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Granada

Antonio Fontán

Reproducción de las palabras de Antonio Fontán al artículo publicado por la revista Arbor de un joven profesor de Filología Latina bajo el epígrafe "Carta de las provincias".

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Antonio Fontán, “Granada,” accessed December 17, 2017, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/118.

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Title

Granada

Subject

Granada

Description

Reproducción de las palabras de Antonio Fontán al artículo publicado por la revista Arbor de un joven profesor de Filología Latina bajo el epígrafe "Carta de las provincias".

Creator

Antonio Fontán

Source

Nueva Revista 089 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

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Granada En febrero de 1950, «consciente de la riqueza y complejidad de la vida cultural de Espana«, la revista Aròor iniciaba una nueva sección bajo el epígrafe «Carta de las provincias», y encomendaba a un joven profesor de Filología Latina, apenas estrenada su cátedra en la Universidad de Granada, el comienzo de lo que esperaban llegase a ser «testimonio de la vitalidad de los diferentes núcleos intelectuales» de aquella época. Antonio Fontán escribió lo que sigue. ay dos perspectivas para la vida española: Madrid y las provincias. HMe refiero a aquellos contempladores de la vida nacional que consideran a España como una empresa colectiva en la que están dispuestos a acusar activamente su presencia Y es fácil la incongruencia de ambas perspectivas; pero no siempre, ni las más de las veces siquiera, está la culpa en la limitación del horizonte provinciano. Porque con frecuencia se da el caso de que Madrid, con aire de suficiencia, se cierra en una incomprensión entre despectiva y hostilMadrid no es toda España en ninguno de los órdenes de la vida, y menos en el intelectual. La capital es fiel a su destino sí se aplica a reducir a una superior unidad nacional integradora las voces autónomas de su contorno. Así es como cumple la misión de unidad y capitanía que en la vida de un país le corresponde hoy. Pero esto en Madrid muchos no lo ven así*, en el Madrid de la vida oficial quiero decir, que es quien asume la tarea de dirigir (tal vez la expresión «vida oficial» encierra una antinomia). Los que andan en esa vida reducen a ella toda la del país. Y luego resultan sorprendidos cuando la vida oficial es presa de un movimiento que le viene de fuera y cambia de signo. En provincias, donde se ve más la otra vitalidad, la de las «fuerzas vivas» decimonónicas y de las que han despertado después, quizá las gentes son menos ingenuas. Cuando uno viene de Madrid a la provincia, la realidad hace despertar casi siempre esa falsa superioridad que trae el recién llegado. Los más sensatos pugnan por incorporarse a la vida local, y cuando esto se hace con fortuna acaba por lograrse algo positivo. Al llegar nuevo a cualquier sitio es irreprimible un primer afán de ver, analizar, situar y definir: los resultados de este juicio son siempre prematuros, pero como uno mira en definitiva aún desde fuera, puede obtener cierta impresión de conjunto en lo que ve; si este primer acercamiento es hecho con amor y espíritu de comprensión, puede que se logre algo permanente o acertado en un golpe de vista. • • • Un amigo me advirtió que Granada, sin Edad Media, al pasar directamente del dominio musulmán al Renacimiento, constituye un caso único en la Historia Universal; por otra parte, quizá algo muy español, que se repite en América... Pero lo cierto es que Granada en el XVI estalla con una fuerza espiritual extraordinaria y como algo desde el primer momento muy distinto de la Andalucía del Guadalquivir: no hay que olvidar que la ciudad estaba llena de moriscos y conversos, grupos sociales hasta ahora poco conocidos, pero protagonistas de la historia local, y de castellanos recién llegados que arraigan desde la primera generación. El espíritu dispar de los que estaban lejos y de los que llegan se enmarcó en un mismo aire tibio, de jardines verdes y vida fácil: los unos ganaron profundidad, y los otros, indolencias y suavidad en sus graves y huraños modos humanos de la meseta. Este preámbulo se destina a hacer ver que Granada tiene una indiscutible vida activa, con la que se cruza no obstante una cierta inacción secular de la que ella no tiene culpa y a la que, con un cierto gesto oriental, parece resignarse. Sólo los turistas irrumpen en esa paz de la ciudad, pero sin perturbarla. El pueblo granadino es acogedor, hospitalario, pero a diferencia de los otros andaluces, no está ávido por exhibirse: él enseña la Alhambra con atención y con orgullo, pero es distinto del sevillano, que lleva al forastero a la fuerza a embrujarse de noche entre las callejas del barrio de Santa Cruz. Granada vive en silencio, y a veces, también en silencio, sin desplantes ni rencores, sufre. Todavía ayer —hace veinte años—moría en Granada, en un carmen del Albaicín, con dos piedras miliarias romanas y dos altísimos cipreses en el jardín, don Alberto Gómez Izquierdo, uno de los más profundos y universalmente curiosos espíritus filosóficos de la España contemporánea: leyó, pensó, escribió. Su biblioteca, hoy en la Facultad de Letras, está al día prácticamente hasta su muerte. Don Alberto no buscó Madrid, huyó de la agria lucha de las escuelas y, ortodoxo férreo, supo mantener una personal independencia, que hace más respetable y olvidadiza su figura. Una postura cómoda quizá, pero ahí está su obra, porque él no se agotó en la amarga lucha civil de la vida oficial. Antes de don Alberto, hace cincuenta o sesenta años, otro granadino, Ganivet, hizo lo contrario, emigró y ha dejado a España un eco espiritual profundo y tristón como el alma de su tierra. Son los años en que empieza El Defensor de Granada, independiente, localista y literario. Después, en la vida universitaria, viene la época de don Fernando de los Ríos y de aquellos jóvenes intelectuales que iban por los pueblos con el maestro, predicando la hermandad socialista, «comiendo chorizo y leyendo a Rubén». De los Ríos no dejó en Granada una huella profunda, porque su espíritu no lo era; tiñó de tono izquierdista la vida cultural, pero no olvidemos que estas ideas avanzadas están en Granada envueltas en el aire romántico de la Mariana y son superficiales e inofensivas. Don Fernando contrarrestaba la suave untuosidad personal de sus maneras, de la mejor escuela institucionalista, con su propia gigantesca pedantería, que es el defecto humano a que más sensibles son todos los andaluces y el que más les repele. o o o Este pasado lo borra en la ciudad la guerra con sus violencias. Después empieza una labor positiva, construcción de edificios, preparación de instrumentos. Es nueva la Facultad de Letras, un viejo palacio, en el que una adaptación del mejor gusto ha sabido conservar el aire señorial y severo, y la de Medicina, incompleta a falta del Clínico, y lo será la de Ciencias. Estos locales universitarios se desparraman por la ciudad, dotando a profesores y alumnos de más medios de trabajo, pero todos sabemos que esta medalla tiene también su reverso en la falta de contacto de unas y otras Facultades y en la pérdida o debilitación progresiva del espíritu colectivo universitario. En la Universidad de hoy hay una efectiva labor de intercambio y publicaciones; con dos puertas abiertas al mundo científico y cultural: las conferencias de la universidad, que sirven para traer maestros, o a veces no tanto, a enseñar o conversar; y los conciertos de la Agrupación Universitaria, regulares, finos, abiertos a todas las tendencias de creación e interpretación. La vida científica, aparte de la aislada labor de cátedra de beneméritos profesores, se polariza en torno al Instituto de Parasitología de don Carlos R. López Neyra, fruto maduro de cuarenta años de continuo esfuerzo con un grupo de colaboradores, una revista de categoría internacional y activo intercambio con los especialistas extranjeros y el joven y naciente equipo que se reúne alrededor de la cátedra de Química inorgánica y la sección correspondiente del Consejo. Los de Letras hacen más que nada estudios locales: van camino de quedar definitivamente ilustrados los poetas andaluces del Barroco y ciertos aspectos de la vida social de la época moderna, como moriscos y conversos. Por último, los arabistas, de la casa del Chapiz, con quince años de antigüedad, una buena biblioteca y un jardín enervante. • • • El otro escape de la ciudad decíamos que eran los turistas, esas masas de las agencias, en sus autobuses, que pasan sin que se les note apenas, dejando dinero y un cierto exotismo en el ambiente cuando andan con sus pintas estrafalarias por la calle Reyes sin que nadie casi se fije en ellos; admiran la Alhambra y el Generalife, obra conjunta de la naturaleza y el arte, y se van y vienen otros a los mismos hoteles, en los mismos autobuses, con el mismo proceso. Yo creo que si el turismo no fuera una fuente de ingresos para la ciudad, los granadinos auténticos acabarían por prohibirlo; hasta tal punto a Granada, más narcisista que las otras ciudades andaluzas, le bastan sus propios ojos para contemplarse a sí misma. Si alguien de fuera la comprende y la ama, Granada se lo agradece, pero con señorío, en una gratitud que consiste solamente en que empiezan a considerarlo de casa; así, desde Washington Irving a Emilio García Gómez. No dejemos nunca de ver en el pretendido localismo de Granada el gesto defensivo con que actualmente responde a quienes no la entienden. En la melancolía, intolerancia y finura que se entrelazan en su carácter, no se concibe que esta ciudad adopte nunca una actitud de agresiva réplica belicosa, sino un encogimiento de hombros, algo fatalista, sin rencores, que deja decir siempre a un futuro ignoto la última palabra. En la Granada actual hay instrumentos, bibliotecas vivas, como la universitaria, en continuo crecimiento, y valiosos grupos humanos y científicos. Es preciso un vivo intercambio de ideas con hombres de otras partes; las provincias viven de verdad, pero tienen que salir de la incomunicación cantonalista ibérica: ellas se esfuerzan pór hacerlo, pero el que lo consigan o no, depende más que nunca de que Madrid cumpla generosamente su tarea; estas esperanzas, que no se han perdido aún, son campo abonado para la tarea futura. •O® ANTONIO FONTAN