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Una disección satírica del siglo XX

Julio Martínez Mesanza

Santiago de Mora-Figueroa acaba de publicar dentro de la serie Textos y pretextos "El siglo XX y otras calamidades, recopilación de artículos y ensayos aparecidos en distintos periódicos y revistas entre 1980 y 1995.

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Referencia

Julio Martínez Mesanza, “Una disección satírica del siglo XX,” accessed August 11, 2022, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1120.

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Title

Una disección satírica del siglo XX

Subject

Universal concreto

Description

Santiago de Mora-Figueroa acaba de publicar dentro de la serie Textos y pretextos "El siglo XX y otras calamidades, recopilación de artículos y ensayos aparecidos en distintos periódicos y revistas entre 1980 y 1995.

Creator

Julio Martínez Mesanza

Source

Nueva Revista 054 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

Publisher

Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

Rights

Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

Format

document/pdf

Language

es

Type

text

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Una disección satírica del siglo XX Julio Martínez Mesanza Santiago de MoraFigueroa, Marqués de Tamarón, publicó hace unos años, en la editorial gaditana Fin de Siglo, un libro que por azares de su distribución en librerías pasó injustamente desapercibido. Ahora acaba de publicarse, dentro de la serie «Textos y pretextos» de PreTextos (y no es un juego de palabras), la segunda edición, corregida y aumentada, de ese libro, titulado El siglo xx y otras calamidades, que es una recopilación de artículos y ensayos aparecidos en distintos periódicos y revistas entre 1980 y 1995. l estilo literario del Marqués de Tamarón le ha valido el reconocimiento de la crítica y un círculo fiel de lectores cultos. EEstas líneas no pretenden ser una reseña al uso ni entrarán en cuestiones de estilo, sobre todo porque no aspiran a quedarse ahí, en la pura forma, y parten de la idea de que un buen libro no es solo estilo literario, por importante que éste pueda ser. Creo firmemente que el estilo, cuando es verdadero, siempre es consecuencia de unas ideas y una visión del mundo, con las que se conjuga y armoniza. Si el libro del Marqués de Tamarón fuese solo un ejercicio de estilo, yo me habría limitado a leerlo y a disfrutar de los primores de su prosa, pero no me habría suscitado las reflexiones que siguen. LOS ÍDOLOS DEL SIGLO, MUERTOS En el «Prólogo, dedicatoria y aviso», que es en sí un ensayo más del libro, y sin duda alguna el más sistemático, una especie de compendio o de síntesis del pensamiento de su autor, el Marqués de Tamarón hace un recuento implacable y exhaustivo de las miserias que nos ha traído la centuria que termina: los totalitarismos de uno y otro signo, las grandes guerras, un arte que ha vuelto la espalda a la belleza y que gusta de lo deforme, un lenguaje degradado, el «delirio genésico de la mayoría del género humano», la invención de armas cada vez más poderosas y el empobrecimiento cultural, por citar algunas de las mayores lacras de nuestro tiempo, que solo los recalcitrantes adoradores de la modernidad no considerarían como tales. Se le ha objetado al Marqués de Tamarón que, frente a la suma de calamidades que él propone, y para ser justos en la valoración del siglo que termina, habría que tener en cuenta otros factores: «Si bien se mira, lo más interesante y plausible está en los detalles dice, inteligentemente, Amando de Miguel. A uno puede no gustarle la cocacola, pero la aspirina o la anestesia son útilísimos inventos del último siglo...». Lo que no deja de ser verdad, pero no creo que se trate aquí de un libro de cuentas en el que tengan que cuadrar el debe y el haber para, al final, bendecir la correcta administración del contable. Además, estoy seguro de que las calamidades de que habla el Marqués de Tamarón están referidas y afectan, en primer y último término, al espíritu, y contra los males del espíritu no hay aspirina que valga. «Cada época tiene sus ídolos. Los nuestros, los ídolos del siglo xx, están ya muertos o moribundos. No seré yo quien llore la muerte del comunismo o del fascismo o la agonía del arte abstracto o del psicoanálisis. Eran ídolos sanguinarios. Ante su altar fueron sacrificados los restos morales y estéticos de nuestra vieja cultura tradicional. Reinaron por y para la crueldad y la fealdad. Eran, además, ídolos irracionales, aunque eso tal vez no se les pueda reprochar demasiado pues todos los ídolos de la historia humana han sido irracionales, incluida la Diosa Razón de 1793». Con estas rotundas aunque relativamente optimistas palabras abre el Marqués de Tamarón el prólogo citado. Y digo optimistas porque, pese a ser cierto que las formas estatales y clásicas del totalitarismo han desaparecido, sobreviven todavía las individuales y aun colectivas, anteriores a aquéllas y ocultas ahora debajo de los más variopintos disfraces. Los sanguinarios ídolos del siglo que agoniza han muerto o están moribundos. Bien. ¿Pero hay algún indicio que haga suponer que la próxima centuria vaya a ser mejor? ¿Podemos esperar una regeneración moral? ¿El siglo xx será sin más un mal sueño o el principio de una larga pesadilla? Hay que estar atentos a la resaca: queda por ver todavía qué presión van a ejercer sobre las mínimas formas de convivencia, sobre los restos todavía perceptibles de la tradición occidental, el «proletariado externo» y el «proletariado interno», cuyo dinamismo escapa a las previsiones de los gobernantes; queda por ver el afianzamiento de un nuevo y masivo analfabetismo, cuando el nivel de los cuadros de enseñantes haya descendido más todavía; habría que estar atentos al cariz que toma el desarrollo del pensamiento y el lenguaje políticamente correctos, que pueden llevar a nuevas y sutiles formas de totalitarismo; queda por ver, por ejemplo, hasta dónde alcanza la marea de las sectas, y, desde luego, frente a todo optimismo voluntarista, habría que preguntarse, finalmente, si el hombre es perfectible y si tiene alguna salida entre el anonadamiento y la exaltación irracional. Mal síntoma es que los mejores, los que advierten las causas y los efectos, no tengan más remedio que replegarse sobre sí mismos y ejercer la conmiseración o la sátira. Los ídolos algunos ídolos han muerto, pero han dejado un paisaje desolado en el que queda poco lugar para la esperanza, esa ultima Dea. En el mismo ensayoprólogo escribe el Marqués de Tamarón unas palabras que sirven para ilustrar hasta qué punto es difícil reconstruir la tradición después de una fractura tan violenta como la de este siglo: «El público no va a perder de repente la desconfianza por la literatura y el arte contemporáneos. Peor aún, los escritores y artistas tendrán que aprender laboriosamente unos oficios donde quedan pocos maestros. Casi habrán de reinventar técnicas y recursos artesanales como la simple redacción que antes se aprendían en las escuelas y ahora ya no enseñan ni en la universidad. Es muy fácil destruir una tradición pero es muy difícil restablecerla». LA MUERTE DE LA PALABRA Precisamente, uno de los campos en los que se libra una batalla decisiva y en el que, por desgracia, la cordura retrocede cada vez más, es el del lenguaje. Lo malo no es que, pese a la educación obligatoria, cada vez se hable y se escriba peor, sino que allí donde el lenguaje tendría que hacerse fuerte, entre los escritores y las clases cultas, se haya instalado la ambigüedad, que, cuando menos, no es ni siquiera cortés, y me atrevería a decir que, como ciertas formas de mala educación, es, sin más, inmoral. Si el siglo pasado terminó proclamando la muerte de Dios, el todavía presente empezó decretando la muerte de la palabra, y lo malo no es decir tonterías, sino que haya gente que se las crea. Una de las imágenes más ridiculas que nos ha proporcionado esta época es la del escritor luchando con la página en blanco acertada metáfora de su inteligencia, reflexionando sobre la inutilidad de las palabras y decidiendo, finalmente, que lo importante es el silencio. No las palabras, sino las pausas entre las palabras. Imagínense: el balbuceo como fin último. Una forma sutil de «avanzar» regresando al claustro materno. Pero, ¿de qué extrañarse, si en el siglo que termina quien escribe o pinta con algún sentido, sin disparatar, es considerado, como poco, un reaccionario y, si me apuran, un fascista? Había que derribar la casa desde los cimientos, y se hizo. Los resultados son tragicómicos: la vanguardia oficializada y el «gusto por lo deforme» instalado en las entrañas de la sociedad: «Una cultura cuyos ídolos tienen forma física de tótem o de gárgola es una cultura esperpéntica, es decir, una cultura de manicomio o de penal», dice el Marqués de Tamarón, y su diagnóstico no puede ser más certero. Esos ídolos no tienen por qué estar limitados a los círculos cultos. El horror es pródigo y otorga a cada cual lo suyo: vean, si no, el aspecto voluntariamente violento, deforme y grotesco de ciertas figuras del rock, otra «vanguardia» que se ha hecho oficial. En El siglo xx y otras calamidades también se disipan varios malentendidos. El Marqués de Tamarón, como buen discípulo de Feijóo a quien rinde un ingenioso homenaje en una de las piezas de este libro, gusta de poner en evidencia todo tipo de superchería. En el ensayo titulado «T.S. Eliot, reaccionario», llama la atención sobre el interés de algunos intelectuales progresistas en apropiarse de la figura y la obra de autores ajenos a toda veleidad izquierdista, a veces solo porque, formalmente, sus escritos tienen elementos de ruptura, como en el caso de Eliot, y, otras, porque esos autores han tenido algún problema con el poder de su época, aunque estos problemas derivasen del mantenimiento de actitudes reaccionarias. Recientemente, en un artículo publicado en ABC, Luis Alberto de Cuenca se ha referido también a esa superchería de éxito que consiste en identificar izquierda con cultura. «La cultura es de izquierdas», se proclama de forma interesada, por el prestigio que aún tiene el término «cultura», y a la apropiación se une de inmediato la exclusión. Seguro que, llevado por mis preferencias, he dado una idea parcial del libro del Marqués de Tamarón, al poner de relieve aquellos aspectos que más me interesan en este preciso momento. Ni que decir tiene que El siglo xx y otras calamidades es una obra más variada y menos obsesiva de lo que pueden hacer suponer estas líneas. En los artículos dedicados a Fukuyama y a su The End of Historyl es decir, «el acabóse», en traducción castiza del autor o a la lengua española en el mundo o a las inconsecuencias ecologistas, el Marqués de Tamarón exhibe sus finas dotes analíticas. En «Ciencias, jerga y lenguaje», «Las cosas por su nombre» y «El español, ¿lengua internacional o lingua franca?» el autor se muestra como un profundo conocedor de los asuntos del lenguaje. Tampoco falta en esta obra la pura literatura: «Feijóo ante el trampantojo» es un buen ejemplo de ello. «Quedan dos cosas placenteras» dice el Marqués de TamarónDisfrutar «de los restos del festín de siglos y siglos de cultura sustanciosa... y luego podemos reírnos sin demasiada amargura al comparar esas delicias con la dieta de engrudo que engulle, ufana de su modernidad, la mayoría de nuestros contemporáneos. Esa risa no por reaccionaria y subversiva deja de ser una actividad grata. Es el origen del género literario que llamamos sátira...». Como un espléndido satírico se revela Santiago de MoraFigueroa y nos ofrece en su libro una tercera cosa placentera: el disfrute de inteligencia.