Nueva Revista 074 > Riqueza y patrimonio, el español en la Sociedad del Conocimiento

Riqueza y patrimonio, el español en la Sociedad del Conocimiento

Pilar Del Castillo

El autor hace referencia al estudio y debate de la situación y perspectivas de nuestro patrimonio más preciado. de nuestro medio de civilización más poderoso: la hermosa lengua española.

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Pilar Del Castillo, “Riqueza y patrimonio, el español en la Sociedad del Conocimiento,” accessed December 14, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1600.

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Riqueza y patrimonio, el español en la Sociedad del Conocimiento

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Riqueza y patrimonio, el español en la Sociedad del Conocimiento

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El autor hace referencia al estudio y debate de la situación y perspectivas de nuestro patrimonio más preciado. de nuestro medio de civilización más poderoso: la hermosa lengua española.

Creator

Pilar Del Castillo

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Nueva Revista 074 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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Riqueza y patrimonio: el español en la Sociedad del Conocimiento por PILAR DEL CASTILLO ueva Revista ha dedicado a la lengua española frecuentes artículos Ny recensiones antes de este excelente número monográfico. Recuerdo todavía dos de gran interés: uno, del marqués de Tamarón, de 1993, y otro de Rafael RodríguezPonga, de 1998. A propósito de las lenguas, no comparto la concepción romántica que establece una relación esencialista e intraducibie entre éstas, la cultura y la organización política de un pueblo. A pesar de todo, las culturas pueden ser traducidas —cierto que con mayor o menor fidelidad— y la comunidad de lengua no implica la unidad política. Esta última, a su vez, puede desarrollarse y hacerse bien honda en la conciencia de un pueblo que cuente con diferentes lenguas maternas. La lengua española constituye la savia de nuestra cultura y de nuestra nacionalidad y es, además, el fundamento de nuestra proyección universal, pensando, lógicamente, en términos iberoamericanos. La capacidad de integración de otros caudales lingüísticos y la de crecer y expandirse son dos caracteres permanentes de nuestra lengua. Lengua que se denominó castellano por el empeño del rey Alfonso X, quien desplegó también grandes y decisivos esfuerzos para transformarla, allá por el siglo XIII, en lengua culta. En este empeño resultó decisiva la labor de la escuela de traductores de Toledo. Asimismo, el español tuvo varias denominaciones originales (lengua vulgar, romance, román y español, además de castellano). Esa discusión entre llamar a nuestro idioma castellano o español, bastante artificiosa por lo reduccionista que resulta la primera, perdura todavía en la actualidad. En todo caso, tal y como nos recuerda el gran historiador de la lengua española, recientemente desaparecido, Rafael Lapesa, español y españoles son gentilicios acuñados, en el territorio de la Marca Hispánica, a finales del siglo XIII: «La prueba de que español no es palabra nacida en los dominios de nuestra lengua —explica Lapesa— es que, de serlo, habría dado españueb, como hijuelo...». La capacidad, pues, para la mezcla y la síntesis con otras lenguas y dialectos, la vocación de comunicar y unir a las gentes y un especial cuidado de los especialistas para forjarla y mantenerla como lengua culta y unificada, éstas son las lecciones fundamentales que nos proporciona la historia del español como lengua de cultura y comunicación universales. Sin duda, también la han favorecido su sencillez ortográfica y sintáctica, la transparencia de su fonética y la extraordinaria riqueza literaria y poética que ha ido acumulando con el paso del tiempo. Con todo, y afortunadamente, la lengua española no representa sólo un pasado extraordinario, sino, antes bien, un futuro lleno de promesas y de responsabilidades. Con más de cuatrocientos millones de hablantes al terminar el siglo XX, que ascenderán a quinientos, aproximadamente, al término del siglo que ahora comienza, el español es la cuarta lengua más hablada del mundo, tras el inglés, el chino mandarín y el hindi. Son veintiuna las naciones que tienen el español como lengua oficial, que —y éste es un dato especialmente significativo— es la lengua que habla más del 90% de los habitantes de esos países. Así, para RodríguezPonga, nuestra lengua es universal, puesto que fue y sigue siendo la lingua franca de todos los habitantes de la península, incluidos los portugueses; es multitudinaria por el número de hablantes y es internacional, al vincular a un amplio grupo de países que la comparten como lengua materna2. Las grandes expectativas de crecimiento del español —que tendrán, además, consecuencias de mayor calado para su porvenir— se localizan en los Estados Unidos, debido al crecimiento de la comunidad hispana y al apego de ésta al español. El otro caso lo representa Brasil, donde el español va camino de convertirse en la segunda lengua del país. Estas perspectivas nos recuerdan otra recomendación fundamental de Lapesa: los españoles somos coadministradores y no dueños del idioma, cuya base esencial de expansión está en Iberoamérica. Pensemos que es desde allí, desde donde ha empezado a penetrar en China y otros países de Extremo Oriente y donde se localiza, con diferencia, su más importante potencial de crecimiento. Tranquiliza comprobar que los riesgos de fragmentación que conlleva el anterior crecimiento, tan vigoroso, del español están neutralizados con eficacia gracias a la unificación de usos que hacen posible los actuales medios de comunicación y, en relación con los segmentos de población más cultos, gracias a la labor fundamental que llevan a cabo las academias de la lengua de los países iberoamericanos. Entre ellas, destaca por su papel mediador la Real Academia Española, cuyo trabajo de integración suscita el respeto y la aceptación generalizados. No hay duda, en este campo, de que el conjunto de los académicos iberoamericanos hace honor a la herencia de Nebrija. Tampoco podemos quejarnos de la abundancia y calidad con que la creación literaria sigue fluyendo por el amplio cauce del español, así como del cultivo de nuestra ortografía y de nuestra gramática. Existen, sin embargo, datos menos esperanzadores. Aunque el español ocupe el cuarto lugar entre las lenguas más habladas del mundo, alcanzamos solamente el puesto séptimo en cuanto a traducciones de otras lenguas a la nuestra. También es preocupante que, constituyendo el 6% de la población mundial por el número de hablantes, representemos tan sólo el 5%o de las publicaciones científicas y técnicas. La solución de los problemas que esas cifras entrañan depende, como es lógico, de que aumente nuestra capacidad de contribuir en mayor proporción a la investigación científica y tecnológica entre los países avanzados. No obstante, organismos como el Instituto Cervantes vienen desempeñando y se proponen desempeñar en el futuro un papel de vanguardia para vincular estrechamente el español con la Sociedad de la Información y multiplicar todo lo posible su presencia en la red, es decir, para asociar estrechamente nuestra lengua a las nuevas tecnologías y, por ese camino, proporcionar a su enseñanza y a la difusión del poderoso sector editorial y cultural de nuestro país toda la proyección internacional y todo el peso económico de que son capaces. Cuando se acerca la celebración del II Congreso Internacional de la Lengua (previsto para el próximo mes de octubre en Valladolid), cuyos promotores son la Real Academia Española y el Instituto Cervantes, encuentro especialmente oportuno que una publicación tan querida para mí como Nueva Revista dedique un número monográfico al estudio y debate de la situación y perspectivas de nuestro patrimonio más preciado, de nuestro medio de civilización más poderoso: la hermosa lengua española. PILAR DEL CASTILLO NOTAS 1 Rafael Lapesa Melgar, «España creadora de una lengua universal», Reflexiones sobre el ser de España, Real Academia de la Historia, Madrid 2000, p. 505. 2 Rafael RodríguezPonga, «El español, lengua universal», Nueva Revista ne 60 (diciembre 1998), pp. 7599.