Nueva Revista 059 > Leandro Fernández de Moratín. Elegía a las Musas

Leandro Fernández de Moratín. Elegía a las Musas

Luis Alberto de Cuenca

Sobre la poesía de Leandro Fernández de Moratín.

File: Leandro Fernandez de Moratín. Elegía a las Musas..pdf

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Referencia

Luis Alberto de Cuenca, “Leandro Fernández de Moratín. Elegía a las Musas,” accessed July 16, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1258.

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Title

Leandro Fernández de Moratín. Elegía a las Musas

Subject

Poesía

Description

Sobre la poesía de Leandro Fernández de Moratín.

Creator

Luis Alberto de Cuenca

Source

Nueva Revista 059 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

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Leandro Fernández de Moratín Elegía a las Musas [Luis ALBERTO DE CUENCA] uando publiqué mis Cien mejores poesías de la lengua castellana (Madrid, Espasa Calpe, 1998), le envié, como es lógico, un Cejemplar al Director de la Real Academia Española, don Fernando Lázaro Carreter. El insigne humanista acusó recibo en un inolvidable tarjetón, benévolo y magnánimo, en el que figuraban frases como éstas: Yo hubiera dejado fuera la Fiesta de don Nicolás, tan remendada por su hijo, y hubiera introducido, de éste, la Elegía a las Musas, que me parece el poema más importante del XVIII (¡cuánto me identifico con don Leandro en ese momento, aun sin tener trato con las Musas!). Don Fernando tenía más razón que el santo de su nombre (por lo menos). Basta leer, como van a hacer ustedes ahora, la citada Elegía, una pieza admirable donde las haya, compuesta por su autor en el destierro bordelés adonde lo había conducido la intransigencia absolutista. Gracias de todo corazón, maestro Lázaro Carreter. ELEGIA A LAS MUSAS Esta corona, adorno de mi frente, esta sonante lira y flautas de oro y máscaras alegres, que algún día me disteis, sacras Musas, de mis manos trémulas recibid, y el canto acabe, que fuera osado intento repetirlo. He visto ya cómo la edad ligera, apresurando a no volver las horas, robó con ellas su vigor al numen. Sé que negáis vuestro favor divino a la cansada senectud, y en vano fuera implorarlo; pero en tanto, bellas ninfas, del verde Pindó habitadoras, no me neguéis que os agradezca humilde los bienes que os debí. Si pude un día, no indigno sucesor de nombre ilustre, dilatarlo famoso, a vos fue dado llevar al fin mi atrevimiento. Sólo pudo bastar vuestro amoroso anhelo a prestarme constancia en los afanes que turbaron mi paz, cuando insolente, vano saber, enconos y venganzas, codicia y ambición la patria mía abandonaron a civil discordia. Yo vi del polvo levantarse audaces a dominar y perecer tiranos, atropellarse efímeras las leyes y llamarse virtudes los delitos. Vi las fraternas armas nuestros muros bañar en sangre nuestra, combatirse, vencido y vencedor, hijos de España, y el trono desplomándose al vendido ímpetu popular. De las arenas que el mar sacude en la fenicia Gades, a las que el Tajo lusitano envuelve en oro y conchas, uno y otro imperio, iras, desorden esparciendo y luto, comunicarse el funeral estrago. Así cuando en Sicilia el Etna ronco revienta incendios, su bifronte cima cubre el Vesubio en humo denso y llamas, turba el Averno sus calladas ondas; y allá del Tibre en la ribera etrusca se estremece la cúpula soberbia que al vicario de Cristo da sepulcro. ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro? ¿Quién dar al verso acordes armonías, oyendo resonar grito de muerte? Tronó la tempestad; bramó iracundo el huracán, y arrebató a los campos sus frutos, su matiz; la rica pompa destrozó de los árboles sombríos; todas huyeron tímidas las aves del blando nido, en el espanto mudas: no más trinos de amor. Así agitaron los tardos años mi existencia, y pudo sólo en región extraña el oprimido ánimo hallar dulce descanso y vida. Breve será, que ya la tumba aguarda y sus mármoles abre a recibirme; ya los voy a ocupar... Si no es eterno el rigor de los hados, y reservan a mi patria infeliz mayor ventura, dénsela presto, y mi postrer suspiro será por ella... Prevenid en tanto flébiles tonos, enlazad coronas de ciprés funeral, Musas celestes; y donde a las del mar sus aguas mezcla el Garona opulento, en silencioso bosque de lauros y menudos mirtos, ocultad entre flores mis cenizas.