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Jardiel Poncela en sus cartas a López Rubio

José María Torrijos

Hace referencia a las cuatro cartas que escribía Jardiel Poncela a su amigo López Rubio, cuando ve venir la muerte a él.

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José María Torrijos, “Jardiel Poncela en sus cartas a López Rubio,” accessed May 28, 2020, http://repositorio.fundacionunir.net/items/show/1071.

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Jardiel Poncela en sus cartas a López Rubio

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Literatura

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Hace referencia a las cuatro cartas que escribía Jardiel Poncela a su amigo López Rubio, cuando ve venir la muerte a él.

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José María Torrijos

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Nueva Revista 052 de Política, Cultura y Arte, ISSN: 1130-0426

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Difusiones y Promociones Editoriales, S.L.

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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, All rights reserved

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Los dos Jardieles (y II) Jardiel Poncela en sus cartas a López Rubio [ JOSÉ MA TORRIJOS ] ardiel Poncela pertenece, como Lope y muy al contrario que Cervantes, al género de autores que dejaron amplia noticia de su vida J(idas, venidas, amores, enconos, escrituras y polémicas). Todo ello, prolijamente contado en los prólogos de sus obras. No obstante, aún carecemos de biografía imparcial o edición rigurosa de sus obras completas, a la altura de su singular figura y su abundante producción. Resulta chocante, además, que hombre tan trabajador (desde adolescente hubo de mantener a los suyos), que publicó numerosas novelas de éxito —siempre bajo el sello de Biblioteca Nueva, gracias al gran editor y amigo que fue José Ruiz Castillo, y estrenó cerca de treinta títulos, producidos por empresarios como Tirso Escudero y Arturo Serrano, sin olvidar su carrera en cine, amén de innumerables artículos y conferencias, falleciera a los cincuenta y un años en la más absoluta pobreza. Ni sus frecuentes visitas a los casinos de Montecarlo o San Sebastián, ni los extravagantes negocios de su padre, ni siquiera el holgado tren de vida que se permitió a veces explican el declive final. Lo cierto es que, a la altura de 1950 (año de las cuatro cartas inéditas ahora publicadas), no aparece el mismo hombre brillante, optimista, ingenioso, seguro de sí, que envió largas cartas hasta Hollywood a su amigo. Quedan lejos los tiempos en que ambos se divertían jugando a ser actores de las películas que dirigían o adaptaban para la Fox (por ejemplo, Primavera en otoño o Una viuda romántica, ambas de 1933), la etapa de tertulias, paseos y confidencias literarias. Y aquí es preciso recordar algo que no hemos visto publicado en ninguna parte, ni siquiera en la apasionada biografía Mío Jardiel, de Rafael Flórez: el propio Jardiel afirma y así se viene repitiendo, que cambió el título de su comedia Lo que le pasó a Pepe después de muerto (1939) por el de Un marido de ida y vuelta, al parecerle éste más comercial. Hubo otra razón más: la obra se titulaba Lo que le pasó a Paco después de muerto Pepe, pero alguien advirtió a Jardiel de la coincidencia con que, muerto en accidente el general José Sanjurjo (1936), Francisco Franco pasó a ser cabeza del levantamiento militar. Una casualidad que invitaría al chiste fácil o a la sospecha macabra. Aquel estreno de 1939 coincidió con el de Cario Monte en Montecarlo, opereta con música del maestro Jacinto Guerrero, para la que Jardiel solicitó de Paco López Rubio (hermano de Pepe y excelente dibujante) unos decorados bellísimos. También, entre amigos, más de una vez comentó López Rubio la historia de un granadino pariente suyo que, víctima de una depresión, se metió en la cama y jamás volvió a levantarse de ella. A él mismo le sirvió de personaje en una novela que ha quedado manuscrita e incompleta, con el título de Un hombre acostado. Tal personaje fue aprovechado por Jardiel para convertirlo en el Edgardo de Eloísa está debajo de un almendro. Han pasado demasiadas cosas desde las primeras, larguísimas cártas: una guerra civil de tres años (con breve detención de Jardiel y consecuente viaje suyo por Europa y América) y el inicio de una actividad nueva: la de empresario teatral, que le deparará no pocas amarguras, entre ellas el violento incidente producido por los exiliados republicanos españoles en Montevideo (1944), cuando allí se presentó con sus cómicos, tras el cual Jardiel regresa arruinado a España. Desde 1945 en adelante, su economía va dando tumbos cada vez mayores y, paralelamente, también la salud de su sistema nervioso. Su comedia Como mejor están las rubias es con patatas (1947) resultó un fracaso. Por si fuera poco, también su corazón sufre un revés sentimental. Debe dinero a la actriz Catalina Bárcena, a la Sociedad de Autores, que bloquea su cuenta, a la revista La Codorniz (dirigida entonces por Alvaro de Laiglesia) por el cobro anticipado de unos artículos que no llega a entregar, razón por la cual le embargan el automóvil. Solo sus artículos diarios en El Alcázar (sin fuerzas para escribir otra cosa) y la generosidad de los amigos (entre ellos, López Rubio y el joven actor Fernando Fernán Gómez) le ayudan a sobrevivir. Su último estreno teatral, Los tigres escondidos en la alcoba (1949), un éxito, no logra sacarlo de la alcantarilla espiritual en la que se hunde. No importa que tenga dos comedias comenzadas y bastantantes en proyecto. La novedad de la penicilina llegaría tarde para su última neumonía. Víctima de la enfermedad, de la incomprensión de unos, del afecto de otros y hasta víctima de sí mismo, moría Enrique Jardiel Poncela, el 18 de febrero de 1952, en su domicilio de la calle Infantas 40 de Madrid. La primera de las cartas siguientes, fechada en 16 de febrero, se localiza gracias a Celos del aire, obra que López Rubio estrenó el 25 de enero de 1950, estreno retrasado por la permanencia imprevista en cartel de Historia de una escalera, del entonces novel Buero Vallejo. Triunfo éste que a Jardiel molestaba suponemos que por motivos principalmente ideológicos, como puede verse en varias cartas a Pepe (ver II y IV). La falta de dinero para vivir sin tribulaciones le impide concluir una nueva comedia. El antiguo colaborador y amigo Jacinto Guerrero, que llevaba dos años como presidente de la SGAE, ya es para él un malvado al que desea eliminar (el músico toledano moriría al año siguiente a los cincuenta y un años). No ha cobrado aún el trabajo aludido en una película que no hemos localizado, al unir los nombres de Sáenz de Heredia (Peloto entre amigos) con el de Pío Ballesteros, y que tal vez no se rodara. Uno de los críticos que más le defendió, Alfredo Marqueríe, recibe su enojo y amenaza por algo tan simple como señalar la coincidencia de dos escenas, una de López Rubio y otra de Jardiel. La segunda carta (9 de junio de 1950), que arranca mencionando la visita del actor José Crespo, con fama de buena persona aunque inoportuno, y amigo desde los tiempos de Hollywood, centra la atención de Jardiel hacia la Editora Nacional por dos razones: una, la intercesión de López Rubio ante su amigo Pedro Rocamora —a la sazón director de ella, para que se le contrate la edición de un libro autobiográfico que se titularía Sinfonía en mí, que no llegó a concluir. Otro, cotejar la representación vista de Celos del aire con el libro ya impreso por dicha editora. Jardiel aparece como sagaz espectador y lector de teatro. La datación de la tercera carta resulta sencilla por el sobre y matasellos: 18 de agosto de 1950. Fue enviada por Jardiel al Monasterio de El Paular donde se había retirado su amigo a escribir la comedia Veinte y cuarenta, en un tremendo estado de postración y explícito presentimiento de muerte. Su recepción debió entristecer tanto a Pepe, que secó su inspiración humorística e inmediatamente le mandó dinero dentro de un sobre por correo. Jardiel responderá (ver carta IV) agradeciéndole el embuchado, aunque censura el riesgo de enviar billetes en un sobre; le pide disculpas por interferir su creación con penas y agradece la invitación para compartir el retiro segoviano. Esta última carta, del 22 del mismo mes y año, concluye con algo que siempre hemos mantenido: la ósmosis creadora entre Mihura, Neville, Tono, López Rubio y Jardiel, cuando éste reconoce tener pensada una comedia más adecuada para ser escrita por Pepe que por él mismo. La caligrafía de estas cuatro cartas es más irregular y descuidada, con garabatos, indecisiones y tachaduras impensables en la pulcritud juvenil (Jardiel era minucioso y limpio hasta para tachar algo). La firma aparece casi escondida por la rúbrica. Está claro que Jardiel no solo ve venir la muerte (su conocido afán por viajar a Zaragoza a la tumba materna en sus últimos momentos) sino que la desea. Pero Enrique Jardiel Poncela se mantuvo firme hasta el final, incluso para evitar el matrimonio in articulo mortis con Carmen Sánchez Labajos. Con todas sus contradicciones, Jardiel había sido, usando el título de aquella comedia juvenil firmada con López Rubio, Un hombre de bien. 16 de febrero Querido Pepe: hasta hoy no he podido escribirte unas líneas dándote las gracias por tu envío y felicitándote por el éxito de tus Celos que ya sé que contenía [?]—, pues de cada siete días de la semana la falta de salud me incapacita por lo menos cuatro: y los tres restantes los invierto en trabajar para procurarme lo estrictamente indispensable para vivir, muy mal por cierto; pero mientras lo logre... Imposible hacer teatro, claro, que podría ser la liberación; y el debut de Valeriano en el Alcázar, el sábado de gloria, con mi nueva comedia, se quedará en proyecto por no tener unos duros que me permitieran dedicar un mes sólo a eso, y acabarla. Alrededor, salvo excepciones rarísimas, sólo odio mal encubierto y deseo de que me muera cuanto antes. Es el compañerismo. Y al frente de la Sociedad, donde tengo derecho moral a deber miles de duros de anticipo, ese malvado de Guerrero, al que no he metido en el cuerpo entero un cargador de la hermosa 9 largo que tengo en casa, por miedo a que —por hacerme un favor me llevaran en vez de a un penal a un manicomio; pero motivos y ganas para meterle el cargador dentro, me sobran. Nueve embargos por deudas. Y yo sin poder cobrar nada de lo que me deben, entre ello la película que para Peloto, detrás del Don Juan le hice este verano a Ballesteros, el cual ha logrado con mi guión dinero del Sindicato; pero a mí aún no me ha pagado la compra de la comedia. En fin, ¿a qué seguir? He visto y no hace mucho, por pura e inverosímil casualidad, lo que decía Marquerie de tu comedia y su alusión a mí. Le dedicaré uno de mis artículos semanales en El Alcázar, pues no quiero que crea que otorgo, porque callo, o que callo porque otorgo. ¡Valiente bicho, también ése! Ha callado cien plagios descarados, incluso de obras enteras, que he sufrido en los últimos tres años y habla ahora de esa futesa de coincidencia. No persigue sino envenenarnos la amistad, y ojalá pinche en hueso contigo como conmigo ha pinchado. El panorama es de abrigo; por eso te molesté. Pero encajo golpes y golpes; y si Dios me devolviera la salud perdida daría mucho que hablar y que comentar. Y más de uno tendría que llevarse las manos a la cabeza. Creo que nada te dejo sin aclarar. Un buen abrazo de Enrique [II] Viernes, 9 Querido Pepe: Pepe Esparneicier, que estuvo ayer tarde en casa, por cierto en un momento en que me encontraba muy caído de salud, porque para eso tiene la negra— me informó de los homenajes de Murcia para con su persona y de que tú estabas ya de regreso de Barcelona, así como del éxito allí —superior al de acá, de Celos... Ya te dije que en Barcelona gustaría más la comedia, y que te daría más dinero, y que debías ir al estreno, pues ello, por [ilegible] te proporcionaría satisfacciones personales. Celebro de corazón no haberme equivocado. También celebro, y eso ya de modo maligno, que Lo tuyo haya ido antes que las Escaleras... y que rabie una miaja Buero Vallejo, por tonto y, sobre todo, por comunista. Has cogido, además, la mejor época de Barcelona, que tiene dos momentos en el año espléndidos: JunioJulio, pues la gente se va a las playas muy tarde, y OctubreNoviembre, porque también vuelven tarde del veraneo. Total: que le darás las 200, pero con mayor media que aquí, cosa que sé que ocurre por repetida experiencia propia. Mi chica pequeña está ya copiando artículos para el libro que me gestionaste en la Editora Nacional Y a propósito de la Editora Nacional, me gustó tu comedia más vista que leída, todavía: aún contando con lo que las comedias inteligentes pierden al ser representadas, que siempre es mucho, en contra de la opinión general de las gentes y de la particular de los cómicos. La razón, pues, de que me gustara más vista y oída está en alguna adición al texto que descubrí, como leer el párrafo finalresumen de la Carbone y creo que el aforismo —sin duda el mejor y más eficaz de la obra de Romea cuando habla del hombre viejo, trofeo de caza. En cuanto a la interpretación me pareció buena la de todos, a excepción de la Pefia, que está detestable como actriz, como mujer y como maniquí de modas. Afinando, hay que añadir que Guillermo podía estar mejor y que la Salvador debía suprimir alguna de sus reiteradas miradas perdidas al anfiteatro, mecánica que usa para expresar ensimismamiento y que está bien un par de veces, pero que ella emplea cinco o seis. Tampoco creo que se ha lucido Cayetano, pues la escena admitía más refinamiento y las gradaciones de luz del foro (campo) para el crepúsculo eran, al menos la noche que yo estuve, repugnantes. En suma: que, aun el todo era bueno en general, lo bueno realmente era lo que se decía y sucedía. Bueno, y cuando nos veamos ya comentaremos más, porque el verdadero fin de estas líneas es provocar, precisamente el que nos veamos. Si de aquí a que ello ocurra puedes darle un tiento a Rocamora para lo de la Sinfonía en mí te harías digno de la estatua en escayola en mitad de mi maqueta. El ideal para mí y para mi salud— así como para la de Carmen, pues los dos estamos pochos del corazón, según las últimas noticias técnicas, es pasarme en Barcelona unos meses (poca altura se llama el específico adecuado para los dos) y allí dedicarme a escribir en ese libro, que he planeado doble de largo, lo menos que la Automoribundia de Ramón, y para el cual por cierto, me haría falta que tú hicieras un esfuerzo sobre la pereza y registraras los papelotes, fotos, películas, etc. de los años de Hollywood, porque en tu stock hay —seguro—, mucho material para esa parte, que ha de ser extensa, de mi Sinfonía. Ahora bien: ese ideal ideal de salud e ideal de vida particular y literaria—, sólo podría llegar a realizarse arreglándome lo de la Editora Nacional, antes del verano. Y cuenta ya con que el libro iría dedicado a ti, no por coba, como comprenderás y como es innecesario advertírtelo, sino porque si el libro llega a existir será por ti. Adiós. Y un abrazo Enrique [escrito al margen] Si es preciso yo mismo puedo revisar el stock en cuestión. [III] Agosto. No sé cuántos. Querido Pepe: al saber por Crespo que acababas de marcharte ahí, escribí a Rocamora (a quien ya había escrito mucho tiempo antes dándole las gracias por lo del libro de artículos y explicando mi tardanza en darle las gracias por mi baja salud) y al no recibir respuesta de él respecto a lo de la Sinfonía en mí de que le hablaba, unido a tu marcha y a tu silencio, me hizo comprender que no se arreglaba nada de ese asunto, al menos antes de transcurrir el verano. Ha sido ése para mí un golpe definitivo, pues, como me temía, el verano en Madrid —y más con lo tórrido que ha sido y aún es a días, ha acabado con mi resistencia, aun cuando fuese de acero con wolfram, pues porque era así, he soportado 6 años y medio anonadantes: pero todo tiene su punto de fusión, wolfram incluido. Me siento morir. Ya el médico me confiesa hoy, en una carta desde S. Sebastián, que no haré mal preparando los papeles últimos. Pero no necesita decírmelo el médico: yo lo siento dentro de mí, y en progresión creciente. Me has hecho un gran favor en los últimos tiempos y que sepas que te lo he agradecido a fondo es el objeto de esta carta, escrita con unas pizcas de voluntad, que araño no sé de dónde, para vencer una desgana casi, ya, telúrica. Mi muerte es un asesinato colectivo, porque hace 2 años, como ya te conté, pude salvarme con 4 ó 5 meses de descanso y despreocupación, pero todos esos canallas que mangonean la Sociedad de Autores, me los negaron al negarme un dinero que pedí. No les perdono, aunque su odio y mala fe me hayan dado la medida de magnitud de mi valía como escritor, más que ningún éxito entre tantos. Pero y eso, ¿qué?... Me moriré por el contrario con dolor de no haber sido siempre un mediocre. He querido a España y he procedido tan en conciencia que me sé absuelto allá, arriba, sin confesión previa aquí, abajo. Pero ni lo de arriba ni España me han correspondido. Luego será cuando en ésta vengan los piropos y la adhesión. Tarde, como dijo el moro de la Universitaria, al disparar. Sé que tienes la comedia muy avanzada. Te deseo un gran éxito, aunque sea un mal a la larga. Un buen abrazo, de Enrique [IV] Agosto, 22 Querido Pepe: Hago un esfuerzo para contestarte inmediatamente, justo a los diez o doce minutos de recibir la tuya, principalmente para que sepas eso: que he recibido tu carta con el embuchado, que te agradezco mucho, — y ya se verá de corresponder..., que dijo el gitano a los hermanos de la Paz y Caridad yendo de camino hacia el palo pues has corrido riesgo de mandarlo así, seguramente por no tener otro medio igual de rápido... si la carta llegaba a su destino. Por esta vez nos hemos salvado, tú, los billetes y yo; pero no repitas mucho la suerte de hacer envíos así a nadie, pues un gran ladrón profesional, del que me hice muy amigo, allá por 1931 o 32, en la sala de juego del Internacionaly de cuyo nombre te acordarás, porque fue famoso =Portolés=, entre mil trucos del oficio que me descubrió, y algunos de los cuales descubrí yo, a mi vez, a la gente, en Los tigres, me informó de que los billetes dentro de cartas se notan al oído, haciendo que se froten entre sí los papeles que van dentro del sobre y escuchando: ya que para oídos entrenados ningún papel frota como el de los billetes, y según él me dijo también, en Correos hay oídos finísimos en esa modalidad de la auscultación sin fonendoscopio, aunque a lo mejor los de Correos sí la hacen con fonendoscopio. Otro de los móviles de la respuesta rápida es el de lubrificarte de mi anterior, puesto que ella te nubló la alegría, y ahora la necesitas íntegra para hacer la comedia. Si hubiera pensado como era natural—, en que te podía ocurrir eso, no me hubiera dejado llevar tan por del brazo de mis pensamientos rigurosamente íntimos. Pero quizá no caí en el efecto que podía producirte porque ya en ella te decía que el diagnóstico del médico y el instintivo mío, por igual pesimistas no me entristecían demasiado; y, como entonces, ahora, al repetirlo, te soy estrictamente sincero. Y también te era y te soy sincero de modo estricto al agregar, sin asomo de deseo de hacer una postura, que lo único que me preocupa de ese asunto es la suerte de los que deje atrás: y concretamente de Carmencita. Por lo mismo también, te relevo de tu afectuoso ofrecimiento de irme ahí unos días contigo, pues ella está obligada a permanecer en Madrid por las chicas, y yo no disfrutaría los días que ahí pasase pensando que ella estaba aquí soportando el calor y tantas otras contrariedades que no miden ni Reamur ni Fahrenheit. (Creo que le he echado a este una hache de más, pero la resistirá sin alteraciones de la columna). En cuanto a lo económico, pues... ¡para qué voy a detallarte los japones y las coreas que he pasado! Pero lo que no había emprendido antes, lo he emprendido ahora, con la perspectiva en cuestión. Esto es: he puesto todos mis laberintos en manos de un abogado; pero de esos que, además de tener el oficio en la punta de los dedos, tienen el coraje impetuoso en todo el cuerpo: Pérez Madrigal. Y ya su primera visita a la Sociedad de Autores, para iniciar el esclarecimiento y enderezamiento de mi caso allí, ha producido oleajes de amor hacia mí, tumultos de compañerismo adhesivo, cataratas de piropos, Escoriales de buenas voluntades, y en fin, creo que no tardará en producir también que es lo que vale de todas esas mentiras, mejoras en mi economía. Y luego seguirá Madrigal ocupándose, por turno, de los demás barullos, que la pugnacidad ajena ha armado, apoyándose en mi enfermiza falta de capacidad defensiva. Ya te dije que me quitaron el coche entre Pradera y Pombo Angulo, acariciados por la música de fondo de Alvarito de Laiglesia, ¿no? Al detalle ya te lo contaré cualquier rato. ¡Ah ! Y además del coche, se han quedado, puesto que no me los han pagado, con 21 artículos a 350 en La Codorniz. Todo de un modo legal, por supuesto. De un modo legal y porque yo fui tan bobito que, al recibir 10.000 pts. anticipadas sobre artículos que había de hacer para La Codorniz, obedecí la sugestión PradoPombesca de aceptar una letra para que los demás colaboradores no empezaran a pedir anticipos también, pero que naturalmente no se pondría en circulación. Sólo que la pusieron, ya imaginarás; y fui al protesto, y total: a cambio de 10.000 pesetas que ellos me dieron se me han llevado: 7.350 pesetas de los 21 artículos no pagados y el coche, que con una mano de pintura y otra de níquel se vende en 70.000 o 75.000 pesetas. Hombres literarios que son, sin pizca de sentido utilitario. Y, además de eso, caballerotes españoles, tipo Conde de Benavente: aquel que, en pleno siglo XVI, le instaló la calefacción central a su palacio así que desaparecieron por la puerta las espuelas del de Borbón. ¡Y! ¡Ya! Y esto puede ser interjección y puede ser rotativo. El que no puede ser otra cosa que joven de espigada estatura es Pradera. Pombo Angulo, en cambio, puede serlo todo. Y Alvarito será siempre, por castigo del Altísimo (del otro Altísimo, que no tiene nada que ver con Pradera) borrosa música de fondo, y nada más que borrosa música de fondo. Con Laiglesia hemos topado, Sancho... (Tomado al oído del Quijote.) En cuanto a los ánimos que me das, te los estimo de verdad y estoy contigo en todo cuando me dices. Sé bien que sólo lo moral cuenta, y que no tenemos más fuerza ni más luz que las que llevamos dentro. Y creo más todavía: creo que dentro de unos años, de muchos, porque a la Humanidad se la han llevado muy para atrás las resacas del último cuarto de siglo, será una ley médica que las alegrías provocan secreción de antitoxinas en ciertas glándulas no localizables, y que las penas provocan secreción de toxinas mortales en ciertas otras glándulas inlocalizables [sic] igualmente. Pero, porque sé y creo todo eso, es, precisamente, por lo que... ¡Stop! Y cojo una calle transversal para llegar ya a casa: para acabar esta carta. Ojalá se te cumplan los pálpitos respecto al asunto Rocamora. Era —y aún quizá podría serlo— ese libro el gran resumen, pues las 61 comedias cuyos temas guardo apuntados, nunca podré escribirlas: son demasiadas. Por cierto: un día tengo que contarte una de ellas, que esa sí que jamás la haría, porque tira al poema dentro aún de la órbita humorística—, y eso no quiere escucharlo de mí ningún público. De ti sí lo aceptarían porque no estás encasillado como yo entre los dos filos de un doble decímetro cómico. De todo hablaremos —espero— cuando vengas,... que es ¿cuándo? Sacúdete la polaina escribiendo, sin hacer caso de epístolas de nadie, ni siquiera mías. Y baja pronto el tercer telón. La historia de la escalera se ha quedado sin barandado en Barcelona y en todas partes donde la hacen. Sé de teatro más que Jardiel Poncela, porque anuncié que no había ni obra ni autor antes del estreno... y después del éxito. Eso es del grupo de los de Valentín Andrés Álvarez, o sea: flauta, más ruido, más casualidad. Un abrazo, Enrique