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Mito y realidad de los griegos en Iberia

Manuel Bendala

Análisis de los supuesto históricos y literarios de las relaciones entre ibero y griegos con motivo de la exposición del Museo Arqueológico Nacional "Los griegos en España. Tras la huella de Heracles".

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Manuel Bendala, “Mito y realidad de los griegos en Iberia,” accessed October 6, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1506.

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Mito y realidad de los griegos en Iberia

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Ciencia y pensamiento

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Análisis de los supuesto históricos y literarios de las relaciones entre ibero y griegos con motivo de la exposición del Museo Arqueológico Nacional "Los griegos en España. Tras la huella de Heracles".

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Manuel Bendala

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Nueva Revista 069 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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Mito y realidad de los griegos en Iberia El pasado 15 de febrero se inauguró en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid, la exposición «Los griegos en España. Tras las huellas de Heracles», comisariada por Paloma Cabrera Bonet, Conservadora de dicho museo, y Carmen Sánchez Fernández, profesora Titular de la Unversidad Autónoma de Madrid. Se trata de una versión ampliada de la presentada en Atenas con el mismo título, en Mayo de 1998, con ocasión de la visita oficial a Grecia de SS. MM. los Reyes de España, y que ha sido patrocinada por la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Manuel Bendala analiza los supuestos históricos y literarios de las fecundas relaciones entre iberos y griegos. [Ilustración: Heracles en el cuenco del sol. Copa ática a la manera de Douris, 470 a.C.] s un acierto que una realidad de presente y de futuro, como es —con sus diversas facetas— la relación con Grecia, se acompañe de un Erecordatorio de las raíces que la alimentan, evocadas en una hermosa exposición que —más allá de su mera oportunidad, ciertamente indiscutible— proporciona un excepcional vehículo con el que recorrer el proceso de acercamiento de los dos ambientes culturales en la Antigüedad. bajo la mirada de Heracles Es bien sabido cómo Heracles llegó hasta este extremo del Mediterráneo para llevar a cabo sus últimos y más peligrosos «trabajos»: robar sus hermosos toros al rey tartésico Gerión, obtener las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, ninfas de Poniente, y puede que su entrada a los infiernos para capturar al terrible perro Cerbero la hiciera también por estas tierras extremas. Antes, Perseo había llegado hasta aquí para enfrentarse a la monstruosa Medusa, de cuyo cuello, al serle cercenada la cabeza, nacieron Pegaso y Crisaor, padre de Gerión. Esta densa tradición mítica prologa y cubre —con las luces y sombras de su particular carácter— un primer y dilatado capítulo de un proceso de expansión del mundo griego al extremo occidental del Mediterráneo que fue decisivo para la evolución de las culturas ibéricas. El gran desarrollo de la investigación arqueológica en los últimos años y sus espléndidos resultados, permiten ver en la tradición mítica el filtro y el recuerdo de una espectacular etapa de ampliación del horizonte histórico y geográfico de las culturas que, asomadas al Mediterráeo desde su cuenca oriental, lograron convertirlo en un mar interior, dominado primero por una asombrosa concatenación de audacia y de capacidad técnica, domesticado al fin hasta el punto de que la potencia que se haría con esa prodigiosa herencia, Roma, podía llamarlo, con casi insultante familiaridad, more nostrum. El que empezó por ser un ambiente desconocido y hostil, lleno de los mil peligros que, atenuados ya, reunía la fábula de Homero en torno al atribulado Ulises en su accidentado periplo, se había transmutado en un mar interiorizado y propio, el eje, y no el límite, de un mundo cohesionado alrededor del Mediterráneo, con las virtualidades que ello le otorgaba y que tan acertadamente subrayaría después el historiador Fernand Braudel. INFLUENCIAS MICÉNICAS Los estudios arqueológicos y lingüísticos han demostrado que a esa trascendental empresa dió un inicial y decisivo impulso la primera civilización helénica, la de los griegos micénicos. La búsqueda de nuevos mercados y, sobre todo, de los metales más demandados entonces —el codiciado estaño, aleación clave del mejor bronce, la plata, el hermoso oro para los fastos de los poderosos— llevó a los micénicos a tener una importante presencia en Italia, en Sicilia, en la más lejana Cerdeña, y aún a establecer contactos con la Península Ibérica, directos o indirectos, como demuestra el hallazgo de cerámicas micénicas en Andalucía. Además de poseer magníficas tierras, de ser la Península una plataforma abierta al inmeso Océano —enseguida contemplado por aquellos intrépidos pioneros como un ámbito a dominar lleno de posibilidades, asombroso por una flora y una fauna que se incorporaron pronto al imaginario mítico y real de los griegos—, abundaban aquí los metales que todos entonces ambicionaban, y era la plataforma adecuada para aprovechar las novedades metalúrgicas desarrolladas por las activas culturas del Bronce Atlántico y para acercarse a las míticas islas que los griegos lamaron Kassiterídes, productoras del codiciado estaño (kassíteros). Estas son las condiciones que dieron lugar a la aparición aquí de una civilización real y legendaria, Tartessos, cuya consolidación —tan sobresaliente que mereció los honores del mito— fue el apeo de un puente de comunicación entre el oriente y el occidente mediterráneos que habría de ser definitivo. El vigoroso impulso de su construcción primera por obra de los micénicos o sus herederos más o menos directos es el que encarna con propiedad el esforzado Heracles y simbolizan sus hazañas sobrehumanas. Con él, la oikouméne, lo que con término muy expresivo —derivado de oikos (casa, habitación)— era para los griegos el mundo conocido y habitable, alcanzaba este extremo del Mediterráneo, que aquí tenía un punto final, señalado por las rocas de Calpe y Ábila que flanquean el Estrecho de Gibraltar, desde entonces asociadas a las hazañas del semidiós y fijadas en el ideario de los pueblos mediterráneos como las Columnas de Heracles. DESPUÉS DE LA GUERRA El resquebrajamiento del frágil equiDE TROYA librio internacional en el que bulleron los emprendedores navegantes micénicos dejó paso a un período oscuro, en el que se barruntan movimientos de muchas gentes por el ya declaradamente abierto Mar Mediterráneo. En medio de la oscuridad, los estudios arqueológicos van abriendo luces cada vez más potentes, que acompañan a los flashes, iluminadores y cegadores a un tiempo, de relatos de viajes tan polémicos y atractivos como los agrupados en las sagas de los nostoi, los «retornos» de los participantes en la guerra de Troya, que alcanzaron las costas de nuestra Península. De lo uno y de lo otro se obtiene la conclusión de que los contactos, aunque irregulares, esporádicos y difíciles de determinar, no quedaron completamente interrumpidos, y todo viene a configurar una importante época caracterizada modernamente como propia de la «precolonización», en la que, en relación con lo que ocurriera en la Península, no es descartable la llegada de gentes insertas en la tradición griega o submicénica, con consecuencias y alcance, sobre todo en relación con la mitificada Tartessos, que la investigación trata de aclarar con interés y éxito crecientes. LOS FENICIOS Pasada la etapa de crisis, según avanzaba el siglo IX a.C., retomaban las potentes ciudades del oriente Mediterráneo sus empresas decididamente colonizadoras, amparadas ahora por nuevos logros técnicos, tanto en la fabricación de los barcos —con una punta de lanza en bajeles tan ágiles y marineros como la pentekóntera griega— como en el dominio de sistemas de orientación de base astronómica, un amarradero revolucionario para asegurar las rutas y hacer frente a la peligrosa penetración en la mar. En lo que hace a la Península, tomaron ventaja en la nueva época los fenicios, bien asidos con sus colonias a la costa africana, que se apresuraron a fundar una base principal en Gadir (Cádiz), activa ya, al menos, desde muy a comienzos del siglo VIII a.C. Desde ella, arropada con una tupida red de establecimientos cada vez mejor conocidos y más asombrosos por su envergadura urbana, llegaron los fenicios a monopolizar casi el flujo de mercancías y bienes que eran capaces de poner en circulación los tartesios. Alcanzaban éstos, a cambio, su etapa de mayor esplendor, directos beneficiarios de una acción civilizadora que ha oscurecido la propagación de una imagen de los fenicios teñida sesgadamente por el señalamiento de virtudes nacidas apenas de la astucia y del afán de lucro de sus comerciantes. GRIEGOS Y TARTESIOS Los griegos, en relación con el floreciente mercado tartésico, hicieron presencia más tarde y en situación de desventaja. Pero del éxito de algunas empresas comerciales que buscaban explotar sus afamadas riquezas da cuenta un episodio tan singular y significativo como el viaje narrado por Heródoto de Coleo de Samos, quien, en la segunda mitad del siglo VII a.C., llegó hasta Tartessos y obtuvo tales beneficios que pudo a su vuelta dedicar a Hera, en su santuario de Samos, un extraordinario y monumental caldero de bronce, adornado con cabezas de animales fantásticos y sostenido por tres gigantes que, arrodillados, medían siete codos de alto (unos tres metros). Algo después, ya en el siglo VI a.C., arribaban a Tartessos griegos focenses, muy bien recibidos por el rey Argantonio, que aparece en el relato que de ello hace de nuevo Heródoto como un poderoso soberano, decidamente filoheleno, que llegó a ofrecer a los focenses tierras donde establecerse y, declinada la oferta, bienes con que reforzar su muralla ante el acoso creciente de los persas, que acabarían por destruirla en el 540 a.C. De la relación de los griegos con Tartessos, aparte de las solventes narraciones de Heródoto, se han hallado últimamente importantes evidencias en ciudades portuarias tan representativas como Onuba (Huelva), sobre todo cerámicas de calidad que revelan el afán de los aristócratas tartésicos de rodearse de los prestigiosos productos de lujo que los griegos podían proporcionarles para hacer patente su rango social, y una limitada incidencia en las costumbres y formas de vida, porque mucho había en la oferta griega de acercamiento a las específicas demandas tartésicas, de acomodo a sus propios gustos y tradiciones, muy influidas, por lo demás, por los fenicios, sólidamente asentados en la región desde hacía tiempo. GRIEGOS La presencia y la influencia griegas EN IBERIA SEPTENTRIONAL se haría sentir, sobre todo, fuera del ámbito estrictamente tartésico y de la época de su mayor esplendor, que acabó con una crisis o cambio de coyuntura en el siglo VI a.C. Por entonces los griegos, de nuevo los focenses, habían fijado sus propias bases comerciales en las costas septentrionales de este extremo del Mediterráneo; primero en Massalia (Marsella), hacia el 600 a.C., y algo después en Emporion (Ampurias), en la costa gerundense, y desde éstas y otras bases ejercerán una notable influencia en la entonces naciente cultura ibérica, heredera de la tartésica y extendida desde los dominios nucleares de aquélla en la actual Andalucía, hasta Cataluña y el sur de Francia, y con una fuerte penetración en el interior peninsular, bien atestiguada por la moderna investigación. Llega ésta también a la conclusión de que la acción colonizadora griega fue bastante limitada, hasta el punto de preferirse el concepto más ambiguo o menos comprometido de «presencia». Su único apoyo peninsular sería el citado de Emporion, un punto de mercado como su propio nombre indica, de escasa envergadura • Bicha» de Balazote (Albacete], En el urbanística y muy poca proyección territoro androcéfalo simbolizaban los grietorial. Pero sería un desacertado reducgos a los ríos, en particular el Aqueloo. cionismo medir los efectos de esa presenLa estatua debió de tener en el mundo ibérico connotaciones funerarias. cia en función de la escasa implantación colonial y de su constreñida proyección territorial. En principio bastaría decir que por pequeña que fuera Emporion, bastaba como punto de apoyo al cauce por el que podía desaguar en este extremo del Mediterráneo el inmenso caudal de la civilización griega. Y su impacto, pese a lo reducido del asentamiento, podía ser enorme, para lo que bastaría traer a colación otro resultado de las modernas excavaciones en el lugar: fuera de las murallas se erigió avanzado el siglo V a.C. un extraEsfinge de Agost (Alicante). Era entre ordinario templo, construido en piedra, los griegos una criatura fantástica que trasladaba a las almas al más del que se han recuperado unos pocos allá. El mismo sentido tenía entre los fragmentos de arte magnífico. Con ello iberos, y aparece asociada a monubasta para saber de la existencia de la que mentos funerarios. era, seguramente, la más notable construcción de este extremo del Mediterráneo, particularmente brillante en medio de una cultura ibérica de bastante pobre arquitectura; y no es difícil imaginar que la fama de su noble arte debió de correr de boca en boca, y seguro que de puerto en puerto, alentada por la notoria predisposición de las gentes del mar a relatar sus conocimentos y experiencias. Los textos citan otras posibles colonias griegas en la costas hispanas —Hemeroskopeion, Alonis, Mainake...—, pero la investigación viene desde hace tiempo a concluir que no existieron como tales colonias. Según progresan los resultados de aquélla se incrementa esta percepción ya antigua, aunque también se ha ido haciendo firme la impresión de que la «presencia» griega fue más amplia y con más consecuencias que la mera instalación del emporio fócense de la bahía de Rosas. Hay que pensar en grupos de griegos asentados en centros ibéricos, como parece demostrar una carta comercial escrita en lámina de plomo y aparecida en Ampurias, de fines del siglo VI a.C., que menciona a unos emporitanos establecidos en Saiganthe, que debe de ser la ibérica Sagunto. ACULTURACIÓN HELÉNICA En realidad, sólo una importante presencia griega en los ámbitos ibéricos explicaría la fuerte influencia de los modelos helénicos en la configuración del mejor arte ibérico a partir del siglo VI a.C., como se comprueba en célebres esculturas, como la esfinge de Agost (Alicante), el toro androcéfalo —la «bicha»— de Balazote (Albacete), el excepcional conjunto escultórico de Obulco (Porcuna, Jaén), la misma Dama de Elche, y tantos otros ejemplos. El impacto en las fórmulas urbanísticas —bien patente en ciudades ibéricas como la monumental del Puig de Sant Andreu, en Ullastret (Gerona), muy próxima a Ampurias— se ha comprobado últimamente en un asentamiento excavado en La Picola, junto a Santa Pola (Alicante). Es un pequeño poblado fortificado de trazado perfectamente regular, proyectado con patrones metrológicos griegos, y con sistemas defensivos que repiten en pequeño los de ciudades helenas como la propia Atenas. Es la influencia que igualmente se detecta en los prototipos arquitectónicos, algunos tan ligados a la idiosincrasia de cada pueblo como los monumentos funerarios, y que alcanza a la ritualidad misma en torno a la muerte, para la que gozaban de extraordinaria preferencia los hermosos vasos griegos, usados como urnas funerarias o en los ágapes y libaciones rituales que acompañaban el sepelio de los poderosos. La convivencia de griegos e iberos tuvo otra consecuencia principal, y también una prueba destacada de lo mismo, en un fenómeno tan particular como la adopción por algunos iberos de la escritura jonia para notar la propia lengua, algo que ocurrió en la zona de Alicante y Murcia —en la Contestania ibérica— entre los siglos V y III a.C., y que obliga a suponer una amplia convivencia entre griegos e ibéricos, generadora de individuos bilingües, los únicos capaces de llevar a cabo la compleja adaptación. La influencia griega en el mundo ibérico se percibe, en suma, en un amplio abanico de manifestaciones, fruto de un proceso de aculturación favorecido por la conocida capacidad de sugestión de la cultura griega, que impregnó la de todas las culturas mediterráneas. Desde los siglos VI y VI a.C. quedaron éstas envueltas en una creciente koiné o sintonía cultural de matrices helénicas que se subrayaría con la poderosa e internacionalizada corriente helenística, aupada al rango de expresión oficial de civilización por el abrazo de Roma, que alcanzaría su sueño de Imperio universal precisamente por una sabia asunción y aplicación de las propuestas helenísticas. El mundo ibérico, entendido en su sentido más genérico, caminaba en la dirección que habría de ratificar el triunfo de Roma, incorporándose a una corriente helenística que en buena parte empezó a discurrir por estas tierras encauzadas por los caudillos cartagineses de la familia de los Barca, verdaderos príncipes helenísticos, que como tales proyectaron su imperio y su pulso imperialista con Roma. Ellos dominaron el mediodía de Iberia y dieron lugar, con su desafio a Roma, al precoz inicio de la conquista por parte de esta última. Con unos o con otros, el hecho es que sobre todos se imponía el triunfo de las sólidas fórmulas de organización económica y de acción política de inspiración helenística, así como sus prestigiosos modelos culturales y artísticos, o* MANUEL BENDALA NOTA Para mayor información, puede consultarse el catálogo de la Exposición con el mismo título, Los griegos en España. Tras las huellas de Heracles, Ministerio de Educación y Cultura, Madrid, 2000, editado por P. Cabrera y C. Sánchez, con numersos artículos de acreditados especialistas. Para una visión de la acción griega, sus mitos y realidades, en el marco de las culturas protohistóricas hispanas, puede consultarse el libro: M. Bendala, Tartesios, iberos y celtas. Pueblos, culturas y colonizadores de la Hispania antigua, Temas de Hoy, Madrid, 2000. LO QUE QUEDA POR DESCUBRIR. UNA INCURSIÓN EN LOS PROBLEMAS AÚN NO RESUELTOS POR LA CIENCIA, DESDE EL ORIGEN DE LA VIDA HASTA EL FUTURO DE LA HUMANIDAD. John Maddox Debate, Madrid, 1999, 375 páginas sibles de anticipar en antiguas verMás que de un libro de prospectiva, siones de libros como éste». se trata de una serie de reflexiones Dentro de la física fundamental, sobre el futuro de la ciencia que el problema que parece más agudo hace John Maddox. Maddox fue en estos momentos es el fracaso de director de la revista Nature durantodos los intentos llevados a cabo te 23 años. Estas reflexiones se conpara reconciliar la teoría gravitatodensan en tres extensos capítulos: la ria de Einstein con la mecánica materia, la vida y nuestro mundo. cuántica. Hoy existe una explicaPero si ya es difícil pronosticar el ción de cómo se originó el universo, futuro de la economía y la política, pero este conocimiento está lleno en las ciencias positivas la dificulde dificultades. tad aumenta todavía más, pues resulta imposible saber cuándo una En las ciencias de la vida, los proidea nueva llegará a un ser humano. blemas son todavía mayores. Por «Lo que queda por descubrir no es ejemplo, el origen de la vida en nuesexactamente lo que se descubrirá. tro planeta sigue siendo un misterio, Podemos indicar los cabos sueltos aunque sabemos que la vida surgió que cuelgan ante nosotros, pero es hace menos de 4000 millones de imposible predecir cómo se acabaaños, a partir de moléculas formadas rán atando». Más adelante, Maddox por materiales inorgánicos. añade: «La historia demuestra que Por otra parte, «sólo poseemos generaciones de científicos se han un conocimiento absolutamente sorprendido una y otra vez por desrudimentario del modo en que el cubrimientos imprevistos, impocerebro—y, en particular, el cerebro humano— engendra la mente: la que sus respuestas sean definitivas. capacidad de reflexionar sobre los Su finalidad consiste en descubrir hechos pasados, de pensar y de imasiempre problemas nuevos, «más ginar». profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre proPero, en realidad, la ciencia convisionales) a contrastaciones conssiste más en formular preguntas, tantemente renovadas y cada vez naturalmente inteligentes, que en más rigurosas». dar respuestas. Todo descubrimiento científico presenta nuevos inteMaddox concluye su libro con la rrogantes. Así, Popper ha podido afirmación de que «no tiene nada de escribir que «el antiguo ideal cientíescandaloso que muchas de las prefico de la «episteme» —de un conoguntas que ahora interesan sean cimiento absolutamente seguro y ampliaciones de preguntas ya plandemostrable— ha mostrado ser un teadas por Aristóteles y sus contemídolo. La petición de objetividad poráneos. Las preguntas se han vuelcientífica hace inevitable que todo to más interesantes y exigen más enunciado científico sea «provisioesfuerzo. Dejando aparte la clamonal para siempre»: sin duda, cabe rosa demanda de nuevas aplicaciocorroborarlo, pero toda corroboranes de la ciencia, todavía no se le ve ción es relativa a otros enunciados el final al proceso de investigación. que son, a su vez, provisionales. Sólo Los problemas aún no resueltos son en nuestras experiencias subjetivas gigantescos. Mantendrán ocupados de convicción, en nuestra fe subjetia nuestros hijos y a los hijos de nuesva, podemos estar absolutamente tros hijos durante siglos, y tal vez seguros». O, dicho de otra forma, la hasta el final de los tiempos». ciencia nunca persigue, ni pretende, ALBERTO MIGUEL ARRUTI