis directo de lo ocurrido, y al de las consecuencias de lo ocurrido, que constituye, por supuesto, un nuevo y ulterior género de ocurrencia. Manuel Azaña es considerado por uno de sus más conocidos biógrafos como «el hombre de Estado más capaz que haya tenido la España del siglo XX». Se da la circunstancia de que ese mismo biógrafo afirmó que «las palabras son tan importantes como los hechos». En Historia, habría que entender. Y se explica que Suárez, el historiador para quien las palabras vuelan y los hechos permanecen como piezas inamovibles —puesto que lo ocurrido ya nunca podrá dejar de haber ocurrido—, apele a los hechos y a sus consecuencias inmediatas para comprobar si las palabras han sido consecuentes con los eventos o no, si han poseído o no una virtualidad histórica. Y es que nadie le discute a Manuel Azafta su vasta cultura, su estilo de escritor original, en casos primoroso, su capacidad para encontrar la expresión adecuada en el momento adecuado, su brillantez oratoria, su facilidad para provocar el aplauso. Se le ha juzgado, además, preferentemente por sus últimos más que por sus primeros escritos, y este hecho puede tener también su importancia. Hombre de talento, eso es incuestionable, y no se ha cuestionado. Hombre de Estado, en el sentido de poseedor de una peculiar capacidad para dirigir por seguro y feliz camino la nave de la cosa pública, es realidad mucho más propensa a ser puesta en cuestión. Hay misterios, desde el punto de vista de su trascendencia a la Historia, en la vida de Azaña. Hasta los cincuenta años fue un hombre relativamente poco conocido, y en el campo de la política, absolutamente desconocido, excepto para un pequeño grupo de afines. Tranquilo funcionario de la Dirección General de Registros y Notariado desde 1910; secretario del Ateneo de Madrid, desde 1912; miembro del partido Reformista desde 1913, se presentó por cuatro veces como candidato a diputado, y no salió elegido en ninguna de ellas: ni parece, tampoco, por lo que sabemos, que hubiera puesto gran empeño en ello. Sus inquietudes eran más literarias que políticas, aunque su Vida de Juan Valera, que le valió en 1926 el Premio Nacional de Literatura, no fue publicada, y su éxito con una novela, que todos, excepto él mismo han considerado autobiográfica, El jardín de los frailes, fue relativo. En vísperas de la caída de la monarquía no sólo era muy escaso el número de personas relativamente cultas que sabían quién era Manuel Azaña, sino que él mismo tampoco parecía esperar demasiado de la vida cuando se lamentaba en sus Diarios de la «soledad y absoluta falta de ambición que siempre he tenido». Cierto que el Ateneo fue un foco de republicanismo por los años de la Dictadura, y que en la rebotica de Giral, Azaña siempre se caracterizó por llevar la voz cantante entre los republicanos. Pero su participación personal en los sucesos del 14 de abril de 1931 fue mínima, o por lo menos discreta. Y sin embargo, días más tarde, se había convertido en un hombre clave de la República, y lo sería de una forma u otra hasta el final. Federico Suárez analiza, con excelente información, a la que aquí no hay espacio ni tiempo de aludir, las palabras y los hechos de Azaña durante su bienio. Palabras que llegaron mucho más lejos que los hechos, no sólo a la hora de las proclamaciones, sino, lo que quizá fue peor para él y para la propia República, a la de las descalificaciones. Frases tan famosas y tan innecesarias como «España ha dejado de ser católica», o «hay que triturar al Ejército», que no coincidían además ni siquiera con los reales propósitos de su autor, pudieron ser factores nada despreciables a la hora de crear un clima conducente a la guerra civil. Fue un bienio tan azaroso en la vida del país como reconfortante para el principal dueño de la situación —seis meses ministro de la Guerra, casi dos años presidente del Gobierno—, a juzgar por el testimonio de sus Diarios, auténtico ramillete de autoalabanzas, como de duros juicios no sólo sobre sus enemigos, sino sobre los que no eran exactamente amigos. Confianza, seguridad, conciencia de éxito, audacia en las medidas, aunque no tanta como en las palabras. El año 1933 señaló el declive, iniciado con la desgracia brutal de Casas Vielas, en la que Azaña no tuvo responsabilidad, pero de cuyo estigma no supo cómo librarse, y culminado por las elecciones de septiembre, que dieron el poder al centroderecha. El comentario del ex presidente a su cuñado Cipriano Rivas Cherit: «se acabó la República», lo dice todo. La República era él. No había otra versión concebible. La contraofensiva tardaría en llegar, pero fue una manifestación de fuerza y seguridad en sí mismo. Los famosos mítines «a campo abierto» de 1935, ante inmensas multitudes, con un empleo sin tasa de todos los recursos de la oratoria —también, a juzgar por las palabras pronunciadas, de la demagogia— tuvieron la virtud de levantar eso que se llamó el azañismo, un movimiento que duró muy poco, pero el tiempo suficiente para imprimir nuevos rumbos a la Historia. Así se llegó al discutido pero fáctico triunfo del Frente Popular, la segunda gran audacia de Azaña, en este caso fracasada a todas luces, porque la alianza no sirvió más que para provocar el vuelco electoral. A partir de febrero de 1936, esa dualidad de poder tan bien definida por Brinton como consustancial a los Estados revolucionarios, el poder del gobierno y el poder de la calle, desembocó muy pronto en un trágico divorcio. Se explica el sombrío comentario del teórico vencedor a su cuñado: «Tal vez sería mejor que no hubiésemos ganado las elecciones»; o la todavía más sombría nota que escribió para sí el 17 de marzo: «no sé cómo vamos a arreglar esto». No hubo arreglo. Ni fue posible controlar a las masas revolucionarias, ni tampoco lo fue evitar el golpe militar, secundado por una parte de la población civil. Quizá el impecable seguimiento de los hechos realizado por Federico Suárez alcance un nivel inesperado de profundo análisis psicológico cuando va comparando el estilo y el espíritu que informan los Diarios, las Memorias políticas y de guerra, los Cuademos de La Pobleta y los Cuadernos de Pedralbes. Cuanto más declina la estrella de Azaña, cuantas más desdichas sobrevienen a su patria, más se alza la calidad literaria, la penetración en los problemas, la profundidad de los planteamientos. Quizá el análisis de este itinerario, que es también el de la soberbia a la humildad, constituya el mayor acierto, no sabemos si inesperado, de un libro denso que, ateniéndose a los hechos, de pronto nos hace comprender muchas más cosas. Un libro o dos libros. La parte final corresponde a diez estudios breves sobre la guerra civil. Era quizá el colofón necesario, aunque las ideas centrales son ya muy distintas. A Federico Suárez le interesa especialmente el tema de las causas de la guerra como única explicación posible al dramático enfrentamiento que siguió. La enumeración paciente de los hechos previos —sobre todo a partir de febrero del 36— llega a hacerse no por fríamente enunciativa menos sobrecogedora. Y, como en otros estudios del propio Suárez, se destaca también el carácter religioso, hasta a su modo consagrado también por los enemigos de lo religioso, que tuvo la contienda. Es este dramatismo de lo fundamental, de la hondura de las convicciones y de las fidelidades, el que ha conferido a la guerra civil ese carácter de vivida tragedia humana que apasionó a tantos millones de seres en el mundo, y que inspiró más de mil novelas y alrededor de doscientos treinta mil relatos distintos, entre buenos, regulares y malos. JOSÉ LUIS COMELLAS