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Un pequeño incidente del 98

Manuel Cardenal de Iracheta

Documento testimonio sobre la guerra de Cuba que da nombre y apellidos a algunos actores anónimos.

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Referencia

Manuel Cardenal de Iracheta, “Un pequeño incidente del 98,” accessed December 17, 2018, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1245.

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Un pequeño incidente del 98

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Documento testimonio sobre la guerra de Cuba que da nombre y apellidos a algunos actores anónimos.

Creator

Manuel Cardenal de Iracheta

Source

Nueva Revista 058 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

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Un pequeño incidente del 98 [ MANUEL CARDENAL DE IRACHETA ] No siempre se tiene presente la importancia de la pequeña Historia. NUEVA REVISTA recoge un testimonio sobre la guerra de Cuba que da nombre y apellidos a algunos de esos actores anónimos. spaña no tenía una armada grande ni eficiente, pero envió a la lejana isla de Cuba, desde que estallara la rebelión de 1985, más de 200.000 Esoldados. Los americanos, en cambio, poseían modernos y poderosos cruceros blindados, bien artillados y veloces. Éstos bloqueaban la isla y protegían los alijos de armas para los insurrectos. Bombardearon la Habana, mas no pudieron arruinar el famoso castillo de El Morro1 que aún está en pie, guardián desde hacía siglos de la capital de la isla, la provincia de Cuba... Mi padre, joven oficial de artillería, viajaba al infierno de la guerra de Cuba a meterse en la heroica descabellada— empresa de defender la isla. El país entero —incluidos los hijos criollos de familias acomodadas2— estaba soliviantado, y los todopoderosos Estados Unidos bloqueaban las costas, tratando de impedir en vano— que llegaran auxilios desde España, al mismo tiempo que ellos, por su parte, preparaban un inminente y decisivo desembarco. El barco en que viajaba mi padre era un viejo transadántico de madera sin blindaje alguno. No era una embarcación de guerra, sino de pasaje. Lo capitaneaba un viejo lobo de mar bilbaíno. Iba en el barco una brigada de infantería, armada con modernos máuseres, aquellos fusiles tan eficaces que aún hoy se emplean en nuestro ejército. Comprendía la brigada 2.000 soldados: dos regimientos de infantería mandados por sus respectivos coroneles, una batería de artillería de cuatro piezas del 7,5 que mandaba mi padre por no haber a bordo oficial de artillería de mayor graduación que él, y algunas tropas auxiliares. El jefe de la brigada era el joven e intrépido general Marina, que años después se batiría heroicamente en el Monte Gurugú, en las proximidades de Melilla, y que más tarde llegaría a ser Ministro de la Guerra (el ataque al Monte Gurugú tuvo lugar en 1909 y, si no estoy equivocado, el general Marina ganó por su valor y pericia la Gran Cruz laureada de san Fernando). Al acercarse el viejo transporte a las aguas cubanas, los tripulantes de una lancha pesquera hicieron señales a nuestros marinos. Interpretadas las señales, el capitán del barco comunicó al general Marina que un crucero americano se hallaba navegando por aquellas aguas. El peligro de un encuentro era inminente, ¿qué hacer? El general Marina no se inmutó y, con gran energía, llamó a zafarrancho de combate. Ordenó a los coroneles de infantería que municionaran a la tropa y la distribuyeran a babor y estribor, con cincuenta cartuchos por hombre. A mi padre le mandó colocar dos piezas a babor y otras dos a estribor, detrás de los infantes. Reunió a los mandos (los dos coroneles, el viejo capitán del barco y mi padre) y les dijo: —Señores, defendámonos hasta morir o vencer. Los coroneles de infantería, aun convencidos de la inutilidad de aquellas órdenes, nada respondieron. Pero mi padre, que era joven incauto, se atrevió a pedir la palabra. —Diga joven, qué tiene que objetar. —Mi general dijo mi padre el barco en que navegamos será hundido por los disparos de los cañones del 15,5 que lleva el crucero americano, probablemente antes de que lleguemos a verle. Mis piezas sólo alcanzan 7 kilómetros, la mitad que las del crucero, y retroceden al disparar. Andarán rodando por la cubierta, será difícil sujetarlas. No obstante, yo estoy dispuesto a cumplir las órdenes de V. E., mi general. —Joven —insistió el general Marina, un hombre simpático y caballeroso, amarre bien los cañones para que no retrocedan y haga fuego cuando se lo ordene. Que los infantes —añadió hagan fuego a discreción o, si fuera conveniente, por descargas cerradas. Un discreto y profundo silencio siguió a las palabras del valiente general Marina. Todos tenían oprimido el corazón. Pero no habían contado con el capitán del barco, gran conocedor de aquellos mares. Se sabía de memoria la situación de los famosos cayos —promontorios de rocas que bordean gran parte del norte de la isla de Cuba. En un momento en que cogió reunidos, mudos y taciturnos, a los coroneles y a mi padre, se acercó a ellos y les dijo: —No se preocupen ustedes. Esto lo arreglo yo. Me meteré entre los cayos, desafiando el peligro de embarrancar o de que el viejo casco del buque choque con un bajío y demos todos nosotros en el Infierno. Pero si logro hacer lo que ya hice otras veces Qquién sabe si no fue en su juventud pirata 0 contrabandista?), nos salvaremos y llegaremos sanos y salvos a las costas cubanas. El crucero americano no tiene una buena carta marina de estos parajes, porque no la hay, no se atreverá a navegar por ellos y se mantendrá a buena distancia por temor a encallar. Y así fue. Por entre los cayos se deslizó con arte supremo el viejo transporte. El crucero americano rondaba la isla, a la espera de dar caza a los transportes españoles, viejos y humildes barcos de madera. Con sus blindajes y su gruesa artillería, los navios americanos se creían seguros y eficaces. No lo fueron en aquella ocasión, ni en otras muchas, y el barco español arribó a Nuevitas, en la costa norte de la isla. Allí desembarcaron las tropas del general Marina. En vista de aquel esfuerzo que hizo España para enviar a Cuba más de 200.000 hombres en las condiciones narradas o en otras semejantes, creo que habría que rectificar el juicio que aquel 98 mereció a esos escritores que tomaron de aquel año el nombre de su generación. Las Palmas, 1970. 1 Mandaba la fortaleza el general de artillería Fuentes, curioso personaje autor de un excelente libro sobre las campañas en Italia del Gran Capitán. Al general Fuentes se le ocurrió algo, entonces novedoso: cubrir los muros del castillo de gruesas capas de sacos llenos de tierra. Las granadas lanzadas por la poderosa artillería de los cruceros americanos estallaban en vano en la arena y no pudieron derribar los bastiones del fuerte. Lo mismo hicieron los franceses casi 20 años después, en la guerra del 14 al 18, para preservar la catedral de Reims. 2 Los señoritos con carrera y los hijos rebeldes de lo que se llamaba buenas familias estaban contra España. En la generación anterior éstos habían sido conocidos en la Habana como los nenes de la acera del Louvre, porque se reunían para conspirar en la acera del Paseo del Prado, donde se levantan los grandes almacenes del Louvre, réplica de otros del París de la época. A los dichos nenes perteneció en su juventud Manuel Cardenal Gómez, criollo matanceño, padre del personaje del presente relato, el joven teniente de artillería Manuel Cardenal Dominicis. Éste (M.C.D.) había sido enviado a estudiar a España, entró en las entonces Academia General de Segovia, salió oficial de artillería, y el año que los Estados Unidos declararon la guerra a España se alistó voluntario para Cuba. Mientras eljoven teniente servía en el ejército español, su rebelde padre (M.C.G.) mandaba un batallón de mambises independentistas. Se diría que las generaciones estaban invertidas. Padre e hijo llegaron a encontrarse en acción bélica al tiempo de la rendición de Santiago de Cuba. Se reconocieron y abrazaron. Sus respectivos hombres, cansados de la lucha, aprovecharon la tan grata como inesperada ocurrencia para abrazarse también entre ellos y terminar por su parte las hostilidades.