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El mapa político para el 2000

Antxón Sarasqueta

Nos habla de las elecciones del 13 de junio último, las elecciones autonómicas andaluzas y catalanas, que son las que envolverán todo el clima político español de los próximos meses.

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Antxón Sarasqueta, “El mapa político para el 2000,” accessed September 24, 2019, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1379.

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Title

El mapa político para el 2000

Subject

Panorama

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Nos habla de las elecciones del 13 de junio último, las elecciones autonómicas andaluzas y catalanas, que son las que envolverán todo el clima político español de los próximos meses.

Creator

Antxón Sarasqueta

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Nueva Revista 064 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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es

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EL MAPA POLÍTICO PARA EL 2000 ULES RENARD, autor francés, decía que ocuparse de la política es ocuparse Jde la vida (o al contrario, que no hacerlo era no ocuparse de la vida). Es lo que ocurre con las elecciones, que marcan los jalones de la política y de la vida democrática de los países. Con las elecciones del 13 de junio último se abrió un año electoral que dará paso al nuevo mapa político del 2000. Antes de las generales anunciadas para la primera parte de ese año, se celebrarán las elecciones autonómicas andaluzas y catalanas: en ellas se apreciará el fundamento de las expectativas del Partido Popular para conseguir una mayoría de gobierno sin depender de otros socios. De momento el PP avanza, pero no despega. Y esa batalla —no otra— es la que envolverá todo el clima político español de los próximos meses. El nuevo mapa se ha empezado a dibujar. Los resultados de las elecciones del 13J a las europeas, autonómicas y municipales ofrecen algunos trazos concluyentes. El freno a los nacionalistas vascos y catalanes supone que éstos han tocado techo. Sus electorados les castigan tras advertir que han ido demasiado lejos en sus excesos. Ni los nacionalistas vascos ni los catalanes pueden hoy pensar en una hegemonía (algo a lo que sí aspiraba antes del 13J el llamado frente de Estella). Fue significativo, en el caso vasco, que el PP creciese tres puntos porcentuales, mientras el PNV descendía cinco y más de doscientos concejales respecto a las anteriores elecciones. Aunque la fuerza proetarra EH subió, el conjunto de los tres partidos nacionalistas no vieron cumplidas sus expectativas de crecimiento. «Es evidente que con el 51% no podemos construir nuestro proyecto (nacionalista)», admitía abiertamente el líder de EH. De cara a lo que.se denomina proceso de paz —que no es otra cosa que la negociación entre el gobierno de la nación y la organización terrorista ETA—, frenar los intentos hegemónicos nacionalistas ha sido un objetivo conseguido por los partidos autonomistas y constitucionalistas. Al mismo tiempo, el desplome de Izquierda Unida representa que su electorado de izquierdas evoluciona hacia posiciones más moderadas y socialdemócratas. El discurso antiEuro y antiNATO de su líder Julio Anguita va perdiendo audiencia progresivamente. Como consecuencia de todo ello, el mapa político español se configura como un modelo de tendencia bipartidista. Más de las tres cuartas partes de la representación política se la reparten las dos grandes fuerzas, populares y socialistas. Algunos le llaman a esto bipartidismo imperfecto, pero ¿por qué tiene que ser imperfecto un bipartidismo que articula una realidad dominada por el pluralismo y la atomización? De hecho, resulta el bipartidismo más perfecto para el mejor funcionamiento democrático, pues da solidez al sistema y no lo ahoga, con una precisa representación de las minorías en todas las instituciones. A la realidad española hay que aplicarle la lógica de lo complejo. Es una organización territorial y política descentralizada y plural, llena de siglas y reivindicaciones locales e históricas, unas con más entidad y otras con menos, donde las fuerzas con historia se cruzan en su travesía con grupos extravagantes (como el protagonizado por la familia Gil en el sur de España). Con partidos locales y regionalistas que suben y bajan en Valencia o Aragón, y otros nacionalismos como el gallego, que crece y se desarrolla en sintonía con los socialistas de esas tierras. Nada de esto puede ser considerado como anécdota o cuestión menor, como muchas veces se alude a ello con desdén y ligereza. Forman parte del fluir de una realidad poliédrica, que hace aflorar sus propias reacciones en el campo de la sociología política y que, junto al bipartidismo de las dos grandes fuerzas, sitúa a los representantes de las minorías más variadas e igualmente legítimas. Oír lamentos de apariencia sensata porque los proetarras vascos y los nacionalistas gallegos hayan conseguido representación en el Parlamento Europeo es no entender la democracia liberal, que precisamente ve en estos foros el cauce que articula la pluralidad. El extremismo dialéctico forma parte de la democracia; el violento actúa contra la democracia. Los parlamentos nacionales y el europeo están llenos de casos singulares y de voces agresivas y discordantes. Así se consolidan y fortalecen las democracias, que por su propia naturaleza es un sistema de lo complejo. Más complejo todavía si, como le corresponde, situamos este mapa político español en la perspectiva europea, que es la apuesta española más decidida, al asumir que las grandes decisiones e influencias tienen cada vez más —y de manera irreversible— esa dimensión. Simultáneamente a las elecciones españolas del 13J se celebraron las elecciones al Parlamento Europeo en los demás países de la Unión; el giro producido hacia una mayoría del centroderecha popular revela un contexto con mayor equilibrio de fuerzas del que se desprende de un mapa europeo de gobiernos socialdemócratas. En el mayor equilibrio político está una mayor tensión y relación de conflicto. Sin embargo, a nivel nacional, lo que se decide es si después de una gestión que ha situado a España en el círculo de liderazgo europeo, José María Aznar consigue una mayoría suficiente para gobernar esta vez sin necesidad de socios a los que pagar altos precios. Los resultados del 13J demostraron que globalmente el PP doblaba la diferencia de algo más de un punto conseguida respecto a los socialistas en las pasadas elecciones generales. Se confirmaba así una tendencia que vienen reflejando en los últimos meses los sondeos de opinión. Con todo, los populares no acaban de despegar para conseguir esa mayoría deseada, por varias y precisas razones: el PSOE recupera posiciones a costa del trasvase de votos desde IU y los populares pagan el precio de crisis internas locales. El PP tiene un liderazgo fuerte y consolidado, pero se encuentra ante la necesidad de articular un proyecto centrista de futuro que concite el respaldo decidido de esa mayoría que reclama. Ha ganado —lo está haciendo— la batalla de la gestión, pero todavía tiene que ganar la batalla de las ideas, algo sin lo cual siempre se gobierna en precario. El PSOE hoy ni tiene proyecto ni tiene liderazgo. Pero tiene suelo. Eso que los técnicos de la sociología política llaman el mínimo que pueden obtener por muy mal que les vayan las cosas, y que en este caso se sitúa en el 35%. Los socialistas no están jugando a ganar las elecciones sino a impedir que las ganen los populares, envolviéndoles en debates cuerpo a cuerpo que impiden el despegue de un discurso propio, tratando de desgastar a los populares para demostrar una imagen de fragilidad y provisionalidad, mediante una estrategia mediática y política que tiene como eje de acciónreacción el juego sucio. «El estilo es el vestido del pensamiento», decía Séneca. Los socialistas buscan —y con frecuencia lo consiguen— frenar la iniciativa del gobierno popular y situarle a la defensiva, donde saben que el adversario político no puede despegar. Simultáneamente, los socialistas —y concretamente su aparato directivo (con Felipe González al fondo, pero encima)— recomponen fuerzas después de perder el poder en 1996. Su campaña del 13J estuvo dirigida exclusivamente al electorado propio, al considerado de izquierdas, progresista y amigo («Contigo», decía su mensaje). Pretendió polarizar el debate entre izquierdas y derechas, queriendo así arruinar de paso el mensaje centrista que lidera Aznar. Así no se consigue ganar las elecciones (porque para ello hace falta el voto de los que no son de izquierdas), pero sí se consigue reunir y movilizar a las propias fuerzas, un objetivo perseguido por la dirección socialista para demostrar su fortaleza frente a quienes disputan internamente su liderazgo y reclaman un congreso extraordinario tras la forzada dimisión de Josep Borrell. Ganar tiempo e impedir el despegue de los populares es el objetivo estratégico de la dirección socialista, esperando que cambien las circustancias —hacia peor— y que se produzca un desgaste de la mayoría popular. ¿Hacia dónde se dirige la política española, que es igual que decir la vida de la nación? Hacia una nueva etapa. Influenciada sobre todo por los grandes cambios globales y agitada por la vitalidad espontánea de una sociedad activa, la vida política se centra. No sólo porque el electorado ha recortado (parcialmente) los extremos y radicalismos —lo que hace que, a los 25 años de empezar a cocerse la transición democrática, ésta se haya consolidado—, sino además porque responde a un proceso natural de la nueva ideología de ese signo. Por razones de tiempo histórico, España ha sido pionera en ese cambio, donde por primera vez las transformaciones responden a una demanda social, como consecuencia de lo que el físico Freeman Dyson ha llamado la revolución de las herramientas. Y no son las ideologías tradicionales de izquierdas y derechas las que tienen respuestas viables, sino una nueva ideología centrista que en España se ha desarrollado y evolucionado a partir de la idea reformista. Reforma política, reforma económica, reforma social (frente a los dogmas rupturistas o inmovilistas de las fuerzas de la izquierda y la derecha). El centro político como versión ideológica de una sociedad innovadora. Donde están los contenidos de un proyecto que pueda significar el despegue del PP. Para un nuevo modelo de vida que arraiga en los valores liberales y humanistas, un nuevo modelo político. ANTXÓN SARASQUETA